domingo, 17 de mayo de 2015

Capitalismo e imperialismo, ¿una carrera hacia la autodestrucción? Un análisis de Hannah Arendt



En el S. XIX la Revolución Industrial hizo posible una acumulación de capital que en un momento dado tuvo que traspasar las fronteras y la protección del Estado-Nación y correr el riesgo de la incertidumbre en tierras lejanas. Para evitar la posible quiebra de las inversiones debido a circunstancias incontroladas, el Estado tuvo que intervenir y proyectar su poder en el exterior, de manera que, a la vez que se producía el proceso de acumulación del capital propio del sistema capitalista, paralelamente también lo hacía la acumulación de poder del Estado en un imparable e inacabable proceso de expansión cuyo único fin, según Hannah Arendt, es la “autodestrucción”.  

En el último tercio del S. XIX la Revolución Industrial hizo posible algo que hasta ese  momento había sido imposible: la producción de bienes de forma masiva de manera que un número sin precedentes de personas podían acceder a ellos, y a la vez se multiplicaba la capacidad de producir riqueza que podía ser reinvertida para seguir produciendo más y más. La Humanidad no había vivido un proceso parecido desde el Neolítico y la aparición de la agricultura, por lo que se inició una transformación radical de la economía, la sociedad y la política del momento.  

La filósofa judeo alemana Hannah Arendt analizó esta transformación y sus consecuencias en su obra “Los orígenes del totalitarismo”. Comenzó su reflexión afirmando que el principal efecto político de la Revolución Industrial fue la destrucción de la Nación, la figura política fundamental y en pleno proceso de construcción tras los periodos revolucionarios en Europa y América a finales del S.XVIII y la primera mitad del S. XX. Esta destrucción se debía a la aparición de un nuevo concepto político: el Imperialismo, que según Arendt es “un proceso permanente que no tiene ningún objeto ni ningún propósito que no sea él mismo”, y sobre todo, tiene “la expansión como objetivo prioritario y constante”.

Los conceptos de Nación y de Imperialismo son incompatibles ya que, afirma Arendt, “la Nación no puede crear imperios porque su concepción política se basa en una unión de territorio, población y Estado. En el caso de conquista, sólo le queda al Estado-Nación asimilar a la población extranjera y forzar su beneplácito; no la puede integrar y no la puede imponer su medida de la justicia y la ley”. Nada más ajeno a las ansias de conquista que el concepto de Nación, que “entendía sus propias leyes como surgidas de su propia y única sustancia nacional; no podían por ello tener ninguna validez más allá de su propio pueblo y de su territorio nacional”, escribió Arendt.

Es decir, para los burgueses nacionalistas de la primera mitad del S.XIX, aquellos que protagonizaron los procesos revolucionarios que pusieron fin a la hegemonía de la monarquía absoluta y de la aristocracia, el concepto de Imperialismo que surgiría un par de generaciones después era absolutamente extraño, por no decir hostil a la Nación que ellos habían estado construyendo y defendiendo.

¿Qué había cambiado para que los hijos y nietos de los revolucionarios burgueses  defendieran una política absolutamente contraria a la de sus padres y abuelos?


La Revolución Industrial traspasa fronteras

Hannah Arendt explicó que, como consecuencia de la capacidad de producción de la Revolución Industrial, “la sobreproducción de capital, que ya no se podía transformar en productos dentro la economía doméstica, hizo que el comercio de bienes perdiera en importancia y que aumentara la de la exportación de capitales en búsqueda de inversiones en países extranjeros”.

El crecimiento económico y productivo fue tal que “la Revolución Industrial llegó hasta las fronteras del territorio nacional, y la producción así como la distribución de los productos se hizo dependiente de muchos pueblos, que estaban organizados en sistemas políticos diferentes”. Esto entrañaba un riesgo importante, ya que esos pueblos diferentes influían decisivamente en el destino de las inversiones y por lo tanto de la economía del país productor, sin que los inversores pudieran hacer nada. Sin embargo, la dinámica capitalista obligaba a un crecimiento constante y por lo tanto obligaba también a la exportación de capitales a esos lugares lejanos e incontrolados.  

