domingo, 14 de diciembre de 2014

¿Es posible más democracia? Una reflexión de Norberto Bobbio



“No nos representan” fue el grito de guerra más popular entre los simpatizantes del movimiento 15-M en 2011. Desde entonces, este eslogan resume la opinión de una parte importante de la ciudadanía española y una de las claves de la actual crisis institucional y política. Cada vez son más los ciudadanos que se consideran poco o nada representados por el actual sistema parlamentario y que preferirían aumentar su capacidad de decisión directa en detrimento de la llamada “clase política”. ¿Es posible más democracia? Según Norberto Bobbio sí, pero su aumento no depende solamente de si las decisiones las toman muchas o pocas personas, sino sobre todo en qué ámbitos: “El avance de la democracia se medirá por la conquista de los espacios que hasta ahora están ocupados por los centros de poder no democráticos”, escribió.

¿Es posible más democracia? Esta pregunta generalmente se relaciona con el debate entre democracia representativa y directa. La inmensa mayoría de los actuales sistemas políticos democráticos son representativos, es decir, limitan el papel del ciudadano al de elector de una serie de representantes que toman las decisiones legislativas y ejecutivas en su nombre. Por ello las demandas de una mayor democracia suelen estar ligadas a la democracia directa en el que los ciudadanos toman las decisiones en detrimento del papel de los representantes políticos.

Norberto Bobbio
A pesar de su actualidad, el debate entre democracia directa y representativa no es reciente. Por ejemplo, hace ya tres décadas, en 1984, el jurista y politólogo italiano Norberto Bobbio publicó un ensayo sobre El futuro de la democracia en el que reflexionaba acerca de las diferentes formas de participación y de representación. Bobbio escribió que “la petición de mayor democracia tan insistente en los últimos años, se manifiesta en la demanda de que la democracia representativa sea acompañada e incluso sustituida por la democracia directa”.

Pero, ¿es la democracia representativa realmente tan poco democrática? Y ¿es la democracia directa la solución para aumentar la democracia?


La democracia representativa

Bobbio entró en este debate rompiendo algunos mitos e ideas preconcebidas: “La primera equivocación de la que debemos liberarnos es que democracia representativa signifique lo mismo que Estado parlamentario”, recordó y puntualizó: “Del mismo modo que no todo Estado representativo es un Estado parlamentario, así también el Estado parlamentario puede no ser una democracia representativa”.

El politólogo italiano explicó que “en términos generales la expresión democracia representativa quiere decir que las deliberaciones colectivas, es decir, las deliberaciones que involucran a toda la colectividad, no son tomadas directamente por quienes forman parte de ella, sino por personas elegidas para ese fin; eso es todo”. En otras palabras, según Bobbio “un Estado representativo es un Estado en el que las principales deliberaciones políticas son realizadas por los representantes elegidos –no importa si los órganos donde se efectúan tales deliberaciones sean el Parlamento-, el presidente de la república, el Parlamento junto con los parlamentos locales, etc.”

Democracia representativa.
En concreto, “lo que caracteriza a una democracia representativa es que el representante sea un fiduciario y no un delegado; con respecto al “qué cosa”, que el fiduciario represente los intereses generales y no los intereses particulares (precisamente porque representa intereses generales y no intereses particulares de sus electores rige el principio de la prohibición del mandato imperativo”.

Es decir, se trata de democracia representativa cuando un grupo o una comunidad eligen a uno o varios representantes con capacidad para tener flexibilidad y libertad de acción con respecto a los intereses generales de sus representados, y por lo tanto no deben ceñirse a su voluntad concreta como si fuera un guión previo establecido por estos. Pueden ser diputados en un parlamento, un jefe de Estado (como en EEUU o en Francia), o incluso el presidente de un club deportivo o de una comunidad de propietarios. Son estos representantes los que toman las decisiones en nombre del conjunto sin tener que consultar cada paso y el papel de los electores se acaba en el momento que eligen a su representante.


La democracia directa

Por otro lado, el argumento principal de los partidarios de la democracia directa es, citando a Rousseau, que “la soberanía no puede ser representada”. Es decir, para que una democracia sea completa, se deben dar las condiciones en las que solamente cada ciudadano puede y debe tomar sus propias decisiones políticas sin intermediarios. Por lo tanto, como escribió Bobbio, “para que haya democracia directa en el sentido propio de la palabra, es decir, en el sentido de que directo quiere decir que el individuo participa en primera persona en las deliberaciones que la atañen, es necesario, en primer lugar, que entre los individuos deliberantes y la deliberación que lo involucra no haya ningún intermediario”.

