domingo, 6 de abril de 2014

La política devorada por el “storytelling”

Ya no importa lo que se dice, sino cómo se dice. Todos los días millones de mensajes tratan de hacerse escuchar. En televisión, en radio, en los diferentes soportes escritos, accesibles en todo el mundo en tiempo real gracias a internet. Todo ello provoca una cantidad tan impresionante de información que ya no es posible atenderla toda. Hay que elegir. Por ello, el mensaje del político para ser escuchado debe destacar sobre el resto. Y por eso es más necesario entretener que informar, es necesario crear un relato antes que hacer política. Es el momento del “storytelling” que, sin embargo, acaba siempre por devorar a los que lo utilizan.

En el mundo de la revolución de las comunicaciones y de internet el reto no es acceder a la información sino hacerse oír en el inmenso y profundo océano de millones de historias, noticias e imágenes creadas cada día y que circulan por todo el mundo en cuestión de segundos.

El escritor francés Christian Salmon plantea en su ensayo “La ceremonia caníbal. Sobre la performance política”, que, como consecuencia de esta revolución, se está produciendo un cambio brutal en la representación del poder. Se “desacraliza” ya que los políticos, que necesitan ser visibles y hacerse escuchar por sus votantes, deben captar su atención constantemente. Para captar esa atención deben tomar el camino que les baja del Olimpo en el que el poder político había estado instalado desde hace siglos.

El poder político deja ya de ser representado como un poder superior, envuelto en autoridad, más fuerte y sólido, y por ello respetado y legitimado para poder ejercer el gobierno. En cambio, “los políticos se han convertido en personajes de nuestro imaginario cotidiano, figuras efímeras de nuestras democracias mediáticas”, explica Salmon. Es decir, los políticos se han convertido en unos personajes más que son consumidos, digeridos y expulsados como todos los demás productos de la sociedad de consumo. ¿Por qué?


Ante todo, captar la atención

Captar la atención en la sociedad de la información es muy complicado. La competencia entre los canales de televisión, por ejemplo, es tal que sólo cuentan con escasos segundos para captar al espectador, y para ello despliegan constantemente una paleta de recursos visuales y narrativos que tienen como objeto cautivar a la audiencia, al menos hasta el próximo bloque de publicidad. Como dice Salmon, “lo escaso en una sociedad de la información (…) no es la información, que precisamente es sobreabundante; lo escaso, debido a esa sobreabundancia, es la atención de los agentes a quienes está destinada esa masa de información”.

Las personas están sometidas a una “sobrecarga de la información” en sus rutinas. Esto también afecta a la comunicación política, que utiliza los mismos medios de comunicación para llegar al cliente-votante. En este caso, el político compite con todo un despliegue de programas, historias e imágenes de entre las que tiene que lograr ser visible para poder ser identificado y posteriormente votado. Para conseguirlo ya no sirven los antiguos discursos ni las antiguas técnicas de movilización política.

Ahora recurren a la técnica del relato, cuyo fin no es tanto informar a los ciudadanos como llamar su atención y retenerla mediante el entretenimiento. Los ciudadanos-espectadores “fingimos interesarnos por la crisis, la deuda, el paro, cuando en realidad estamos sedientos de historias, de héroes y de villanos”, asegura Salmon.    “Queremos relatos íntimos, sorpresas, golpes de efecto. Lo último just in time. Sin tiempos muertos. Emoción en flujo continuo”. La emoción es la clave del relato, no la ideología o el programa político. 

Christian Salmon.
El relato, según Salmon, “permite no solo captar la atención como lo hacen el logo, la imagen de marca, sino también fidelizar a las audiencias, guiar y retener las atenciones gracias a auténticos engranajes narrativos”. Y eso en política significa llegar al Gobierno o mantenerse en él.   


El relato como eje principal

Surge el storytelling, “un dispositivo de captación de las atenciones mediante la historia, la intriga, la tensión narrativa”. Este concepto ya no presupone la existencia de ciudadanos conscientes que desean y necesitan ser informados para actuar en democracia. Ya no se trata de arrojar luz sobre los acontecimientos para que el ciudadano libre pueda situarse en un contexto y tomar una decisión. Se trata de crear audiencias que quieren ser entretenidas.

En resumen, Salmon identifica tres consecuencias de la revolución de las comunicaciones:

  1. El hombre de Estado se presenta ahora menos como una figura de autoridad que como algo que consumir”.
  2. El ejercicio del poder (…) ahora se identifica con el éxito de una performance compleja donde las artes antiguas del relato y la ley de la retórica se combinan con las nuevas tecnologías de la información”.
  3. El escenario político se desplaza de los lugares de la deliberación y la decisión política”. Pasa “del escenario democrático sometido al principio de representación (el Parlamento, la plaza, etc.) al escenario mediático regido por las leyes del simulacro”.      

Así pues, los políticos se han convertido en unos productos de entretenimiento más que ya no actúan en los escenarios tradicionales en los que se desplegaba el poder político, sino que han tenido que subir al escenario común de la sociedad de la información junto a los demás productos mediáticos, mientras que los ciudadanos son reducidos a simples audiencias. La consecuencia es lo que Salmon denomina una “espiral de pérdida de legitimidad” que destruye la política como se había estado desarrollando durante siglos.

Según el autor, con la revolución de las comunicaciones “el dispositivo representativo del poder se ha mantenido más o menos igual durante siglos, descansaba en las mismas técnicas de escenificación, de transmisión de la voz, en los mismos dispositivos escenográficos, en los mismos rituales que regulaban la aparición pública de los soberanos, las mismas técnicas de movilización y de convocación de las masas. La radio y la televisión primero, y luego la explosión de internet, han revolucionado radicalmente este dispositivo representativo”.


El poder político reducido a un simple guión

No se trata ya de ejercer el poder y de representarlo, sino de interpretar un guión en un relato diseñado para alcanzar y mantener el gobierno. La consecuencia es que la propia política pierde substancia en favor de la apariencia y de la imagen. No se hace política, solamente se proyecta un relato en el que se interpreta la política, ya que ésta ha perdido su autoridad y capacidad real de poder.

Y es que la política como mero relato no es sólo consecuencia de un cambio de técnicas y medios de comunicación, es también la expresión de un momento histórico: el triunfo del neoliberalismo y la globalización.

El Estado nacional está perdiendo competencias en favor de los entes locales y supranacionales. Y por otro lado, el poder de las fuerzas económicas transnacionales, como los bancos, las multinacionales, etc., sobrepasan con creces la capacidad de los estados para controlarlos. Es más, estas fuerzas son las que controlan a los estados e imponen sus agendas, no sólo económicas sino también políticas. A los dirigentes de los estados no les queda poder real, solamente la imagen (reducida y debilitada) del mismo. Y tratan de compensar este vacío a través del storytelling exclusivamente emocional transmitido a través de la maquinaria del entretenimiento mediático. 

