lunes, 8 de septiembre de 2014

Rusia, ¿la inseguridad como sentimiento nacional?

“La inseguridad es el sentimiento nacional ruso por excelencia”, escribió Robert D. Kaplan. Una historia cruel y sangrienta de invasiones y una geografía sin defensas naturales obligarían a Rusia a desconfiar de sus vecinos y a llevar a cabo una política tradicionalmente expansionista y desconfiada para protegerse. Ucrania es la clave y la consecuencia de esta política expansiva.

Rusia hace siglos que cuenta como una de las potencias más importantes del mundo. Desde el siglo XVIII ha sido uno de los protagonistas de la escena política internacional y ha demostrado su capacidad para expandirse, así como para reponerse de sus crisis. Por ejemplo, en el presente, y tan sólo 25 años después del desplome de la URSS y de su imperio, Rusia es una de las potencias económicas emergentes del planeta y se encuentra en pleno proceso de reconstrucción de su influencia política. Para ello se sirve de su enorme reserva estratégica de energías como gas y petróleo, y su capacidad para influir en los países que dependen de esas energías.

Rusia y su presidente Putin se encuentran en pleno proceso de reconstrucción de la influencia y el prestigio del antiguo imperio ruso. Ha contestado a las sanciones europeas por la crisis de Ucrania con sanciones propias (que sufren por ejemplo los agricultores españoles), ha firmado con China importantes acuerdos económicos para romper su dependencia del mercado occidental y forma parte del grupo de países de los BRICS que han anunciado la creación de un banco de desarrollo para no depender del FMI ni del Banco Mundial.

Sin embargo, a pesar de este retorno de Rusia a la primera fila de la política mundial solamente una generación después del hundimiento soviético, no significa que en Moscú no se sientan inseguros con respecto a su posición frente a las demás potencias. Rusia es fuerte, pero no es ni mucho menos la más fuerte, como se puede apreciar en los siguientes datos, interesantes para comparar el poder económico ruso frente a sus competidores (fuente: Banco Mundial, 2012):

-       Rusia: 143,5 millones de habitantes; PIB de 2,015 billones de dólares; ingreso nacional bruto per cápita 12.700 dólares; esperanza de vida 70 años.

-       EEUU: 313,9 millones de habitantes; PIB 16,24 billones de dólares; ingreso nacional bruto per cápita 52.340 dólares; esperanza de vida de 79 años.

-       UE: 505,6 millones de habitantes; PIB de 16,66 billones de dólares; ingreso nacional bruto per cápita 33.906 dólares; esperanza de vida 81 años.

-       China: 1.351 millones de habitantes; PIB de 8,227 billones de dólares; ingreso nacional bruto per cápita 5.720 dólares; esperanza de vida: 75 años.

Estos datos muestran algunas de las debilidades estructurales de Rusia en comparación con las potencias económicas y políticas más importantes del mundo: es inferior en el número de población, en riqueza nacional y en nivel de vida de sus habitantes (sólo supera a China en renta per cápita). Es decir, Rusia es más débil que los EEUU, la Unión Europea y China en la mayoría de los factores estructurales económicos básicos de cualquier país, lo que le coloca en una posición económicamente más vulnerable que el resto de las grandes potencias del mundo. Pero a esta debilidad se sumaría, además, un sentimiento de vulnerabilidad geográfica y estratégica que explicarían la política exterior rusa desde hace siglos.   


Expandirse o morir

La inseguridad es el sentimiento nacional ruso por excelencia”, explica el periodista y analista político estadounidense Robert D. Kaplan, que resume así la visión que se tiene de Rusia en los círculos profesionales de las relaciones internacionales de los EEUU. Según este enfoque, una historia cruel y sangrienta de invasiones y una geografía sin defensas naturales obligarían a Rusia a desconfiar de sus vecinos y a llevar a cabo una política tradicionalmente imperialista para protegerse.

Robert D. Kaplan
Robert D. Kaplan es autor del libro “La venganza de la geografía” en el que explica la decisiva importancia que la geografía tiene, en su opinión, a la hora de definir la política exterior de un Estado. Sería también el caso de Rusia, el Estado más grande del mundo pero no por ello el más invulnerable. Según sugiere en su libro, “las potencias continentales se sienten constantemente inseguras, puesto que, sin mares, que las protejan, están siempre en situación de inferioridad y no tienen más remedio que seguir expandiéndose o arriesgarse a ser conquistadas. Eso es especialmente cierto en Rusia, cuya enorme extensión carece casi por completo de fronteras naturales y ofrece poca protección”. Es decir, según Kaplan, Rusia ha crecido históricamente para protegerse.


Rusia no tiene fronteras claras: no hay montañas (excepto en el Cáucaso) ni enormes ríos que separen clara y nítidamente su territorio del de sus vecinos. En definitiva, los rusos han carecido de un “limes” claro como el que tenían los antiguos romanos a lo largo de los ríos Rin y Danubio, o de costas para definir las fronteras de su imperio y poder defenderse de los ataques que han llegado desde todas las direcciones: en la Edad Media desde oriente con las invasiones mongolas, y más recientemente desde Europa central cuando Napoleón invadió Rusia en 1812 y Hitler lo hizo en 1941.

Mapa físico de Rusia.
Sin embargo, mientras otros imperios emergieron, se extendieron, cayeron y nunca más volvió a saberse de ellos, el Imperio ruso se ha expandido, se ha desmoronado y ha resurgido en varias ocasiones. La geografía y la historia nos demuestran que nunca podemos subestimar un país como Rusia, ya que en todos esos casos las invasiones trajeron muerte y destrucción al territorio ruso, pero fueron seguidos de una victoria y de una subsiguiente expansión rusa a costa de su enemigo derrotado.

En este sentido, Robert D. Kaplan escribe que “los rusos llegaron hasta el este y el centro de Europa para impedir el avance de Francia en el S. XIX y de Alemania en el XX. De igual manera, intervinieron en Afganistán para impedir el paso de los británicos desde la India, con lo cual se procuraron una salida hacia las aguas cálidas del Índico, y también se han adentrado en Extremo Oriente para detener a China. En cuanto al Cáucaso, estas montañas constituyen una barrera que los rusos se ven obligados a controlar para protegerse de las convulsiones políticas y religiosas del Gran Oriente Medio”.

Por lo tanto, la geografía, es decir el clima y el paisaje rusos, son, según Kaplan, “penosamente duros, y como tales son claves para entender el carácter ruso y su historia”, y que a su vez explicarían por qué “la inseguridad es el sentimiento nacional ruso por excelencia”.