Democracia directa.
Sin embargo, Bobbio también advirtió de que “si por democracia directa se entiende estrictamente la participación de todos los ciudadanos en todas las decisiones que le atañen, ciertamente la propuesta es insensata. Es materialmente imposible que todos decidan todo en sociedades cada vez más complejas”. Aunque es cierto que con este modelo aumenta la democracia en el sentido de que el ciudadano ve crecer su capacidad de toma de decisiones, según Bobbio “la democracia directa no es suficiente cuando se considera que las instituciones de la democracia directa, en el sentido propio de la palabra, son dos: la asamblea de los ciudadanos deliberantes sin intermediarios y el referéndum. Ningún sistema complejo, como es el Estado moderno, puede funcionar solamente con uno o con otro; ni siquiera con ambos al mismo tiempo”.

En resumen, la democracia representativa es práctica pero otorga menos capacidad de decisión a los ciudadanos y es menos democrática, y la democracia directa permite al ciudadano participar en mucha mayor medida, pero no es de aplicación práctica. ¿Son incompatibles ambas formas de democracia?

Para Bobbio es posible el compromiso entre ambas formas, ya que “la democracia representativa y la democracia directa no son dos sistemas alternativos, en el sentido de que allí donde existe uno no puede existir el otro, sino que son dos sistemas que pueden integrarse recíprocamente. (…) En un sistema de democracia integral las dos formas de democracia son necesarias, pero no son, consideradas en sí mismas, suficientes”. ¿Por qué no son suficientes?


Democratizar los flujos de poder

La clave de la democracia para Bobbio no estaba solamente en quién toma las decisiones, sino sobre todo dónde se toman. Y para ello es imprescindible reconocer lo que denominó “flujo de poder”: “El flujo del poder no puede tener más que dos direcciones”, escribió, “o es descendiente, es decir, se mueve de arriba abajo, o ascendente, es decir, de abajo hacia arriba”.

Por lo tanto, según este autor, “si se puede hablar hoy de un proceso de democratización, éste consiste no tanto, como erróneamente se dice, en el paso de una democracia representativa a la democracia directa, como en el paso de la democracia política en sentido estricto a la democracia social, o sea, en la extensión del poder ascendente, que hasta ahora había ocupado casi exclusivamente el campo de la gran sociedad política”.

Es decir, según Bobbio, para aumentar en democracia se debe pasar “de la democratización del Estado a la democratización de la sociedad”.

Un consejo de administración.
¿A qué se refería? A que la democracia debe romper el actual marco político institucional y adentrarse en otras esferas sociales que no funcionan con criterios democráticos pero que son clave para la vida de las personas: “Los dos grandes bloques de poder descendente y jerárquico en toda sociedad compleja, la gran empresa y la administración pública, hasta ahora no han sido afectados por el proceso de democratización; y hasta que estos dos bloques resistan la presión de las fuerzas que vienen de abajo, no se puede decir que la transformación democrática de la sociedad se haya realizado”.

En resumen, según Bobbio “el avance de la democracia se medirá por la conquista de los espacios que hasta ahora están ocupados por los centros de poder no democráticos”. ¿Cómo se consigue?


La solución: la democracia pluralista frente la concentración del poder

Bobbio lo tenía claro: “La democracia de un Estado moderno no puede ser más que una democracia pluralista. Veamos por qué: la teoría democrática y la teoría pluralista tienen en común el ser dos propuestas diferentes, pero no incompatibles, más aún, pueden coincidir y complementarse contra el abuso de poder; representan dos soluciones diferentes, pero no necesariamente incompatibles, contra el poder excesivo”.

¿Qué dicen ambas teorías?: “La teoría democrática toma en consideración el poder autocrático, es decir, el poder que parte desde arriba, y considera que la solución a este tipo de poder no puede ser más que el poder desde abajo. La teoría pluralista toma en consideración el poder monocrático, es decir, el poder concentrado en una sola mano, y considera que el remedio a este tipo de poder es el poder distribuido”.

Por lo tanto, si se quiere aumentar la democracia no se debe tener en cuenta solamente el duelo clásico entre gobernantes y gobernados, sino, sobre todo, la lucha contra la suma de poder (económico, social, cultural y no solamente político) concentrado en cada vez menos manos. En este sentido Bobbio afirmó que “la democracia de los modernos es el Estado en el que la lucha contra el abuso de poder se desarrolla en dos frentes, contra el poder desde arriba en nombre del poder desde abajo y contra el poder concentrado en nombre del poder distribuido”.


