martes, 2 de febrero de 2016

“Compañeras y compañeros, a votar”: la militancia y su participación en las decisiones de los partidos

El secretario general del PSOE y candidato a la Presidencia del Gobierno, Pedro Sánchez, anunció por sorpresa ante el Comité Federal de su partido que consultará la opinión de la militancia socialista ante cualquier pacto o negociación con otras formaciones políticas para formar Gobierno. Sánchez, que a su vez fue elegido líder del PSOE en un proceso de primarias directas en 2014, ha puesto encima de la mesa una medida pionera en España, aunque ya se ha puesto en práctica en otros países. Por ejemplo, en Alemania la militancia socialdemócrata pudo votar en diciembre de 2013 si el SPD debía o no participar en una gran coalición con los conservadores de Angela Merkel. Son medidas de participación directa de la militancia socialista que fueron precedidas por el proceso de primarias del Partido Socialista Francés celebrado en 2011 a dos vueltas.

Los tres partidos socialistas más importantes de Europa han elegido mecanismos de participación democrática para decidir cuestiones muy importantes y que afectan al conjunto de la ciudadanía. ¿Estamos ante una segunda ola democratizadora protagonizada por los partidos socialdemócratas?

Históricamente los partidos socialdemócratas han sido los abanderados de la ampliación del derecho al voto al conjunto de la población. Por ejemplo, a finales del S. XIX, en la mayoría de los países europeos con derecho a sufragio, éste no abarcaba a la clase trabajadora ya que el modelo del estado liberal que imperaba entonces sólo reconocía el derecho al voto a aquellos (hombres) que fueran propietarios. Era lo que se llamaría hoy un “Estado mínimo” para proteger exclusivamente la libertad individual y la propiedad privada. Es decir, el Estado no servía a los que no tenían nada.

Pero fueron los partidos socialdemócratas lo que, sobre todo después de la Primera Guerra Mundial, consiguieron que se instaurase el derecho al voto de una clase trabajadora que se había desangrado en las trincheras para defender al estado que ahora les debía ese reconocimiento.

Al abrir la participación política a las masas trabajadoras, los partidos socialdemócratas cambiaron también el fundamento del estado. Como explicó el jurista y politólogo Norberto Bobbio en su obra “El futuro de la democracia”, “cuando los titulares de los derechos políticos eran solamente los propietarios, era natural que la mayor exigencia hecha al poder político fuera la de proteger la libertad de la propiedad y de los contratos. Desde el momento que los derechos políticos fueron ampliados a los desposeídos y a los analfabetos, fue igualmente natural que a los gobernantes –que además de todo se proclamaban y en cierto sentido eran los representantes del pueblo- se les pidiese trabajo, ayuda para quienes no pueden trabajar, escuelas gratuitas y así por el estilo, ¿por qué no?, casas baratas, asistencia médica, etc.”. Es decir, con la ampliación de los derechos políticos a la masa conseguidos gracias a los partidos socialdemócratas, nació el estado social actual.


La “Ley de hierro de la oligarquía”

Así pues, los partidos socialdemócratas estaban unidos a la idea de la democracia. Sin embargo, esa idea no se correspondía con su funcionamiento interno que podía considerarse lejana a este ideal. Hace un siglo un sociólogo alemán llamado Robert Michels  estuvo investigando al que entonces era el mayor partido socialdemócrata del mundo: el SPD alemán. Tras años de análisis llegó a una conclusión que formuló como la llamada “Ley de hierro de la oligarquía”, que viene a decir, en resumen, que mientras más organizado y burocratizado sea un partido, más depende de sus líderes y menos democrático es. Se producía así una extraña paradoja, ya que el partido que había conseguido la creación del estado democrático era, a la vez, una organización gobernada por una oligarquía.

Sin embargo, esta paradoja no quiere decir que no sean partidos democráticos.  Según la teoría de Joseph A.  Schumpeter sobre el estado democrático, no se puede evitar la existencia de élites en una democracia, pero sí es fundamental que haya muchas élites compitiendo por el voto. Por lo tanto, para Schumpeter un gobierno no deja de ser democrático porque lo ejerza una élite siempre y cuando no tenga el poder absoluto ni el monopolio del mismo.

Bobbio recoge esta idea pero va más allá: “(…) el defecto de la democracia representativa en comparación con la democracia directa –defecto que consiste en la tendencia a la formación de aquellas pequeñas oligarquías que son los comités de partidos- no puede ser corregido más que por la existencia de una pluralidad de de oligarquías de mutua competencia. Tanto mejor si esas pequeñas oligarquías –a través de la democratización de la sociedad civil (…)- se vuelven cada vez menos oligárquicas y el poder no es solamente distribuido, sino también controlado”.

Es decir, Bobbio no pone en duda que los que dirigirán los partidos siempre serán élites, pero prefiere que sean muchas y que compitan entre ellas para conseguir así una mayor democratización de las organizaciones.

