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viernes, 23 de agosto de 2013

EGIPTO AL BORDE DEL DESASTRE



En las últimas semanas el país árabe más poblado del mundo ha sufrido una serie de acontecimientos que lo han colocado al borde de la guerra civil y prácticamente han borrado del mapa los cambios producidos hace dos años por la primavera árabe: el ejército ha vuelto al poder, los islamistas vuelven a ser perseguidos y el ex dictador Mubarak ha salido de la cárcel. Sin embargo hay a quien esto le interesa: Egipto vuelve a ser el socio estratégico fiable de Occidente e Israel después de un año de impredecible gobierno islamista.



Hace casi dos meses que el presidente egipcio, el islamista Mohamed Morsi, ha sido depuesto por los militares en un golpe de estado. El ejército se justifica afirmando que los islamistas de los Hermanos Musulmanes trataron durante su breve gobierno de un año poner los fundamentos de un nuevo régimen basado en principios religiosos, atentando así contra los derechos de la mitad del país que no les había votado. Por su parte, los islamistas se han lanzado a la calle para exigir su vuelta al poder conseguido por las urnas, lo que a su vez está siendo reprimido de manera sangrienta por los militares causando ya más de un millar de muertes.


El ejército utiliza estos disturbios para legitimarse en el poder no sólo de cara al interior sino también del exterior. Dice estar luchando contra “terroristas” que quieren desestabilizar el país y contra radicales. Pero son precisamente sus acciones represivas las que están provocando la aparición y la acción de esos radicales que aspiran a sustituir a los Hermanos Musulmanes al frente del islamismo egipcio. Es la puesta en práctica de la clásica fórmula acción-represión-acción, en la que ambas partes se retroalimentan para justificar sus acciones.


El discurso “antiterrorista” está siendo utilizado para justificar la detención de los líderes de los Hermanos Musulmanes, el desmantelamiento y futura prohibición de su organización, y para revertir todos los cambios políticos producidos en Egipto desde febrero de 2011. Dos años y medio después de los sucesos de la Plaza de Tahir, el ex dictador Mubarak ha salido de la cárcel –aunque sigue alejado del poder-, ha vuelto el estado de sitio, la oposición vuelve a estar proscrita y el ejército vuelve a ser prácticamente el único gobernante después de que la mayoría de las fuerzas políticas laicas le hayan dado la espalda. Es como si la primavera árabe egipcia no se hubiera producido. 

Y es que, en realidad, como escribe el periodista Javier Martín, el ejército nunca dejó realmente el poder que ahora trata de afianzar frente a unos islamistas que amenazaban con cambiar las cosas. Los islamistas, que no fueron precisamente los más activos durante la primavera árabe, se ganaron muchos enemigos porque el Gobierno Morsi ponía en riesgo el estatus quo de la zona del Canal de Suez y las relaciones con Israel, y también ponía en peligro los privilegios de los militares tras más de 60 años. La consecuencia fue el golpe.

El ejército y la lucha contra el islamismo


El ejército egipcio se considera el guardián de los valores de modernización y progreso del país. Esto es así desde los años 50 cuando un grupo de oficiales expulsó al último rey e impuso una república que, al mando del carismático coronel Nasser, se alineó en la órbita de la URSS en plena guerra fría enfrentándose así a su pasado como colonia británica. Egipto no era el único país árabe que apostó por esta vía: Siria, Libia, Argelia, Yemen o Irak también estuvieron –o como en el caso sirio sigue estándolo aunque en plena guerra civil- gobernados por regímenes republicanos laicos que contrastaban con las monarquías absolutas y muy conservadoras que apoyaron y apoyan a EEUU (Arabia Saudí, Jordania, las monarquías del Golfo, Marruecos, etc…).

El mundo árabe estaba dividido entre los dos grandes bloques de la guerra fría, pero todos tenían un enemigo común: Israel. Se lucharon hasta cuatro guerras entre árabes e israelíes entre 1948 y 1973. En todas ellas Egipto jugó un papel de liderazgo árabe, asumiendo Nasser el papel de abanderado del panarabismo socialista –la idea de unificación árabe- y de principal enemigo de Israel, el socio fundamental de los EEUU en la región y pilar de Washington en la zona.


Estas repúblicas árabes laicas, además de su antisionismo, se caracterizaban por reprimir duramente cualquier tipo de oposición islamista que comenzó a surgir a partir de los años 70 y sobre todo los 80. En Egipto, que desde la Edad Media ha sido cuna de pensamiento teológico islámico, los Hermanos Musulmanes –islamistas moderados- fueron cuanto menos reprimidos y controlados, mientras que otras corrientes islamistas más radicales eran abiertamente combatidas y perseguidas. La lucha contra los islamistas radicales se había convertido en la principal fuente de legitimidad de la dictadura militar egipcia, sobre todo después de que miembros de la Yihad Islámica consiguieran asesinar en 1981 al presidente Sadat, al que acusaron de traidor por firmar la paz con Israel en 1979.

EEUU, Israel y el Canal de Suez

La Paz de Camp David fue precisamente el viraje diplomático fundamental de Egipto y un acontecimiento clave en Oriente Próximo. Una vez fallecido Nasser y con el apoyo de los EEUU, Egipto dejó de ser un cliente de la URSS y se pasó al bando occidental. A cambio, firmó la paz con Israel, recuperó la Península del Sinaí (perdida en la guerra contra Israel de 1967) y aceptó recibir ayuda militar estadounidense por valor multimillonario hasta convertirse en uno de los mayores receptores del mundo, sólo después de Israel. Así, desde 1998 Egipto ha recibido más de 20.000 millones de dólares para su ejército. Un precio muy alto para los EEUU a cambio de comprar la paz de Egipto con su socio israelí y para garantizar el acceso por el Canal de Suez.