Democracia es poder disentir

Para Bobbio lo fundamental para aumentar la democracia es combatir el exceso de poder concentrado. Ello solamente se consigue haciendo que ese poder se diluya en una sociedad pluralista, y para conseguir una sociedad pluralista es fundamental la libertad de disentir: “El pluralismo permite darnos cuenta de una característica fundamental de la democracia de los modernos con respecto a la de los antiguos: la libertad, más aún, lo lícito del disenso. (…) Una sociedad en la que el disenso no esté permitido es una sociedad muerta o condenada a morir”. En este sentido citó a Franco Alberoni que dijo: “La democracia es un sistema político que presupone el disenso. Ella requiere únicamente el consenso en un solo punto, sobre las reglas de la contienda”.

El problema de una sociedad pluralista es que cada opinión debe ser respetada y por ello resulta muy difícil llegar a consensos en la toma de decisiones. Pero, por otro lado, si se llega a esos consensos, éstos serán más duraderos porque se toman desde una posición de libertad y por lo tanto son reales: “En un régimen que reposa en el consenso no impuesto desde arriba, alguna forma de disenso es inevitable, y que solamente allí donde el disenso es libre de manifestarse, el consenso es real y que, solamente allí donde el consenso es real, el sistema puede llamarse justamente democrático. Por esto digo que existe una relación necesaria entre democracia y disenso, porque, repito, una vez admitido que la democracia significa consenso real y no ficticio, la única posibilidad que tenemos de aceptar que el consenso es real es aceptar su contrario”.

Por todo ello Bobbio afirmó que “solamente en una sociedad pluralista es posible el disenso; antes bien, no es sólo posible sino necesario”.

Es decir, según Bobbio, para que haya más democracia no se trata solamente de que la forma de toma de decisiones sea directa o a través de representantes, sino más bien que el poder que hace posible esa toma de decisiones no se encuentre concentrado en pocas manos. Para ello la democratización debe ir más allá de las instituciones políticas e incluir otros espacios y agentes sociales fundamentales, como por ejemplo los consejos de administración de las grandes empresas que influyen en nuestras vidas. La única manera de evitar la concentración del poder es a través de una sociedad pluralista, y ésta solamente es posible aceptando todas las opiniones y posturas por muy contrarias que sean, con el único requisito de ser capaces de llegar a un consenso sincero en los temas clave. Si se consigue llegar a esta sociedad pluralista se habrá conseguido más democracia.  

Así, para la reflexión de Bobbio “todo está completo: caminando el recorrido en sentido inverso, la libertad de disenso tiene necesidad de una sociedad pluralista, una sociedad pluralista permite una mayor distribución del poder, una mayor distribución del poder abre las puertas a la democratización de la sociedad civil y, por último, la democratización de la sociedad civil amplía e integra la democracia política”.        

En resumen: es posible aumentar la democracia si somos capaces de respetar todas las opiniones diferentes a las nuestras y construir una sociedad realmente plural capaz de llegar a consensos sinceros que evite la concentración del poder en pocas manos. Solamente así cada individuo se verá políticamente integrado y la forma en la que se tomen las decisiones, ya sea directamente o mediante representantes, no será relevante.  

Artículo disponible en Ssociólogos.com

domingo, 30 de noviembre de 2014

¿Siempre habrá una élite?, “La clase política” de Gaetano Mosca


En los últimos tiempos se repiten los mensajes contra los políticos. La crítica les denuncia como un grupo cerrado de privilegiados que actúa al margen de la voluntad y de los intereses de la mayoría. ¿Es eso cierto? Y si es así, ¿es inevitable? Hace más de un siglo el politólogo, sociólogo y jurista italiano Gaetano Mosca afirmó que existen dos clases de personas: la de los gobernantes y la de los gobernados”. Para definir al tipo de persona gobernante forjó el concepto de “clase política” y ya advirtió a sus críticos que, “aun admitiendo que el descontento de las masas llegara a destronar a la clase dirigente, aparecería necesariamente en el seno de la masa misma otra minoría organizada que pasaría a desempeñar el oficio de dicha clase”.

Hace más de un siglo el politólogo, sociólogo y jurista italiano Gaetano Mosca formuló la ‘doctrina de la clase política’ (en español, edit. Fondo de Cultura Económica). Decía: “En todas las sociedades humanas llegadas a cierto grado de desarrollo y de cultura, la dirección política en el sentido más amplio de la expresión, que comprende por lo tanto la administrativa, la militar, la religiosa, la económica y la moral, es ejercida constantemente por una clase especial, o sea por una minoría organizada”. Según Mosca, en todo tipo de sociedad civilizada “existen dos clases de personas: la de los gobernantes y la de los gobernados”. Siempre ha habido, hay y habrá, por lo tanto, un grupo de personas que dirigen al conjunto. Ese grupo es lo que se conoce como “clase política”.