¿Es esto lo que pasará con las primarias en el PSOE y lo que ha pasado en el Partido Socialista francés? Ciertamente. Pero no es de extrañar, ya que este proceso de elección no deja de ser un espejo de las elecciones democráticas, donde tanto la élite que se presenta para ser elegida, como el elector que decide a qué élite le va a dar su voto, se mueven por su propio interés. Como dijo Max Weber en su obra “El político y el científico”: “La empresa política es, necesariamente, una empresa de interesados”.


¿Se vota por interés?

Bobbio distingue entre dos tipos de votantes: los que votan por opinión y los que lo hacen por intercambio, es decir, los que buscan un interés personal y directo en la victoria de una determinada élite. Como dice este autor, “tener poder, significa tener la capacidad de premiar o castigar, es decir, de obtener de los demás ciertos comportamientos deseados, o prometiendo y siendo capaz de dar recompensas, o amenazando y siendo capaz de infligir castigos”.          

En las elecciones internas de los partidos, las primarias, la situación no es muy diferente. Se vota entre diferentes élites dentro del mismo partido que se presentan al puesto de liderazgo. Habrá quienes decidan su voto por una cuestión de opinión, pero la mayoría de los electores (sobre todo entre los militantes) buscarán algo a cambio del suyo.

A este respecto Max Weber afirmó que “es evidente que la militancia del partido, sobre todo los funcionarios y empresarios del mismo, esperan del triunfo de su jefe una retribución personal en cargos o en privilegios de otro género. Y lo decisivo es que lo esperan de él y no de los parlamentarios o sólo de ellos. Lo que esperan es, sobre todo, que el efecto demagógico de la personalidad del jefe gane votos y mandatos para el partido en la contienda electoral, dándole así poder y aumentando, en consecuencia, hasta el máximo las posibilidades de sus partidarios para conseguir la ansiada retribución”. Una observación que este autor hizo en 1919 y que sigue siendo perfectamente aplicable a día de hoy.


Una cuestión de élites

Como conclusión, se puede afirmar que los partidos socialdemócratas europeos, que hace un siglo abanderaron la democratización de sus sociedades defendiendo la ampliación del derecho de voto a la clase trabajadora, buscan hoy renovar su legitimidad entre la sociedad recuperando la bandera de la democratización, pero esta vez de las decisiones de sus propias organizaciones.

Sin embargo, a pesar de que ciertamente las oligarquías de los partidos pierden así el monopolio del poder de decisión, este no deja de estar en manos de unas élites que, eso sí, deben competir entre ellas para conseguir el voto de los militantes y simpatizantes. Esa competición es la que le da el carácter democrático al proceso y rompe la “ley de hierro de la oligarquía” de Michels, porque ya no es el comité dirigente el que decide a solas, ahora tiene que competir con otros comités en la sombra y para ello debe tener en cuenta la voluntad de los electores.

Entre los electores, a su vez, puede que en algunos casos decidan dar su voto a una élite por motivos de opinión (al ser élites del mismo partido la diferencia no debería ser ideológica), pero la mayoría lo hará con la expectativa de recibir algo a cambio. Es decir, si en las elecciones a los parlamentos o alcaldías el votante busca una ventaja personal con su voto (mejores servicios públicos que le beneficiarán individualmente, por ejemplo), en las elecciones internas de un partido, el votante/militante apoyará a un candidato con la esperanza de que su victoria impulse su propia carrera política o la de su entorno, o para evitar castigos.  

La apertura de los procesos de decisión de los partidos socialistas a la voluntad de los electores abre un poco más la puerta hacia su democratización y de la propia sociedad. No deja de ser una cuestión de élites, pero se podrá elegir qué élite será la que gobierne, y para ello tendrán que tener en cuenta la voluntad de los votantes.

Sin embargo, este proceso no está libre de imperfecciones, ya que la elección de las élites mediante sufragio no elimina el riesgo de que no se elijan a los mejores. Como dijo Bobbio: “La democracia representativa nació del supuesto (equivocado) de que los individuos, una vez investidos de la función pública de seleccionar a sus representantes, habrán preferido a los “mejores”. Es decir, el candidato que salga elegido de las primarias no necesariamente será el mejor, ya que será el que decidan los votantes atendiendo a sus intereses individuales, que no tienen por qué coincidir.

Pase lo que pase, elijan al que elijan los electores, el o la candidata/a electo/a hará bien en hacer caso a este consejo de Max Weber: “No hay más que dos pecados mortales en el terreno de la política: la ausencia de finalidades objetivas y la falta de responsabilidad, que frecuentemente, aunque no siempre, coincide con aquella. La vanidad, la necesidad de aparecer siempre que sea posible en primer plano, es lo que más lleva al político a cometer uno de estos pecados o los dos a la vez”.    



viernes, 22 de enero de 2016

¿Es el fin de las aspiraciones de Pedro Sánchez?