El imperialismo europeo en África.
El Estado-Nación no podía ni aspiraba controlar a esos países lejanos, por lo para conseguir la seguridad de las inversiones en el extranjero, era obligado realizar un cambio político total. Para Arendt, “las fronteras nacionales no solamente obstaculizaban la expansión, sino que podían poner en riesgo todo el proceso de industrialización. (…) el sistema capitalista, que se basa en un crecimiento constante de la producción, solamente se podía salvar cuando se conseguía dirigir la política exterior de los Estados-Nación hacia la expansión, necesaria para la economía”.
  
Como en adelante sucedería otras muchas veces, la política salió en rescate de la economía. Según Arendt, “se requería de los medios coercitivos del Estado porque se estaba perdiendo el control sobre las inversiones en tierras lejanas, y amplias capas sociales se habían convertido así en especuladores y jugadores contra su voluntad, lo que a su vez amenazaba con transformar la economía nacional de un sistema de producción capitalista en un fraude de especulaciones financieras”.

Es decir, la producción de bienes y la creación de capital había entrado en una dinámica de crecimiento que pronto chocó con la realidad política del momento, el Estado-Nación, y lo acabó por dinamitar.

Este proceso comenzó como una aparentemente sencilla maniobra de protección de los “intereses nacionales” y acabó por desarrollar una dinámica propia. Hannah Arendt subrayó que “solamente la expansión de los medios coercitivos del Estado pudo reconducir y reordenar el flujo imparable de salida de capitales en forma de inversiones especulativas que ponían en peligro los ahorros,  y devolverlos así a la economía nacional. El Estado expandía sus medios más allá de sus fronteras y conducía así el proceso imperialista, porque solamente le quedaba la elección entre una enorme multiplicación del bienestar del pueblo o una inasumible pérdida material”.

Con la política imperialista, “se pudo realizar de esta manera lo que exigían los propietarios del capital exportado: beneficios extraordinarios sin correr ningún riesgo extraordinario”, afirmó Arendt, que sin embargo, subrayó el enorme coste de ese imperialismo: “A través de una acumulación de poder sin límites, es decir, de violencia sin límites legales, se pudo proceder a una acumulación de capital ilimitada o, en un primer momento, aparentemente ilimitada”.


Imperialismo o desaparición: un dilema sin solución

Hannah Arendt advirtió que el Estado-Nación surgido de la Ilustración del S. XVIII se vio arrastrado a participar en la dinámica expansiva del capitalismo surgido de la Revolución Industrial tras enfrentarse al siguiente dilema: o no acudía a asegurar las inversiones en el extranjero y corría el riesgo de desaparición del Estado ante la quiebra más que probable de su economía, o se embarcaba en la aventura imperialista y desaparecía la Nación.  

La elección por el Imperialismo supuso el surgimiento de una nueva dinámica: una mayor acumulación de capital llevaba a una mayor expansión de ese capital, que a su vez dependía necesariamente de la expansión política. Ésta estaba basada en la violencia que, a su vez, llevaba a una mayor acumulación de poder, fundamental para la supervivencia del Estado: “Un Estado basado en este tipo de sociedad y que quiere preservar su poder, debe tender a conseguir más poder. Solamente puede mantenerse estable en la constante expansión del poder en el proceso de la acumulación del poder”, escribió Arendt.

El instrumento fundamental para esa acumulación de poder era la violencia. Como explicó Arendt, “la violencia ha sido desde siempre la ultima ratio de la acción política, y el poder siempre había sido la expresión visible del dominio y del gobierno. La diferencia era que, ni la violencia ni el poder habían sido nunca el último y expreso objetivo de la acción política. Porque el poder en sí solamente puede crear más poder, y la violencia que se aplica por la propia violencia (y no para aplicar la ley), provocan inmediatamente un proceso destructivo que solamente puede llegar a su fin cuando ya no quede nada que no haya sido violado”.

