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domingo, 5 de octubre de 2014

¿Lucharán soldados chinos en Oriente Medio?

La geopolítica de la energía está cambiando. Los EEUU ya no son el país que más petróleo consume del mundo ni depende de las reservas en Oriente Medio. Ahora son los países asiáticos los que necesitan que el crudo fluya sin problemas desde los pozos árabes hasta sus economías en crecimiento. ¿Supondrá este cambio que EEUU se apartará de los eternos conflictos en esa zona del planeta, y que será sustituida por las potencias asiáticas emergentes que necesitan asegurar el suministro? Dentro de unos años, ¿patrullarán soldados chinos en Oriente Medio?

Hace una década los EEUU se encontraban inmersos en plena ocupación de Irak. Miles de soldados norteamericanos patrullaban las principales ciudades y carreteras iraquíes y la insurgencia iba ganando cada día más fuerza. La hostilidad de la población local aumentaba mientras los militares eran incapaces de hacer frente a una espiral de violencia que costó la vida a 189.000 iraquíes y a casi 4.500 soldados estadounidenses hasta la retirada en 2010.

Además de las pérdidas humanas, en total la guerra costó aproximadamente 1,3 billones de euros, según las estimaciones del estudio 'Los costes de las guerras', elaborado por el Instituto de Estudios Internacional Watson de la Universidad de Brown. Se trata de una cantidad desorbitada que solamente podría justificarse con un interés geopolítico y estratégico muy fuerte por parte de EEUU en la zona. Y ese interés ha tenido una causa económica concreta, al margen de otras consideraciones culturales, políticas o diplomáticas, que no es otro que asegurar el suministro de petróleo desde la zona del Golfo Pérsico a la economía estadounidense.


La autosuficiencia energética de los EEUU

El presidente Roosevelt y el rey Saud en 1945.
La presencia de los EEUU en la zona se remonta a 1945, cuando el presidente Franklin D. Roosevelt tomó un “desvío” hacia Arabia Saudí desde la Conferencia de Yalta para reunirse con el rey Abdelaziz bin Saud. Desde entonces los EEUU y los saudíes han sido estrechos colaboradores y aliados, ayudándose mutuamente garantizando el flujo de crudo para la economía estadounidense por un lado, y apoyando la estabilidad del régimen monárquico y despótico por otro. Pero el precio para los EEUU había sido verse cada vez más involucrados en la zona más convulsa del planeta.

Pero la situación está cambiando. Los EEUU están dejando de ser una potencia energéticamente dependiente y se están acercando a marchas forzadas a la autosuficiencia, incluso con capacidad de exportación de petróleo y gas natural tras satisfacer su propia demanda. La clave está en la técnica del “fracking”, muy criticada por los ecologistas por sus nefastas consecuencias para el equilibrio medioambiental. Sin embargo, esta técnica ha hecho rentable la explotación de yacimientos antes cerrados, lo que permite a los EEUU dejar de depender de las reservas en otros lugares del mundo, y en concreto de Oriente Medio.

Mohan Malik
Por ejemplo, según Mohan Malik, profesor en el Centro Asia-Pacífico de Estudios sobre la Seguridad en Honolulú (EEUU), “ciertos cálculos indican que Estados Unidos podría sobrepasar a Arabia Saudí como mayor productor mundial de petróleo ya en 2017 y podría empezar a exportar más petróleo y gas del que importa para 2025” (Publicado en el artículo “El nuevo mapa mundial de la energía”, publicado en Vanguardia Dossier “La geopolítica de la energía”).     

Uno de los estudios que demuestran esta tendencia de los EEUU a la autosuficiencia energética a medio plazo es el “BP Energy Outlook”, que analiza y hace la proyección del mapa mundial de la energía para el año 2035. Según el informe dedicado a los EEUU, en 2035 habrá alcanzado ya esa autosuficiencia energética gracias a que poco a poco su economía dejará de depender del petróleo (pasará del actual 36% del total de su demanda energética al 29% en 2035) a cambio de aumentar la demanda de gas natural (del 30% actual al 35%), de la que los EEUU es el máximo productor mundial. También aumentará el uso de energías renovables del actual 2% al 8% en 2035. Por otro lado, mientras baja la demanda interna, la producción de petróleo en los EEUU aumentará en un 37% y la de gas natural en un 45%, lo que permitirá el uso interno de su propia producción e incluso crear un excedente suficiente para la exportación.

Es decir, según estos datos, los EEUU han dejado de ser un país mayoritariamente importador de energía para conseguir no solamente la autosuficiencia energética, sino también un excedente que le permite exportar. “En términos conceptuales, se dibuja un nuevo mapa mundial de la energía dominado por un creciente mercado consumidor de energía en Asia y un creciente mercado productor en Estados Unidos”, asegura al respecto Mohan Malik.


Asia necesita más energía

Al mismo tiempo, en Asia las economías en auge están aumentando espectacularmente su dependencia energética a medida que los EEUU se alejan de ella. Las economías de China, Corea del Sur, India y Japón presionan cada vez con más fuerza por conseguir más recursos energéticos para mantener el crecimiento. El profesor Malik recuerda que estos países “consumen en conjunto más de la mitad del petróleo total mundial”, y la tendencia es que aumentarán su demanda, sobre todo China e India, los dos gigantes asiáticos en auge.