Una ambigua relación con sus vecinos

Esta teoría sobre la importancia de la geografía para explicar un presunto sentimiento de inseguridad ruso en las relaciones internacionales, puede observarse en las relaciones entre Rusia y sus vecinos, por ejemplo China. Kaplan opina que “la geografía impone una relación de tensión permanente entre China y Rusia, disimulada en el presente por una cierta alianza táctica antiestadounidense”.

China y Rusia son vecinas y tradicionales competidoras. Comparten 4.250 kilómetros de frontera terrestre sin ningún obstáculo natural reseñable entre ellas, lo que en Rusia despierta el temor frente a su dinámico vecino del sur, ya que, escribe Kaplan, “tal vez nunca antes Rusia había sido tan vulnerable geográficamente en tiempos de paz. Toda Siberia y Extremo Oriente rusos solo suman 27 millones de habitantes”, frente a los más de 1.300 millones de chinos al otro lado de la frontera.
  
Expansión de Rusia a lo largo de su historia.
Es decir, Rusia se enfrenta en el extremo oriente a un vecino mucho más potente que podría aspirar abiertamente a controlar los inmensos y desprotegidos territorios siberianos y sus casi inagotables recursos naturales para utilizarlos para alimentar a su propia economía en constante crecimiento. Este temor es el que predomina en las relaciones entre ambos países y el que despierta la desconfianza y el miedo en Moscú hacia Pekín, alimentado por la ausencia de una frontera natural clara y defendible (como por ejemplo la cordillera del Himalaya que separa a India de China). 

Este temor se aplica también a los demás vecinos de Rusia. En Asia Central y el Caúcaso el miedo es debido al avance del islamismo en las antiguas repúblicas soviéticas y en Afganistán e Irán, y en el Mar Negro y en Europa oriental el temor ruso se explica por el avance de la OTAN y de la Unión Europea en las antiguas zonas de hegemonía de la URSS. Ese temor se ve acrecentado por la falta de una barrera clara e infranqueable que impida la llegada del peligro al corazón de Rusia. Como explica Kaplan, “tanto daba quien gobernara Rusia, la realidad a la que tendría que enfrentarse siempre sería la misma: la de una masa continental inexorablemente llana que se extendía en todas direcciones, más allá de los Estados colindantes”.

Esa realidad geográfica, la misma a la que se enfrentaron los zares hace siglos, provoca por lo tanto un sentimiento de inseguridad y de indefensión a la que los actuales gobernantes rusos responden de la misma manera que hicieron los zares: a la ofensiva. “Rusia tenía que recuperar el control del corazón continental. (…) Rusia no tuvo otra opción que convertirse en una potencia revisionista para intentar recuperar, de forma más o menos sutil, su área de influencia en Bielorrusia, Ucrania, Moldavia, el Cáucaso y Asia Central, donde aún vivían 26 millones de personas de etnia rusa”, afirma Kaplan, que resume así la actual política exterior rusa: “La actual debilidad de Rusia en Eurasia ha convertido la geografía en la obsesión rusa de principios del S. XXI”.


Ucrania, la clave para la recuperación política de Rusia

Siguiendo la política exterior tradicional, el miedo a ser sometido por sus vecinos habría impulsado la reconstrucción del imperio ruso 25 años después de la desaparición de la URSS. Según Kaplan, “Putin ha optado por una expansión neozarista que la abundancia de recursos naturales de su país posibilita a corto plazo”. “El último imperio ruso en ciernes está levantándose a costa de su inmensa riqueza en recursos naturales que con tanta desesperación necesitan en la periferia europea y China, con los beneficios y la coacción que ello conlleva.  (…) Rusia dispone de la mayor reserva de gas natural del mundo, la segunda mayor de carbón y la octava de petróleo”, escribe Kaplan, que recuerda que “el presupuesto militar no ha hecho más que crecer”.

Sin embargo, la reconstrucción del imperio ruso por parte de Putin está encontrando un obstáculo muy importante en una de sus piezas clave en su frontera occidental: Ucrania.

Zonas en conflicto en Ucrania.
Kaplan asegura que “Ucrania es el estado pivote que transforma Rusia. Colindante al sur con el mar Negro y al oeste con los antiguos países satélite de la Europa del este, en gran medida la independencia de Ucrania mantiene a Rusia fuera de Europa”. Es decir, “sin Ucrania, Rusia todavía puede ser un imperio, aunque predominantemente asiático. Sin embargo, si recuperara Ucrania, Rusia añadiría 46 millones de personas a su demografía con las miras puestas en Occidente”. 
    
Por su parte, para el politólogo y ex consejero de Seguridad Nacional de los EEUU, Zbigniew Brzezinski, “la pérdida de Ucrania (tras la desaparición de la URSS) no sólo fue fundamental desde el punto de vista geopolítico, sino que también fue geopolíticamente catalítica”.

En su libro “El gran tablero mundial”, Brzezinski también apunta a la estrecha relación entre la geografía y la política exterior rusa: “Rusia, forjadora de un gran imperio territorial y hasta hace poco tiempo líder de un bloque ideológico de estados satélite que se extendía hasta el propio centro de Europa y hasta el Mar de China Meridional, se había convertido en un problemático Estado-nación que carecía de accesos geográficamente sencillos hacia el mundo exterior y que era potencialmente susceptible de entrar en conflictos debilitadores con los vecinos de sus flancos occidental, sur y oriental. Sólo los inhabitables e inaccesibles espacios del norte, casi permanentemente helados, parecían seguros desde el punto de vista geopolítico”.

Zbigniew Brzezinski
Brzezinski explica que la reconstrucción del imperio ruso ha sido la opción elegida por los líderes del Kremlin nada más desaparecer la URSS en 1991. “En términos generales”, escribe el politólogo estadounidense, “puede considerarse que tras el colapso de la URSS surgieron tres grandes opciones geoestratégicas cuyos contenidos se solapan parcialmente. Cada una de ellas está vinculada, en último término, a las inquietudes de Rusia con respecto a su estatus en relación con los EEUU y cada una de ellas tiene además una serie de variantes internas: Dar prioridad a la asociación estratégica madura con los EEUU (condominio mundial); Poner el énfasis en el extranjero próximo como principal interés de Rusia; o una contraalianza anti EEUU”.