Es decir, la propia dinámica imperialista siempre lleva a la destrucción: “El eterno e ilimitado proceso de la acumulación del poder, que posibilita la expansión por la expansión y la alimenta constantemente, necesita permanentemente material para renovarse y no paralizarse. Cuando el último vencedor de la lucha por la Tierra “no pueda anexionarse las estrellas”, no le quedará otro camino que la autodestrucción, para que el eterno proceso pueda comenzar de nuevo”.  

Por lo tanto, aunque el Estado acabó por sacrificar la Nación a favor del Imperialismo para sobrevivir, arrastrado y obligado por la expansión capitalista, al final no hay salvación posible. El Imperialismo, la expansión tanto económica como política, se basa en la violencia y en no detenerse jamás. Incluso para devorarse a sí mismo.   


Artículo disponible en la web Ssociólogos.com 

domingo, 26 de abril de 2015

Al PP se le "mueren" los votantes, Ciudadanos llega al rescate

El Partido Popular tiene un problema. De acuerdo al barómetro de intención del voto del CIS publicado en enero, el partido genovita se hace viejo y su mayor franja de votantes se sitúa en el tramo de 65 años en adelante. En extremo opuesto, también es la formación que reúne una menor cantidad de voto joven en la entre 18 y 34 años. Da igual tomar la respuesta espontánea o la que conjuga el voto con la simpatía declarada por los encuestados. Mientras el PSOE y Podemos son más transversales, los de Mariano Rajoy están abocados o renovarse o perder apoyo según envejezca su electorado. La situación, como es lógico, empeora con el paso de los años: en 2011, el apoyo de los primeros votantes superaba el 30%.

La brecha entre los partidos tradicionales con los electores noveles va más allá de la corbata y la edad de los líderes políticos. La conexión con la cultura de la Transición desaparece entre las nuevas generaciones. Las viejas estructuras se doblegan bajo el peso de la corrupción. Pero el problema real es el lenguaje y las formas. Y ahí es donde entra Ciudadanos.

Pese a compartir la inmensa mayoría de su ideario político con el PP, Albert Rivera es savia nueva. Treintañero, preparado, seguro de sí mismo, solvente y capaz, el catalán mantiene la compostura cuando Rajoy tartamudea y siente temblar su párpado izquierdo –señal, dicen las malas lenguas de que miente-. Uno puede hablar de renovación sin perder credibilidad. El otro, no.

Rivera es un producto de marketing bien estudiado capaz de ser el buen colega, el novio agradable, el yerno perfecto y el nieto amoroso. La transversalidad social convertida en opción política. De poco sirve que el PP haya contraatacado con ‘cachorros’ jóvenes como Borja Semper o Pablo Casado, cada vez más presentes en los medios de comunicación. El carné azul pesa demasiado.

Querido enemigo

Ciudadanos es hoy, a la vez, el mejor amigo y el peor enemigo del PP. Y, sin embargo, es una doble tabla de salvación: la del votante conservado que ha dejado de verse representado por el puro de Mariano Rajoy o el descaro aristocrático de Esperanza Aguirre y, lo que es más importante, la de los gobiernos autonómicos y municipales del partido.

Los resultados de las elecciones andaluzas apuntan a que Génova tendrá un serio problema en las elecciones municipales y autonómicas del próximo 24 de mayo. El PP perdió en marzo uno de cada tres votos conseguidos en 2012: 1.064.168 andaluces votaron a Juan Manuel Moreno Bonilla frente a 1.570.833 que respaldaron a Javier Arenas hace tres años. Medio millón de votos menos. La mitad de ellos, unos 223.000, han ido a parar a Ciudadanos, según Metroscopia.
Fuente: Metroscopia


El partido que hasta hace poco limitaba su proyección electoral a Cataluña, ha conseguido entrar en el Parlamento andaluz con nueve escaños y 369.000 votos. ¿Es el descalabro del PP en Andalucía el que ha hecho posible la aparición de Ciudadanos en la comunidad autónoma más grande y poblada de España o ha sido al revés? ¿Se debe el descalabro del PP a la aventura de Ciudadanos fuera de Cataluña?