Esta clase no es homogénea ni uniforme, ya que en su seno también existen diferencias de rango. Como recordó Mosca, “en todo organismo político hay siempre una persona que está por encima de la jerarquía de toda la clase política y que dirige lo que se llama el timón del Estado”. Por otro lado, este grupo tampoco es impermeable a las influencias del resto de la población, ya que “la presión proveniente del descontento de la masa de gobernados, las pasiones que agitan a ésta, pueden ejercer cierta influencia sobre la dirección de la clase política”. Pero no sustituirla.

Es decir, Mosca señaló que siempre hay una élite dentro de la élite y que la influencia de la mayoría gobernada es un factor ineludible para el grupo dirigente a la hora de tomar decisiones políticas, es decir las que afectan al conjunto de la sociedad, pero éstas siempre se tomarán en el seno de esa élite y por parte de sus miembros, que según el académico italiano, serán en todo caso una minoría selecta de dominadores frente a una mayoría de dominados que nunca podrá hacer valer su peso numérico para revertir esta situación: “Se deduce fácilmente la consecuencia de que, cuanto más vasta es una comunidad política, tanto menor puede ser la proporción de la minoría gobernante con respecto a la mayoría gobernada, y tanto más difícil le resultará a ésta organizarse para actuar contra aquella”, escribió Mosca.


Fases de evolución de la clase política

¿Cómo se ha ido forjando esa minoría gobernante? La clase política ha ido evolucionando a lo largo de la historia y se ha ido adaptando a las diferentes fases económicas y políticas de la humanidad.

Mosca señaló que en un primer estadio, en el que la civilización era todavía reciente y la agricultura suponía la principal fuente de riqueza “la clase militar por excelencia correspondía a la clase política y dominante. En cualquier parte, el uso de las armas quedaba reservado exclusivamente a esta clase” que “acaparaba la propiedad casi exclusiva de las tierras” gracias a su poder. Es decir, usó el poder coactivo de las armas para hacerse con las tierras y por lo tanto con las riquezas.

Una vez asegurado el control de las tierras por parte de esta clase militar, “puede ocurrir una transformación muy importante”, aseguró Mosca: “la calidad más característica de la clase dominante, más que el valor militar, pasa a ser la riqueza; los gobernante son los ricos más que los fuertes”. Es decir, el poder se traslada de las armas a la riqueza: el poderoso ya no lo es porque lleve armas, sino porque es rico. La clase dominante se va transformando y deja de ser una élite guerrera para convertirse en la clase que controla la riqueza.

Gaetano Mosca
La protección de la propiedad privada se convierte entonces en la principal prioridad de la clase dominante, lo que acarrea nuevas transformaciones, según Mosca: “Es preciso que la organización social se perfeccione de manera que el respaldo de la fuerza pública resulte más eficaz que el de la fuerza privada. En otras palabras, se necesita que la propiedad privada sea tutelada suficientemente por la fuerza práctica y real de las leyes, de modo de hacer inútil la tutela del propietario mismo”. Se pasa de una etapa feudal del poder, en la que cada señor pugna por su cuenta, a una etapa burocrática en la que el poder es ejercido por el Estado y el señor es asimilado a una clase dominadora que ejerce el poder dentro del Estado.

Es decir, en esta etapa la clase dominante ve en el Estado la mejor y principal herramienta para defender su riqueza que es también la clave de su poder. Según Mosca, “una vez consumada dicha transformación ocurrirá que, así como el poder político produjo riqueza, ahora la riqueza producirá el poder”. Es decir, “en todos los países del mundo, otros medios de influencia social como serían la notoriedad, la gran cultura, los conocimientos especializados, los grados elevados en la jerarquía eclesiástica y militar, los adquirirán siempre más fácilmente los ricos que los pobres”. 


¿Cómo se legitima la élite?

El poder económico pasa a convertirse en poder político. Pero, basando su poder principalmente en el control de la riqueza, ¿cómo consigue la élite ser obedecida por la mayoría de la población? Mosca lo explica: “Toda clase gobernante tiende a justificar su poder de hecho, apoyándose en un principio moral de orden general”. Es decir, “la clase política no justifica exclusivamente su poder con sólo poseerlo de hecho, sino que procura darle una base moral y hasta legal, haciéndolo surgir como consecuencia necesaria de doctrinas y creencias generalmente reconocidas y aceptadas en la sociedad regida por esa clase”.

Para explicar “la base jurídica y moral sobre la que se apoya el poder de la clase política en todas las sociedades” Mosca utilizó la expresión “fórmula política”. “Las diferentes fórmulas políticas, según el diferente grado de civilización de las gentes entre las que están en vigencia, pueden fundarse, o bien en creencias sobrenaturales, o bien en conceptos que, si no son positivos, es decir fundados sobre la realidad de los hechos, se aparecen cuando menos como racionales”, aseguró.