La política española ha vivido el pasado viernes 22 de enero un giro que podría ser definitivo. En pocas horas, dos anuncios espectaculares han hecho trizas la estrategia del PSOE para tratar de convertir a Pedro Sánchez en presidente del Gobierno y han transformado la gran ventaja estratégica de los socialistas de su posición central entre las fuerzas políticas en un problema.

La semana previa los acontecimientos señalaban a una ligera ventaja de los socialistas en la dura lucha por la investidura. El sorprendente acuerdo con Ciudadanos que hizo posible la presidencia de Patxi López en el Congreso de los Diputados era el aviso de que podía conseguirse algo mucho más importante si este acuerdo se repetía de cara a la investidura. Con el SÍ de Ciudadanos el PSOE superaría los escaños del PP y pondría a Podemos y a sus confluencias en la situación incómoda de tener que elegir entre apoyar un gobierno alternativo a Rajoy (ya sea votando a favor o absteniéndose) o votar en contra.

El resultado hubiera sido brillante para Pedro Sánchez: una derrota del PP y su parálisis temporal con una crisis interna importante en torno al liderazgo; la escenificación de Podemos como el miembro menor de la izquierda frente a un PSOE gobernante; la demostración ante la Unión Europea y los poderes económicos y empresariales de que es capaz de llegar a acuerdos con Ciudadanos y el centro político moderado; y, sobre todo, la victoria incuestionable sobre sus barones territoriales que se oponen abiertamente a su liderazgo.

Esta estrategia tenía un primer acto, y es que Rajoy debía presentar el primero su candidatura a la investidura y perderla. Aunque fuera con los votos favorables de Ciudadanos, pero esta sesión hubiera escenificado el NO de los socialistas y hubiera legitimado la posterior candidatura de Pedro Sánchez como líder del segundo partido más votado, sobre todo ante el importantísimo Comité Federal del PSOE del 30 de enero, que es el que debe dar luz verde a Sánchez en sus políticas de pactos.

Sin embargo, las cosas han venido de otra manera. Los rivales del PSOE no se han quedado dormidos y han trastocado todos estos planes.

Golpes de efecto

El primer golpe de efecto lo dio Pablo Iglesias tras su entrevista con el Rey, cuando anunció ante la sorpresa general que estaba dispuesto a apoyar la presidencia de Pedro Sánchez a cambio de participar en un gobierno de coalición en el que el propio Iglesias se recomendaba como vicepresidente. La reacción de los barones y de otros muchos influyentes socialistas contrarios a cualquier pacto con Podemos no se hizo esperar y respondieron enojados y ofendidos en contra de la oferta de Iglesias. El ambiente en el PSOE a ocho días del Comité Federal volvía a calentarse.

Pero a esta primera bomba informativa le siguió pocas horas después una segunda explosión espectacular. Mariano Rajoy anunció también tras su entrevista con el Rey que no iba a presentar su candidatura a la investidura, a pesar de que Felipe VI se lo había propuesto formalmente al tratarse del líder del partido más votado en las elecciones. Poco después el propio Rajoy matizó sus palabras y explicó que seguía aspirando a la Presidencia del Gobierno, pero que no se presentaría a la investidura hasta conseguir la mayoría que le diera la victoria.

La estrategia del PSOE se ha hecho añicos. Ahora todos los focos están sobre Pedro Sánchez y no sobre Rajoy, y las preguntas son: ¿Se presentará ahora el líder socialista el primero a la sesión de investidura? Y ¿aceptará la oferta de Podemos?

‘Vía Crucis’ del PSOE

La que iba a ser una semana cómoda y triunfal del PSOE con la derrota de Rajoy en el Congreso se ha convertido en un más que probable ‘Vía Crucis’ de cara al Comité Federal del 30 de enero. Los barones y muchos miembros de este órgano no apoyarían con toda seguridad el pacto con Podemos, lo que abriría una dura confrontación entre los partidarios de negociar con Pablo Iglesias y los que no lo están. Se antoja casi imposible para Pedro Sánchez conseguir en este ambiente una mayoría absoluta (por no hablar de unanimidad) en el máximo órgano socialista entre congresos que legitime su candidatura a la investidura con el apoyo de Podemos.

Es, sin duda, una gran victoria táctica de Pablo Iglesias. Por un lado, si Sánchez consiguiera un SÍ del Comité Federal a pactar con Podemos, se abriría un proceso de negociación con el partido morado cuyos resultados son hoy por hoy imprevisibles, ya que una coalición de partidos para formar gobierno como ha ofrecido Iglesias haría saltar muchas chispas en el seno del socialismo que no olvida que Podemos tiene como objetivo estratégico hacerse con la hegemonía en la izquierda. Por otro lado, en el caso de que el PSOE dijera NO a un pacto con Podemos, Iglesias no tardaría ni un segundo en afirmar que los socialistas no quieren el cambio y que Podemos es la única alternativa real de izquierdas, con el claro objetivo de atraer a más votantes socialistas a sus filas en una posible repetición de las elecciones.