Simbiosis

La demoscopia demuestra la existencia de una relación simbiótica entre ambas formaciones y cómo Ciudadanos aprovecha la existencia del caladero ajeno para hacerse fuerte.

El barómetro de Metroscopia de enero ya le daba un 8,1% de intención de voto a nivel nacional, cifra que ha ido aumentando: 12,2% en febrero y 18,4% en marzo, prácticamente empatado con el PP (18,6%). La mayoría de los institutos de medición registran un ascenso meteórico y una entrada en tromba en el Congreso de los Diputados: myWord le daba un 19% de intención de voto a principios de marzo; Simple Lógica un 18%. El desembarco en las autonomías también promete: Sigma Dos le otorgaba de15 a 16 escaños en la Comunidad Valenciana o 22-23 diputados en Madrid. Además, sería la llave para gobernar los ayuntamientos de las dos capitales. Un golpe perfecto.

En paralelo, el PP continúa su cuesta abajo. De ganar las elecciones generales de noviembre de 2011 con el 44,62% de los votos, hoy las encuestas más optimistas le conceden prácticamente la mitad de la intención de voto a nivel nacional.

Ambas formaciones están atrapadas por una vorágine mediática de sondeos que refuerzan la moral de la formación naranja y debilita la de los populares, poniendo en práctica una versión acelerada de la espiral del silencio, según la cual el votante busca los grupos más fuertes y esconde su pertenencia a los aparentemente más débiles por simple instinto de supervivencia social. La popularidad proporciona más visibilidad y por lo tanto más expectativas de éxito al grupo en auge. El débil, en cambio, desaparece poco a poco de la escena. Es el mismo proceso que se daba entre los votantes socialistas y Podemos hasta hace tan solo unas semanas.

El votante de derechas ha encontrado por primera vez una válvula de escape hacia la que canalizar su decepción. Antes de ello, casi tres millones de votantes habituales o recientes del PP optaron por la abstención. Ni Vox ni UPyD les convencieron.

La paradoja

El 24 de mayo muchos votantes del PP se pasarán a Ciudadanos y el PP perderá sus mayorías absolutas en muchos municipios y comunidades autónomas. Y ahí es donde Albert Rivera se hará fuerte, pero también débil en su discurso centrista: el sesgo conservador aumenta y el 21,7% de los encuestados por el CIS ya le identifica con el centro derecha.

El PP no tiene aliados naturales. Hasta la fecha la soledad del PP en el mapa político le obligaba a ganar siempre por mayoría absoluta si quería. Ni los partidos nacionalistas ni los diferentes partidos en la izquierda cuentan a priori como posibles socios de gobierno en ayuntamientos, comunidades autónomas y en el Congreso de los Diputados.

Begoña Villacís, candidata de la formación naranja en el Ayuntamiento de Madrid, ya ha anunciado públicamente que pactará con el partido más votado. Su jefe de filas matizó que no entrarán en los gobiernos. La opción inteligente sin mayoría absoluta es facilitar la investidura apelando a la estabilidad y condicionar las políticas de Gobierno desde fuera, siendo el PP el que asuma el desgaste.

El PP está perdiendo votantes, se está desangrando. Pero esos votos no van a caer en el vacío, ya que el voto a Ciudadanos se transformará en un voto indirecto al PP, que salvará así gran parte de sus feudos.

Si la tendencia se mantiene, los años del poder omnímodo se han acabado. El rey ha muerto. Viva el rey.

Artículo escrito en colaboración con Ángel Calleja.

Disponible en la web "Las Malas Noticias"

lunes, 6 de abril de 2015

Políticos e instituciones, ¿despojados del poder y despreciados?



Las reglas del juego político están cambiando. Aunque los ciudadanos siguen votando a sus diputados y de los parlamentos siguen surgiendo gobiernos, su soberanía es cada vez menor. Otros actores políticos y económicos que no han sido elegidos por los ciudadanos están tomando las principales decisiones que afectan a las personas, lo que provoca que las instituciones y las clases políticas domésticas se vean cada vez más devaluadas e incluso despreciadas.