Según el estudio de BP “Energy Outlook 2035”, en 20 años China será el mayor importador de energía del mundo, aumentando su demanda actual del 15% actual al 20%. En concreto, China superará a los EEUU como el mayor consumidor mundial de petróleo en 2027 y a Rusia como el segundo mayor consumidor mundial de gas natural en 2025, solamente superado por los estadounidenses. Por ello, la dependencia de China con respecto al petróleo aumentará del 57% en 2012 al 76% en 2035, mientras que su dependencia de gas natural se incrementará del 25% actual al 41% en 2035. Por su parte, India, a medida que su economía ha ido creciendo, también lo ha ido haciendo su dependencia energética. En concreto, el estudio de BP indica que en 2035 su consumo de energía habrá aumentado en un 132%. En consecuencia las importaciones de petróleo aumentarán en 2035 en un 169% y las de gas en un 573%.

El lugar donde las potencias asiáticas van a buscar la energía que necesitan para sus economías es el lugar donde se produce la mayoría de ésta: Oriente Medio. Por ejemplo, un análisis de la agencia U.S. Energy Information Administration (EIA) afirma que en 2013 China importó el 52% del petróleo de Oriente Medio, una cantidad que cada año va en aumento, teniendo en cuenta que esta zona sigue siendo la mayor productora de crudo del mundo y lo seguirá siendo en 2035 según el informe “World Energy Outlook 2013”, esta vez realizado por la Agencia Internacional de la Energía (IEA).

Por lo tanto, a medida que los EEUU van consiguiendo la autosuficiencia energética para su economía, las potencias asiáticas van dependiendo cada vez más de la capacidad de exportación de los países del Golfo Pérsico. Y sobre todo, las economías de China e India dependerán cada vez más de los acontecimientos políticos en Oriente Medio para recibir sus flujos energéticos. Como escribe el profesor Malik, “somos testigos de una loca carrera, de una especie de búsqueda del tesoro para controlar los recursos energéticos por parte de China, India y Japón, sobre todo en aquellos países y regiones que quedan fuera del control de las principales empresas occidentales por razones políticas”.


¿Mandarán algún día China o India soldados a Oriente Medio?

Esas “razones políticas” de las que habla Malik son hoy, entre otras, la guerra civil en Libia, y la inestabilidad en Argelia y en el Sahel provocada por grupos salafistas. Pero sobre todo, la expansión del Estado Islámico en Siria e Irak. El conflicto civil sirio ha traspasado la frontera iraquí y ha llegado a la frontera turca, y se está convirtiendo en una guerra a mayor escala entre suníes y chiíes, apoyados respectivamente por Arabia Saudí e Irán con unas consecuencias y un final impredecibles.

La economía de los EEUU ya no necesita que su ejército intervenga militarmente en la zona como la que se produjo tras la invasión de Kuwait por Sadam Hussein en 1990 o en el propio Irak entre 2003 y 2010 (fechas que coinciden con la mayor tasa de importación de petróleo de la historia de los EEUU). Esto podría explicar la actual intervención limitada a ataques aéreos ordenada por el presidente Obama, que se niega a enviar soldados de tierra, prefiriendo armar a milicias locales.

La mayor importación de petróleo de EEUU coincide con la guerra de Irak.

Pero las grandes potencias asiáticas sí necesitan garantías de estabilidad en Oriente Medio para no poner en peligro su crecimiento. Por ejemplo, según datos de la agencia U.S. Energy Information Administration, en 2013 China importó en 2013 el 8% de su petróleo de Irak, el 8% de Irán, el 19% de Arabia Saudí, y otro 16% de otros estados del Golfo Pérsico. Es decir, en 2013 China importó la mitad del petróleo de una zona políticamente muy inestable e impredecible, no precisamente los mejores ingredientes para asegurar el crecimiento económico del futuro.  


En este sentido, el profesor Malik afirma que el fin de la dependencia energética de los EEUU con respecto a Oriente Medio “ha impulsado a algunos analistas y autoridades del Golfo Pérsico a especular sobre el futuro post-estadounidense y tratar de encontrar nuevos socios seguros para llenar el vacío, posiblemente los poderes militares asiáticos en auge, como China e India. Ambos han costeado incrementos de dos dígitos en gastos de defensa”. Según datos del prestigioso Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI), India y China encabezan el “top 20” de los estados importadores de armas entre 2009 y 2013. Solamente India, por ejemplo, ha importado el 14% del total de las armas vendidas en todo el mundo durante ese periodo de tiempo.

¿Supondrá esto que en caso de retirada de los EEUU de Oriente Medio serán China e India las próximas potencias que intervengan en la zona para asegurar sus suministros energéticos e intervenir en los mercados?

Para el profesor Malik la retirada de los EEUU de Oriente Medio no debería darse por hecha a pesar de alcanzar la autosuficiencia energética. “El mero hecho de que sus amigos y aliados sigan dependiendo enormemente del petróleo de Oriente Medio exige que Washington siga comprometido en la región”, afirma. Sin embargo, deja una puerta abierta a la posibilidad de la retirada estadounidense del avispero: “En caso de que los Estados Unidos se retirara de la zona, China ampliaría sin duda sus vínculos con los productores de energía y concluiría pactos de petróleo por seguridad en la región”.