Es decir, Mosca reconoció “esta necesidad, tan universalmente experimentada, de gobernar y sentirse gobernado, no en base a la fuerza material e intelectual, sino a un principio moral”, pero a la vez advirtió que la legitimidad que los gobernados están dispuestos a otorgar a los gobernantes tiene sus condiciones y sus límites. Los gobernantes no deberían olvidar nunca que su legitimidad, su “fórmula política debe fundarse sobre las creencias y sentimientos más fuertes, específicos del grupo social en el cual está en vigencia, o al menos de la fracción de este grupo que tiene la preeminencia política”.

Por lo tanto, Mosca sugiere a los gobernantes que no deberían despreciar esas creencias arraigadas entre la mayoría si no quieren ver peligrar su posición dominante. Y una de esas creencias arraigadas es la aspiración de, al menos una parte de los dominados, poder algún día formar parte de la clase de los dominadores.   

 
¿Una condición hereditaria?

Para la élite política no es suficiente con legitimar su poder frente a la mayoría. Se trata también de perpetuarse en él e impedir el paso a los aspirantes a ingresar para no poner en peligro su posición. “Los que forman parte de la clase política van adquiriendo el espíritu de cuerpo y de exclusivismo, y aprenden el arte de monopolizar en su beneficio las calidades y las actitudes para llegar al poder y conservarlo”, escribió el autor.  

Según Mosca la voluntad de cerrarse en sí misma es muy fuerte entre la élite porque “todas las clases políticas tienen la tendencia a volverse hereditarias, si no de derecho, al menos de hecho”. “Las aristocracias hereditarias no se fundan casi nunca en la superioridad intelectual, sino en la del carácter y la riqueza”, la misma riqueza que es la base de su poder, como se ha mencionado antes en este artículo, y que es la causa última por la que la élite política apueste por el Estado para proteger su posición y sus bienes.

Por ello, y en este sentido, la élite no duda incluso en utilizar las leyes para blindarse de los intentos de una parte de la mayoría dominada para formar parte de los dominadores, ya que “cuando vemos establecida en un país una casta hereditaria que monopoliza el poder político, se puede estar seguro de que tal estado de derecho ha sido precedido de un estado de hecho”, aseguró Mosca.

Precisamente la renovación de las élites es una cuestión fundamental para Mosca, ya que es en este proceso donde cada civilización o Estado se juega su continuidad e incluso su existencia.


Cambios en la clase dirigente

Como observó Mosca, la clase política se va adaptando a los cambios históricos que van transformando a la sociedad. Es decir, “si en una sociedad aparece una nueva fuente de riqueza, si aumenta la importancia práctica del saber, si la antigua religión declina o nace una nueva, si se difunde una nueva corriente de ideas, tienen lugar al mismo tiempo fuertes cambios en la clase dirigente”.

La clase política va de la mano de los cambios que se van produciendo, y si no es capaz de adaptarse, Mosca es tajante: “Las clases políticas declinan inexorablemente cuando ya no pueden ejercer las cualidades mediante las que llegaron al poder”. En ese caso, los individuos que conforman la clase dominante rápidamente serían sustituidos por otros que muestran “nuevas ambiciones, nuevas codicias, nuevas energías” en un proceso que Mosca llama “la renovación molecular de la clase política”.

Se trata de un proceso inevitable, según Mosca, ya que “la historia de la humanidad civilizada se resume en la lucha entre la tendencia que tienen los elementos dominantes a monopolizar en forma estable las fuerzas políticas y a transmitirle su posesión a sus hijos en forma hereditaria; y la tendencia no menos fuerte hacia el relevo y el cambio de estas fuerzas y la afirmación de fuerzas nuevas, lo que produce un continuo trabajo de endósmosis y exósmosis entre la clase alta y algunas fracciones de las bajas”.

En el caso de que la clase política sea incapaz de adaptarse a los cambios y se cierre en sí misma utilizando los recursos del poder para blindarse e impedir la entrada de nuevos individuos que sí entienden los tiempos nuevos e incluso avanzan empujados por ellos, surgen conflictos más o menos graves que a lo largo de la historia han dado lugar a revoluciones violentas y cambios de régimen mediante el uso de la fuerza: “Es natural que sobrevenga un periodo de renovación, o, si se prefiere definirlo así, de revolución durante el cual las energías individuales tienen importante participación y algunos de entre los individuos más apasionados, más activos, más audaces e intrépidos, pueden abrirse camino desde los grados inferiores de la escala social”.