Con el movimiento de Iglesias se ha invertido la situación: de ser Podemos el que tendría que posicionarse ante un eventual pacto PSOE-Ciudadanos contra el PP, ahora es el PSOE el que tiene que posicionarse, y cualquiera de las decisiones que tome conllevan un desgaste.  

Rajoy, por su parte, espera pacientemente este desgaste del PSOE y, de la misma manera que Sánchez esperaba un suicidio político de Rajoy en el Congreso, ahora es el presidente en funciones el que espera que sea su rival el que se inmole en la Cámara. El PP sigue jugando la baza del pacto con Ciudadanos y el apoyo (o abstención) del PSOE, por lo que un fracaso y/o eventual dimisión o derrota de Pedro Sánchez sería fundamental, ya que un nuevo liderazgo socialista podría permitir un nuevo gobierno de Rajoy. Los socialistas tendrían que elegir entre la peste o el cólera: mantener el NO a Rajoy y provocar unas nuevas elecciones en las que, con bastante seguridad, pagarían ante sus votantes su negativa a aprovechar la oferta de Podemos para echar al PP del Gobierno, o apoyar a Rajoy.


En resumen: en un solo día los que parecía que iban perdiendo han provocado un giro en los acontecimientos que puede poner fin a las aspiraciones de Pedro Sánchez de convertirse en presidente del Gobierno. ¿Podrá contraatacar con otro golpe de efecto?

sábado, 16 de enero de 2016

Pedro Sánchez Presidente del Gobierno. ¿Un desenlace imposible?

La actual composición del Congreso de los Diputados ha abierto la caja de pandora de los pactos. De ser un parlamento que en los últimos 30 años ha funcionado al albur del poder ejecutivo como consecuencia de las mayorías absolutas o simples que permitían al partido más votado controlar las instituciones, hoy un puzle de muy difícil combinación marca el trabajo parlamentario. El primero y más importante y urgente de ellos la investidura del nuevo Presidente del Gobierno.

En los medios, en los análisis y en las tertulias se habla de dos bloques ideológicos, incluso de tres. Estarían representados por PP y Ciudadanos (derecha); PSOE, Podemos (y sus mareas) e IU (izquierda); y los nacionalistas, una amalgama heterogénea que incluye tanto a los conservadores del PNV, a izquierdas independentistas como Bildu o Esquerra Republicana, a conservadores independentistas como Democracia y Libertad (la antigua CiU), y a la diputada de Coalición Canaria.

Este esquema por afinidades ideológicas se ha impuesto en el imaginario colectivo de aquellos que aspiran a comprender este escenario altamente confuso. Sin embargo, para disgusto de los amantes de la simplificación, es un esquema que no se ajusta a la realidad, o mejor dicho, la realidad no tiene por qué ajustarse a él.

Comenzando por el bloque de la derecha. ¿Es homogéneo? ¿Supone esta asignación ideológica que PP y Ciudadanos están obligados a entenderse en exclusiva y a ser socios porque comparten ideario y rechazar la negociación con otros? Lo mismo podría decirse del bloque de la izquierda, en el que la desavenencia es lo único que hasta el momento ha caracterizado la comunicación entre PSOE y Podemos, lo que aleja el llamado ‘pacto a la portuguesa’ a pesar de que ambos comparten buena parte del perfil de su electorado.

Por el momento los hechos han demostrado que los supuestos bloques ideológicos no deben servir como guía para comprender la realidad política española, ya que el primer acuerdo firme y con consecuencias prácticas ha sido al que han llegado PSOE y Ciudadanos para nombrar al socialista Patxi López presidente del Congreso, con la abstención del PP y los votos en contra de Podemos. Es decir, un miembro del bloque de derechas y un miembro del bloque de izquierdas han conseguido llegar a un acuerdo sin el apoyo de sus ‘compañeros’ ideológicos. ¿Y si este acuerdo fuera el primer paso hacia un pacto mucho más relevante?

Los números frente a la ideología

Para ser Presidente del Congreso hacen falta más votos a favor que en contra. Se trata de una cuestión de pura aritmética y no ideológica. En el Congreso de los Diputados hay 350 parlamentarios. Para elegir al Presidente del Gobierno en una primera vuelta son necesarios 176 votos como mínimo, es decir, la mayoría absoluta. Como esa cifra se antoja imposible por la actual composición de la Cámara, se pasaría a una segunda vuelta de votación en la que ya solamente es necesaria una mayoría simple, y esa es la cuestión clave.



A partir de aquí sigue la mera especulación.