En este sentido, como explica Christian Salmon, “el objetivo de los comunicadores políticos es sincronizar y movilizar las emociones. Votar es comprar una historia. Ser elegido es ser creído. Gobernar es mantener el suspense”.

La clave del éxito es que el relato sea verosímil, creído y comprado por la audiencia. Pero la historia no termina con el éxito en las elecciones. El político está obligado a mantener el suspense de su relato constantemente, ya que debe captar y mantener la atención pública indefinidamente en un contexto del entrenamiento de usar y tirar. Es decir, no puede aflojar la máquina para evitar ser desechado y olvidado. Debe mantener el relato como una condena en la que trata de retrasar el fin inevitable de su historia, y por lo tanto de su carrera. Es lo que Christian Salmon denomina la “Estrategia de Sheherazade”, por el nombre de la princesa de los cuentos de “Las 1000 y una noches” que busca entretener al rey con una historia cada noche para evitar así su muerte.


El fin inevitable

Pero el fin llega siempre. Esta dependencia del relato para llegar y aferrarse al gobierno está condenada desde el principio. Según Salmon surgen tres paradojas que conducen a un desenlace inevitable:

Primera paradoja: “La puesta en relato de la acción política destruye a la larga la credibilidad del narrador”. La necesidad de captar la atención constantemente provoca una movilización permanente del relato, lo que a su vez provoca una “sobreinterpretación” y una “inflación de discursos y de historias” con un “efecto corrosivo sobre la credibilidad de toda palabra pública”.

Segunda paradoja: “Los rasgos característicos del sujeto neoliberal (la versatilidad, la capacidad de adaptación), son precisamente los que la teoría del relato reconoce que pueden arruinar la credibilidad del narrador”. Es decir, el actual contexto neoliberal en el que se exige la transformación y la capacidad de ‘reinventarse’ para seguir siendo ‘competitivo’, no es apto para sostener un relato. Una persona que cambia como un camaleón –seguramente obligado por las circunstancias- traicionando su papel en el relato le convierte en una persona no fiable. Es el caso de la percepción que se tuvo de Zapatero y sus políticas anticrisis después de representar un relato basado en la justicia social, o de  Rajoy, que llegó al Gobierno con el relato de la promesa de acabar con el paro pero cuyas políticas parecen estimularlo más. O de Hollande, Obama, etc.

Tercera paradoja: Es lo que Salmon denomina “el voluntarismo impotente” debido a la pérdida de competencias y de poder del Estado como consecuencia de la globalización y del neoliberalismo. Es decir, el candidato gana las elecciones prometiendo aplicar una serie de medidas contundentes, un cambio rotundo de la realidad mediante la política y utilizando el poder del Estado, pero que en realidad no puede realizar porque el Estado está cada día más vacío y carece de ese poder. Ese vacío es sustituido por la imagen todopoderosa del líder que trata de compensar así la impotencia real con un simulacro virtual de despliegue de poder. Salmon lo explica así: “El poder es esa fuerza que, para no tener que ejercerse, debe manifestarse, por ejemplo, bajo la forma del hiperpresidente”.

Inevitablemente, después de crear, alimentar y estirar el relato, al final siempre llega la decepción de la audiencia. No es posible aplicar el relato del cambio prometido en la realidad neoliberal que reduce el poder del Estado a la impotencia. Así, por ejemplo, un buen número de los principales líderes de las democracias occidentales acabó sus días al frente de sus gobiernos acusados de haber engañado con su relato a la audiencia. Zapatero en España, Blair y Brown en el Reino Unido o Schröder en Alemania, terminaron sus mandatos tras un periodo de caída brutal de su popularidad después de haber gozado de un respaldo masivo en las primeras etapas de sus gobiernos. Otros gobernantes aún en activo también están sufriendo este desgaste en su credibilidad, como Rajoy en España, Hollande en Francia y el propio Obama en los EEUU.

El final feliz del relato político es imposible. Siempre termina mal porque, debido al debilitamiento de la política, nunca podrá cumplir las elevadísimas expectativas que debe ofrecer para poder captar la atención de la audiencia de forma prolongada. Salmon finaliza su ensayo con la reflexión acerca de que “la pérdida de credibilidad de la palabra pública no es por tanto un fenómeno coyuntural, no está ligada al contenido de los discursos y no es la sanción de promesas incumplidas; es el producto de una contradicción estructural”.


Es decir, para gobernar hace falta crear un relato, pero al final ese relato se cobra un precio atroz porque devora al que lo creó y dependió de él.     

jueves, 27 de marzo de 2014

“La Ley de hierro de la oligarquía”, de Robert Michels

Robert Michels.
A principios del S. XX el sociólogo alemán Robert Michels formuló la llamada “Ley de hierro de la oligarquía” para explicar la contradicción de por qué los partidos políticos, que son las principales instituciones de la democracia, no son organizaciones democráticas. Un siglo después, esta ley sigue tan vigente como entonces a la hora de describir su funcionamiento y organización.

Robert Michels investigó a principios del S. XX la contradicción entre la lucha por la democracia que en ese momento realizaban los partidos socialistas y la ausencia de democracia en su funcionamiento interno. Esta investigación se hizo extensible a todos los partidos y demás organizaciones políticas, y los resultados quedaron plasmados en su obra “Los partidos políticos” (publicado en castellano por Amorrortu editores, en dos volúmenes).

La conclusión de Michels fue demoledora: Ningún partido u organización es democrática porque “la organización implica la tendencia a la oligarquía. En toda organización, ya sea un partido político, de gremio profesional u otra asociación de ese tipo, se manifiesta la tendencia aristocrática con toda claridad”. ¿Por qué? Para explicarlo Michels formuló la que denominaría “Ley de hierro de la oligarquía”: “La organización es la que da origen al dominio de los elegidos sobre los electores, de los mandatarios sobre los mandantes, de los delegados sobre los delegadores. Quien dice organización, dice oligarquía”.


La necesidad de la organización

En un sistema democrático parlamentario es necesario organizarse para poder participar en la toma de decisiones. Los partidos son las organizaciones a través de las cuales se efectúa la representación de los ciudadanos en la toma de decisiones. A medida que históricamente cada vez más personas iban adquiriendo el derecho al voto y por lo tanto a ser representados, y como consecuencia de que las sociedades van transformándose, los propios partidos tienen la tendencia a ampliarse y a fortalecer su burocratización, ya que están abocados a enfrentarse a los problemas derivados de la cada vez mayor complejidad social, y más cuando aspiran a gobernar, o ya gobiernan, el Estado en el que se manifiestan estas complejidades.