Firma de la Paz de Camp David e 1979.
El Canal de Suez es un punto estratégico geopolítico de primer orden que Washington desea mantener bajo control. Unos 58 barcos lo usan a diario porque permite recortar en miles de kilómetros las rutas entre el Golfo Pérsico y Europa y América. Estas rutas son cruciales para los petroleros con destino a Occidente y para el paso de la flota de combate estadounidense a las zonas de riesgo. Y ese riesgo se llama Irán, el gran enemigo estratégico de los EEUU en la zona. Precisamente el gobierno depuesto de Morsi permitió en 2012 el paso de barcos de guerra iraníes por el Canal, así como el paso de petróleo iraní, un gesto de claro desafío a los intereses de los EEUU e Israel.

En resumen: EEUU necesita en Egipto un régimen amigo que le garantice el paso sin problemas por el Canal de Suez de sus barcos y recursos, y que mantenga la paz con Israel. Ese estatus quo que funcionó durante más de veinte años se puso en riesgo tras la primavera árabe. El gobierno islamista de Morsi no garantizaba mantener la paz con Israel ya que no escondía su apoyo a Hamás en la franja de Gaza, y no había garantía de que no fuera a utilizar el Canal de Suez como prenda para futuras negociaciones sobre otras cuestiones estratégicas, sobre todo con respecto al conflicto con Irán. Después del golpe de estado este escenario ha desaparecido. El primer ministro israelí Netanhayu, agradecido, ya ha pedido el apoyo internacional al gobierno provisional de El Cairo. Sin embargo, los militares tienen un grave problema de legitimidad internacional.

Portaaviones de EEUU en el Canal de Suez.
El año 2013 no es 1979, no hay guerra fría y las democracias occidentales sufren un fuerte desgaste de imagen política interna desde el inicio de la crisis económica. La represión sangrienta de los militares en Egipto ha provocado consternación en la opinión pública occidental, lo que condiciona la acción de sus gobiernos. La Unión Europea ya ha anunciado que limitará la exportación de armas a Egipto y estudia congelar la ayuda al desarrollo. Los EEUU, por su parte, estudian no enviar los 1.300 millones de dólares de ayuda militar correspondientes a este año, aunque la administración Obama sigue sin definir lo que pasa como golpe de estado, ya que si lo hiciera, tendría que retirar la ayuda automáticamente. Es decir, Europa y los EEUU se distancian públicamente de los militares.

Pero ya han salido voces que anuncian que, a pesar de los anuncios occidentales, los militares egipcios no sufrirán verdaderas consecuencias económicas: Arabia Saudí, el principal aliado árabe de los EEUU y dependiente del Canal de Suez para sus exportaciones de petróleo, dice que enviará ayudas para compensar lo que Egipto deje de percibir y evitar así que el régimen de El Cairo se quede sin ayudas. Obama no puede invertir dinero en el régimen militar sin exponerse a duras críticas y destrozar su imagen de líder democrático mundial. Por lo tanto surge la pregunta: ¿juega Arabia Saudí el papel de intermediario de EEUU? ¿Seguirán pagando así los EEUU de manera indirecta el precio del Canal de Suez y la paz con Israel?     

Un momento propicio para los islamistas radicales

Una variable que puede poner en peligro el objetivo de estabilidad perseguido por el golpe en Egipto es el resurgimiento del islamismo radical como oposición al ejército. Los Hermanos Musulmanes apostaron por la vía democrática para llegar al poder y transformar el país siguiendo sus preceptos religiosos. Sin embargo, tras el golpe militar sus líderes están siendo detenidos y su organización perseguida, por lo que el islamismo egipcio fácilmente puede caer bajo control de los extremistas una vez demostrado que la vía pacífica de los Hermanos Musulmanes no es factible.


Es el momento de los radicales y en Egipto existe una larga presencia de islamismo radical que ya se enfrentó con las armas a la dictadura de Mubarak. Decenas de turistas occidentales fueron asesinados en la década de los 90 víctimas de atentados terroristas, y miles de islamistas radicales fueron encarcelados y ejecutados. Existía una verdadera base radical, de la que el máximo exponente es el actual líder de Al Queda y antiguo número dos de Bin Laden, el egipcio Al Zawahiri, que huyó de Egipto para unirse a la Yihad mundial.

A pesar de la muerte de Bin Laden hace ya más de dos años, Al Queda se ha hecho fuerte en lugares en los que falla el control estatal y militar, como en el desierto del Sáhara y el Sahel en África, o aprovechando los huecos que dejan los conflictos armados, como pasó en Irak y ocurre ahora en Siria. El desierto de Libia, lugar de retirada de los combatientes de Al Queda expulsados de Malí a principios de este año, hace frontera con Egipto. No sería complicado hacer pasar armas y combatientes por el desierto al país del Nilo para luchar contra el ejército egipcio y comenzar una guerra civil como ya ocurrió en Argelia en 1992.

Muchos analistas destacan la similitud entre la situación de Argelia hace dos décadas y el actual conflicto en Egipto. En ambos casos el ejército contaba con una larga tradición de dictadura laica frente a un islamismo que ganó las primeras elecciones libres tras una transición democrática. Y en ambos casos el ejército intervino para expulsar a los islamistas del poder legítimo con el pretexto de salvar la democracia de elementos radicales y “terroristas”. También en ambos casos existen amplios intereses geoestratégicos occidentales (en Argelia el gas y su relación con Francia). En Argelia el golpe desembocó en una sangrienta guerra civil, y en Egipto ese paso está todavía por producirse.