Para evitar los cambios traumáticos y violentos, Mosca es partidario de una renovación pausada pero constante de la clase política mediante el ascenso de esos individuos más activos de la mayoría dominada a la minoría dominante. Porque, según el autor, siempre habrá una clase dominante, incluso si ésta es eliminada completamente por parte de los dominados. Pronto surgiría una nueva minoría organizada de gobernantes: “Aun admitiendo que el descontento de las masas llegara a destronar a la clase dirigente, aparecería necesariamente en el seno de la masa misma otra minoría organizada que pasaría a desempeñar el oficio de dicha clase”.

Es decir, según Mosca siempre habrá diferencias entre las personas. Siempre habrá quienes manden y quienes obedezcan. Pero aunque siempre habría dominadores, no siempre el tipo de dominación tendría por qué ser el mismo. Como escribió años más tarde el también jurista y politólogo italiano Norberto Bobbio: “Todo régimen tiene su clase política. En la transición de una época a la otra no cambia el hecho de que exista una clase política, pero sí cambia su calidad, su modo de composición y de formación, su organización”.  


Puedes encontrar el libro "La clase política" de Mosca en el
http://www.fcede.es/site/es/libros/detalleslibro.asp?IDL=6140 


Artículo disponible en Ssociólogos.com

domingo, 16 de noviembre de 2014

La crisis en España, ¿el fin de una era política?

El pasado 9 de noviembre 1,8 millones de catalanes votaron a favor de la independencia. Al mismo tiempo, las encuestas del CIS, Metroscopia y de la Fundación Sistema sitúan a Podemos entre las tres principales fuerzas políticas junto a PSOE y PP. España está viviendo un terremoto político. ¿Por qué? Muchas voces aseguran que se debe a que las instituciones y los partidos están sufriendo un enorme desgaste por culpa de las crisis que se traduce en desafección y desconfianza entre cada vez más ciudadanos. Según el politólogo y sociólogo Ignacio Sotelo esta desafección es fruto de una transformación socioeconómica a nivel global, cuyas consecuencias podrían estar poniendo fin al ciclo político en España nacido en la transición.

La primera mitad del mes de noviembre de 2014 ha sido testigo de una serie de hechos que podrían interpretarse como un terremoto político en España, en el sentido de que se han movido los cimientos sobre los que se ha sostenido el sistema político español desde la transición. En el transcurso de una sola semana, dos elementos fundamentales de la política española que parecían inamovibles hace tan sólo una década, han demostrado no ser tan inmutables y han abierto un periodo de incertidumbre sobre el futuro político del país.

Por un lado, el pasado 9 de noviembre más de dos millones de personas, más de un tercio del censo electoral catalán, se tomaron la molestia de participar en una consulta sobre la futura relación de Cataluña con España a pesar de que era evidente que los resultados no serían vinculantes legalmente. Alrededor de 1,8 millones de personas, el 81% de los participantes, votaron a favor de la independencia. Este resultado refleja que la opción que aboga abiertamente por la ruptura con España, aunque no cuenta con un apoyo superior al 50% entre la población catalana, sí ha conseguido convertirse en una fuerza muy importante. Es un fenómeno que ha explotado en la última década, ya que en junio de 2005 solamente el 13,6% de los catalanes se mostraban favorables a un estado independiente frente al 49,4% de 2014 (según los sondeos del "Centre d'Estudis d'Opinió" de la Generalitat de Cataluña).

Al auge del independentismo se suma la quiebra del llamado bipartidismo. El pasado 5 de noviembre el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) publicó un barómetro que incluía la intención de voto en España para las próximas elecciones generales. Según sus conclusiones, el partido más votado sería el PP con el 27,5%, seguido por PSOE (23,9%) y Podemos (22,5%). Independientemente de la ‘cocina’ añadida a los resultados de la encuesta y de los apoyos concretos que otorga a cada partido, la tendencia electoral que muestra es clara: llega una tercera fuerza que iguala a PP y PSOE en proyección electoral.

Esta tendencia se ha visto confirmada por otras encuestas como la de Metroscopia publicada el pasado 2 de noviembre, que da a Podemos el 27,7% de intención de voto, por encima de PSOE (26,2%) y PP (20,7%), y la encuesta de la Fundación Sistema, que sitúa al PSOE como el partido con mayor intención de voto (31%), seguido de Podemos (21%) y PP (20%).