Cada día los medios de comunicación muestran ejemplos de gobiernos que están perdiendo margen de maniobra. Ya no tienen la capacidad de decidir y, sobre todo, de imponer sus decisiones soberanas en un mundo globalizado en el que los estados nacionales han dejado de ser los actores principales de la acción política. Organizaciones supranacionales, como la Unión Europea, son las que definen hoy los marcos jurídicos en los que se toman las decisiones políticas de los estados, mientras que las decisiones económicas vienen dadas por los poderes financieros, los llamados mercados, que son los que tienen la última palabra, como están demostrando casi a diario desde que comenzó la crisis económica y del euro.  

El sociólogo y politólogo Ignacio Sotelo afirma en su ensayo  “España a la salida de la crisis” que “en tres décadas, el neoliberalismo triunfante desemboca en una crisis de grandes dimensiones que ha terminado por consolidar un nuevo tipo de capitalismo, el financiero, con el que el poder pasa de las compañías industriales a los grandes consorcios financieros de inversión”.

La falta de arraigo en un territorio concreto y de estabilidad son dos características de este capitalismo financiero, que utiliza la falta de regulación a nivel global y la incapacidad de los estados para defender su soberanía a nivel nacional para moverse libremente por el mundo en busca de negocio y beneficio sin prácticamente trabas. Esta movilidad ha sido definida por el sociólogo Zygmunt Bauman como “modernidad líquida”.

El Estado nacional se encuentra absolutamente a merced de esta movilidad, ya que depende de los recursos del capitalismo financiero para el funcionamiento de su economía, pero apenas cuenta con capacidad para imponer sus condiciones. Estas son dictadas por los mercados bajo la amenaza de marcharse del lugar de producción, causando estragos en las economías afectadas. Y esas condiciones impuestas al Estado suelen ser tajantes: rebajas fiscales, reformas laborales, privatización de servicios, cambios en el ordenamiento jurídico para controlar la deuda, etc. “Parece haber poca esperanza de rescatar los servicios estatales que proporcionaban certidumbre y seguridad”, lamenta Bauman, que habla de la existencia de un “divorcio entre el poder y la política”. Es decir, el poder político y el papel del estado tradicional están dando paso a otro poder más difuso y volátil. 


La política ha perdido el poder

Esta pérdida de poder provoca que los políticos y las instituciones políticas tradicionales sufran un serio problema de imagen de cara a los ciudadanos: la crisis ha demostrado que no pueden imponer sus reglas, capacidad que ha pasado a otros actores no democráticos que se alejan del control de los ciudadanos. Es decir, las instituciones nacionales parecen débiles y la clase política incapaz de solucionar los problemas de los ciudadanos. Y éstos, en vez de exigir responsabilidades a los nuevos poderes, parece que reprochan a sus representantes su debilidad. Por ejemplo en España, según los datos del barómetro del CIS del pasado mes de febrero, “Los/as políticos/as en general, los partidos y la política” son considerados el cuarto mayor problema del país. Además, un 75,9% considera la situación política como “mala” o “muy mala”.



A la mala estimación de la situación política le acompaña una pésima valoración de las instituciones. El barómetro del CIS de abril de 2014 es el último publicado en el momento de escribir este artículo en el que se pregunta directamente por la valoración de las diferentes instituciones del Estado. Los resultados son bastante elocuentes: los partidos políticos (1,89), el Gobierno (2,45), los sindicatos (2,51), el Parlamento (2,63), las organizaciones empresariales (2,94) y los parlamentos autonómicos (2,99) no superan los tres puntos de confianza en una escala entre 0 (ninguna confianza) y 10 (mucha confianza).