Ganó la segunda opción de enfocar los esfuerzos hacia el “extranjero próximo”, un concepto que Brzezinski explica como “un código que usaban los defensores de una política que ponía el énfasis, ante todo, en la necesidad de reconstruir algún tipo de marco viable, con Moscú como el centro de toma de decisiones, en el espacio geopolítico que había ocupado antes la URSS”. Es decir, con el objetivo de recuperar la hegemonía rusa en el marco geográfico de la antigua Unión Soviética.

Esta política del extranjero próximo puede adoptar varias formas, según Brzezinski. Podría entenderse como una manera de crear un espacio económico común (como el puesto en marcha en enero de 2012 por Rusia, Bielorrusia y Kazajastán), y/o una unión de “eslavófilos románticos” que abogan por una unión eslava de Rusia, Bielorrusia y Ucrania.

Sin embargo, mientras esta política sí ha contado y sigue contando con el apoyo del gobierno de Minsk, en Ucrania la oposición ha sido y es muy fuerte. Como explica Brzezinski: “Sus líderes reconocieron pronto que tal “integración”, especialmente a la luz de las reservas rusas sobre la legitimidad de la independencia de Ucrania, llevaría eventualmente a la pérdida de la soberanía nacional”. Es decir, ya desde la independencia ucraniana en diciembre de 1991, existe el intento por parte de Moscú de recuperar el dominio sobre su ex república soviética lo que ha provocado la resistencia de Kiev. Al final, el conflicto abierto entre Ucrania y Rusia estalló dos décadas después.  

Este conflicto en Ucrania tiene para Rusia connotaciones defensivas, ya que se siente agredida por los intereses de Occidente en el país, en concreto por la posible pertenencia en el futuro de Ucrania a la OTAN y a la Unión Europea. En este sentido, hay que recordar que la actual crisis en Ucrania comenzó con la firma del Acuerdo de Asociación entre Ucrania y la UE. Moscú quiso impedir dicho acuerdo porque se siente atacada en sus intereses geopolíticos y reacciona con violencia, como por ejemplo anexionándose Crimea y apoyando a los milicianos prorrusos en las provincias ucranianas orientales. Precisamente, escribe Brzezinski, “para Rusia será incomparablemente más difícil aceptar el ingreso de Ucrania en la OTAN porque ello significaría reconocer que el destino de Ucrania ha dejado de estar orgánicamente vinculado al de Rusia”.

La pérdida definitiva de la influencia rusa en Ucrania supondría un revés muy duro para la idea de seguridad nacional de Moscú y el fin de sus aspiraciones de reconstruir el imperio ruso. Este freno a la recuperación de la hegemonía rusa en el territorio de la antigua URSS aumentaría la actual sensación de inseguridad y desconfianza de Rusia frente a sus vecinos. En este sentido, la pérdida definitiva de la influencia rusa en Ucrania y su sustitución por la UE y la OTAN a medio o largo plazo, podría provocar una actitud de aislamiento y hostilidad de Rusia hacia al resto de Europa con consecuencias impredecibles, sobre todo teniendo en cuenta la actual dependencia energética europea con respecto a Rusia. En definitiva, Rusia se juega en Ucrania su existencia como potencia europea. “El factor clave que se debe tener en mente es que Rusia no puede estar en Europa si Ucrania no lo está, mientras que Ucrania puede estar en Europa sin que Rusia lo esté”, afirma Brzezinski.     

Pero el freno de la expansión rusa hacia el oeste, además de abortar cualquier tipo de expectativa de recuperar la hegemonía sobre Europa oriental, podría provocar otras consecuencias. Aumentaría la sensación de inseguridad rusa, lo que a su vez intensificaría la necesidad estratégica de Moscú de seguir su expansión, aunque esta vez en Asia, donde lidiaría con China, su competidora directa, y la muy inestable Asia Central, donde ambas potencias tienen intereses geoestratégicos y económicos.


Es decir, un fracaso de la reconstrucción de la hegemonía rusa en Ucrania podría provocar a largo plazo un más que probable conflicto entre Rusia y China, una relación que ya es bastante ambigua.    

Artículo disponible en Ssociologos.com.

miércoles, 30 de julio de 2014

El voto a Podemos, ¿consecuencia de la incertidumbre y el miedo al futuro?

La encuesta del CIS elaborada después de las elecciones europeas del pasado 25 de mayo revela una serie de datos fundamentales para conocer un poco mejor al votante de Podemos. Según este estudio, estas personas son las que más temor sienten sobre su futuro laboral y las que reconocen sentirse menos felices en comparación con los votantes de otros partidos. Sufren lo que el sociólogo Zygmunt Bauman denomina la “profana trinidad”: incertidumbre, inseguridad y desprotección ante el futuro. ¿Es el auge de Podemos la expresión en las urnas de las consecuencias de la llamada modernidad líquida?   

A medias del mes de julio el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) publicó su estudio poselectoral de las elecciones europeas celebradas el pasado 25 de mayo. En esas elecciones la gran sorpresa fue Podemos, que consiguió más de 1,2 millones de votos prácticamente sin previo aviso en ningún sondeo preelectoral. Según el estudio del CIS, estos votantes son, sobre todo, urbanos, de clase media y jóvenes. Pero lo que les diferencia de los votantes del resto de partidos es su sentimiento de miedo e incertidumbre respecto a su futuro laboral inmediato, lo que podría explicar que sean estas personas las que sufren un mayor grado de infelicidad comparado con el resto.

En concreto, los datos del CIS dicen que Podemos fue el partido que contó con apoyos mayoritarios en las franjas de edad de los 18 y 24 años (25%) y la de los 25 y 34 años (19,4%), además de una importante presencia entre los 35 y 44 años (14,9%) y los 45 y 54 años (15,3%). También lidera entre los votantes con estudios de segunda etapa de Secundaria (17,5%) y FP (15,2%), y tiene una gran presencia entre los votantes con estudios superiores (14%). Las ciudades a partir de 100.000 habitantes son sus hábitats mayoritarios, y se ubican, sobre todo, como miembros de las nuevas clases medias (14,4%) y como obreros no cualificados (14,4%), pero también con una importante presencia en la clase alta/media-alta (12,7%).

Pero donde los votantes de Podemos destacan por encima del resto es en su pesimismo con respecto a sus expectativas de futuro laboral. Así, en la pregunta “¿Piensa usted que es muy probable, bastante, poco o nada probable que durante los próximos doce meses pierda su empleo actual?”, la proporción de los votantes de Podemos que creen que es ‘probable (muy o bastante)’ que pierdan su empleo es mayor que en los demás partidos (23,5%). Por otro lado, la proporción de los que creen que es ‘nada probable’ es menor entre los votantes de Podemos (24,5%) que en el resto.