Crece el hastío

Antes de la aparición del auge del independentismo catalán y de Podemos hace tiempo que se había estado percibiendo otro fenómeno fundamental para comprender lo que está pasando. La encuesta de Metroscopia revela un enorme hastío por parte del electorado y señala este sentimiento como la principal causa del apoyo a Podemos. Así, en respuesta a la pregunta por las causas del apoyo a esta formación política, el 67% de sus simpatizantes encuestados respondieron que se debe “sobre todo al desencanto y decepción con los demás partidos” en un contexto en el que el 91% de considera que la situación política española es “mala o muy mala”.


Por su parte el barómetro del CIS confirma este hastío popular: el 80,5% de los encuestados valora la situación política de España como mala o muy mala, y el 92,6% considera que esta situación política es igual o peor que hace un año. Los encuestados no son muy optimistas, ya que el 75,4% cree que la situación política será igual o peor dentro de un año. En ese contexto de enfado y pesimismo se explica que entre los principales problemas señalados por el CIS destaquen en segundo lugar “la corrupción y el fraude” (por debajo del paro) y “los/las políticos/as en general, la política y los partidos” en cuarto lugar.

A la mala estimación de la situación política le acompaña una pésima valoración de las instituciones. En el barómetro del CIS del pasado mes de abril de 2014 se preguntaba directamente por la valoración de las diferentes instituciones del Estado, y en una escala entre 0 (ninguna confianza) y 10 (mucha confianza), los resultados eran bastante elocuentes: los partidos políticos (1,89), el Gobierno (2,45), los sindicatos (2,51), el Parlamento (2,63), las organizaciones empresariales (2,94) y los parlamentos autonómicos (2,99) no superaban los tres puntos de confianza.

Para comparar, en el barómetro del CIS de octubre de 2006, antes de que comenzara la crisis económica, la desconfianza en los partidos políticos era menor (3,41), así como en los sindicatos (4,22) y en las organizaciones empresariales (4,31). También era mayor la confianza en el Gobierno (4,60), el Parlamento (4,52) y en los parlamentos autonómicos (4,90). En general, en octubre de 2006 un 50,1% de los españoles decía sentirse satisfecho o muy satisfecho con el funcionamiento de la democracia en España frente a un 45,1% que decía sentirse poco o nada satisfecho.    

Es decir, las instituciones que tradicionalmente han dirigido la vida política, económica y social española desde la transición sufren un desgaste y una creciente falta de apoyo entre la población desde el inicio de la crisis económica. Mientras tanto, está emergiendo una fuerza política de reciente creación que en pocos meses se está abriendo un hueco entre una ciudadanía que desconfía de las instituciones, y el independentismo se está fortaleciendo en Cataluña de manera espectacular. ¿Por qué?


La sociedad está cambiando

El sociólogo y politólogo Ignacio Sotelo hace un análisis sobre esta transformación en su ensayo  “España a la salida de la crisis” (editorial Icaria Amtrazyt), y sitúa el punto de partida en la crisis económica: “En tres décadas el neoliberalismo triunfante desemboca en una crisis de grandes dimensiones que ha terminado por consolidar un nuevo tipo de capitalismo, el financiero, con el que el poder pasa de las compañías industriales a los grandes consorcios financieros de inversión. Es el acontecimiento que señala la salida de la crisis, inaugurando una nueva época”.



Este proceso ha sido descrito por el también sociólogo Zygmunt Bauman como “modernidad líquida”, en la que ya nada es estable y fijo. El capital financiero puede literalmente volar de un lugar a otro del planeta globalizado sin sufrir prácticamente ningún obstáculo y utilizando a placer la mano de obra que necesita de forma coyuntural, es decir, temporal. La consecuencia es que “no va a volver el tipo de trabajo de jornada completa para toda la vida en la misma empresa”, afirma Sotelo.

Pero no solamente hay temporalidad, sino que también se ha instalado la precariedad e incluso la exclusión laboral de una parte muy importante de la fuerza de trabajo. En España el paro se ha estabilizado en torno al 25%, afectando sobre todo a la mano de obra no cualificada que tendrá muy difícil volver a encontrar un empleo a largo plazo. Esto supone un problema estratégico, ya que “el tema central de esta nueva etapa del capitalismo es cómo sostener una población no empleable, que ni siquiera se necesita como ‘ejército de reserva’”.  No se trata de un asunto baladí, ya que “cambios de tanto peso en el mercado de trabajo traen consigo una transformación radical del orden socioeconómico”, escribe Sotelo.

Es decir, la hegemonía del capitalismo financiero sobre los otros tipos de capitalismo desarrollados hasta el momento (comercial e industrial), está cambiando el mundo: “Las consecuencias sociales y económicas no pueden ya ser ignoradas: disminución, cuando no, desaparición de los puestos de trabajo que no exijan una alta cualificación, descenso de los salarios. Desmontaje progresivo del Estado social, proletarización de las clases medias, rápido aumento de la desigualdad social, concentrada la riqueza en cada vez menos manos”, escribe Sotelo.