Para comparar, en el barómetro del CIS de octubre de 2006, antes de que comenzara la crisis económica, la desconfianza en los partidos políticos era menor (3,41), así como en los sindicatos (4,22) y en las organizaciones empresariales (4,31). También era mayor la confianza en el Gobierno (4,60), el Parlamento (4,52) y en los parlamentos autonómicos (4,90). En general, en octubre de 2006 un 50,1% de los españoles decía sentirse satisfecho o muy satisfecho con el funcionamiento de la democracia en España frente a un 45,1% que decía sentirse poco o nada satisfecho.    

La pérdida de poder provoca rechazo

Teniendo en cuenta estos datos, se podría sugerir que existe una relación entre la pérdida de poder de la clase política y de las instituciones con su pérdida de popularidad. ¿Por qué?

En su obra “Los orígenes del totalitarismo”, la filósofa política judeo-alemana Hannah Arendt echa mano de Alexis de Tocqueville y de su obra “El Antiguo Régimen y la Revolución” para buscar una respuesta. El autor francés, del S. XIX, estudió los motivos por los cuales surgió el  odio desenfrenado del pueblo hacia la aristocracia al principio del periodo revolucionario en 1789, y el principal descubrimiento de Tocqueville, según Hannah Arendt, es tan claro como brutalmente directo: “La evidencia de la pérdida del poder de la aristocracia fue lo que provocó el odio del pueblo”.

Según Arendt, “solamente cuando la aristocracia perdió sus privilegios bajo la monarquía absoluta, y entre ellos el privilegio de explotar y de subyugar, fue percibido por el pueblo como un elemento parasitario. Ya no servía para nada, ni siquiera para dominar. En otras palabras, lo que se considera insoportable es menos la explotación y la dominación como tales; más irritante resulta la riqueza sin ninguna función aparente, porque nadie entiende por qué se debería respetar”.  

Arendt continúa afirmando que “lo que hace que las personas obedezcan o soporten el verdadero poder, pero odien la riqueza sin poder, es el instinto político que les dice que el poder desempeña una función, no es inútil. Incluso la explotación y la dominación hacen que la sociedad funcione y crean una especie de orden. Solamente la riqueza sin poder y el orgullo sin voluntad política son considerados parasitarios, superfluos y desafiantes; desafían a los resentimientos porque crean unas condiciones en las que ya no se pueden desarrollar las relaciones entre las personas. La riqueza que no explota, ni siquiera conoce la relación humana que une al explotador con el explotado, y el orgullo sin voluntad política demuestra que ni si quiera se siente el mínimo interés que necesariamente debería existir por parte del dominador hacia el dominado”.       

Es decir, las personas solamente respetan el poder cuando perciben ese poder. En el momento en el que determinadas instituciones o clases políticas muestran una pérdida de poder, pasan de ser temidas y respetadas a ser despreciadas.


Sin poder, sin legitimidad

El politólogo, jurista y político italiano Gaetano Mosca, escribió hace más de un siglo su obra “La clase política” y en ella explicó la manera en la que esta clase puede perder su legitimidad ante los gobernados. Según Mosca, “la base jurídica y moral sobre la que se apoya el poder de la clase política en todas las sociedades, es la que llamamos fórmula política”. Esta “fórmula” se compondría de una serie de valores, discursos y comportamientos por parte de la clase política que darían respuesta a la “necesidad, tan universalmente experimentada, de gobernar y sentirse gobernado, no en base a la fuerza material e intelectual, sino a un principio moral”, según Mosca.

Pero a la vez advirtió de que la legitimidad que los gobernados están dispuestos a otorgar a los gobernantes tiene sus condiciones y sus límites. Los gobernantes no deberían olvidar nunca que su legitimidad, su “fórmula política, debe fundarse sobre las creencias y sentimientos más fuertes, específicos del grupo social en el cual está en vigencia”.

Por lo tanto, y aplicando este concepto de Mosca, si la fórmula política se transforma o lo hace la sociedad sobre la que descansa, la clase política pierde la legitimidad de gobernar que había tenido antes. Y la fórmula política está cambiando. 