¿Es posible que más pronto que tarde llegue el día en el que soldados chinos o indios patrullen en Oriente Medio e incluso que se enfrenten con los yihadistas para asegurar el petróleo con destino a su país?  

Artículo disponible en Ssociologos.com

lunes, 8 de septiembre de 2014

Rusia, ¿la inseguridad como sentimiento nacional?

“La inseguridad es el sentimiento nacional ruso por excelencia”, escribió Robert D. Kaplan. Una historia cruel y sangrienta de invasiones y una geografía sin defensas naturales obligarían a Rusia a desconfiar de sus vecinos y a llevar a cabo una política tradicionalmente expansionista y desconfiada para protegerse. Ucrania es la clave y la consecuencia de esta política expansiva.

Rusia hace siglos que cuenta como una de las potencias más importantes del mundo. Desde el siglo XVIII ha sido uno de los protagonistas de la escena política internacional y ha demostrado su capacidad para expandirse, así como para reponerse de sus crisis. Por ejemplo, en el presente, y tan sólo 25 años después del desplome de la URSS y de su imperio, Rusia es una de las potencias económicas emergentes del planeta y se encuentra en pleno proceso de reconstrucción de su influencia política. Para ello se sirve de su enorme reserva estratégica de energías como gas y petróleo, y su capacidad para influir en los países que dependen de esas energías.

Rusia y su presidente Putin se encuentran en pleno proceso de reconstrucción de la influencia y el prestigio del antiguo imperio ruso. Ha contestado a las sanciones europeas por la crisis de Ucrania con sanciones propias (que sufren por ejemplo los agricultores españoles), ha firmado con China importantes acuerdos económicos para romper su dependencia del mercado occidental y forma parte del grupo de países de los BRICS que han anunciado la creación de un banco de desarrollo para no depender del FMI ni del Banco Mundial.

Sin embargo, a pesar de este retorno de Rusia a la primera fila de la política mundial solamente una generación después del hundimiento soviético, no significa que en Moscú no se sientan inseguros con respecto a su posición frente a las demás potencias. Rusia es fuerte, pero no es ni mucho menos la más fuerte, como se puede apreciar en los siguientes datos, interesantes para comparar el poder económico ruso frente a sus competidores (fuente: Banco Mundial, 2012):

-       Rusia: 143,5 millones de habitantes; PIB de 2,015 billones de dólares; ingreso nacional bruto per cápita 12.700 dólares; esperanza de vida 70 años.

-       EEUU: 313,9 millones de habitantes; PIB 16,24 billones de dólares; ingreso nacional bruto per cápita 52.340 dólares; esperanza de vida de 79 años.

-       UE: 505,6 millones de habitantes; PIB de 16,66 billones de dólares; ingreso nacional bruto per cápita 33.906 dólares; esperanza de vida 81 años.

-       China: 1.351 millones de habitantes; PIB de 8,227 billones de dólares; ingreso nacional bruto per cápita 5.720 dólares; esperanza de vida: 75 años.

Estos datos muestran algunas de las debilidades estructurales de Rusia en comparación con las potencias económicas y políticas más importantes del mundo: es inferior en el número de población, en riqueza nacional y en nivel de vida de sus habitantes (sólo supera a China en renta per cápita). Es decir, Rusia es más débil que los EEUU, la Unión Europea y China en la mayoría de los factores estructurales económicos básicos de cualquier país, lo que le coloca en una posición económicamente más vulnerable que el resto de las grandes potencias del mundo. Pero a esta debilidad se sumaría, además, un sentimiento de vulnerabilidad geográfica y estratégica que explicarían la política exterior rusa desde hace siglos.   


Expandirse o morir

La inseguridad es el sentimiento nacional ruso por excelencia”, explica el periodista y analista político estadounidense Robert D. Kaplan, que resume así la visión que se tiene de Rusia en los círculos profesionales de las relaciones internacionales de los EEUU. Según este enfoque, una historia cruel y sangrienta de invasiones y una geografía sin defensas naturales obligarían a Rusia a desconfiar de sus vecinos y a llevar a cabo una política tradicionalmente imperialista para protegerse.

Robert D. Kaplan
Robert D. Kaplan es autor del libro “La venganza de la geografía” en el que explica la decisiva importancia que la geografía tiene, en su opinión, a la hora de definir la política exterior de un Estado. Sería también el caso de Rusia, el Estado más grande del mundo pero no por ello el más invulnerable. Según sugiere en su libro, “las potencias continentales se sienten constantemente inseguras, puesto que, sin mares, que las protejan, están siempre en situación de inferioridad y no tienen más remedio que seguir expandiéndose o arriesgarse a ser conquistadas. Eso es especialmente cierto en Rusia, cuya enorme extensión carece casi por completo de fronteras naturales y ofrece poca protección”. Es decir, según Kaplan, Rusia ha crecido históricamente para protegerse.


Rusia no tiene fronteras claras: no hay montañas (excepto en el Cáucaso) ni enormes ríos que separen clara y nítidamente su territorio del de sus vecinos. En definitiva, los rusos han carecido de un “limes” claro como el que tenían los antiguos romanos a lo largo de los ríos Rin y Danubio, o de costas para definir las fronteras de su imperio y poder defenderse de los ataques que han llegado desde todas las direcciones: en la Edad Media desde oriente con las invasiones mongolas, y más recientemente desde Europa central cuando Napoleón invadió Rusia en 1812 y Hitler lo hizo en 1941.