En este sentido, Michels explicó que “a medida que se desarrolla una organización, no sólo se hacen más difíciles y más complicadas las tareas de la administración, sino que además aumentan y se especializan las obligaciones hasta un grado tal que ya no es posible abarcarlas de una sola mirada”. Es decir, a medida que van creciendo como organizaciones, el trabajo en los partidos se va complicando y con ello su organización.

Como las organizaciones políticas están formadas por personas, estos cambios les afectan sobre todo a ellas, y más en concreto a aquellas que están más implicadas como son los líderes y trabajadores del partido, que pasan a especializarse en sus funciones y a trabajar a tiempo completo. Es decir, “cuanto más sólida se hace la estructura en el curso de la evolución de un partido político moderno, tanto más se marca la tendencia a reemplazar al líder de emergencia por un líder profesional. Toda organización partidaria que ha alcanzado un grado considerable de complicación necesita que haya cierto número de personas que dediquen toda su actividad al trabajo del partido”.

Por lo tanto, como afirmaba Michels en su investigación, “en un principio los líderes surgen espontáneamente, sus funciones son accesorias y gratuitas. Muy pronto, sin embargo, se convierten en líderes profesionales, y en esta segunda etapa del desarrollo son estables e inamovibles”.

Se consolida así el liderazgo profesional de los partidos porque, explicaba Michels, “es innegable que la tendencia oligárquica y burocrática de la organización partidaria es una necesidad técnica y práctica. (…) Por razones técnicas y administrativas, no menos que por razones tácticas, una organización fuerte necesita un liderazgo igualmente fuerte”. Y este liderazgo podía llegar a ser enorme en el caso de los partidos que mueven millones de votos, ya que, “como regla general, cabe enunciar que el aumento de poder de los líderes es directamente proporcional a la magnitud de la organización”.


El líder se independiza

Michels señalaba pues que el liderazgo profesional y oligárquico sustituye al de la primera etapa, que era más accesible para la gente corriente y estaba controlado por la masa de afiliados. Ese acceso directo al líder cambia con la profesionalización, ya que según Michels, “los líderes que al principio no eran más que órganos ejecutivos de la voluntad colectiva, se emancipan al poco tiempo de la masa y se hacen independientes de su control”. ¿Cómo?

La clave está en el conocimiento que los líderes profesionales y burócratas van adquiriendo a medida que desempeñan su trabajo, unas habilidades que escapan de la comprensión y competencia de la masa de los afiliados y votantes de los partidos. Así, “este conocimiento de expertos que el líder adquiere en cuestiones inaccesibles, o casi inaccesibles para la masa, le da seguridad en su posición”. Sin embargo, este proceso tiene consecuencias porque “la democracia acaba por transformarse en una aristocracia por la imposibilidad de la masa de adquirir las competencias necesarias y su dependencia de un liderazgo”.

Ciertamente, con la profesionalización se consigue mayor eficacia en la gestión de los partidos, pero al precio de sacrificar la participación y el control por la mayoría ya que, en palabras del autor, “el advenimiento del liderazgo profesional señala el principio del fin para la democracia” (…) porque “es obvio que el control democrático sufre de este modo una disminución progresiva, y se ve reducido finalmente a un mínimo infinitesimal”.

¿Cómo se justifica esto en un partido que defiende la democracia? Según Michels porque “la democracia es incompatible en todo con la rapidez estratégica, y las fuerzas de la democracia no se prestan para los rápidos despliegues de una campaña. Por eso es que los partidos políticos, aunque sean democráticos, muestran tanta hostilidad al referéndum y a todas las otras medidas para la salvaguarda de la verdadera democracia”.


La democracia aplasta a la democracia

Michels afirmaba que en los partidos “el poder de los líderes elegidos sobre las masas electoras es casi ilimitado”. Por lo tanto, una vez llegado a este punto se alcanza una contradicción fundamental: los partidos son fundamentales para el funcionamiento y la construcción de la democracia, pero al mismo tiempo “la estructura oligárquica de la construcción (de la democracia) aplasta el principio democrático básico”. Es decir, “lo que es (una oligarquía evidentemente no democrática) aplasta a lo que debe ser (una democracia)”. El medio se convierte en un fin y los partidos democráticos dejan de serlo para servir mejor a la democracia.

Los partidos políticos necesitan la democracia para poder existir, necesitan elecciones, parlamentos, leyes, etc., pero al mismo tiempo destruyen la democracia interna en el camino para conseguirlo, aunque no la democracia en sí. Es decir, el hecho que no haya democracia interna en los partidos no impide que estos compitan entre sí de manera pacífica para alcanzar el poder. Michels explicaba que “toda organización partidaria representa un poder oligárquico fundado sobre una base democrática”. Pero a la vez “la aparición de oligarquías dentro de diversas especies de democracia es consecuencia de una necesidad orgánica y por eso afecta a todas las organizaciones”.

Así pues, el sistema democrático es fundamental para los partidos, es lo que les permite existir y competir entre ellos. Sin embargo, para poder llegar a ser organizaciones en una democracia dejan de ser democráticos y se convierten necesariamente en oligarquías porque, como se preguntaba Michels, “¿qué es en realidad el moderno partido político?”, a lo que respondía: “Es la organización metódica de masas electorales”. Es decir, los partidos son máquinas electorales creadas con el fin de ganar elecciones, y para ganarlas, necesitan sacrificar su democracia interna.

Sin embargo, y este es uno de los puntos más controvertidos de la teoría de Michels, es que a la mayoría de los miembros de la masa del partido y del electorado esta circunstancia de falta de democracia interna no les preocupa demasiado. Según Michels, “no hay exageración al afirmar que, entre los ciudadanos que gozan de derechos políticos, el número de los que tienen un interés vital por las cuestiones públicas es insignificante”.  

No existiría, según el autor, una verdadera demanda de participación en la toma de decisiones excepto por parte de aquella minoría que siente realmente un interés personal en ello, porque “únicamente el egoísmo puede incitar a la gente a interesarse en los asuntos públicos”.

La consecuencia de esta falta de interés por parte de la mayoría frente a unos pocos que sí se siente atraídos, provocaría “un proceso de selección espontánea, en virtud del cual se segregan de la masa organizada cierto número de miembros que participan con más diligencia que otros en la tarea de la organización”, y que pasarían a formar parte, tarde o temprano, del liderazgo organizado y de la élite.
  

Una democracia de élites

La consecuencia del sacrificio de la democracia interna y de la supuesta falta de interés por parte de los electores y militantes, es que los partidos, que son la espina dorsal de la democracia, están dominados por élites que funcionan de manera no democrática dentro de las organizaciones, pero que necesitan a la democracia para legitimarse en su poder interno y para aspirar al poder más allá de esas organizaciones. Es decir, la democracia está controlada por un grupo de personas que funcionan de manera no democrática.