Artículo disponible en Ssociólogos.com

martes, 17 de marzo de 2015

Nueva política: la hoguera de los candidatos



Algo insólito ha ocurrido en la política madrileña. A menos de dos meses de las elecciones autonómicas y municipales, los partidos han esperado hasta el último minuto para presentar a sus candidatos. En el caso del PP, PSOE e IU podría interpretarse como un síntoma de crisis y de nervios ante la pujanza de los nuevos partidos, que ponen en serio riesgo el bipartidismo. Sin embargo, también Podemos, Ciudadanos o Ahora Madrid han apurado los tiempos.

Mariano Rajoy ha anunciado los nombres de Cristina Cifuentes y de Esperanza Aguirre a tan sólo 70 días antes de que se celebren las elecciones a la Asamblea de Madrid y al Consistorio de la capital, respectivamente. La mayoría de los comentarios sobre esta decisión han estado relacionados con su tardanza, buscando en ella síntomas de debilidad, crisis y dudas por parte del líder del PP.

El próximo 31 de marzo se firma el decreto de convocatoria electoral y el PSOE también ha cambiado de candidato a la Presidencia regional en el último momento, pasando de Tomás Gómez al exministro Ángel Gabilondo. Tras la espantada de Tania Sánchez, que ha impulsado una lista de convergencia –en la que no participará- para integrar a la izquierda en Podemos, IU se ha sacado de la manga al poeta Luis García Montero.

Lo que hasta hace no mucho parecía un acto suicida en cualquier campaña electoral, como es retrasar el nombramiento del candidato todo lo que se pueda, ahora parece un fenómeno buscado, independientemente de los problemas internos que lo provoquen. Pero, incluso sin los conflictos internos, está cada vez más claro que retrasar el nombre del candidato tiene más ventajas que inconvenientes. ¿Por qué?

Rosa Díez, “chamuscada”

En la era de las tertulias, las redes sociales y los programas políticos de sábado noche. Los políticos se abrasan más rápido que nunca. Y sin motivo aparente.

Es el caso, por ejemplo, de Rosa Díez. La portavoz de UPyD ha pasado de ser la más valorada por los españoles a ser una política del montón.

En noviembre de 2011, a tan solo días de las elecciones generales, era la líder más popular con una nota de 4,95. Tres meses después, descendió al 4,91 sobre 10. En noviembre de 2012, la caída comenzaba a preocupar: 4,31. Su puntuación fue de 4,28 pasado un año. En noviembre de 2014 bajó al cuarto puesto con un 3,63. En febrero de 2015, el último barómetro del CIS publicado con valoración de políticos, Rosa Díez era tercera con un 3,66.

Durante este período, Mariano Rajoy ha vivido una auténtica caída en barrena, pasando del 4,43 en noviembre de 2011 (mes en el que conseguiría la mayoría absoluta) al 2,24 del pasado febrero.

La caída de la popularidad del presidente del Gobierno se debe, como es lógico, al desgaste de su gestión, ¿pero cómo se explica la caída de Rosa Díez? ¿Qué había hecho desde la oposición –aparte de hacer propuestas, poner la cara colorada al PP e iniciar una ofensiva por el caso Bankia- para perder casi 1,30 puntos en tres años y medio?

La respuesta es nada; simplemente, dejar de ser la novedad o paradójicamente, hacerse conocida, desgastarse en el campo político. Quemarse, en definitiva.

Ahora, los encuestados premian la novedad –y aparentemente la falta de notoriedad-. Lo demuestra la nota a Pedro Sánchez, secretario general del PSOE desde julio de 2014 y que en su primer CIS en noviembre de 2014 ya superaba en popularidad a Mariano Rajoy (aunque con un precario 3,85, muy celebrado en Ferraz, frente al 2,31 del presidente). En ese momento Sánchez solamente era superado por Uxue Barkos, pero sería una cifra efímera, porque el CIS del pasado febrero rebajó su calificación al 3,68 en tan sólo tres meses.

La única política que ha conseguido estar siempre en los primeros puestos de popularidad es la navarra Uxue Barkos, de Geroa Bai, que nunca ha bajado del 4 a pesar de ser una desconocida para la inmensa mayoría del electorado español. De hecho, ocho de cada diez encuestados no saben quién es.