Mapa físico de Rusia.
Sin embargo, mientras otros imperios emergieron, se extendieron, cayeron y nunca más volvió a saberse de ellos, el Imperio ruso se ha expandido, se ha desmoronado y ha resurgido en varias ocasiones. La geografía y la historia nos demuestran que nunca podemos subestimar un país como Rusia, ya que en todos esos casos las invasiones trajeron muerte y destrucción al territorio ruso, pero fueron seguidos de una victoria y de una subsiguiente expansión rusa a costa de su enemigo derrotado.

En este sentido, Robert D. Kaplan escribe que “los rusos llegaron hasta el este y el centro de Europa para impedir el avance de Francia en el S. XIX y de Alemania en el XX. De igual manera, intervinieron en Afganistán para impedir el paso de los británicos desde la India, con lo cual se procuraron una salida hacia las aguas cálidas del Índico, y también se han adentrado en Extremo Oriente para detener a China. En cuanto al Cáucaso, estas montañas constituyen una barrera que los rusos se ven obligados a controlar para protegerse de las convulsiones políticas y religiosas del Gran Oriente Medio”.

Por lo tanto, la geografía, es decir el clima y el paisaje rusos, son, según Kaplan, “penosamente duros, y como tales son claves para entender el carácter ruso y su historia”, y que a su vez explicarían por qué “la inseguridad es el sentimiento nacional ruso por excelencia”.


Una ambigua relación con sus vecinos

Esta teoría sobre la importancia de la geografía para explicar un presunto sentimiento de inseguridad ruso en las relaciones internacionales, puede observarse en las relaciones entre Rusia y sus vecinos, por ejemplo China. Kaplan opina que “la geografía impone una relación de tensión permanente entre China y Rusia, disimulada en el presente por una cierta alianza táctica antiestadounidense”.

China y Rusia son vecinas y tradicionales competidoras. Comparten 4.250 kilómetros de frontera terrestre sin ningún obstáculo natural reseñable entre ellas, lo que en Rusia despierta el temor frente a su dinámico vecino del sur, ya que, escribe Kaplan, “tal vez nunca antes Rusia había sido tan vulnerable geográficamente en tiempos de paz. Toda Siberia y Extremo Oriente rusos solo suman 27 millones de habitantes”, frente a los más de 1.300 millones de chinos al otro lado de la frontera.
  
Expansión de Rusia a lo largo de su historia.
Es decir, Rusia se enfrenta en el extremo oriente a un vecino mucho más potente que podría aspirar abiertamente a controlar los inmensos y desprotegidos territorios siberianos y sus casi inagotables recursos naturales para utilizarlos para alimentar a su propia economía en constante crecimiento. Este temor es el que predomina en las relaciones entre ambos países y el que despierta la desconfianza y el miedo en Moscú hacia Pekín, alimentado por la ausencia de una frontera natural clara y defendible (como por ejemplo la cordillera del Himalaya que separa a India de China). 

Este temor se aplica también a los demás vecinos de Rusia. En Asia Central y el Caúcaso el miedo es debido al avance del islamismo en las antiguas repúblicas soviéticas y en Afganistán e Irán, y en el Mar Negro y en Europa oriental el temor ruso se explica por el avance de la OTAN y de la Unión Europea en las antiguas zonas de hegemonía de la URSS. Ese temor se ve acrecentado por la falta de una barrera clara e infranqueable que impida la llegada del peligro al corazón de Rusia. Como explica Kaplan, “tanto daba quien gobernara Rusia, la realidad a la que tendría que enfrentarse siempre sería la misma: la de una masa continental inexorablemente llana que se extendía en todas direcciones, más allá de los Estados colindantes”.

Esa realidad geográfica, la misma a la que se enfrentaron los zares hace siglos, provoca por lo tanto un sentimiento de inseguridad y de indefensión a la que los actuales gobernantes rusos responden de la misma manera que hicieron los zares: a la ofensiva. “Rusia tenía que recuperar el control del corazón continental. (…) Rusia no tuvo otra opción que convertirse en una potencia revisionista para intentar recuperar, de forma más o menos sutil, su área de influencia en Bielorrusia, Ucrania, Moldavia, el Cáucaso y Asia Central, donde aún vivían 26 millones de personas de etnia rusa”, afirma Kaplan, que resume así la actual política exterior rusa: “La actual debilidad de Rusia en Eurasia ha convertido la geografía en la obsesión rusa de principios del S. XXI”.


Ucrania, la clave para la recuperación política de Rusia

Siguiendo la política exterior tradicional, el miedo a ser sometido por sus vecinos habría impulsado la reconstrucción del imperio ruso 25 años después de la desaparición de la URSS. Según Kaplan, “Putin ha optado por una expansión neozarista que la abundancia de recursos naturales de su país posibilita a corto plazo”. “El último imperio ruso en ciernes está levantándose a costa de su inmensa riqueza en recursos naturales que con tanta desesperación necesitan en la periferia europea y China, con los beneficios y la coacción que ello conlleva.  (…) Rusia dispone de la mayor reserva de gas natural del mundo, la segunda mayor de carbón y la octava de petróleo”, escribe Kaplan, que recuerda que “el presupuesto militar no ha hecho más que crecer”.