Una de las consecuencias de esta percepción podría ser el menor grado de felicidad entre los votantes de Podemos. En la pregunta “En términos generales, ¿en qué medida se considera usted una persona feliz o infeliz?”, la media de los electores de Podemos en una escala de 0 (completamente infeliz) a 10 (completamente feliz) es del 6,93. Es decir, se consideran más infelices que los votantes del PP (7,49), PSOE (7,04), Izquierda Plural (7,23), o UPyD (7,34). En concreto, los votantes de Podemos se sienten más infelices que la media de los votantes (6,93 frente a 7,12).



En resumen, a pesar de encontrarse en la plenitud de su vida, contar con una buena base de estudios y formación, de vivir en las zonas con mayor riqueza y oportunidades del país y de ubicarse entre las clases sociales con mejor nivel de vida, los votantes de Podemos son los más pesimistas con respecto a su futuro laboral y se sienten más infelices. ¿Por qué?

En el pre-borrador de su ponencia política, publicado en la prensa, Podemos apunta a la causa de estos miedos y la identifica como la clave de su éxito: “Una buena parte de la contestación social hoy existente deriva de una crisis de expectativas que ya no se repetirá para las siguientes generaciones”. Para Podemos su voto es una expresión de contestación social y su auge es consecuencia de la crisis de expectativas de futuro entre la generación joven, de clase media, con estudios y urbana. ¿Cómo se ha llegado a esa crisis?


Incertidumbre, inseguridad y desprotección

El sociólogo Zygmunt Bauman describe la sociedad actual utilizando tres palabras que denomina como “la profana trinidad”: incertidumbre, inseguridad y desprotección, y explica que “cada una de las cuales genera una angustia aguda y dolorosa al ignorar su procedencia”. Esta es una de las consecuencias de lo que Bauman califica como ‘modernidad líquida’, que es también el nombre de una de sus obras clave.

Lo sólido se resquebraja y es inundado por lo líquido que es, por definición, móvil y constante. Las relaciones sociales, el trabajo, la identidad, las expectativas, todo es inundado por la nueva realidad líquida y es arrasado sin contemplación. Los valores que servían de referencia para las generaciones anteriores hoy no sirven, como ocurre por ejemplo en el mundo del trabajo. “Los códigos y conductas que uno podía elegir como puntos de orientación estables, y por los cuales era posible guiarse, escasean cada vez más en la actualidad”, afirma Bauman en su obra.

Zygmunt Bauman
En la época llamada de la modernidad sólida, Bauman explica que el trabajo era el elemento clave contra la incertidumbre y para la participación del individuo en la sociedad. En el llamado modelo de producción fordista existía una dependencia mutua entre el capital y el trabajo que anclaba a ambos sobre el terreno y hacía de la previsibilidad y de la falta de movilidad un valor fundamental. El capital necesitaba contar con sus trabajadores a largo plazo para asegurar la producción, y éstos podían presionar a través de la acción colectiva y los sindicatos para conseguir mejoras en las condiciones de trabajo.

Era una época en la que el individuo se percibía como productor y la ética del trabajo lo convertía en un fin. El trabajo marcaba la vida, se era alguien en la sociedad en función del tipo de trabajo que se tenía y la utilidad de una persona en el seno de la sociedad se medía en función de su productividad. Las carreras profesionales a largo plazo estaban aseguradas en los empleos cualificados. Era un mundo en el que se podía planificar el futuro con bastantes posibilidades de acierto. 

Sin embargo, en las últimas décadas la sociedad ha cambiado. “La sociedad posmoderna considera a sus miembros primordialmente en calidad de consumidores, no de productores. Esa diferencia es crucial”, asegura Bauman.

En la era de la posmodernidad o modernidad líquida “la flexibilidad es el eslogan de la época, que cuando es aplicado al mercado de trabajo presagia el fin del empleo tal y como lo conocemos”, caracterizado por “contratos breves, renovables o directamente sin contratos”, afirma el sociólogo. Esta flexibilidad ha cambiado el carácter del trabajo. Todo es a corto plazo y “es más el resultado de una oportunidad que de una planificación”, escribe Bauman.

El capital ha dejado de depender del trabajo. Ahora el capital es “ligero, liviano, viaja sin equipaje y es móvil”. El capital ha dejado de estar atado a un territorio y como consecuencia viene y va de un lugar a otro sin compromisos ni ataduras. La deslocalización de la producción, las fusiones de empresas, o la simple eliminación de plantillas enteras que ya no se necesitan, marcan el fin de la posibilidad de vivir una carrera profesional en el seno de una misma empresa a lo largo de la vida laboral.

Esta ruptura con los compromisos hacia los trabajadores tiene como consecuencia que el trabajo haya dejado de ser el fundamento ético de la sociedad y el elemento que define a las personas para convertirse en un instrumento que, simplemente, permite actuar a los individuos como consumidores. Como dice Bauman, “el trabajo ya no puede ofrecer un huso seguro en el cual enrollar y fijar definiciones del yo, identidades y proyectos de vida”.

El Estado tampoco puede cumplir ya su papel protector, horadado implacablemente por las fuerzas móviles del capital que marcan el paso y ponen las condiciones bajo la amenaza de marcharse del lugar de producción y dejar un páramo sin posibilidad de recuperación. Las condiciones impuestas al Estado son tajantes: rebajas fiscales, reformas laborales, privatización de servicios, cambios en el ordenamiento jurídico para controlar la deuda, etc. “Parece haber poca esperanza de rescatar los servicios estatales que proporcionaban certidumbre y seguridad”, lamenta Bauman.

De la previsibilidad, seguridad y rutina en el trabajo (hablando en términos generales) se ha pasado a la incertidumbre, inseguridad y desprotección. La incertidumbre provocada por la falta de control sobre el presente provoca que la planificación sólo sea a corto plazo: “Cuanto menos control tenemos del presente, menos abarcadora será la planificación del futuro. La franja de tiempo llamada ‘futuro’ se acorta, y el lapso total de una vida se fragmenta en episodios que son majeados ‘de una sola vez’”, explica Bauman.