El PP presentaría a Mariano Rajoy en una primera vuelta que fracasaría ya que, a priori solamente conseguiría los votos positivos propios, 123 (122 si Gómez de la Serna no vota), más los 40 de Ciudadanos si seguimos apostando por la solidaridad entre los bloques ideológicos. En total serían 163 votos, 13 menos de la mayoría absoluta y 24 menos de la suma de los votos de PSOE, Podemos y los nacionalistas, 187 votos que presumiblemente dirían ‘No’ a un nuevo gobierno del PP. En total 163 ‘síes’ frente a 187 ‘noes’ para Rajoy.

Se pasaría a una segunda fase. Patxi López podría presentar al rey la candidatura a la investidura del líder del PSOE, Pedro Sánchez. Con 90 diputados, 33 menos que el PP, podría parecer una operación condenada al fracaso. Sin embargo, si se activara de nuevo el acuerdo que ha permitido al PSOE presidir el Congreso, esos 90 diputados del PSOE podrían contar con el apoyo de los 40 de Ciudadanos, es decir, 130 votos para Pedro Sánchez contra 123 del PP que seguramente votarían ‘No’.

Ni mucho menos sería suficiente para una investidura en una primera ronda porque faltarían 46 votos para la mayoría absoluta. Pero, ¿y en una segunda vuelta en la que sólo es necesaria una mayoría simple? PSOE y Ciudadanos superan al PP, y ¿qué harían Podemos y los nacionalistas?

Podemos cuenta con 42 diputados propios más otros 27 de las ‘mareas’ regionales. En total 69 diputados que tendrán que elegir si permiten un gobierno del PSOE o lo tumban directamente sumando sus votos negativos a los del PP. ¿Estaría dispuesto Pablo Iglesias a ponerse en el mismo lado de Rajoy contra el PSOE? Podemos también podría abstenerse, lo que con la abstención nacionalista sería suficiente para hacer de Pero Sánchez presidente con el siguiente resultado: a favor 130, en contra 123, abstención 97 (aunque seguramente algún diputado nacionalista votaría a favor, como la de Coalición Canaria que gobierna en las islas con el apoyo socialista).

Para llegar a este escenario deben darse muchas carambolas y se debe negociar mucho. Por ejemplo, Ciudadanos ha apoyado la presidencia del Congreso por parte del PSOE para que presida la Cámara un partido diferente al del Gobierno. ¿Cambiaría de parecer Albert Rivera para apoyar a Pedro Sánchez? ¿Qué papel jugaría Podemos? Y los 17 diputados nacionalistas catalanes que apoyan la llamada ‘desconexión’, ¿apoyarían al PSOE o al menos se abstendrían facilitando así la investidura de Pedro Sánchez?


Este sería un desenlace difícil, puede que improbable, pero no imposible.    

miércoles, 6 de enero de 2016

La bomba y Corea del Norte, ¿amenaza o llave del cambio?

Corea del Norte dice que tiene la Bomba-H. La comunidad internacional condena esta escalada que es percibida unánimemente como una acción hostil y amenazante. Sin embargo, según algunos analistas la carrera nuclear de Corea del Norte tendría en el fondo un objetivo diferente al de poner en peligro a sus vecinos. Los que correrían peligro serían los militares norcoreanos y su enorme ejército cuyo mantenimiento lastra decisivamente la economía de ese país.  


En la mañana del 6 de enero de 2016 el Gobierno de la República Popular de Corea anunció oficialmente que había llevado a cabo con éxito el ensayo de una bomba de hidrógeno. De ser cierto, el régimen comunista de Pyongyang poseería en su arsenal nuclear un arma superior a la bomba atómica y capaz de destruir una gran ciudad como, por ejemplo, la cercana Seúl o incluso Tokio.

Los gobiernos e instituciones de la comunidad internacional han condenado esta escalada armamentística, aunque algunas voces expertas ponen en duda la veracidad del anuncio. Para ello se basan en los datos sísmicos: efectivamente en la fecha del ensayo se registró un temblor de tierra en territorio de Corea del Norte que podría deberse a la actividad humana, pero su intensidad sería menor a la que habría provocado una bomba-H. Se trataría, en todo caso, de una explosión que como mínimo habría alcanzado la misma intensidad del último ensayo nuclear reconocido públicamente por los norcoreanos a principios de 2013 y que provocó una crisis de gran alcance a nivel mundial.

Cada vez que el régimen de Pyongyang realiza un ensayo nuclear la comunidad internacional reacciona intensificando su rechazo y tomando medidas que aíslan más a este país y debilitan su ya muy maltrecha economía. Y sobre todo, alejan cada vez más la posibilidad de llegar a acuerdos económicos y políticos beneficiosos y necesarios para la continuidad del régimen a largo plazo. Por ello surge la pregunta: ¿por qué Corea del Norte insiste entonces en continuar estos ensayos nucleares que el resto del mundo percibe como un peligro?