Es cierto que, como dice Miguel Ángel Bastenier, el terreno de Egipto, llano y con la vida básicamente restringida al valle del Nilo, es menos propicio para una guerra de guerrillas como la argelina, donde el terreno es montañoso y difícil. Sin embargo, ya se están dando los primeros casos de golpes de mano y emboscadas propios de una guerra civil. Por ejemplo, hace unos días 24 policías egipcios fueron asesinados por un comando islamista en la Península del Sinaí, un territorio justo entre el Canal de Suez e Israel, precisamente las dos piezas del tablero mundial que están determinando el destino de Egipto.   

sábado, 6 de julio de 2013

LA FINANCIACIÓN DE LOS PARTIDOS

Los partidos políticos gastan mucho dinero. Se han convertido en enormes maquinarias con infinidad de gastos por lo que necesitan ingresar ingentes cantidades para poder sufragarlos. ¿De dónde viene ese dinero? ¿Para qué lo necesitan? ¿Qué es legal e ilegal en la financiación y por qué? Y, sobre todo, ¿es necesario?

El pasado 27 de junio el ex tesorero del PP, Luis Bárcenas, ingresó en prisión después de que el juez detectara riesgo de fuga al descubrirse que contaba con una fortuna de casi 50 millones de euros en Suiza. A Bárcenas se le imputan una serie de delitos que tienen un denominador común: la financiación de su partido. Por un lado, se le considera responsable del destino de las donaciones millonarias de varios empresarios españoles al PP que superaban el límite establecido por la ley. Por el otro lado, se le relaciona con la trama “Gürtel”, una red que presuntamente habría financiado al mismo PP a cambio de suculentos contratos públicos. En ambos casos se trataría presuntamente de dinero destinado a surtir las arcas del partido en el Gobierno.

El caso Bárcenas pone una vez más en cuestión la financiación de los partidos. ¿Cómo se financian y para qué? ¿Qué está permitido y qué no? ¿Por qué hay límites a la financiación? ¿Qué pasaría si no existieran esos límites?

Para responder a todas estas cuestiones hay que tener en cuenta algo que se olvida pronto: los partidos políticos son muy caros. Mantener la contabilidad saneada de un partido es difícil. Gastos de todo tipo acosan a los tesoreros o administradores de cuentas. Por un lado están los costes de las sedes de los partidos. También hay que pagar las nóminas de los empleados que se dedican a trabajar a tiempo completo en tareas como las administrativas, de organización o de comunicación. Esta última es la más cara y compleja, además de la más necesaria para las organizaciones políticas.

Todo ello sin olvidar los gastos de publicidad, propaganda, etc., y sobre todo las campañas electorales: en España la campaña electoral de noviembre de 2011 costó un total de 65 millones de euros, de los que casi 26 millones se destinaron al envío de propaganda electoral, según los gastos electorales justificados que recoge el informe del Tribunal de Cuentas sobre los comicios. Pero esta cifra se queda en mera anécdota si tenemos en cuenta que en la última campaña electoral por la Presidencia de los EEUU en 2012 se superó el gasto de los ¡dos billones de dólares!


Los partidos no son empresas
Los partidos tienen un problema: gastan mucho pero no producen nada que puedan convertir en dinero. No son empresas que puedan realizar una actividad por dinero. Es decir, no pueden autofinanciarse para cubrir sus gastos, al menos de manera legal. Los partidos políticos son organizaciones cuya misión fundamental es recabar el mayor número posible de votos en las elecciones y por lo tanto la mayor cuota de representación y de poder que puedan. Ese poder se visualiza por el número de representantes de esos partidos en los parlamentos y ayuntamientos. Si algún partido es mayoritario en alguno de esos espacios, ese poder se transforma en capacidad legislativa y ejecutiva. Es decir, los partidos no tienen como objetivo crear beneficios económicos, sino llegar y acaparar el poder. Pero para eso necesitan dinero, y la manera de conseguirlo está regulada por ley, en España Ley Orgánica 5/2012, de 22 de octubre, de reforma de la Ley Orgánica 8/2007, de 4 de julio, sobre financiación de los partidos políticos.
  
¿Cómo llega el dinero a los partidos? Según esta ley existen dos maneras de que ese dinero llegue: por subvención pública y por donaciones privadas. Ambas tienen sus ventajas e inconvenientes. La ventaja de la subvención es que alejan a los partidos de la dependencia económica de un grupo de personas poderosas que esperarían a cambio que el partido usase su poder institucional en su provecho. La desventaja es el enorme coste que supone para las arcas públicas. Por ejemplo, en España los partidos costaron 65.880.000 euros de los Presupuestos Generales del Estado en 2012. Es una cantidad enorme, sin embargo quedan fuera los gastos electorales, que el año pasado se presupuestaron en 44.495,95 euros, y los gastos de seguridad, por los que los partidos políticos recibieron 3.382,75 euros. Para 2013 los Presupuestos Generales son algo más modestos: 52,7 millones, un 20% menos que el año pasado.

¿Cómo se reparte ese dinero? Ese dinero no se entrega a los partidos a todos por igual y en las mismas cantidades. La ley es muy clara al respecto. En su artículo 3º lo explica: “El Estado otorgará a los partidos políticos con representación en el Congreso de los Diputados, subvenciones anuales no condicionadas, con cargo a los Presupuestos Generales del Estado, para atender sus gastos de funcionamiento. Dichas subvenciones se distribuirán en función del número de escaños y de votos obtenidos por cada partido político en las últimas elecciones a la indicada Cámara. Para la asignación de tales subvenciones se dividirá la correspondiente consignación presupuestaria en tres cantidades iguales. Una de ellas se distribuirá en proporción al número de escaños obtenidos por cada partido político en las últimas elecciones al Congreso de los Diputados y las dos restantes proporcionalmente a todos los votos obtenidos por cada partido en dichas elecciones”.