Sin embargo, la reconstrucción del imperio ruso por parte de Putin está encontrando un obstáculo muy importante en una de sus piezas clave en su frontera occidental: Ucrania.

Zonas en conflicto en Ucrania.
Kaplan asegura que “Ucrania es el estado pivote que transforma Rusia. Colindante al sur con el mar Negro y al oeste con los antiguos países satélite de la Europa del este, en gran medida la independencia de Ucrania mantiene a Rusia fuera de Europa”. Es decir, “sin Ucrania, Rusia todavía puede ser un imperio, aunque predominantemente asiático. Sin embargo, si recuperara Ucrania, Rusia añadiría 46 millones de personas a su demografía con las miras puestas en Occidente”. 
    
Por su parte, para el politólogo y ex consejero de Seguridad Nacional de los EEUU, Zbigniew Brzezinski, “la pérdida de Ucrania (tras la desaparición de la URSS) no sólo fue fundamental desde el punto de vista geopolítico, sino que también fue geopolíticamente catalítica”.

En su libro “El gran tablero mundial”, Brzezinski también apunta a la estrecha relación entre la geografía y la política exterior rusa: “Rusia, forjadora de un gran imperio territorial y hasta hace poco tiempo líder de un bloque ideológico de estados satélite que se extendía hasta el propio centro de Europa y hasta el Mar de China Meridional, se había convertido en un problemático Estado-nación que carecía de accesos geográficamente sencillos hacia el mundo exterior y que era potencialmente susceptible de entrar en conflictos debilitadores con los vecinos de sus flancos occidental, sur y oriental. Sólo los inhabitables e inaccesibles espacios del norte, casi permanentemente helados, parecían seguros desde el punto de vista geopolítico”.

Zbigniew Brzezinski
Brzezinski explica que la reconstrucción del imperio ruso ha sido la opción elegida por los líderes del Kremlin nada más desaparecer la URSS en 1991. “En términos generales”, escribe el politólogo estadounidense, “puede considerarse que tras el colapso de la URSS surgieron tres grandes opciones geoestratégicas cuyos contenidos se solapan parcialmente. Cada una de ellas está vinculada, en último término, a las inquietudes de Rusia con respecto a su estatus en relación con los EEUU y cada una de ellas tiene además una serie de variantes internas: Dar prioridad a la asociación estratégica madura con los EEUU (condominio mundial); Poner el énfasis en el extranjero próximo como principal interés de Rusia; o una contraalianza anti EEUU”.

Ganó la segunda opción de enfocar los esfuerzos hacia el “extranjero próximo”, un concepto que Brzezinski explica como “un código que usaban los defensores de una política que ponía el énfasis, ante todo, en la necesidad de reconstruir algún tipo de marco viable, con Moscú como el centro de toma de decisiones, en el espacio geopolítico que había ocupado antes la URSS”. Es decir, con el objetivo de recuperar la hegemonía rusa en el marco geográfico de la antigua Unión Soviética.

Esta política del extranjero próximo puede adoptar varias formas, según Brzezinski. Podría entenderse como una manera de crear un espacio económico común (como el puesto en marcha en enero de 2012 por Rusia, Bielorrusia y Kazajastán), y/o una unión de “eslavófilos románticos” que abogan por una unión eslava de Rusia, Bielorrusia y Ucrania.

Sin embargo, mientras esta política sí ha contado y sigue contando con el apoyo del gobierno de Minsk, en Ucrania la oposición ha sido y es muy fuerte. Como explica Brzezinski: “Sus líderes reconocieron pronto que tal “integración”, especialmente a la luz de las reservas rusas sobre la legitimidad de la independencia de Ucrania, llevaría eventualmente a la pérdida de la soberanía nacional”. Es decir, ya desde la independencia ucraniana en diciembre de 1991, existe el intento por parte de Moscú de recuperar el dominio sobre su ex república soviética lo que ha provocado la resistencia de Kiev. Al final, el conflicto abierto entre Ucrania y Rusia estalló dos décadas después.  

Este conflicto en Ucrania tiene para Rusia connotaciones defensivas, ya que se siente agredida por los intereses de Occidente en el país, en concreto por la posible pertenencia en el futuro de Ucrania a la OTAN y a la Unión Europea. En este sentido, hay que recordar que la actual crisis en Ucrania comenzó con la firma del Acuerdo de Asociación entre Ucrania y la UE. Moscú quiso impedir dicho acuerdo porque se siente atacada en sus intereses geopolíticos y reacciona con violencia, como por ejemplo anexionándose Crimea y apoyando a los milicianos prorrusos en las provincias ucranianas orientales. Precisamente, escribe Brzezinski, “para Rusia será incomparablemente más difícil aceptar el ingreso de Ucrania en la OTAN porque ello significaría reconocer que el destino de Ucrania ha dejado de estar orgánicamente vinculado al de Rusia”.