A principios de abril de 2013 el Instituto Elcano, el ‘think tank’ español más importante, publicó un análisis de Féliz Arteaga, investigador principal del centro, en el que se planteaba un punto de vista diferente sobre la cuestión nuclear norcoreana: el éxito del programa nuclear y el reconocimiento de Corea del Norte como potencia atómica podrían liberar al régimen comunista de parte de sus enormes gastos militares convencionales (no conocidos por el secretismo que le caracteriza) e invertir esos recursos en reformar el país y el régimen.

Según subraya el análisis, si se reconoce por parte de la comunidad internacional que la capacidad de respuesta nuclear de Corea del Norte es seria y real, el régimen de Pyongyang podría modificar su actual doctrina estratégica basada en mantener un enorme ejército convencional estimado en más de un millón de soldados. Con un arsenal nuclear no harían falta tantos soldados ni tanques, por lo que el estado no tendría que gastar tantos recursos en el ejército.

Esto tendría dos ventajas para Kim Jong-Un, el líder norcoreano. Por un lado debilitaría a la actual élite militar de su país que basa su poder y su función en el ejército convencional masivo. Ya no jugarían un papel tan fundamental en el estado y eso proporcionaría al líder mayor libertad de acción para emprender reformas que los militares podrían percibir como amenazas a sus privilegios.

Por otro lado, una vez reducidos los recursos militares y debilitada la élite castrense, estos recursos y manos de obra liberados se destinarían a la economía civil y a mejorar la calidad de vida de la sociedad norcoreana, iniciando así a lo mejor un proceso de reforma interna del régimen. Para ello Kim Jong-Un necesita la bomba atómica.

El resumen de la paradoja señalada en el análisis del Instituto Elcano es que la comunidad internacional no permite a Corea del Norte acelerar su programa nuclear que necesita para poder realizar sus reformas internas que la misma comunidad internacional le demanda.

El secretismo que rodea a todo lo que ocurre en Corea del Norte reducen los análisis en muchos casos a simples conjeturas ya que nadie es capaz de saber realmente lo que motiva a los líderes norcoreanos en su toma de decisiones. Esto les convierte en impredecibles y ahí está el peligro. La comunidad internacional en general, y los EEUU en concreto, tienen que juzgar cada paso de Corea del Norte sin saber qué se esconde detrás y hasta dónde pueden presionar sin provocar una reacción real.


Es decir, no se sabe cuánto se puede estirar la cuerda antes de que se rompa. Es un juego que no está exento de riesgos. 

viernes, 18 de diciembre de 2015

Los vídeos electorales de la campaña 2015: Gana la emoción

Las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015 son las primeras en la reciente historia democrática de España en las que más de dos partidos tienen capacidad de influir decisivamente en la formación del Gobierno de la Nación y en la labor legislativa del próximo Congreso de los Diputados. Hasta el último momento las encuestas han señalado un escenario muy reñido, lo que ha forzado a los partidos a poner en marcha la maquinaria de comunicación con los contenidos más emocionales de las últimas campañas.


Partido Popular: No hagas experimentos

El vídeo electoral del PP apela a un mensaje sencillo: "La cosa marcha, cuesta, pero marcha. No lo pongas en peligro votando cosas raras". Como buen vídeo del partido en el Gobierno que espera ser reelegido, pone en valor los éxitos alcanzados durante la legislatura y promete aumentarlos. Apela al esfuerzo, la constancia y la seriedad. Valores emocionales que vinculan con la marca PP y en los que no aparece en ningún momento el rostro del candidato.






PSOE: Resistir es vencer

Este vídeo electoral tiene un muy alto ingrediente emocional. Busca la movilización del voto tradicionalmente socialista a través del relato "resistir es vencer". Frente a encuestas que vaticinan un desastre electoral, este vídeo presenta un escenario de futuro en el que el PSOE logra vencer a pesar de todo y cumplir sus promesas electorales llenando de orgullo a sus votantes. Su objetivo: poner la piel de gallina y retener a los votantes socialistas. 






Podemos: Los dos Pablos Iglesias piden el voto a los socialistas 

El vídeo de Podemos tiene un doble objetivo: presentar a esta formación como libre de toda mácula frente a los partidos tradicionales y, sobre todo, como la alternativa al PSOE. Está dirigido directamente a los votantes socialistas decepcionados con la intención de atraer su voto apelando a los principios fundadores del socialismo y para ello utiliza el nombre de Pablo Iglesias, aprovechando la confusión entre los nombres del líder de Podemos y del fundador del PSOE. 





Ciudadanos: Albert Rivera y la ilusión

El vídeo de Ciudadanos es un reflejo de los dos ejes de su campaña: la figura de Albert Rivera y el elemento emocional de la ilusión. No se presentan propuestas concretas, sino mensajes generalistas basados en la esperanza y la emoción articulados en torno a la figura del candidato. Dirigido a los votantes que buscan algo nuevo pero sin compromisos.