Crisis de expectativas

Como afirma el documento de Podemos, se ha producido una “crisis de expectativas” que afecta, sobre todo, a aquellos que se educaron con los antiguos valores y objetivos vitales sin llegar a percibir y comprender las consecuencias del actual cambio social. Es decir, la franja de edad en la que predominan sus votantes, entre los 18 y 44 años, son personas que se han visto impedidas a cumplir sus deseos de emancipación o que están sufriendo incertidumbre e inseguridad, sobre todo en sus ámbitos laborales, lo que les impide una planificación a largo plazo de sus objetivos vitales (por ejemplo, sufren la inseguridad de poder cumplir con el pago de hipotecas a lo largo de 20 o 30 años). Esto explicaría, por un lado, su temor a perder sus empleos y, sobre todo, su insatisfacción e infelicidad porque no ven el momento de llegar a la meta de sus aspiraciones.

Zygmunt Bauman describe así esta situación en la sociedad “líquida”: “Existe más bien una variedad del juego de las sillas en las que dichas sillas tienen diversos tamaños y estilos, cuya cantidad y ubicación varían, obligando a hombres y mujeres a estar en permanente movimiento sin prometerles completud alguna, ni el descanso o la satisfacción de haber llegado, de haber alcanzado la meta final donde uno pueda deponer las armas, relajarse y dejar de preocuparse”.

Mientras la economía funcionaba y era factible y verosímil encontrar un empleo con unos ingresos que permitían hacer frente a los gastos de la sociedad de consumo y de las expectativas vitales (vivienda, coche, vacaciones, educación de los hijos, etc.), la incertidumbre no tenía por qué transformarse en temor. Sin embargo, debido a la crisis económica y con un paro superior al 25%, la inseguridad laboral se transforma en terror, alimentado por las imágenes y mensajes repetidos en los medios de comunicación sobre desahucios, paro de larga duración, etc.


¿Un futuro a corto plazo para Podemos?

Podemos ha conseguido conectar con este temor y debido a sus críticas y ataques a lo que llama “régimen de 1978” y “casta” (y a una masiva presencia mediática que le ha permitido trasladar su mensaje), es capaz de proyectar ante sus votantes la imagen de un culpable concreto de sus frustraciones y miedos.

Podemos ha capitalizado el voto del segmento de población afectado por la incertidumbre y la inseguridad, sin embargo prevé que su actual momento de auge tendrá un fin inevitable. En el mismo pre-borrador de la ponencia política, esta formación augura que la crisis de expectativas que ahora le nutre de votos “ya no se repetirá para las siguientes generaciones”, porque, según su análisis, “les hace mella el efecto domesticador del miedo y del empobrecimiento”. En otras palabras, según Podemos, las siguientes generaciones ya educadas en la modernidad líquida carecerán de las frustraciones políticamente movilizables de los actuales votantes de Podemos y aceptarán la nueva realidad postcrisis caracterizada por la precariedad y el empobrecimiento.

Pero Podemos no sólo se preocupa de la presumible pérdida de gancho electoral a largo plazo, sino que, al más puro estilo del pensamiento cortoplacista posmoderno que describe Zygmunt Bauman, ya alerta sobre lo que podrían ser las causas inmediatas de un posible parón en su crecimiento: “La crisis política puede tener mucha menos duración que la económica: no tenemos todo el tiempo del mundo”. No pueden esperar a que pase una generación para instalarse definitivamente en el espectro político español, y tampoco pueden contar con que los insatisfechos de hoy con los partidos tradicionales no lo vayan a estar mañana con Podemos si no cumple con las expectativas que ha despertado. Es decir, si Podemos consigue instalarse en las instituciones y el miedo y la incertidumbre de sus votantes sigue existiendo, ¿qué le diferenciaría del resto de partidos?

La base electoral de Podemos entre el segmento del ciudadano atemorizado e indignado por la crisis de expectativas, provoca la formulación de una serie de cuestiones sobre su futuro: ¿Puede sobrevivir a largo plazo en una sociedad cuyas próximas generaciones podrían aceptar la incertidumbre y la inseguridad en sus vidas? ¿Ha alcanzado ya el límite de crecimiento o puede encontrar apoyos en otros segmentos sociales? ¿Es una expresión política coyuntural de un segmento insatisfecho que podría negarle su apoyo a medio o corto plazo?

Artículo disponible en la web Ssociologos 

viernes, 11 de julio de 2014

Los días contados de la prensa española

En diez años se extinguirán los periódicos tradicionales en España o se volverán insignificantes en su forma impresa en papel. Lo dice una predicción de Future Exploration Network compartida por la Asociación de la Prensa de Madrid en sus redes sociales. Precisamente las redes sociales representan ya la segunda fuente de información más importante entre los españoles menores de 35 años y la primera entre los menores de 24 años, según el último estudio Reuters Digital News Report 2014. La prensa clásica, los periódicos impresos de las cabeceras que han acompañado a la democracia española desde la Transición, tienen los días contados.

El año 2014 está siendo un año de cambios profundos en España. Juan Carlos I, el rey que simbolizó la transición de la dictadura hacia la democracia, ha dado paso a su hijo Felipe VI para que simbolice, a su vez, el paso hacia un nuevo futuro. Por otro lado, los resultados de las pasadas elecciones europeas han confirmado que el sistema de partidos imperante desde la llegada de la democracia está en entredicho. También se ha puesto en duda el sistema de organización territorial del Estado y, sobre todo, se ha puesto fin al optimismo que reinaba en la sociedad acerca de sus posibilidades de bienestar en el futuro. Hoy mandan el miedo y la incertidumbre.

Pero no son los únicos ejemplos de cambios en los tiempos recientes tras una generación sin movimientos traumáticos en el panorama político y social español. En las últimas semanas se han publicado una serie de datos que avisan sobre el destino de otro actor que ha acompañado a los españoles a lo largo de la democracia: la prensa española tradicional está enferma y no tiene cura. No es que vaya a morir el periodismo, pero sí el formato clásico del periódico impreso en papel. Y puede que esta muerte se lleve con ella a alguna cabecera que nos ha acompañado a lo largo de las últimas décadas.  


La última década de los periódicos

Un estudio de Future Exploration Network, una red global de empresas y organizaciones que tiene el objetivo de prever escenarios de futuro para la toma de decisiones (es decir, los que analizan y crean las tendencias), asegura que a la prensa tradicional española le quedan diez años de vida. Al menos en ese tiempo “su formato actual se volverá insignificante”, afirma. Es decir, en una década se dejará de vender periódicos en los kioscos.   