Es decir, mientras más votos y escaños consiga un partido en unas elecciones, más dinero público recibirá a cambio. El partido más fuerte es recompensado con más dinero lo que le permite seguir siendo fuerte y mantener una mejor capacidad competitiva con respecto al resto. En cambio, un partido que tiene menos representación institucional y haya recibido menos votos, recibe menos dinero por lo que carece de los medios para competir con el ganador en igualdad de condiciones. Por ejemplo, el PP recibirá en 2013 unos 24,5 millones de euros, que es lo que vale su mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados. El PSOE, el primer partido de la oposición, recibirá 14,5 millones

Siempre queda la aportación de los afiliados, regulada en el artículo 4º.1 de la ley (“Los partidos políticos podrán recibir de acuerdo con sus estatutos cuotas y aportaciones de sus afiliados, adheridos y simpatizantes”). Sin embargo, el número de militantes de cada partido suele ir acompañado de su fuerza institucional, por lo que no supone ningún consuelo para los partidos más débiles. Por ejemplo, según un reciente reportaje de ABC, el partido con mayor número de afiliados en 2012 era el PP, con más de 830.000 personas que pagan cuota. El siguiente partido en número de afiliados sería el PSOE con casi 217.000 militantes, seguido muy de lejos por Izquierda Unida (35.000) y UPyD (unos 6.000). Por lo tanto, el partido más votado y que más subvenciones recibe es también el que más afiliados tiene y más puede cobrar por ese concepto.


Las donaciones privadas, ¿altruistas o interesadas?
La siguiente fuente de ingresos permitida y la más delicada es la de las donaciones privadas. El artículo 4.2 de la ley de financiación de  los partidos establece que “los partidos políticos podrán recibir donaciones, no finalistas (es decir, no pueden tener un fin concreto) nominativas, en dinero o en especie, procedentes de personas físicas o jurídicas, dentro de los límites y de acuerdo con los requisitos y condiciones establecidas en esta Ley”.

La propia ley advierte que se trata de un asunto polémico y problemático: ¿El donante privado aporta su dinero solamente por amor a las siglas del partido? ¿No querrá nada a cambio? No es una cuestión baladí, ya que como se ha señalado arriba, los partidos no comercian con bienes ni servicios, sino que son organizaciones que luchan por el poder para crear y cambiar leyes y ejecutarlas. Un donante muy generoso podría condicionar su aportación a ser recompensado por el partido beneficiario si este llegase al poder, por ejemplo, con suculentos contratos públicos o con cambios en las leyes que le beneficien exclusivamente.

Por eso la ley española pone límites a quien puede donar: “Los partidos políticos no podrán aceptar o recibir, directa o indirectamente, donaciones de empresas privadas que, mediante contrato vigente, presten servicios o realicen obras para las Administraciones Públicas, organismos públicos o empresas de capital mayoritariamente público”. Y sobre todo, pone límite a cuanto se puede donar: Los partidos políticos no podrán aceptar o recibir directa o indirectamente “donaciones anónimas, finalistas o revocables. Donaciones procedentes de una misma persona física o jurídica superiores a 100.000 euros anuales. Todas las donaciones superiores a 50.000 euros y en todo caso, las donaciones de bienes inmuebles, deberán ser objeto de notificación al Tribunal de Cuentas en el plazo de tres meses” (art. 5).

La ruptura de este límite es precisamente uno de los elementos que ha hecho salir a la luz el caso Bárcenas, ya que una serie de empresarios (sobre todo constructores) sobrepasaron con sus donativos al PP el límite legal. Bárcenas y el PP no lo rechazaron, lo cogieron y presuntamente se lo repartieron en forma de sobresueldos y cuentas en Suiza. Por otro lado, las empresas de la trama Gürtel, que también habrían donado al PP, habrían vivido de contratos públicos con los gobiernos regionales de la Comunidad de Madrid y de Valencia (ambos del PP).



EEUU, donativos sin restricción pero transparentes
En EEUU, en cambio, no existen límites legales a la donación privada. Una sentencia del Tribunal Supremo en enero de 2010 declaró inconstitucionales algunas de las restricciones legales que existían a las donaciones de organizaciones privadas a las campañas electorales.

Esta libertad de donación indiscriminada hizo posible que en la campaña electoral a las presidenciales de noviembre de 2012 se batieran todos los récords de gasto (dos billones de dólares) y de recaudación. Las grandes empresas y los poderosos multimillonarios pudieron donar públicamente a su candidato preferido. Por ejemplo, Sheldon Adelson, el propietario de la empresa de casinos Las Vegas Sands y promotor del megaproyecto de Eurovegas en la Comunidad de Madrid, donó él sólo unos 100 millones de dólares a los republicanos, 95 millones solamente para la campaña de su candidato Mitt Romney.

Esta donación individual fue bastante más cuantiosa de lo que costó el total la campaña electoral española en noviembre 2011. Pero es que los gastos de la campaña electoral en EEUU son astronómicos. Solamente en medios de comunicación, Obama y Romney gastaron más de 500 millones de dólares.