Pablo Iglesias y Albert Rivera, fuera del Congreso

El CIS es uno de los instrumentos más fiables para medir la intención de voto porque realiza la encuesta con la muestra más amplia. Sin embargo, tiene la desventaja de no computar a los partidos sin representación parlamentaria, y son Podemos y Ciudadanos los que han revolucionado las encuestas en los últimos meses.

El barómetro de Metroscopia del mes de marzo de 2015 coloca a Podemos, PSOE, PP y a Ciudadanos prácticamente empatados, con una diferencia de cuatro puntos entre los dos más alejados.
  
Según este sondeo, el político más popular y el único al que aprueban más que desaprueban los votantes es el líder de Ciudadanos, Albert Rivera. Pablo Iglesias, secretario general de Podemos, se encuentra en quinto lugar. Sin embargo, al igual que pasa con Uxue Barkos, Rivera es el más popular pero también el menos conocido con un nada despreciable 71%. A Iglesias le ponen rostro el 98% de los consultados. A Rosa Díez, el 91%. Rajoy es conocido por el 100% de ellos, pese a que le ponen la peor nota. La estrategia del nuevo equipo de Ferraz para aumentar la visibilidad de Pedro Sánchez parece hacer funcionado: 94% de conocimiento.

Albert Rivera ya era el político más valorado, según Metroscopia, en enero de 2015, aunque solo le conocía el 58%. El resto superaba el 90% de conocimiento y mantenía la misma popularidad que en marzo (a excepción de Pedro Sánchez, que entonces era quinto, dos puestos por detrás del barómetro más actual). Tan solo 30 días antes de esa encuesta, en diciembre de 2014, Albert Rivera no aparecía en la terna de políticos más valorados y el más popular era Pablo Iglesias, entonces ya conocido por el 96%. Sólo un mes después era el cuarto entre las preferencias de los españoles.

La espiral de pérdida de legitimidad

De nuevo, la misma pregunta: ¿Por qué Pablo Iglesias, el más popular durante prácticamente toda la segunda mitad de 2014, o Rosa Díez, que lo ha sido casi ininterrumpidamente durante dos años, han pasado al ‘montón’ de políticos? ¿Cómo les ha superado literalmente en el último momento –justo antes de unas elecciones autonómicas y municipales decisivas- un Albert Rivera que, excepto en Cataluña, era un auténtico extraño?

El autor francés Cristian Salmon esgrimiría como respuesta que los políticos se han convertido en un producto de entretenimiento más. Ya no actúan en los escenarios tradicionales en los que se desplegaba el poder político, sino que han tenido que subir al escenario común de la sociedad de la información junto a las demás mercancías mediáticas. Los programas importan menos que la imagen y la promesa de cambio.

La consecuencia es lo que Salmon denomina la “espiral de pérdida de legitimidad”, que destruye la política desarrollada durante siglos convirtiéndola en un bien de consumo más. Sus líderes ya no son respetados hombres y mujeres de Estado, sino personajes que surgen en función de la demanda mediática y que juegan un papel en función a la misma. Y, al igual que cualquier otro producto, caducan cuando no cumplen las expectativas o cuando surge un nuevo producto más atractivo y, sobre todo, más novedoso.

La política ha dejado de ser lo que se hace en el parlamento o en las sedes de los partidos. El ciudadano ha recuperado su espacio y la discusión lo invade todo. En un momento convulso, de crisis económica y social, el debate sobre lo público lo invade todo y está en la calle, en las redes sociales y en las tertulias y programas sobre política del fin de semana, que han tomado el prime time televisivo. El desinterés ha dejado paso a la sobreexposición.

Así pues, no se puede calificar de torpeza o incluso de debilidad nombrar a un candidato a tan sólo dos meses de las elecciones. Se trata, más bien, de un acto de prudencia, ya que, incluso en ese escaso periodo de tiempo, nada impide que los candidatos acaben carbonizados en la hoguera mediática.


Publicado en el blog "Las Malas Noticias".