El caso de España no es el más inmediato. El cambio revolucionario que se avecina afectará primero a la prensa anglosajona, siempre a la vanguardia de las transformaciones. Así, la prensa tradicional de los EEUU pasará a la historia en fecha tan cercana como 2017 y la del Reino Unido en 2019. En el resto de Europa se lo tomarán con más calma. La prensa francesa existirá en su forma impresa hasta 2029 y la alemana hasta 2030. Y los últimos en el mundo en ver un periódico impreso serán los argentinos en 2039. Esas fechas parecen lejanas, pero ocurrirá en solamente 25 años.



La causa de esta muerte del periódico en papel es evidente: Internet. La revolución que ha provocado la red ha supuesto un cambio en la comunicación solamente comparable a la aparición de la imprenta hace 500 años. Son inventos que rompen el mundo concebido hasta ese momento, ya que si la imprenta permitió multiplicar el número de personas que recibían información, internet rompe el concepto del espacio y del tiempo porque permite la distribución de esa información por todo el mundo en cuestión de segundos.

Esa es la clave del futuro, según Future Exploration Network. Los periódicos dejarán de ser estrictamente nacionales para traspasar las fronteras y convertirse en medios globales, un proceso en el que el papel impreso es un estorbo. Una rémora para nostálgicos. Solamente los medios que sean capaces de romper las fronteras y adaptarse sobrevivirán. No porque es tecnológicamente posible, sino porque ya es una demanda dominante.

Otro estudio publicado recientemente, el Reuters Digital News Report 2014, dice que más del 60 por ciento de los menores de 35 años emplea como segunda fuente de información las redes sociales”. Es decir, la actual generación adulta ya consume más información en internet que a través del papel. Y la tendencia va en aumento, ya que, según señala el mismo estudio, los jóvenes entre 18 y 24 años prefieren internet incluso por delante de la televisión. El fin del periódico en papel está servido y que tiemble la televisión a largo plazo.

Datos del estudio Reuters Digital News Report 2014. 

Sin embargo, el fin de un soporte de comunicación no debe significar necesariamente el fin de la empresa periodística que lo administra. Pero en España la crisis del soporte va de la mano de la crisis de la empresa editora.

En un análisis del periodista Carlos Díaz Güell publicado en Zoom News el pasado 22 de junio, el diagnóstico no puede ser más sombrío: “El escenario de los grupos de comunicación españoles -rama prensa escrita-, es estremecedor y los últimos resultados conocidos no permiten albergar demasiadas esperanzas”. Las causas de este escenario serían, según el periodista, “una considerable caída de lectores, una descomunal mengua de la tarta publicitaria, un errático comportamiento del mundo digital y la acumulación de costosos errores cometidos en el pasado”.   

Díaz Güell destripa los últimos números de las cuentas de las principales empresas editoras españolas y muestra un panorama inquietante:

  •  Vocento (ABC): “Perdió en los tres primeros meses de este año 6,4 millones de euros, y aunque reduce las pérdidas en 1,3 millones con respecto al mismo periodo del año pasado, llueve sobre mojado, ya que pese a las mejoras de 2013, los ingresos de explotación en periódicos se sitúan en 428,6 millones, un 9,6% menos que en 2012. En definitiva, Vocento tuvo unas pérdidas en 2013 de 15,1 millones de euros, cifra inferior, bien es verdad, a los 53,3 millones del año anterior”.

  •       Prisa (El País, Cinco Días, As): “En 2013 registró unas pérdidas de 648,70 millones de euros, lo que supone un 154,4% más que en 2012 y al cierre del último ejercicio, la deuda neta total ascendía a 3.227 millones de euros, 144 millones más que un año antes”.

  •       Unedisa (El Mundo, Expansión, Marca): “El resultado de explotación del grupo fue en 2012 de 32 millones de euros negativos, y el resultado antes de impuestos registró también unos número rojos de 69 millones. La pérdida final del grupo editor, registrados los deterioros de activos por los malos resultados continuados de las distintas cabeceras, se ha elevado a 511 millones. (…) El 30 de septiembre de 2013 Unedisa presentaba un resultado de explotación negativo de 7,6 millones, 1,5 millones más que en el mismo período de 2012, es decir un deterioro del 24 por ciento”.

Millones de euros de pérdidas para las empresas que tan sólo una década atrás eran los gigantes españoles de la comunicación, con un poder inmenso en la creación y gestión de la agenda pública (“agenda setting” como decía Walter Lippmann) y una influencia política y económica considerable.

Hoy ese poder no existe y mucho menos la independencia que otorgaba esa influencia, ya que las deudas millonarias hacen surgir la pregunta si no son en realidad los acreedores los que deciden una agenda cada vez más fugaz, en la que la velocidad y la intensa competencia con los pequeños medios digitales marcan los tiempos y los tonos de los contenidos. Los grandes periódicos españoles están en crisis. No solamente en sus números. Son como gigantes desorientados que tratan de encontrar un hueco en el mundo de la modernidad líquida” (Zymunt Bauman) en el que lo que cuenta es la flexibilidad y la incertidumbre.


Un cambio generacional

Hace cuatro décadas, en los años 70, la prensa vivió otro tiempo de transformación. El franquismo agonizaba y la democracia comenzaba a asomarse poco a poco. La prensa escrita (llamada así para diferenciarse de la radio y de la televisión) era la reina del periodismo, la que marcaba la tendencia. Los periódicos del franquismo eran antiguos, en estilo, aspecto y contenido. Reflejaban el tiempo anterior, en el que habían funcionado como correas de transmisión de un régimen que quería tenerlo todo atado. No eran aptos para ocupar un lugar central en la futura sociedad democrática española. Por eso, el diario El País, fundado en 1976, simbolizaba ese cambio inevitable en España que era también cultural, social, económico y generacional, además de político.

Primera portada de El País, 1976.
En un reciente laboratorio de periodismo celebrado por la Asociación de la Prensa de Madrid, el periodista Enric Juliana definió el papel que jugó El País en esos días. Su rol, crucial, era “la reordenación de la narración en España”. El País seguía el modelo anglosajón basado en el estilo narrativo objetivo, que tuvo en el caso Watergate su momento estelar y catapultó a la prensa al pedestal del llamado cuarto poder”. España salía de una dictadura que duró una generación, y la que iba a tomar el relevo necesitaba un nuevo estilo narrativo para contar lo que estaba pasando. El diario El País supo adoptar ese estilo e implantarlo en España, lo que le valió una influencia prácticamente hegemónica.