Unidad Popular/Izquierda Unida: la verdadera izquierda

Este vídeo electoral quiere presentar a UP/IU como la defensora de las esencias de la izquierda, sin concesiones ideológicas. Reconoce que parte con menor apoyo en las encuestas y trata de convertir esta circunstancia en un valor con el relato: creéis que somos pocos los que defendemos la verdadera esencia de la izquierda, pero en las elecciones demostraremos que no es así. Un claro mensaje a Podemos.  





UPyD: el partido contra la corrupción


Es el vídeo más clásico de todos. La lucha contra la corrupción se ha convertido en el principal mensaje de este spot y en el elemento diferenciador de UPyD con respecto al resto de partidos, apelando al papel de la formación magenta en las denuncias en el caso Bankia. Un intento de retener votantes en su fuga a Ciudadanos.


miércoles, 9 de diciembre de 2015

“Me puede tocar a mí”, el riesgo como arma terrorista

El terrorismo está presente en la mente de los ciudadanos. Desde el 11-S de 2001 la percepción del riesgo de sufrir las consecuencias del terror se ha hecho global. Los diferentes procesos de comunicación a escala mundial han hecho posible que la amenaza que se sufre en un lugar concreto sea percibida como propia en otros lugares del mundo, expandiendo así la sensación de amenaza por todo el planeta aunque sea totalmente desproporcionada. Ese es precisamente el objetivo fundamental que buscan los terroristas con sus acciones: provocar y aprovechar la incertidumbre de que “me puede tocar a mí”.

El 13 de noviembre de 2015 un grupo de terroristas ligados a Daesh asesinó a 130 personas en París. Durante las semanas posteriores el estado de alarma de extendía no solamente en Francia, sino que toda Europa sufría situaciones de emergencia y de excepción que interrumpieron su ritmo habitual de vida. En Francia se decretaba el estado de excepción, la vida en Bruselas se paralizaba durante días mientras duraba una alerta por un posible atentado, mientras que en Alemania se suspendía un partido de fútbol de alto nivel en Hannover al que iba a asistir el gobierno en pleno debido al mismo tipo de amenaza. La policía patrullaba armada hasta los dientes en todas las principales calles europeas. Un continente con 743 millones de habitantes vivía al vilo y veía cómo su rutina era gravemente afectada tras el cruel asesinato de 130 personas, que solamente supone el 0,000017% de la población europea.    

El experto en terrorismo, Fernando Reinares, explica en su libro “Terrorismo global” (2003) que “hablar de terrorismo es hablar de violencia. Pero no de cualquier violencia”. En las guerras convencionales los contendientes buscan fundamentalmente debilitar físicamente al enemigo a través de sus ataques. Los terroristas, en cambio,   suelen ser bastante más débiles que los ejércitos convencionales a los que no pueden vencer en combate y por eso buscan el mayor impacto posible de sus acciones que no pueden sino ser limitadas debido a las propias características de los grupos terroristas.

Los terroristas quieren influir en la agenda política, y por ello du objetivo es infringir daños y víctimas de manera ciega y conseguir así el mayor impacto psicológico posible para provocar unas reacciones políticas desproporcionadas con respecto al daño producido. En este sentido, Reinares explica que “ante todo podemos considerar terrorista un acto de violencia cuando el impacto psíquico que provoca en una determinada sociedad o en algún sector de la misma sobrepasa con creces sus consecuencias puramente materiales. Es decir, cuando las reacciones emocionales de ansiedad o miedo que el acto violento suscita en el seno de la población dada resultan desproporcionadas respecto al daño físico ocasionado de manera intencionada a personas o a cosas”.


El miedo como arma política

Para provocar las consecuencias políticas profundas que buscan, el arma que utilizan los terroristas es el miedo ya que no pueden enfrentarse militarmente. Reinares lo refleja así: “Quienes instigan o ejecutan el terrorismo pretenden, inoculando temor, condicionar las actitudes y los comportamientos de la población, precisamente mediante esos estados mentales generalizados que esta violencia ocasiona”.

Para conseguir provocar el miedo en una sociedad, el mensaje debe ser ante todo visual y muy violento. En este sentido, Reinares afirma que “la muerte o mutilación de las víctimas, se utilizan para transmitir mensajes y dotar de credibilidad a amenazas, lo que convierte al terrorismo en un virulento método, tanto de comunicación y propaganda, como de control social”.

Y para causar ese miedo hacen uso de la incertidumbre, ya que “el terrorismo es un fenómeno intrínsecamente indiscriminado”, según explica Reinares: “Para que la violencia terrorista consiga tales efectos suele perpetrarse de manera sistemática y a la vez imprevisible”. La clave del éxito de los ataques terroristas reside pues en su carácter imprevisible. Precisamente la característica de la llamada “sociedad del riesgo” descrita por el sociólogo alemán ya fallecido, Ulrich Beck.