A pesar de estas enormes cifras de dinero, se ha conseguido imponer la transparencia sobre el origen de las donaciones en EEUU, ya que lo cierto es que la eliminación de todo tipo de restricciones legales a los donantes, sobre todo a los llamados “Super Pacs” (grupos específicos para recaudar sin límites), se hace innecesario esconder el origen del dinero –siempre que su origen sea lícito. Así es como sabemos que entre los mayores donantes de la campaña de Obama estuvieron, por ejemplo las universidades de Harvard y California, Microsoft o Google, mientras que las que apoyaron a Romney figuran Goldman Sachs, Morgan Stanley o el Bank of America. Los votantes estadounidenses saben quién ha pagado y cuanto, con lo que se sabe si al final esos donantes son favorecidos por el Gobierno. En España, en cambio, se suele mantener el secreto de los donantes y las cantidades que aportan.  

En EEUU se va a lo práctico. Es un hecho que los gastos de las campañas y de los partidos son cada vez más altos y se acaban cubriendo como sea. Las restricciones legales solamente establecen un límite a la recaudación que la realidad acaba convirtiendo en obsoleta, y las subvenciones acaban beneficiando a los partidos en el poder. Al final solamente se cierra la puerta a la transparencia ya que hay que esconder el dinero que se dona de más y que siempre existe. ¿No sería mejor que cada cual donara lo que quisiera, siempre y cuando se supiera quién es y cuánto paga?


El control del dinero en España   
¿Quién controla la financiación de los partidos españoles? La ley prevé dos tipos de control. Primero el control interno por los partidos: “Artículo 15. Los partidos políticos deberán prever un sistema de control interno que garantice la adecuada intervención y contabilización de todos los actos y documentos de los que se deriven derechos y obligaciones de contenido económico, conforme a sus estatutos. El informe resultante de esta auditoría acompañará a la documentación a rendir al Tribunal de Cuentas”. ¡Son los propios partidos los que se controlan a sí mismos!

El segundo tipo de control es el externo: “Artículo 16. Corresponde en exclusiva al Tribunal de Cuentas el control de la actividad económico-financiera de los partidos políticos, sin perjuicio de las competencias atribuidas a los órganos de fiscalización de las Comunidades Autónomas previstos en sus respectivos Estatutos”. ¿Qué es el Tribunal de Cuentas y quién lo compone?

La función del Tribunal de Cuentas consiste en “comprobar si la actividad económico-financiera del sector público respeta los principios de legalidad, eficiencia y economía”, según explica en su página web. Con respecto a su composición, “el Tribunal de Cuentas está integrado por doce miembros, que tienen la denominación de Consejeros de Cuentas, designados (…) por las Cámaras legislativas”. Es decir, son los partidos políticos representados en las Cortes Generales los que deciden quién está en el Tribunal de Cuentas y quién controla su financiación, entre otras cuestiones.

La ley española deja el control de la financiación de los partidos a los propios partidos.  Esto impide la transparencia porque los partidos generalmente no quieren que se sepa quién les hace donativos, ya que a la hora de legislar se podría descubrir algún que otro nexo entre una donación y una ley que favorece al donante.

También facilita las acciones irregulares porque al poner un límite a las donaciones y ser los mismos partidos los que deben controlar que no se excedan, es muy fácil que finalmente hagan la vista gorda y recauden bastante más de lo permitido sin que ese dinero quede reflejado y por lo tanto sea controlado.


Es, a grosso modo, lo que ha sucedido en el caso Bárcenas, al que nadie le pudo impedir meter la mano en la caja de su propio partido porque ese dinero estaba sin control. Pero los propios partidos prefieren que siga así. ¿Por qué será?


domingo, 2 de septiembre de 2012

LA SENTENCIA DE HARRY ‘EL SUCIO’



Sin duda el gran protagonista del espectáculo de los republicanos para la nominación de su candidato presidencial fue Harry ‘El Sucio’. Por sorpresa, un Clint Eastwood ya envejecido pero lleno de energía apareció en el escenario de la convención de Tampa y expresó lo que sin duda es ya el Leitmotiv de la campaña del candidato Mitt Romney: el mensaje de que Obama ha engañado a sus electores.

 
Era como volver a los viejos tiempos de John Wayne. La imagen de un Clint Eastwood joven, serio y agresivo, caracterizado de vaquero silencioso y hostil que tantas veces ha encarnado el actor en los Spaguetti Western, presidía la convención republicana mientras el Clint Eastwood de verdad, un anciano de 82 años, comenzó un show memorable en la historia de los espectáculos electorales estadounidenses.

 
Sin guión y sin ayuda alguna, Eastwood improvisó una ‘charla’ imaginaria con el presidente Barack Obama representado por una silla vacía. Esa charla era una serie de reproches sobre las promesas incumplidas por el presidente en su campaña de 2008, sobre todo aquellas relacionadas con el empleo, la crisis económica y las guerras de Irak y Afganistán.

Mitt Romney

La escenografía era muy poderosa. La imagen del vaquero Eastwood presidiendo la sala corresponde al marco republicano –siguiendo la teoría de Lakoff-, un claro guiño hacia los votantes conservadores tradicionales. Eastwood tiene dos caras. La del vaquero parco en palabras y justiciero, y la de Harry el Sucio violento con su Magnum especial. Pero también tiene la cara del director de los Puentes de Madison. Esta segunda cara es la que, amparándose en la primera, utilizan los republicanos en su campaña para penetrar en el campo contrario.  


La silla vacía y la ‘conversación’ del viejo actor con el presidente ausente son una apuesta arriesgada y directa dirigida al corazón de los votantes de Obama de hace cuatro años. Los mismos que se movilizaron con el impresionante “Yes, we can” y que  decidieron expulsar a los republicanos de la Casa Blanca por los engaños de la administración Bush en Irak. Y para no entorpecer esta labor, no hubo ni rastro del candidato republicano. “No votes a Romney, vota contra Obama”, viene a decir la estrategia republicana.  