La pérdida definitiva de la influencia rusa en Ucrania supondría un revés muy duro para la idea de seguridad nacional de Moscú y el fin de sus aspiraciones de reconstruir el imperio ruso. Este freno a la recuperación de la hegemonía rusa en el territorio de la antigua URSS aumentaría la actual sensación de inseguridad y desconfianza de Rusia frente a sus vecinos. En este sentido, la pérdida definitiva de la influencia rusa en Ucrania y su sustitución por la UE y la OTAN a medio o largo plazo, podría provocar una actitud de aislamiento y hostilidad de Rusia hacia al resto de Europa con consecuencias impredecibles, sobre todo teniendo en cuenta la actual dependencia energética europea con respecto a Rusia. En definitiva, Rusia se juega en Ucrania su existencia como potencia europea. “El factor clave que se debe tener en mente es que Rusia no puede estar en Europa si Ucrania no lo está, mientras que Ucrania puede estar en Europa sin que Rusia lo esté”, afirma Brzezinski.     

Pero el freno de la expansión rusa hacia el oeste, además de abortar cualquier tipo de expectativa de recuperar la hegemonía sobre Europa oriental, podría provocar otras consecuencias. Aumentaría la sensación de inseguridad rusa, lo que a su vez intensificaría la necesidad estratégica de Moscú de seguir su expansión, aunque esta vez en Asia, donde lidiaría con China, su competidora directa, y la muy inestable Asia Central, donde ambas potencias tienen intereses geoestratégicos y económicos.


Es decir, un fracaso de la reconstrucción de la hegemonía rusa en Ucrania podría provocar a largo plazo un más que probable conflicto entre Rusia y China, una relación que ya es bastante ambigua.    

Artículo disponible en Ssociologos.com.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Asia se está armando

Asia se está armando. Los países asiáticos están liderando el incremento del gasto militar mundial en los últimos años, lo que está provocando una carrera armamentística en la región de consecuencias impredecibles. Los conflictos por la soberanía de islas o territorios fronterizos para controlar supuestos yacimientos de materias primas se suceden. La riqueza generada por el crecimiento económico de la zona se utiliza para comprar armas, lo que a su vez provoca que aumente la percepción de amenaza y no se esté buscando soluciones en la cooperación y menos en la integración entre los países. 

El pasado martes 17 de diciembre, el Gobierno de Japón,presidido por el primer ministro Shinzo Abe, anunció que iba a poner en marcha un plan de rearme entre 2014 y 2019 frente a las amenazas de China y Corea del Norte. Ese plan costará 170.000 millones de euros, y con él, Japón pone fin de hecho a su política militar desde su derrota en la Segunda Guerra Mundial. Para poner fin al militarismo japonés, desde entonces la política de defensa se basaba en el mantenimiento de un ejército pequeño y débil que en realidad confiaba su seguridad militar en la alianza y en las tropas de EEUU.

El primer ministro japonés, Shinzo Abe.
La propia constitución japonesa prohíbe cualquier tipo de acción militar que no sea estrictamente defensiva, limita el rearme para no despertar recelos entre los vecinos, e incluso prohíbe el mantenimiento de un ejército propiamente dicho. Es por ello que se denomine a los militares japoneses como Fuerzas de Autodefensa. Sin embargo, desde la llegada de Abe al Gobierno hace un año, y tras las crisis por el armamento nuclear de Corea del Norte a principios de año, y con China hace escasas semanas por la soberanía de unos islotes, Japón ha apostado claramente por abandonar la ficción de la política de autodefensa y ha optado oficialmente por rearmarse, aunque hace años ya que se encuentra entre el ranking de países del mundo que más gastan en sus ejércitos.

Tokio se suma así a una tendencia que está creciendo entre los países de su entorno.  Las recientes crisis con China y con Corea del Norte sólo son los dos últimos ejemplos de la inestabilidad de una zona cada vez más conflictiva. A falta de una organización internacional que canalice a través de la cooperación los conflictos históricos entre países de manera como lo hizo la Comunidad Económica Europea en los años 50, en Asia los recelos históricos siguen vivos y se mezclan con intereses económicos y políticos.



Los asiáticos, entre los que más gastan en sus ejércitos del mundo

Esta falta de cooperación se traduce en una mayor inestabilidad en las relaciones entre los países asiáticos, y esa inestabilidad hace aumentar los riesgos de que algún día se pueda provocar un conflicto armado entre ellos. Esto, a su vez, es causa de que los países asiáticos apuesten por rearmarse para disuadir a sus competidores. En este sentido, el crecimiento económico que están disfrutando estos países hace factible que la mayoría pueda gastar más en armamento, lo que ha provocado una verdadera carrera de armamento en la zona. Como consecuencia, de los 15 países del mundo que más gastaron en armamento en 2012, cuatro son asiáticos, según los datos del Stockholm International Peace Research Institute(SIPRI). Estos países son:

  • China: En el segundo puesto mundial de los que más gastan en sus ejércitos, ha pasado de 22.190 millones de dólares en 2000 a 166.107 millones en 2012. China gastó el año pasado 7,5 veces más en su ejército que hace doce años, un dispendio que ha sido financiado por su crecimiento económico ya que el porcentaje de su PIB destinado a Defensa apenas ha cambiado, pasando del 1,9% en 2000 al 2% en 2012.
·      Japón: En el quinto puesto, ha pasado de gastar 45.356 millones de dólares en 2000 (0,97% del PIB) a gastar 59.267 millones de dólares en 2012 (1% del PIB). El plan de rearme hasta 2019 seguramente provoque que Japón suba puestos en el ranking de 2014.
  • India: En el octavo puesto, ha triplicado su gasto militar en 2012 (47.735 millones de dólares, el 2,5% de su PIB) con respecto al año 2000, cuando gastó 14.440 millones de dólares (entonces el 3,1% de su PIB).
  • Corea del Sur: En el puesto número 12, ha duplicado su gasto militar en la última década pasando de 13.801 millones de dólares (el 2,6% de su PIB) en 2000 a 31.660 millones de dólares en 2012 (el 2,7% de su PIB).