Surge entonces la siguiente pregunta: ¿Puede ser democrático un sistema en el que sus principales instituciones no lo son? Como explicaba Michels, “podemos resumir el argumento diciendo que en la vida partidaria moderna la aristocracia se complace en presentarse con apariencia democrática, en tanto que la sustancia de la democracia se impregna de elementos aristocráticos. Por un aparte tenemos una aristocracia con forma democrática, y por otra parte, una democracia con contenido aristocrático”.  

Al estar dominados por elementos oligárquicos, los partidos presentan a las elecciones unos candidatos que son las élites de estos partidos: la “aristocracia con forma democrática”. Los ciudadanos tienen la oportunidad de elegir entre diferentes oligarcas de los diferentes partidos para dirigir la democracia, lo que sería la “democracia con contenido aristocrático”, o lo que Gaetano Mosca llamó “clase política”. Los ciudadanos corrientes no tienen acceso al ejercicio real de su soberanía, y por lo tanto a participar realmente en la democracia, si no es formando parte de esta clase.

La siguiente cuestión entonces es si se trata de una clase cerrada, de acceso restringido. Michels explicaba que sus miembros pueden surgir de la ciudadanía ordinaria, lo que es más cierto en los partidos de amplia base popular, pero al alcanzar el puesto de liderazgo en los partidos, estas personas dejan de pertenecer a su grupo de origen y se elevan por encima de la ciudadanía. Michels lo explicaba así: “Todo poder sigue así un ciclo natural: procede del pueblo y termina levantándose por encima del pueblo”.

Se produce así, según Michels, un proceso de “circulación de élites” que ya estudiaron los autores italianos Gaetano Mosca y Vilfredo Pareto, según el cual en un sistema democrático las élites en el poder político se verán refrescadas por la llegada de nuevas personas surgidas de los estratos inferiores, pero que al acceder al poder pasan a convertirse a su vez en élites dejando necesariamente de pertenecer a la ciudadanía corriente.

Es decir, la democracia sin élites sería imposible porque, en un sistema de partidos, los que llegan a la situación de poder tomar decisiones lo hacen porque han ascendido dentro de la organización y por ello han alcanzado el estatus de élite separándose de la base. “Los defectos de la democracia residirán en su incapacidad para liberarse de su escoria aristocrática”, escribía Michels.

En casos de crisis política, la lejanía de la llamada “clase política” con respecto a la masa de la ciudadanía produce rechazo en esta, lo que provoca el surgimiento de grupos que denuncian a la oligarquía de turno y a la democracia como imperfecta o incluso inexistente porque no se sienten representados. Esos grupos están integrados por una número relativamente pequeño de personas, que son las interesadas en política, y luchan de manera organizada por llegar al poder, adquiriendo a su vez rasgos oligárquicos, y cuando alcanzan el poder lo hacen generalmente mezclándose con la anterior oligarquía hasta confundirse con ella.

Es lo que ha ocurrido a lo largo de la historia: los burgueses revolucionarios de finales del S. XVIII a mediados del S. XIX acabaron por formar parte de la élite política mezclados con los antiguos aristócratas; los socialistas revolucionarios de finales del S.XIX acabaron fundiéndose con la burguesía en el S. XX; y los partidos que han surgido de la actual crisis de legitimidad del sistema democrático, como organizaciones oligárquicas que son, acabarán mezclándose con la actual “clase política” que hoy tanto rechazan.


Es como un tornillo que no deja de girar. Después llegarán otros grupos que denunciarán a los anteriores y le llamarán traidores a los ideales que inspiraron su revolución, aspirando a su vez a ocupar el poder, proceso en el que volverán a mezclarse en la élite con el grupo anterior. Y así sucesivamente. Como decía Michels, “es probable que este juego cruel continúe indefinidamente”.   

martes, 18 de marzo de 2014

India, los ultranacionalistas al asalto del poder

El próximo 7 de abril comienzan las elecciones en la India, el estado donde más personas del mundo tienen derecho a votar: 814,5 millones. Allí se enfrentan dos bloques ideológicos antagónicos: la Alianza Unida Progresista y la Alianza Democrática Nacional. Este último está dominado por el Bharatiya Janata Party (BJP), un partido ultranacionalista y ultraconservador defensor de una versión radical del hinduismo que no duda en enfrentar a la mayoría hindú con la minoría musulmana. Su candidato, Narendra Modi, ha sido acusado de instigar una matanza de musulmanes en el año 2002. Según las encuestas será el ganador de las elecciones. ¿Se avecina un futuro de radicalización política y de posibles enfrentamientos sectarios en esta potencia económica y nuclear?

La India, el segundo estado más habitado del planeta con más de 1.200 millones de personas y una de las potencias económicas globales emergentes del grupo de los BRICS, elegirá su nuevo parlamento dentro de un mes. Debido a la complejidad de su sociedad y a los problemas de infraestructura, el periodo de votación se alargará desde el 7 de abril hasta el 12 de mayo. Serán unas elecciones cruciales y costosísimas: Se estima que costarán más de dos billones de dólares, una cantidad que catapultará a estos comicios al ranking de las elecciones más caras de la historia solamente superadas por los siete billones de dólares que costaron las elecciones presidenciales de los EEUU en 2012. 

Pero esta cita electoral no será solamente importante por sus dimensiones. En ella se decide entre dos opciones antagonistas surgidas de la polarización política de los últimos años. Por un lado se presentan las fuerzas progresistas de la Alianza Unida Progresista (United Progressive Alliance) dominada por el histórico Partido Nacional del Congreso. Es el mismo partido que, liderado por Ghandi, llevó a la India a la independencia en 1947 y que ha estado gobernando el país casi sin interrupción desde entonces. Su cabeza de lista es Rahul Gandhi, continuador de la dinastía que ha estado dirigiendo los destinos de India desde su independencia. El Partido Nacional del Congreso sigue siendo hoy el partido del Gobierno, pero se enfrenta a un rival muy decidido que pone en riesgo su continuidad en el poder.

Narendra Modi
Se trata de las fuerzas ultraconservadoras de la Alianza Democrática Nacional (National Democratic Alliance), liderada a su vez por el partido Bharatiya Janata Party (BJP), que traducido al castellano significa Partido Popular Indio. El BJP ya gobernó la India entre 1998 y 2004, pero entonces le faltó la estabilidad interna y el liderazgo necesario para consolidarse en el poder.