Esta charla ha inaugurado sin duda la carrera electoral y ha lanzado un primer torpedo hacia uno de los puntos que legitiman a Obama: su credibilidad. No es un mensaje dirigido a los republicanos, cuyo voto se da por seguro, sino que se trata de pescar en el estanque demócrata con las mismas armas que utilizó el ahora presidente hace cuatro años. Unas armas que se le pueden volver en contra muy fácilmente, ya que la inmensa expectativa que se puso en la gestión del primer presidente afroamericano no se ha cumplido. No se podía cumplir.

Obama en un cartel de 2008.

Las guerras en el exterior, las torturas en Guantánamo, la crisis económica y la gestión del desempleo son solamente algunos de los argumentos que no han sido solucionados de manera satisfactoria para una gran parte de los votantes demócratas de 2008. Y es que hace cuatro años Obama solamente podía ganar su extenuante carrera contra Hillary Clinton primero y John MacCain después subiendo la apuesta hasta límites muy altos. Utilizó la esperanza de los electores y pidió que confiaran en él. Ahora ese mensaje se le vuelve en contra.


En España está sucediendo algo parecido, pero sin la necesidad de que pasen cuatro años. En noviembre de 2011 Mariano Rajoy ganó las elecciones en España subiendo también el umbral de la esperanza hasta unos límites irresponsables. Prometió acabar con la crisis y con el desempleo. Hoy, nueve meses después, su credibilidad está por los suelos.
 

¿Surgirá un Clint Eastwood español para hacerle el mismo reproche que a Obama?

miércoles, 22 de agosto de 2012

¿HABRÁ INTERVENCIÓN MILITAR EN SIRIA?

El presidente de los EEUU, Barack Obama, ha amenazado o advertido –según se mire- al gobierno sirio de que el uso de armas químicas le haría, textualmente, “cambiar mis cálculos” sobre el conflicto que lleva ya año y medio asolando el país de Oriente Próximo. Estas palabras coinciden en un momento en el que los soldados de El Asad se están recuperando. ¿Significa esto que, al igual que pasó en Libia, la OTAN no descarta intervenir militarmente en la zona en ayuda de los rebeldes?  
“Se lo hemos dejado muy claro al régimen de El Asad y a otros actores en la región. Para nosotros se llegaría a un límite si empezamos a ver movimiento o uso de armas químicas. Eso haría cambiar mis cálculos”. Barack Obama ha movido ficha en la guerra civil enSiria, la primera vez que desde marzo del año pasado comenzara con las primeras protestas contra el régimen de El Asad. La pregunta que surge es si estas declaraciones son el preludio de una espiral diplomática que desembocará en la intervención de Occidente en Siria en ayuda de los rebeldes.
 
 

El Consejo de Seguridad de la ONU.
En caso de producirse esta intervención, deberá hacerse inevitablemente al margen del mandato de la ONU, ya que Rusia y China –ambos con derecho a veto- llevan meses impidiendo que el Consejo de seguridad condene o apruebe acciones reales contra el Asad. Sin embargo, la historia reciente demuestra que a los EEUU les importa poco contar con mandato de Naciones Unidas para encabezar ataques: en 1999 los bombardeos de Yugoslavia y en 2003 la invasión de Irak no contaron con la legitimidad del Derecho internacional. Prevaleció el de las armas.


El guión parece ya establecido y muy familiar. Los medios occidentales llevan semanas alertando sobre el supuesto peligro del uso de armas químicas –en Irak fueron de destrucción masiva- por parte de un régimen aparentemente arrinconado y condenado a sucumbir. Sería, advierten, un intento desesperado por vencer a los rebeldes. Sin embargo, parece que el ejército de El Asad está recomponiendo su situación militar en Damasco y en Alepo después de los desastres de hace un mes, entre ellos el espectacular atentado que decapitó la cúpula militar. Y está recuperando el terreno perdido sin armas químicas.


¿Ayuda a los rebeldes?

Es precisamente en este momento en el que El Asad está recuperándose en el plano militar que surge el aparente peligro químico sirio y las amenazas de Obama. ¿Coincidencia? Hace tan sólo un año y medio, casi a la par que comenzaba la insurrección en Siria, la OTAN comenzó a apoyar desde el aire a los rebeldes de Libia que estaban siendo derrotados poco a poco por Gadafi. Aunque esta vez legitimada por la ONU. Meses después empresas francesas y británicas pugnaban por lucrativos contratos petrolíferos y gasísiticos con las nuevas autoridades de Trípoli a las que habían ayudado a llegar al poder.


Oriente Próximo y Medio.
Sin embargo, en Siria la situación es bastante más sensible. Carece de materias primas, pero es geopolíticamente vital. Tiene frontera con todos los actores de Oriente Medio: Turquía, Irak, Jordania, Líbano e Israel. Durante décadas ha sido uno de los abanderados en la lucha por la liberación de Palestina –al menos en su discurso-, aliado de la URSS y hostil a la hegemonía de los EEUU en la zona que ahora tienen la oportunidad de librarse de este molesto actor. Con Sadam Hussein muerto y Jordania en buenas relaciones con Israel, el fin del régimen de El Asad podría ser una manera de abrir el “frente norte” de Israel.