A estos países habría que añadir Rusia que normalmente no suele estar incluida entre las potencias asiáticas, a pesar de compartir frontera de miles de kilómetros con China y ser un actor regional muy importante.

  • Rusia es el tercer estado que más gastó en su ejército del mundo en 2012. Prácticamente ha multiplicado por diez su gasto militar desde el año 2000 pasando de 9.635 millones de dólares (3,7% de su PIB) a 90.749 millones de dólares el año pasado (4,4% del PIB).

En todos estos casos se trata de potencias económicas (como Japón y China) y de países que están disfrutando de un crecimiento económico muy importante en los últimos años, lo que facilita la financiación del rearme. Tres de  estos países están en el grupo de los países emergentes llamados BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), que acompañan su fuerza económica recientemente adquirida con reivindicaciones de mayor autonomía política en la comunidad internacional, autonomía que subrayan gastando cada vez más en sus ejércitos (Brasil también está en la lista de los 15 que más gastaron en defensa en 2012, en el puesto 11º).

Pero esta carrera de armamentos no se limita a los países ricos de Asia o a los emergentes. Todos los países asiáticos más importantes han aumentado de manera significativa su gasto militar entre 2000 y 2012, según datos del SIPRI: Indonesia (en 6.000 millones de dólares), Pakistán (en 4.000 millones de dólares), Tailandia (en 3.500 millones de dólares), Vietnam (en 2.650  millones de dólares) o Filipinas (en 1.674 millones de dólares).

Tampoco los más humildes como Bangladesh se escapan de esta carrera de armamentos: Entre 2000 y 2012 ha incrementado en casi mil millones de dólares su gasto en defensa, que el año pasado era de 1.586 millones de dólares. Pero el caso más espectacular es el de Myanmar, que ha incrementado en 75.305 millones de euros su gasto de defensa en la última década, situando su presupuesto militar en 2012 en 84.399 millones de dólares, uno de los más altos del continente.  


La fuerza de la disuasión militar, ¿hasta cuándo?

En resumen: Asia está plena carrera armamentística. Prácticamente ningún país se escapa de esta tendencia y se gastan miles de millones de dólares más en defensa que hace una década. El crecimiento económico de muchos de estos países en los últimos años hace posible la financiación de este rearme masivo, que nace como respuesta de la desconfianza mutua y la falta de mecanismos supraestatales de cooperación en la zona que puedan canalizar los conflictos. En Asia se confía cada vez más en evitar los posibles conflictos mediante la disuasión a través de la fuerza militar. Pero eso solamente provoca, a su vez, una escalada en el rearme.

Marinos japoneses.
¿Qué pasará cuando la economía deje de crecer en la zona con la misma fuerza que hasta la fecha? ¿Podrán en ese caso los países asiáticos seguir financiando la carrera de armamentos, o por el contrario buscarán otras fórmulas más ‘baratas’ para solucionar sus conflictos?

Sin embargo, hasta que eso suceda (si es que ocurre) cada vez que se produzca un conflicto entre estos países, crece el peligro de un error de cálculo y de que se utilicen los enormes arsenales acumulados por estos países. Por ejemplo, hace pocas semanas aviones de combate chinos desafiaron a Japón y a Corea del Sur, que contestaron con otras medidas de fuerza. La causa era el control de unas pequeñas islas desiertas que los tres países reclaman como suyas. Hace unos meses, en abril, las flotas china y filipina se encararon por el control de otras islas desiertas en el Mar de China Meridional. En todos estos casos había en juego supuestos yacimientos de petróleo, que China necesita desesperadamente en cantidades cada vez mayores para mantener el ritmo de crecimiento de su economía.

Conflictos por islas o islotes.


Cada vez se producen más choques por estas causas y cada vez el tono es más rudo y las respuestas más contundentes. Un juego arriesgado para el futuro en el que los EEUU juegan un papel clave como aliado de algunos de los países más destacados que rodean a China. ¿Estaría Washington dispuesto a participar en una escalada en caso de que un conflicto no se solucionase con la mera disuasión militar? ¿Estarían los EEUU dispuestos a ir a la guerra por Japón, Corea del Sur o Filipinas?   

sábado, 11 de mayo de 2013

EL GASTO MILITAR MUNDIAL EN 2012, ¿HACIA EL FIN DE LA HEGEMONÍA DE OCCIDENTE?

Mientras EEUU en particular y Occidente en general recortan sus gastos en armamento debido a la crisis económica, los países de las economías en crecimiento se rearman. “Estamos viendo lo que puede ser el comienzo de un cambio en el equilibrio del gasto militar mundial de los países occidentales ricos hacia las regiones emergentes” (Dr. Sam Perlo-Freeman, director del Programa de Gasto Militar y Producción de Armas del SIPRI).