Han pasado 40 años desde la fundación de El País y, de la misma manera que en los años 70 la generación joven de entonces quiso hacerse con el mando, una nueva generación pugna hoy por suceder a sus padres que hicieron la Transición. Vivimos de nuevo días de cambio, también cultural, social, económico y en cierto modo político. Estos momentos de cambio tienen también su propio estilo narrativo. En este caso se trata del relato, o storytelling. Este estilo es consecuencia directa de la era posmoderna en la que se prima la brevedad, la anécdota y el entretenimiento por encima de la información.

Hoy los medios de comunicación no tratan de proporcionar sólo noticias a sus lectores, sino que aspiran poder competir en el mundo inabarcable de internet en el que coinciden millones de mensajes al mismo tiempo y que la mente humana sencillamente no pude asimilar. Vivimos en un mundo de “sobrecarga de la información”, como escribió Christian Salmon, autor de la obra de referencia que nos advierte sobre los efectos del “storytelling”.


Un nuevo estilo para un nuevo tiempo

Las personas son convertidas en consumidores que eligen entre millones de mensajes a los que prestan atención de la misma manera que escogen cualquier otro producto de consumo. Por eso las técnicas de los medios de comunicación para atraer a esos consumidores están más cerca del marketing que del periodismo. El storytelling, el relato, es hoy la piedra angular sobre la que gira el periodismo. Salmon lo describe perfectamente: “Queremos relatos íntimos, sorpresas, golpes de efecto. Lo último just in time. Sin tiempos muertos. Emoción en flujo continuo”. Nada de periodismo objetivo.

Lejos queda la época de la crónica periodística que exige al lector que se tome su tiempo para repasar la actualidad con cierta atención. Este es el estilo que catapultó a El País al Olimpo del periodismo hace una generación. Hoy sólo se puede aspirar a atrapar al lector de forma fugaz, y la única manera de conseguirlo es entreteniéndolo y llamándole la atención con una historia jugosa en Facebook y en Twitter. Se considera un éxito si pasa del titular y entra a ojear el texto antes de que pase a la siguiente historia.

La prueba es que se está multiplicando la consulta de información a través de los teléfonos móviles. Como informa la web media-tics.com: “Los smartphones han superado en audiencia a la TV en Estados Unidos. Los ingresos  móviles ya representan el 60% del consumo de información en algunos mercados  y es el segmento que más crece con diferencia”. Nada menos reposado y tranquilo que la consulta de información a través del móvil, un soporte en el que “la información deberá ofrecerse en capas sucesivas, modulable, escalable. Consultaremos durante unos pocos minutos titulares y resúmenes, luego visionaremos lo que nos interese y navegaremos por diferentes opciones, ampliaciones, referencias, informes, imágenes, ante una amplísima oferta de opciones relacionadas, producidas por la misma editorial o por cualquier otra”, explican en media-tics.com.

Pero la nueva era de la rapidez a través de internet lo es también de la pérdida de calidad de la información. Un estudio realizado por ING recogido por la web trecebits.com, solamente el 20% de los periodistas online comprueba los datos de sus artículos antes de publicarlos. “Al parecer más que la precisión, se sigue premiando la velocidad”, informa la web. “La mayor parte de los periodistas señala que incluso llega a publicar cuando ya tiene escrito un 60% del texto que quiere hacer, y después continúa ampliando la información”. Llegar antes que la competencia, aunque sea equivocándose, para arañar ese minuto de atención al lector en internet, aunque lo que se escriba no esté contrastado.  

Hoy, lo que da ganancias es la desenfrenada velocidad de circulación”, escribió Zygmunt Bauman, el eminente sociólogo que teorizó sobre la llamada “modernidad líquida”. Estamos viviendo tiempos en los que lo sólido se resquebraja y es inundado por lo líquido que es, por definición, móvil y constante y tiende a arrasar lo sólido. Nada se salva de esta modernidad líquida. “Los códigos y conductas que uno podía elegir como puntos de orientación estables, y por los cuales era posible guiarse, escasean cada vez más en la actualidad”, advirtió Bauman.

Este autor citó a otro profundo observador de nuestro tiempo, el sociólogo Ulrich Beck, que ha acuñado el término “categorías zombis” e “instituciones zombis” para describir a las que “están muertas y todavía vivas”: aquellos representantes de otros tiempos más sólidos a los que la modernidad líquida ha vaciado de contenido o cortado el oxígeno, pero que se resisten a desaparecer definitivamente.       

Tras acompañarnos durante todas nuestras vidas, a los periódicos españoles tradicionales les queda sólo una década de vida antes de convertirse en otra cosa. No sabemos si sus cabeceras sobrevivirán a la transformación. Sólo lo conseguirán si logran adaptarse a la nueva realidad. Entonces sabremos si no son ya unos zombis que siguen vivos a pesar de haber muerto.

sábado, 5 de julio de 2014

¿Somos egoístas o buscamos el bien común? Sobre el origen del pensamiento político conservador y progresista

¿Está en la naturaleza del ser humano la búsqueda del bien común, o en cambio somos seres egoístas? Este debate tan actual ya se producía en la Grecia clásica, hace 2.500 años. Entonces se enfrentaban los partidarios de la democracia contra los seguidores de la aristocracia. Esta lucha iba más allá de la simple pelea por un tipo de gobierno. Estaba en juego la interpretación de la misma esencia de la existencia humana, un conflicto que hoy sigue abierto.  

El profesor de filosofía George H. Sabine reflexionó sobre el comportamiento político del ser humano. Lo hizo en su famoso libro “Historia de la teoría política” (publicado en 1937) y para ello se remontó unos 2.500 años al pasado, a la Grecia del S. V a.C. Era un mundo muy diferente al nuestro, con unas categorías de pensamiento que seguramente no comprenderíamos hoy en día pero en el que ya se abordaban cuestiones básicas sobre el comportamiento político que todavía siguen abiertas al debate en el presente.

Sabine definió la clave del pensamiento político griego como la búsqueda de la “armonía de la vida en común” y que solamente podía realizarse en la ciudad-estado (la polis) y respetando la libertad del individuo. En este punto hay que ser cauteloso desde nuestro punto de vista actual, ya que el concepto de libertad entonces era diferente, como recordó el profesor. Libertad para un griego del S. V. a.C. era, ante todo, “la libertad de comprender, de discutir y de contribuir con arreglo a su innata capacidad y su mérito, no con arreglo a su rango o a su riqueza. El fin de todo ello consiste en producir una vida en común que sea para el individuo la mejor escuela que le permita desarrollar sus facultades naturales y que aporte a la comunidad la ventaja de una vida civilizada”.     