Eso ya está sucediendo. Un informe reciente de la ONG Oxfam afirma que la riqueza de los tres españoles más acaudalados duplica a la del 20% de la población más pobre y que las veinte personas más ricas en España poseen una fortuna similar a los ingresos del 30% más pobre de la población (casi 14 millones de personas).



¿El cambio en la sociedad está afectando a la legitimidad política?

El politólogo, jurista y político italiano Gaetano Mosca, escribió hace más de un siglo sobre la manera que tiene la clase política de perder su legitimidad ante los gobernados. Mosca explicó que “la base jurídica y moral sobre la que se apoya el poder de la clase política en todas las sociedades, es la que llamamos fórmula política”. Se trata de una serie de valores, discursos y comportamientos por parte de la clase política que dan respuesta a la “necesidad, tan universalmente experimentada, de gobernar y sentirse gobernado, no en base a la fuerza material e intelectual, sino a un principio moral”. Es decir, “la fórmula política debe fundarse sobre las creencias y sentimientos más fuertes, específicos del grupo social en el cual está en vigencia”.

Por lo tanto, y aplicando este concepto de Mosca, si la fórmula política se transforma o lo hace la sociedad sobre la que descansa (dando paso a un grado de desigualdad social cada vez más amplio, por ejemplo), la clase política pierde la legitimidad de gobernar que había tenido antes. ¿Es esto lo que está pasando en España?     
Ignacio Sotelo
La creciente desigualdad social, unida al creciente empobrecimiento de las capas sociales medias y trabajadoras (otro ejemplo: Cáritas ha informado que en 2013 atendió a 2,5 millones de personas en riesgo de exclusión social, 600.000 más que en 2012), provocaría incertidumbre y temor, y también supondría un duro golpe para la legitimidad del sistema político, según Ignacio Sotelo. Y, en consecuencia, “el distanciamiento crítico del capitalismo alcanza al régimen político que lo sustenta, la democracia representativa, poniendo en tela de juicio el orden político establecido”. La señal más evidente de que esto está ocurriendo en España sería “el distanciamiento creciente de los ciudadanos, no de la política, sino de los políticos”, escribe Sotelo.

Llegado a este punto, Sotelo se pregunta si se “¿acaba el ciclo de la transición?”. Identifica hasta cinco ciclos políticos diferentes en España desde la guerra contra Napoleón en 1808: el régimen absolutista de Fernando VII, el periodo liberal de Isabel II, la restauración borbónica entre 1875 y 1923 (hasta ahora el ciclo más duradero), el régimen de Franco y finalmente el periodo que comenzó con la Constitución de 1978. ¿Es cierto que está llegando a su fin?   

El hastío que una parte importante de los ciudadanos siente hacia el sistema político español y que se expresa en un auge espectacular de Podemos y del independentismo catalán, cuyos discursos se basan precisamente en la ruptura de ese sistema, podrían interpretarse en clave de fin de ciclo. Sin embargo, no hay que olvidar que los apoyos a Podemos y al independentismo en Cataluña no son mayoritarios en el sentido de superar el 50%. Las encuestas dan a Podemos, como mucho, una intención de voto del 25% del electorado mientras que el 75% restante apoyaría a otras fuerzas políticas que no plantean discursos rupturistas. Lo mismo ocurre en Cataluña, donde el independentismo se ha convertido en una fuerza muy importante a tener en cuenta, pero no es la opción de la mayoría de la población, al menos de una mayoría clara.

Teniendo en cuenta esta situación se podría concluir que la sociedad española, al igual que el resto del mundo, está sufriendo una transformación en el modelo socioeconómico que tiene consecuencias en la política. Una parte muy importante de la sociedad considera agotada la legitimidad de las instituciones políticas del Estado y de sus representantes y apoya opciones que pretenden romper ese marco. Sin embargo, hay muchas más que continúan apoyando las opciones políticas tradicionales, a pesar de que también les afecta la transformación socioeconómica. 

Lo cierto es que en España no existe, hoy por hoy, una mayoría clara que ponga en práctica una ruptura del sistema político. Pero tampoco existe una mayoría que haga innecesarios los cambios en ese sistema. ¿Qué puede pasar?

Sotelo es pesimista. Según él, “lo probable es que en los próximos años, pese a los muchos discursos retóricos sobre la necesidad de cambios profundos, presenciemos el desmoronamiento del orden institucional, que desemboque en un nuevo periodo de inestabilidad, en el que todo puede pasar, como ha ocurrido otras veces en nuestra historia”.   


 Artículo disponible en Ssociólogos.com