Esta estabilidad y este liderazgo parece que lo han encontrado en la figura de Narendra Modi, el presidente del estado federal de Gujarat, al oeste de la India. Modi es un personaje controvertido por sus declaraciones y su radicalismo hinduista. Pero sobre todo, le persigue la sombra de la matanza de febrero de 2002 en su estado de Gujarat, cuando un estallido de violencia religiosa provocó casi 2.000 muertos, la mayoría musulmanes, mientras la policía se limitaba a mirar de forma pasiva. Desde entonces se ha acusado a Modi de, al menos, haber permitido la matanza, por no decir que fue él y su política sectaria la que la provocó.


Antiguos fantasmas

La violencia de Gujarat en 2002 despertó antiguos fantasmas que ni mucho menos dormían profundamente. En 1947, el año de la independencia, se produjo también la división de la antigua colonia británica en los estados actuales de India y Pakistán. Esta división se realizó con el argumento de que era imposible la convivencia entre hindúes y musulmanes en un mismo país. Sin embargo, en vez de garantizar la estabilidad, la división no pudo impedir que se produjera el mayor éxodo de la historia contemporánea con más de 16 millones desplazados y más de un millón de personas asesinadas en el tránsito debido a la violencia religiosa. Desde entonces, la sombra del odio y de la intolerancia ha estado planeando sobre India incansablemente y también ha condicionado sus relaciones con Pakistán.

Fieles hinduistas en el Ganges
Debido a este pasado violento y al mosaico de etnias, religiones y culturas que conviven en India, el estado ha optado por no reconocer a ninguna religión como oficial o principal, a pesar de que el hinduismo es con gran diferencia la mayoritaria.  La convivencia es complicada en un país con más de 1.200 millones de habitantes, 14 idiomas oficiales y cuatro grandes grupos religiosos: el hinduismo (80,5% de la población), el Islam (13,4%) –India es el estado con el tercer mayor número de musulmanes del mundo-, el cristianismo (2,3%) y el sikhismo (1,9%).

Sin embargo, y aunque la India es un estado laico, las religiones siguen jugando un papel fundamental. El estado no ha sido capaz de crear una identidad mayoritaria basada en la lealtad a las instituciones o a la nación. Por ello cada individuo está etiquetado de alguna que otra forma por su pertenencia a alguno de los grupos religiosos. Más que una opción religiosa personal, estos grupos todavía marcan unas pautas culturales y sociales muy fuertes de las que el individuo no puede sustraerse. Crean identidad en un país en el que sus habitantes hablan diferentes idiomas, y es precisamente en esa identidad donde radica el principal desafío a la viabilidad del Estado indio. Y más cuando existe una seria amenaza contra la convivencia entre las religiones.


La intolerancia religiosa como arma política

Esta amenaza es principalmente la intolerancia basada en criterios religiosos, lo que en India se llama ‘comunalism’. Sigue viva desde 1947 y constituye un instrumento político muy potente y a la vez muy peligroso que hoy está siendo utilizado por algunas organizaciones que ponen en peligro el delicadísimo equilibrio de la convivencia en aras de conseguir mayor rédito político.

Es el caso del discurso sectario que está catapultando al BJP y a su líder hacia el poder. El BJP basa su ideología en el nacionalismo cultural llamado “Hindutva”. Aunque insiste en que este concepto es en esencia nacionalista y no religioso, construye este nacionalismo en torno a la religión hindú. Es decir, según el BJP solamente se es indio si se pertenece a esta religión y no por poseer la nacionalidad, lo que dejaría fuera de la comunidad nacional al 20% de la población, más de 240 millones de personas.

Militantes del "Hindutva"
El BJP no solamente excluye, también ataca frontalmente a las minorías, sobre todo a los 150 millones de musulmanes a los que identifica como partidarios de Pakistán y prácticamente como a terroristas. La historia de la India está marcada por siglos de dominación musulmana y los ultranacionalistas tergiversan el pasado para justificar los ataques contra sus compatriotas musulmanes a los que niegan la identidad india.

Por ejemplo, hoy los templos y mezquitas en India parecen en estado de emergencia. En todos ellos la policía monta guardia y cachea a los fieles ante el riesgo de atentados terroristas. Es una situación de amenaza constante que en cualquier momento puede estallar, literalmente. Y es que los templos hindúes y las mezquitas en muchos casos conviven en casi el mismo terreno porque durante las conquistas musulmanas a partir del S. XII, sobre todo en el norte de India, los sultanes ordenaron demoler los antiguos templos hindúes para construir sobre sus cimientos las nuevas mezquitas de los conquistadores. Hoy este episodio de la historia está siendo utilizado por los extremistas para argumentar su odio hacia el Islam y para exigir la demolición de las mezquitas, lo que a su vez moviliza a los musulmanes.

El discurso del BJP es claramente radical y sectario. Sin embargo, lo realmente inquietante es el atractivo de este mensaje entre la población, sobre todo entre los más humildes, harta de la corrupción y de la ineficacia del Partido Nacional del Congreso: Segúntodas las últimas encuestas, el BJP sería el más votado con una diferencia de casi 100 escaños con respecto al Partido Nacional del Congreso, y por lo tanto Modi sería el próximo presidente del país.




Encuestas que dan el doble de escaños a Modi respecto a su rival.


Posibles consecuencias de una victoria ultranacionalista

Las consecuencias de esta victoria pueden ser arriesgadas para la estabilidad de la zona y para la propia India ya que, en caso de un triunfo electoral contundente, el BJP y, sobre todo sus seguidores, se sentirán libres para poder aplicar su política al país y a sus relaciones internacionales.

Los baluartes del BJP
A nivel interno, el discurso sectario que enfrenta a los hindúes con los musulmanes obligaría al BJP a aplicar este sectarismo en las relaciones entre las minorías a riesgo de perder credibilidad entre sus votantes. Es decir, al radicalizar el mensaje y polarizar la vida política, el BJP acabará por ser rehén de su propio discurso y se le exigirá mano dura con los supuestos “terroristas” islamistas so pena de perder a largo plazo terreno ante organizaciones hinduistas aún más radicales.

El liderazgo de Modi puede ser decisivo en el futuro de la convivencia: si realmente es un radical y la matanza de Gujarat en 2002 tiene su firma, llegarían malos tiempos para la minoría musulmana. En cambio si el poder terminara por moderarlo, su “autoridad” dentro del campo radical le permitiría cierta libertad de acción entre los suyos y podría aplicar una política basada en el pragmatismo, incluida la decisión de no llevar a cabo ninguna política discriminatoria contra las minorías. En sus manos está decidir qué camino tomará

En el campo de las relaciones internacionales, una victoria del BJP no tendría a priori consecuencias en el crecimiento económico de India y en su papel en el club de los BRICS, ya que fue precisamente en su mandato entre 1998 y 2004 cuando se sentaron las bases de su actual pujanza a nivel global.