Los “nuevos cálculos Obama” podrían pasar por que tras el fin de El Asad se establecería un gobierno sirio que podría prescindir de su soberanía sobre los Altos del Golán –vital para el abastecimiento de agua israelí- y dejar de apoyar a los chiíes de Hezbolá en Líbano. Esto último sería fundamental para que Israel dejara de sentirse amenazada por Irán y dejara de presionar para intervenir militarmente en el país persa para impedir su programa nuclear. Militarmente no es lo mismo intervenir en la pequeña Siria que en el inmenso Irán, y además no haría falta mandar soldados: bastaría con armar debidamente y ofrecer cobertura aérea a los rebeldes. Como en Libia.


Los riesgos
Pero estos cálculos tienen un lado arriesgado. ¿Cómo reaccionarán Rusia y China? Ambas potencias ya han advertido que “no consentirán” una acción unilateral de la OTAN en Siria al margen de la ONU. No dicen, por supuesto, en qué consistiría su reacción, pero no hay que olvidar que Rusia controla la energía que necesita la Unión Europea para vivir y que China está financiando gran parte de su economía maltrecha por la crisis. Dos argumentos de peso que deberían dar de qué penar a los ministerios europeos.


No es que Rusia ni China sean unos ciegos seguidores del Derecho Internacional basado en la legitimidad de la ONU, pero es que en Siria se juegan su prestigio y algo más. Si la OTAN ataca Siria, los EEUU entrarían en el único país de Oriente Medio en el que carecen de influencia. Sería la conquista definitiva del tablero por parte de los americanos que, una vez más, impondrían su voluntad a través de las armas.

Bashar El Asad.
En este sentido, surge una nueva cuestión: ¿Pueden los EEUU permitirse atacar Siria? Acaban de sufrir una derrota humillante en Irak, y en Afganistán están gestionando la siguiente. El coste económico sería importante, por ello necesitaría de la participación de sus socios europeos en la OTAN para dividirse en coste del ataque. Esto es problemático por la influencia de China y Rusia en las economías europeas y, simplemente, porque Europa no está para grandes gastos militares para favorecer a su aliado.

A EEUU sí le interesa intervenir porque así reforzaría su presencia en la zona, vital ante un futuro incierto con respecto a Irán: Teherán tendría un aliado menos. Y sobre todo, para cerrar el anillo en torno al gran aliado y pieza geopolítica y económica fundamental de los EEUU en la zona y en el mundo: Arabia Saudí. Según el New York Times, los EEUU han incrementado considerablemente su importación de petróleo del Golfo Pérsico y se trata de protegerlo.



En EEUU llevan tiempo preparando el escenario de una posible intervención al margen de un mandato de la ONU. El prestigioso e importante Think Tank “Council on Foreign Relations” ya publicó el pasado 19 de julio un artículo en el que defendía que la ONU no debía tener el monopolio de la legitimidad internacional y que esta podía, perfectamente, ser ejercida por la OTAN. ¿Una premonición?



Sin embargo, el elemento que escapa del posible 'cálculo’ de Obama y que es fundamental es el carácter de los rebeldes sirios. ¿Quiénes son? ¿Qué buscan? ¿Cómo gobernarían? Por el momento las noticias desde los territorios controlados por ello son contradictorias: por un lado se habla de personas que al hilo de la primavera árabe quieren vivir en libertad y en un país democrático, pero por otro se habla de fundamentalistas islámicos que imponen la Sharía y cometen crímenes de guerra.


¿Este es el socio con el que cuenta Obama para el futuro de Siria?    

lunes, 16 de julio de 2012

AFGANISTÁN, ¿UN NUEVO VIETNAM?


Los EEUU y con ellos la OTAN abandonarán Afganistán. La crisis económica que hace insostenible para muchos países continuar sus misiones allí –entre ellos España- y, sobre todo, la imposibilidad de derrotar a la guerrilla talibán y construir un estado democrático y viable, obligan a un repliegue que se parece mucho en el fondo a la hasta ahora mayor derrota de los EEUU en su historia: Vietnam. Sin embargo, si entonces los medios de comunicación trasladaron a los hogares norteamericanos la barbarie de la guerra y provocaron, de alguna manera, la oposición a la guerra, en Afganistán la derrota se debe exclusivamente a una cuestión estadística y de coste, ya que los ciudadanos solemos ignorar exactamente lo que ocurre allí. 


El 30 de abril de 1975 una masa atemorizada trataba de penetrar en la embajada de los EEUU en Saigón, Vietnam del Sur, para subir a un helicóptero y salvar el pellejo. Muy pocos lo consiguieron y la mayoría, que habían servido durante años al ejército o a los servicios secretos estadounidenses, cayeron presos de los norvietnamitas. Las imágenes de los helicópteros huyendo de los tejados de Saigón conforman desde entonces el símbolo de la derrota y el fracaso de los EEUU en una región del planeta que llegó a albergar a más de 500.000 soldados norteamericanos en su lucha contra los comunistas y que costó miles de millones de dólares y el aborto del plan de implantar en los EEUU su primer embrión de Estado del bienestar.

Casi 40 años después de Vietnam, y tras la retirada de Irak, los EEUU y sus aliados occidentales están preparando el terreno para abandonar Afganistán el escenario donde comenzó la famosa ‘Guerra contra el terror’ de George W. Bush, una ficción militarmente complicada pero políticamente muy rentable tras los atentados del 11 S de 2001.

Los atentados talibanes se multiplican así como su poder entre la población rural. EEUU y la OTAN dejarán atrás un gobierno débil, un estado inexistente y fragmentado entre multitud de etnias y tribus, y sobre todo, una guerrilla talibán fuerte. Es decir, tras más de una década de intervención, centenares de soldados occidentales y miles de afganos muertos, y miles de millones de dólares invertidos, no se ha conseguido alcanzar el objetivo estratégico por el que se decidió intervenir en esa tierra lejana. Como en Vietnam, EEUU se enfrenta a otra derrota en un escenario regional.