Es decir, la libertad del ciudadano de una polis se daba si podía desarrollar “sus facultades naturales” dentro de su comunidad y “en una vida en común”. Surge aquí la cuestión, ¿cuáles eran esas facultades naturales?


La naturaleza del ser humano

Sabine recordó que esta cuestión provocó un debate muy amplio entre los griegos del S. V. a.C. En un mundo en el que cada comunidad humana era muy diferente en sus culturas, lenguas y tradiciones, los griegos se preguntaban si ¿existe una naturaleza común a todos los humanos más allá de las leyes específicas de cada comunidad política? O por el contrario, ¿los seres humanos son diferentes en su naturaleza como lo son las leyes de cada ciudad o reino?   

Este debate lo ganaron los defensores de la existencia de una ley natural innata a todo ser humano más allá de las leyes locales. Como escribió Sabine: “Salvo para los escépticos, que acabaron por declarar, por cansancio, que una cosa es tan natural como otra y que el uso y la costumbre son literalmente ‘señores de todo’, los demás autores estaban de acuerdo en que algo es natural. Es decir, existe alguna ley que, de ser comprendida, explicaría por qué obran los hombres como lo hacen y por qué creen que algunos modos de obrar son honorables y buenos y otros bajos y malos”.

Por lo tanto se impuso la idea de que todas las personas comparten una naturaleza común que dicta su comportamiento. Nació así el concepto de Derecho Natural y de la existencia de leyes que son comunes a todos los seres humanos porque representan la naturaleza de las personas. Pero nació así una nueva cuestión: ¿Cómo es la naturaleza del ser humano?

Surgieron aquí otra vez dos corrientes enfrentadas. Según Sabine, por un lado estaban los que concebían la naturaleza como “una ley de justicia y rectitud inherente a los seres humanos y al mundo. Esta opinión se apoyaba necesariamente en el supuesto de que el orden es inteligente y benéfico”. Pero por el otro lado, existía otra corriente que “concebía a la naturaleza como no moral y creía que se manifestaba en los seres humanos como autoafirmación o egoísmo, deseo de placer o de poder”.


La lucha entre democracia y aristocracia

En la Grecia del S.V. a.C. este debate creó un conflicto dentro de la comunidad de cada polis y también entre ellas mismas. Un combate que los propios griegos denominaron Stasis (entre otras muchas acepciones): la lucha entre los que defendían un modelo político democrático y los que defendían uno aristocrático.

No era solamente la lucha entre dos modelos de gobierno, sino entre dos visiones enfrentadas sobre la manera de alcanzar el objetivo vital de cada ciudadano griego, es decir, “la armonía de la vida en común” que decía Sabine, ya que esa armonía solamente se podía alcanzar respetando la libertad (dentro de la comunidad, no nuestro concepto de libertad individual actual). Y esa libertad dentro de la comunidad, a su vez, solamente se alcanzaba si se respetaban las “facultades de la naturaleza humana”.

Así pues, la lucha por el modelo político era también la lucha por crear el marco en el que cada griego podía realizarse como persona.

Los que creían que la naturaleza humana era, ante todo, la búsqueda del bien común, eran partidarios de la democracia. Generalmente eran las clases menos pudientes, que defendían que sólo el poder de la comunidad completa de ciudadanos de una polis representaba el marco necesario en el que se podría desarrollar la naturaleza humana y por lo tanto era el único sistema en el que se podría alcanzar la armonía de la vida en común.

En cambio, para los partidarios de la idea de que la naturaleza humana es egoísta, generalmente las clases más pudientes, la mejor forma de gobierno era la aristocracia, el gobierno de los mejores. Solamente de esa manera, gobernando los que habían demostrado ser los más aptos, se podría desarrollar la naturaleza del ser humano y por lo tanto alcanzar la armonía en la comunidad.

Este conflicto no tenía posibilidad de llegar a un consenso ya que no se podía negociar la naturaleza humana: o es egoísta o busca el bien común. Ambas visiones tan incompatibles acabaron desembocando en lo inevitable. La Grecia del S. V a.C. fue escenario de una terrible guerra, la Guerra del Peloponeso, que en esencia (aunque también fue una guerra por el poder geopolítico) significó la lucha entre las ciudades partidarias de la democracia, lideradas por Atenas, contra las que defendían el gobierno aristocrático lideradas por Esparta. Esta lucha también se produjo entre las propias polis. Se debilitaron tanto en esta lucha fratricida que, tras años de guerras fueron engullidas por sus vecinos macedonios y más tarde por los romanos, lo que puso fin al concepto de polis y, con ello, a la búsqueda de la armonía de la vida en común.


Progresistas y conservadores en el mundo contemporáneo

Sin embargo, el debate sobre la naturaleza de ser humano sigue abierto, aunque es cierto que tras siglos de evolución y de adaptación al pensamiento político contemporáneo basado en el concepto de libertad individual, y no en el de libertad como parte de una comunidad como el que poseían los griegos (una diferencia sustancial que tan magistralmente señaló Benjamin Constant en su clásico “La libertad de los antiguos comparada con la de los modernos”).

¿Somos seres que buscan el bien común? Esto es lo que en su esencia defiende el pensamiento político progresista actual. Según esta visión, las leyes del Estado deben adaptarse a la naturaleza humana ayudando a los más débiles de la sociedad a alcanzar sus metas a través de políticas de redistribución de la riqueza. Hoy en día se expresa en que hace falta una sanidad y una educación de acceso universal, un sistema de seguro de desempleo y de pensiones público, etc. sufragado mediante un sistema de impuestos indirecto, en el que cada miembro de la comunidad paga en concordancia a su nivel de ingreso. Es decir, la igualdad sería el medio para adaptar la sociedad a la naturaleza humana y de hacer avanzar a la sociedad.

En cambio, los conservadores defienden el bienestar individual como la esencia de la naturaleza humana. Consideran que las leyes del Estado deben, ante todo, preservar el bienestar individual y defender la propiedad privada, así como crear un espacio en el que cada uno puede desarrollar sus intereses egoístas sin ser molestado, pero respetando la convivencia. Por ello hacen hincapié en la necesidad de que el Estado tenga poca presencia en la sociedad excepto para proteger al individuo y a sus propiedades. Creen en el libre mercado y en la libre competencia como la base de la economía y del crecimiento de la sociedad. En definitiva, la desigualdad sería el motor que haría avanzar a la sociedad y que mejor se adaptaría a la naturaleza del ser humano.

¿Buscamos el bien común o el individual? 2.500 años después el debate sigue abierto.