Sin embargo, sí podría tener consecuencias serias en las relaciones con Pakistán. Gran parte del mensaje excluyente del BJP se basa en el miedo al vecino musulmán, por lo que las malas relaciones están aseguradas al menos a corto plazo. No es precisamente un escenario recomendable para una región en la que India y Pakistán cuentan con armas nucleares, y en la que los vecinos no ayudan a la estabilidad. Al este de Pakistán están un Afganistán en eterna guerra civil y un Irán aislado de la comunidad internacional, y al noroeste China, aliada de Pakistán y rival regional -aunque hoy algo menos- de India.

Tampoco hay que olvidar que Asia es un continente en el que la compra de armas se está multiplicando en la última década. El continente más poblado de la Tierra está inmersa en una carrera armamentística en la que la India participa de manera destacada: Según datos del Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) en 2012 ocupó el octavo puesto mundial en gasto armamentístico, triplicando su gasto militar (47.735 millones de dólares, el 2,5% de su PIB) con respecto al año 2000, cuando gastó 14.440 millones de dólares (entonces el 3,1% de su PIB).

Atentados de Bombay, 2008
La clave de las relaciones de la india con Pakistán será, como siempre, el conflicto de Cachemira, una guerra congelada desde 1947 en la que los dos países reivindican la soberanía de este principado montañoso con mayoría de población musulmana. Las trincheras siguen en activo y los fusiles de ambos bandos continúan apuntándose sin descanso. Aunque ambos bandos no se disparan, India acusa a Pakistán de infiltrar grupos terroristas en su retaguardia. Los atentados de grupos islamistas contra las tropas indias son una rutina en Cachemira, interrumpida por ataques ocasionales pero muy sangrientos contra las principales ciudades del subcontinente, como por ejemplo en 2008 en Bombay.

Estos atentados han tenido una gran responsabilidad en el crecimiento de la desconfianza y la radicalización de las relaciones entre hindúes y musulmanes, y explican en parte el atractivo del discurso del BJP entre la población. Si este partido llega al poder a partir de mayo, los terroristas islamistas tendrán enfrente a un gobierno que estará obligado a responder con fuerza a un nuevo ataque, una ocasión de oro para cualquier grupo radical que desee tirar una cerilla en el bidón inflamable que es el subcontinente indio, donde un partido ultranacionalista y ultraconservador está a punto de llegar al poder.   
  




domingo, 2 de marzo de 2014

Informar para los "nuestros"

¿Quién ha ganado el Debate sobre el Estado de la Nación? ¿Tiene el público un interés real por escuchar los argumentos políticos, o simplemente se trata de recopilar datos para movilizar a los respectivos partidarios ya convencidos? ¿Qué papel juegan los medios de comunicación a la hora de trasladar esos argumentos?

La semana pasada se ha celebrado en el Congreso de los Diputados el Debate sobre el Estado de la Nación que, sin duda, fue protagonizado por el gran duelo entre el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, líder del Partido Popular, y el líder de la oposición, el socialista Alfredo Pérez Rubalcaba. El duelo entre ambos fue el más comentado y, con mucha diferencia, el que mayor interés ha despertado entre los medios de comunicación. Y como viene siendo habitual tras cada debate de este tipo, siempre surge la pregunta sobre el ganador.

Esta pregunta en realidad no es necesaria ya que, según a quien se formule, habrá ganado el líder de su partido preferido, da igual lo que haya dicho. La respuesta generalmente no está motivada por la calidad de los discursos ni por un análisis de éstos. Es decir, no hace falta ver ni escuchar el debate para poder opinar después sobre el ganador. De hecho ha sido el debate menos seguido en televisión en los últimos años, con solamente un 1,2% de audiencia, unas 73.000 personas. Pero da igual, ya que de lo que en realidad se trata no es de ganar al rival en el hemiciclo, sino de movilizar a los propios seguidores y de proporcionarles argumentos. Por ejemplo, en una encuesta de Metroscopia publicada después del debate, entre los votantes del PP sólo un 8% reconocía que Rubalcaba conocía mejor la situación de España, y de entre los votantes del PSOE, sólo un 3% pensaba que Rajoy tenía un mejor conocimiento del país. 


Medios de trinchera

Si hubiera que calificar con una palabra el tipo de medios de comunicación que existen en España, en mi opinión son claramente de “trinchera”, es decir, participan como un actor más en la lucha política diaria. La prueba más reciente es la valoración que han hecho sobre el debate los grandes periódicos de alcance nacional. Cada portada publicada al día siguiente contaba el mismo acontecimiento de manera completamente opuesta, de tal forma que los lectores de los diferentes periódicos leyeron (y acabaron asumiendo) una valoración muy distinta del mismo hecho.
  
Comenzando por los periódicos más próximos en simpatía al Gobierno, ABC titula “Rajoy descoloca a Rubalcaba con una gran rebaja en las cotizaciones”, y La Razón, por su parte, destaca: “La ambición de Rajoy derrota al apocalipsis de Rubalcaba”. Por otro lado, El Mundo titula “Rajoy presume de datos y Rubalcaba le culpa del ‘sufrimiento de la gente’” (entrecomillando esta última parte); El País afirma que “Rajoy da por acabada la crisis y anuncia estímulos al empleo”, mientras que por último La Vanguardia asegura que “Rajoy promete mejoría, Rubalcaba pide realismo”. Estos titulares son ejemplos de interpretación subjetiva de lo que ocurrió en el Congreso de los Diputados. ¿Por qué?

Apenas existen medios de comunicación que verdaderamente tengan un interés por proporcionar la información objetiva necesaria y suficiente para que el ciudadano pueda entrar en contexto y juzgar los hechos de manera que pueda tomar sus decisiones políticas de la forma más racional posible. En definitiva, cumplir con el papel fundamental de la prensa para el funcionamiento de la democracia que propugna Walter Lippmann en su libro “Libertad y prensa”.

En cambio, los medios españoles están diseñados y funcionan para dar argumentos para que sus lectores refuercen sus ideas preconcebidas. Así, no es difícil encontrar dos enfoques absolutamente enfrentados sobre un mismo acontecimiento en dos medios diferentes, como por ejemplo se puede observar en los titulares de La Razón y de La Vanguardia a la hora de valorar el mismo discurso de Rubalcaba: “apocalipsis” frente a “realismo”.

Además de subjetiva, esta valoración no es inocente. La posición de liderazgo, incluso el futuro político del orador en este caso, depende de la opinión publicada por los medios que tienen así la oportunidad de influir en los procesos internos de toma de decisiones de los partidos. Es decir, si los periódicos próximos a “la causa” hubieran titulado con una derrota de su candidato, éste tendría muy difícil mantener el liderato dentro de su partido y se podrían producir consecuencias en las luchas internas por el poder.