‘Operación Libertad Duradera’

Recordemos: el 7 de octubre de 2001 los EEUU y sus aliados de la OTAN comenzaron la llamada ‘Operación Libertad Duradera’ con el objetivo de desalojar del poder en Afganistán al gobierno talibán, un grupo de fundamentalistas islámicos wahabitas protegidos por Pakistán que daban cobijo a Bin Laden. La explicación que se dio a la ciudadanía parecía plausible: derrocar a un régimen totalitario y destruir a Al Qeda. Además, para evitar que en un futuro otros posibles Bin Laden y talibanes volvieran a hacerse fuertes en este territorio, Occidente se comprometía a pagar miles de millones de euros y a enviar tropas de mantenimiento de la paz para construir un país nuevo. Tendría un sistema democrático, infraestructuras y servicios públicos como la educación. EEUU no fue solo, sus aliados de la OTAN se unieron a la campaña, generalmente como tropas de ocupación, mientras que los norteamericanos luchaban.

Al principio los planes parecían ir bien. Los talibanes fueron aplastados y sustituidos en el poder por la coalición llamada Alianza del Norte –un nombre inventado por los medios de EEUU- y Al Qeda tuvo que abandonar sus bases y dispersarse. Sin embargo, ya desde el principio se plantó la semilla del fracaso. El miedo de los gobiernos a las imágenes de soldados muertos en la guerra llevó al uso de mercenarios y de soldados afganos para las operaciones militares, lo que hizo posible la huida de los objetivos esenciales de la guerra –Bin Laden y los jefes talibanes- mediante sobornos. Sin embargo, la situación parecía tranquila, Karzai –un hombre de la CIA- se afianzó en el poder y la ‘reconstrucción’ podía comenzar. Pero la realidad era otra. Escondido tras el telón mediático de la Guerra de Irak, la guerra en Afganistán comenzó a ser cada vez más cruenta.


En noviembre de 2010, y según datos de la propia OTAN, los EEUU tenían 90.000 soldados destinados en Afganistán junto a otros 40.000 militares aliados, entre ellos más de 1.500 españoles. Los talibanes habían resurgido con fuerza, la sociedad fuera de los núcleos urbanos estaba fuera del control gubernamental y de los soldados, y se multiplicaban los combates: emboscadas de los talibanes con el objetivo de causar bajas a la OTAN y provocar un goteo que desemboque en la retirada. Y lo han conseguido.


El General David Petraeus.
Cuando el presidente de los EEUU anunció en enero de 2009, nada más jurar su cargo, que se retirarían las tropas de Irak y que se concentrarían en Afganistán. La experiencia iraquí estaba amortizada, política y militarmente. Pero aún quedaba Afganistán, una misión que contaba con los consensos internacionales necesarios y que no se podía perder. Para ello Obama nombró en junio de 2010 al general David Petraeus comandante en jefe de sus tropas en Afganistán con el objetivo de repetir su ‘hazaña’ de Irak de negociar y dividir a los insurgentes, bajar la intensidad de las emboscadas y permitir la retirada del ejército con un riesgo bajo de inestabilidad. Pero un año después fue relevado de nuevo –a través de un ascenso como nuevo director de la CIA. El general no tenía claro que pudiera vencer: “El éxito en Afganistán es frágil y reversible”, afirmó en marzo de 2011.  


En julio de 2012, y según datos de http://icasualties.org/oef/, los EEUU han sufrido ya más de 2.000 muertos en Afganistán (España 34). Además, según datos de junio de 2011, Washington ha gastado en esta guerra un billón de dólares desde 2001, unos 10.000 millones al mes. Muertos, heridos, gastos millonarios y a cambio los talibanes golpeando con fuerza, como demuestran los últimos atentados. Insostenible.

Gráfico de icasualities.org

Por ello el presidente Obama anunció la retirada gradual de las tropas de los EEUU de Afganistán, con el objetivo de que en 2014 sean las tropas del gobierno afgano quienes se responsabilicen de las operaciones contra los talibanes. Es la ‘vietnamización’ de la guerra de Afganistán, o también interpretable como el reconocimiento implícito de la derrota de Occidente.


Nuevo capítulo afgano: entra India vs. Pakistán
Los EEUU tienen la ventaja de que los medios de comunicación apenas están sobre el terreno y que la crisis económica, sobre todo en Europa, está tapando todo lo demás. Pero no pueden evitar que a la hora de hacer balance éste sea claro: una derrota en toda regla. Afganistán no está mejor que en 2001 y se deja atrás a un gobierno débil que sólo controla las ciudades, el campo es talibán. Como les ocurrió a los soviéticos entre 1979 y 1988, y acabaron huyendo.


Afganistán seguirá siendo un país sumamente empobrecido e inestable tras la retirada, pero lo grave no es sólo eso. Pakistán continúa apoyando a los talibanes para conseguir un gobierno amigo a sus espaldas frente a su gran rival, India, que ha entrado en este escenario por la puerta grande aliándose con el actual gobierno afgano. De hecho, serán instructores indios los que entrenen a los gubernamentales tras la retirada occidental.


Es decir, miles de millones de dólares malgastados y miles de muertos después, Occidente se marchará de Afganistán dejando paso a un nuevo conflicto, esta vez uniendo los intereses de las dos potencias nucleares del sur de Asia: India y Pakistán. Un escenario muy peligroso.