El pasado 15 de abril el prestigioso Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) publicó su informe sobre el gasto militar mundial en 2012. Los resultados son bastante elocuentes: mientras que los EEUU y los estados de la Unión Europea y OTAN han retrocedido en el gasto en armamento, las potencias emergentes como Rusia y China, dos miembros de los llamados BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), han aumentado el suyo significativamente.  


A pesar de todo, los EEUU siguen liderando el gasto de armamento en el mundo con 668.841 millones de dólares en 2012 (el 4,4% del PIB), frente a 711.402 millones de dólares en 2011. Es un 6% menos, lo que se explica por la paulatina retirada de EEUU de los diferentes escenarios bélicos abiertos por el anterior presidente George W. Bush en Afganistán e Irak. El actual presidente, Barack Obama, está realizando una política de fuertes recortes en el gasto militar que, según el SIPRI, se llevarán a cabo este año 2013.
 

Con respecto a Europa, según datos del instituto sueco, las políticas de austeridad y recortes han afectado a 18 de los 31 países de la UE o de la OTAN, que en su conjunto han rebajado su gasto militar en un 10% desde el comienzo de la crisis en 2008. Así, por ejemplo, Francia gastó en 2012 62.582 millones de dólares (el 2,3% de su PIB) en gasto militar, casi 200 millones de dólares menos que en 2011; el Reino Unido gastó 59.795 millones de dólares (el 2,5% de su PIB), unos 490 millones de dólares menos que el año anterior; y Alemania gastó 45.785 millones de dólares en su ejército (el 1,4% de su PIB), casi 3.000 millones de dólares menos que el año anterior. España, por su parte, presupuestó en Defensa 12.185 millones de dólares (el 0,8% del PIB) en 2012, 1.805 millones de dólares menos que en 2011.  


Es decir, las principales potencias de Occidente, las que están sufriendo la crisis económica, están recortando sus gastos en Defensa de manera significativa. Sin embargo, según recuerda el Dr. Sam Perlo-Freeman, director del Programa de Gasto Militar y Producción de Armas del SIPRI, “los EE.UU. y sus aliados continúan siendo los responsables de la gran mayoría del gasto militar mundial. Los miembros de la OTAN juntos gastaron un billón de dólares.”

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Rusia y China aumentan su gasto militar


Por su parte, China y Rusia están utilizando su crecimiento económico para fortalecerse también en el plano militar. Por ejemplo, y según datos del SIPRI, China gastó en 2012 157.603 millones de dólares en Defensa, un 2,2% de su PIB. Son 11.449 millones de dólares, es decir, un 7,8% más que en 2011. Con estas cifras China se ha consolidado como la segunda potencia en gasto militar del mundo, sólo por detrás de los EEUU. Su presencia en el mercado internacional de armamento también se ha incrementado. Ya en marzo de este año el SIPRI publicó otro informe en el que destacaba que China se había colocado en el “top five” de los exportadores de armas convencionales del mundo superando al Reino Unido.  


Por su parte, Rusia también ha incrementado significativamente su gasto militar el año pasado aunque al precio de un mayor esfuerzo real para su economía, ya que los 90.646 millones de dólares gastados en 2012 suponen el 4,4% de su PIB, el mismo porcentaje de la economía que invierten los EEUU en Defensa. Son 12.316 millones de dólares más de gasto en el ejército ruso que en 2011.


El resto de países del BRICS no incrementaron significativamente sus gastos militares en 2012 con respecto al año anterior, pero aún así mantienen unos presupuestos de Defensa muy altos: India gastó 48.255 millones de dólares (el 2,5% de su PIB) y Brasil 36.751 millones (el 1,5%). Sólo Sudáfrica mantiene una cifra relativamente modesta con 4.470 millones de dólares, el 1,1% de su PIB.


 
¿Hacia un mundo multipolar?


Con estas cifras está claro que la hegemonía militar de Occidente está comenzando a ceder frente a una cada vez más fuerte inversión por parte de los países emergentes. Pero es, por el momento, nada más que el síntoma del inicio de un proceso. Occidente sigue siendo, hoy por hoy, el bloque económico, político, militar y cultural hegemónico en el mundo. Pero ya hay una tendencia a que esa hegemonía se vaya perdiendo poco a poco a favor de un mayor protagonismo en otros lugares del mundo.


Los países emergentes, los llamados BRICS, están creciendo económicamente de tal manera y en contraste con la crisis que sufre Occidente, que incluso están comenzando a poner en duda instituciones internacionales propias de la dominación occidental de las relaciones internacionales, como por ejemplo el Banco Mundial y el FMI. Los BRICS propusieron el pasado mes de marzo crear un banco propio para el desarrollo de los países del Tercer Mundo, lo que permitiría una vía de desarrollo de estos estados al margen de las recetas y de los intereses de Occidente. Toda una declaración de independencia de los BRICS y, sobre todo, de autoestima gracias a los recursos a los que tienen acceso gracias a su crecimiento económico. A estos recursos económicos se está sumando, paulatinamente, el poder militar.


Por lo tanto, parece que los procesos de crecimiento económico y de redistribución de la riqueza a escala global están provocando que, poco a poco, nos estemos alejando del escenario de poder unipolar internacional con unos EEUU hegemónicos en el plano militar, para ir acercándonos a un escenario multipolar con diferentes potencias regionales hegemónicas en su entorno, pero no lo suficientemente fuertes como para imponerse sobre el resto.