Surge entonces la pregunta, ¿controlan los partidos políticos a los medios de comunicación? O por el contrario, ¿son los medios los que controlan a los partidos?


Partidos y medios, una relación de dependencia mutua

No es solamente cierto que los partidos políticos dependan de los medios de comunicación y que sean éstos los que dicten sus agendas a golpe de titular. Tampoco es solamente cierto que los partidos dicten a los medios lo que tienen que decir y que estos obedezcan ciegamente sus órdenes. La relación entre ambos es de dependencia mutua.

En un contexto de una democracia con sufragio universal, los medios de masas son cruciales para poder hacer llegar el mensaje y la imagen (positiva y negativa) de los políticos a los electores e influir en el voto. Ambas partes lo saben, por ello los políticos tratan de tener buenas relaciones con (sus) medios. Como ya se ha comentado, la fuerza de la influencia de los medios en los partidos radica en que pueden provocar movimientos internos e incluso la desmovilización de los votantes propios si no prestan el apoyo mediático adecuado en las campañas electorales.

Sin embargo, los medios necesitan a su vez tener buenas relaciones con los políticos porque estos, si están en el poder, controlan la maquinaria que otorga las licencias necesarias para expandir los negocios (por ejemplo para abrir nuevos canales de TV o de radio) y también porque las instituciones públicas son los principales publicitarios en los medios de comunicación.

Las campañas públicas, incluso la propaganda descarada, supone mucho dinero para los medios, dinero crucial para subsistir. Por ejemplo, en 2014 el Gobierno ha aumentado en un 24% el gasto en publicidad institucional, según informó eldiario.es el pasado 31 de enero. Este aumento supone un plan de publicidad de 41 millones de euros a los que hay que sumar 106 para financiar 44 campañas de organismos públicos. Es decir, 147 millones de euros a repartir entre los medios de comunicación solamente por parte de una de las administraciones públicas del Estado, sin contar las comunidades autónomas y los ayuntamientos.

 

Representa una inyección económica fundamental para un sector muy golpeado por la crisis. Según el último Informe Anual de la Profesión Periodística elaborado por la Asociación de la Prensa de Madrid, en 2013 han cerrado en España 73 medios de comunicación y han perdido su trabajo 4.434 periodistas.


Pero no se trata solamente de que ambas partes consigan el “apoyo institucional” del otro. Los medios son, sobre todo, empresas con el objetivo de ganar dinero, y para ello no es suficiente con el de la publicidad institucional. Son necesarios los ingresos de la publicidad privada, y para que esta sea importante, hay que ser atractivo entre los consumidores. En el caso de las empresas periodísticas, buscan su público en un determinado nicho entre el espectro ideológico y lo alimentan para mantenerlo fiel como consumidor, sirviendo así de paso a los intereses de los partidos.

Por ejemplo, El País no ha creado a los progresistas españoles, ni ellos a El País en 1974 (Fraga fue uno de sus accionistas fundadores), sino que este periódico se adaptó a ellos porque en la transición reconoció que en la nueva democracia este nicho ideológico quedaba abierto y listo para explotar. Desde entonces El País se ha convertido en la cabecera clásica de los progresistas españoles, a los que ha ido alimentando con argumentos para reafirmar sus creencias, y ellos han demandado estos argumentos que han comprado (literalmente) con gusto. Este es un ejemplo que funciona exactamente igual en el resto de los medios tradicionales españoles con respecto a otros espectros ideológicos.

Es decir, los medios en España alimentan a sus lectores/consumidores con argumentos para reforzar sus ideas previas, y los lectores/consumidores eligen a los medios en función de su necesidad de ver alimentadas sus ideas preconcebidas y no tanto para informarse de manera objetiva.

Surge así un tercer tipo de interdependencia entre partidos y medios de comunicación después del económico (publicidad) y el del poder (licencias), y es el del suministro de esos argumentos por parte del partido al medio y su publicación: el partido necesita que el medio difunda sus argumentos entre sus electores, y el medio necesita que el partido le surta de argumentos con los que alimentar a sus consumidores.  

Por lo tanto, no es de extrañar que un día después del principal duelo en el Debate sobre el Estado de la Nación, los titulares de los grandes periódicos se parecieran a los argumentarios que manejan las oficinas de prensa de los partidos. Porque su objetivo principal no es informar sobre lo que ha pasado, sino nutrir con argumentos al lector que compra su ejemplar y busca precisamente eso: leer que su líder político ha machacado a su rival.

lunes, 10 de febrero de 2014

“Yo no voté al PP”, un síntoma de cambio en la tendencia electoral

En las elecciones generales de noviembre de 2011 el Partido Popular arrasó con el 44,62% de los votos. Dos años más tarde, según el Barómetro del CIS de enero de 2014, uno de cada cuatro votantes del PP encuestados “no recuerda” haberles votado. Es, sin duda, un síntoma de un cambio en la tendencia electoral.

El 20 de noviembre de 2011 más de 10,8 millones de españoles confiaron su voto al PP y le dieron una mayoría absoluta de 186 diputados en el Congreso, 76 más que el PSOE, que consiguió 6,9 millones de votos en uno de los peores resultados electorales de su historia con un 28,7%.

Dos meses después de las elecciones, en enero de 2012, el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), publicó un barómetro en el que se reflejaba la resaca de la victoria del PP. Un 36,8% de los encuestados opinaba que el país mejoraría ese año y un 43,3% pensaba que el nuevo Gobierno de Rajoy haría las cosas mejor que el anterior gobierno socialista. Eran muy buenos tiempos para el PP y sus votantes miraban el futuro con confianza y estaban satisfechos por haber elegido a la opción ganadora. El barómetro lo reflejaba con un recuerdo de voto al PP del 39,1% entre los encuestados.

Los votantes socialistas, en cambio, estaban desolados. El PSOE había sido desalojado de La Moncloa en medio de un clima de rechazo social a las siglas y a su presidente, José Luis Rodríguez Zapatero. El candidato de 2011, Alfredo Pérez Rubalcaba, arrastraba ese rechazo como demostraba el barómetro del CIS de enero de 2012, ya que un 74% de los encuestados mostraban ninguna o poca confianza en él. Este clima de desolación afectaba a los votantes y se reflejaba en el barómetro del CIS en que sólo el 23,7% de los votantes recordaban haber elegido al PSOE, cinco puntos menos de los que realmente lo habían hecho.

Sin embargo, dos años después, en el barómetro del CIS de enero de 2014, se refleja una situación completamente distinta con respecto al PP: Rajoy inspira poca o ninguna confianza al 88,1% de los encuestados y, lo más sintomático, sólo el 31,9% recuerda haber votado al PP en 2011. Es decir, casi uno de cada cuatro votantes del PP se ha “olvidado” de lo que había votado en las últimas elecciones generales. En cambio, el porcentaje del recuerdo de voto del PSOE se ha recuperado hasta llegar al 27% y casi corresponde al porcentaje de voto real (28,7%).


La atracción del “carro ganador”

La politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann, autora del clásico “La espiral del silencio”, observó un fenómeno curioso: un gran número de personas –se calcula que al menos el 5% del total de los electores- prefiere alinearse con el partido que presume que va a vencer sin ninguna otra razón que querer pertenecer al bando ganador, lo que se denomina el “efecto del carro ganador”. Sin embargo, y esto es lo interesante, el deseo de no ser incluido entre los perdedores provoca que otros muchos incluso se suban a él después de las elecciones aunque hayan apostado por los vencidos.

Elisabeth Noelle-Neumann
Noelle-Neumann lo explicaba así: “Si, por una parte, había una tendencia preelectoral reconocible de algunos electores a cambiar su voto en la dirección del ganador previsto, también había, por otra parte, una tendencia postelectoral a que más gente afirmase haber votado por el partido vencedor de lo que indicaran los votos recibidos por éste. Esto podría interpretarse, igual que el “efecto del carro ganador”, como un esfuerzo para estar con los ganadores, en esta ocasión “olvidando” selectivamente haber votado por otro partido”.

Es el caso de los votantes del PSOE que en enero de 2012 habían “olvidado” su voto de tan sólo dos meses antes. Sin embargo, lo curioso es que este mismo fenómeno está ocurriendo dos años después pero entre los votantes del PP.


La evolución del “olvido” del voto al PP


La evolución del “olvido” del voto al PP es paralela al deterioro de su imagen y el aumento de su rechazo social. Los distintos barómetros del CIS así lo atestiguan: si en enero de 2012 recordaban haber votado al PP el 39,1%, en julio de 2012 era el 34%; en octubre de 2012 el 30,8%; en enero de 2013 el 33,8%; en junio de 2013 30,2%; en octubre de 2013 el 29,3; y en enero de 2014 el 31,9%. Una evolución en forma de zigzag que cada vez se va alejando más del resultado real del 44,6% de noviembre de 2011.

En cambio, en el resto de partidos el recuerdo de voto se ha mantenido estable o se ha recuperado. En todo caso, siempre se mantiene cerca de los valores reales de las elecciones de 2011. Por ejemplo, si en enero de 2012 un número importante de votantes del PSOE renegaron públicamente de su decisión, el recuerdo rápidamente se recuperó en el siguiente barómetro de julio de 2012 con un 27%; en octubre de 2012 con un 29,8% (un punto más que el porcentaje real de votos); en enero de 2013 con un 27,7%; en junio de 2013 con una ligera caída hasta el 24,7%; en octubre de 2013 de nuevo con un 27,7%; y en enero de 2014 otra vez con un 27%, un número muy próximo al resultado real de 2011 (28,7%).  

Evolución del recuerdo del voto. Elaboración propia.

Los votantes de Izquierda Unida y de UPyD son fieles en el sentido de que no reniegan y dicen públicamente que han confiado en ellos, ya que el porcentaje de recuerdo de voto de ambos coincide básicamente con los resultados reales (IU 6,92%, y UPyD 4,69%). Sin embargo, y a pesar de los repetidos mensajes en los medios de comunicación sobre el supuesto “fin del bipartidismo” y del auge de estos partidos entre la opinión pública, no suman “recuerdos” de más de personas que pretenden subirse al carro ganador a posteriori, como sugería Noelle-Neumann. De hecho, UPyD, registra una caída importante en el último barómetro de enero de 2014 con respecto a recuerdos de voto anteriores: si en 2012 y 2013 la media del recuerdo era en torno del 4% (en octubre de 2013 del 4,9%), en enero de 2014 sólo era del 3,2%, un punto y medio menos que el resultado electoral del 2011.   

Es decir, en el barómetro el CIS de enero de 2014 y tras dos años de Gobierno del Partido Popular, casi uno de cada cuatro de sus votantes de 2011 se ha “olvidado” que les votó, mientras que los votantes del resto de los partidos de ámbito nacional sí recuerdan su voto. Se trata, sin duda, de un síntoma de que se está produciendo un cambio importante en la tendencia electoral que, de seguir así, podría poner fin a la hegemonía política del PP.


La “espiral del silencio” empieza a afectar al PP

La causa de este olvido es un reflejo de que a la mayoría de las personas no les gusta mostrarse públicamente en el bando perdedor. Noelle-Neumann explicaba que “a diferencia de la elite, la mayor parte de la gente no espera obtener un cargo o poder con la victoria. Se trata de algo más modesto: el deseo de evitar el aislamiento”.

En su teoría de “La espiral del silencio”, la politóloga alemana explicó, a grandes rasgos, que el ser humano siente miedo a verse socialmente aislado y por ello busca adaptarse a la opinión pública imperante en ese momento acercándose y apoyando la opinión que considera más fuerte. Eso da fuerza a los seguidores de esa corriente, que animados por ese apoyo creciente, no dudan en exteriorizar su opción dándole aún más publicidad y sensación de fuerza, lo que a su vez atrae a más personas. Por el otro lado, los seguidores de la corriente identificada como menos fuerte tratan de huir del aislamiento ocultando su preferencia, que va perdiendo así presencia social y se refuerza el rechazo.

En resumen: el miedo al aislamiento es la fuerza que pone en marcha la espiral del silencio”, según Noelle-Neumann

Aplicado al PP, el hecho de que vaya perdiendo apoyos a marchas forzadas en su intención de voto desde su espectacular victoria electoral en 2011, alimenta la percepción social de que es una opción en caída libre. Esta percepción, a su vez, aleja a cada vez más personas y, por lo tanto, alimenta la caída apoyos en las encuestas y en la calle. Es decir, el PP ha entrado en una espiral en la que el rechazo genera rechazo, lo que provoca una percepción muy negativa sobre sus posibilidades de éxito en el futuro.

Y las percepciones son vitales para el éxito político. Como explica Luis Arroyo, autor de “El poder político en escena”:La sensación de victoria posible es un requerimiento mínimo, un precio de entrada, para ganar unas elecciones, de manera que si no existiera efecto real neto de bandwagon (subirse al carro del ganador sin más consideraciones), la generación de un estado de opinión en el que un partido político es percibido como el dominante y ganador se convierte en la obsesión de los líderes”.

En el caso del PP, cada día que pasa se aleja de esa percepción de partido dominante  y, por lo tanto, pierde opciones para ganar las siguientes elecciones.