Vivir bajo el riesgo constante

Ulrich Beck escribió en su libro “La sociedad del riesgo mundial” (2008) que “riesgo no significa lo mismo que catástrofe, riesgo significa la anticipación de la catástrofe”. “Los riesgos tratan sobre la posibilidad de futuros acontecimientos y evoluciones, visualizan una situación a nivel mundial que (todavía) no se ha dado. Mientras que cada catástrofe se determina de manera espacial, temporal y social, la anticipación a la catástrofe no conoce ninguna concreción social, temporal o espacial. La categoría del riesgo se refiere a la polémica realidad de la posibilidad”.

Es decir, vivimos en una sociedad en la que se visualizan los diferentes riesgos que pueden sufrir las personas, ya sean políticos, económicos, medioambientales, de salud, etc. Y por supuesto también ligados al terrorismo. La clave radica en que esa visualización de una posibilidad futura acaba convirtiéndola en una realidad con consecuencias presentes y muy reales. Según Beck, “los riesgos son siempre acontecimientos futuros, que posiblemente nos esperan, nos amenazan. Pero como esta amenaza constante determina nuestras expectativas, ocupa nuestras cabezas y guía nuestras acciones, se convierte en una fuerza política que cambia el mundo”.

“Solamente a través de la visualización, de la escenificación del riesgo mundial, la catástrofe futura se convierte en presente”, continua Beck. Y precisamente, los terroristas cuando cometen un atentado apelan directamente a esta escenificación, haciendo visible y plausible para el individuo la posibilidad de convertirse en víctima, aunque las probabilidades reales de serlo sean muy remotas.

Esta situación provoca un estado de ansiedad y de temor entre la población que tiene consecuencias políticas. Los gobiernos reaccionan respondiendo a esta ansiedad y, sobre todo, adelantándose a las demandas sociales que derivan de ella. Es por ello que se intensifica la presencia policial e incluso militar en las calles, se endurecen las leyes de seguridad y se debilitan los derechos y libertades individuales. Así, explica Beck, “no es el hecho terrorista, sino la escenificación global de ese hecho y las anticipaciones, acciones y reacciones políticas a esa escenificación, las que destruyen la libertad y la democracia de las instituciones occidentales”.

Es decir, los terroristas son generalmente grupos bastante más débiles en comparación con los estados y ejércitos a los que atacan. Pero saben cómo esquivar esa debilidad e influir en las decisiones políticas en su favor: provocando el miedo y la incertidumbre en las sociedades enemigas. Esta estrategia es muy efectiva, sobre todo en Occidente, ya que vivimos en una sociedad que, según explica Beck, visualiza las potenciales catástrofes y amenazas como riesgos reales y por lo tanto como realidades. Esto incluye también los ataques terroristas, que infringen un daño muy cruel pero limitado, pero que aún así provocan unas consecuencias políticas desproporcionadas porque los individuos se visualizan como víctimas potenciales y la sociedad demanda a sus gobiernos acciones desproporcionadas que, generalmente, se vuelven contra la propia sociedad, debilitándola así aún más frente a los terroristas. 

lunes, 16 de noviembre de 2015

Podemos y Ciudadanos, ¿cambio político o muletas de PP y PSOE?

Las próximas elecciones generales del 20 de diciembre certificarán el fin del bipartidismo imperfecto que ha estado dominando el sistema de partidos español en las últimas décadas. Con la llegada de Podemos y de Ciudadanos se pone fin a las posibilidades reales de conseguir una mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados y también se quiebra el llamado balancín electoral, aquel fenómeno por el que las debilidades y crisis de uno de los partidos dominantes automáticamente beneficiaba en votos a su rival. Sin embargo, ¿la aparición de Podemos y de Ciudadanos cambiará el color del nuevo gobierno? ¿O simplemente serán muletas que apoyen a los dos grandes?


En las elecciones autonómicas de 2011 el PSOE perdió aproximadamente 1,5 millones de votos con respecto a 2007. Fue un resultado desastroso para el partido que perdió mucho poder institucional y dejó de gobernar en comunidades donde lo había estado haciendo desde el principio del Estado de las autonomías, como en Extremadura y en Castilla la Mancha. En las elecciones autonómicas de 2015 el resultado cuantitativo fue aún peor, con casi 700.000 votos menos que en 2011. Sin embargo, el PSOE ha logrado no solamente recuperar el gobierno de Extremadura y de Castilla la Mancha, sino que también ha vuelto a gobernar en la Comunidad Valenciana, Aragón, Baleares, y a apoyar gobiernos en Cantabria y en Canarias. Es decir, con más de dos millones menos de votos los socialistas han recuperado su poder autonómico de 2007. ¿Cómo es posible?

A diferencia de 2007, los socialistas no han conseguido una mayoría absoluta o contundente en ninguna de estas autonomías, pero sí controlan los gobiernos. Lo hacen gracias a acuerdos con otras fuerzas políticas que, por su parte, han recibido un enorme apoyo en su primera aparición electoral a nivel nacional. Podemos y Ciudadanos sumaron más de tres millones de votos en las elecciones autonómicas (1,7 Podemos y 1,4 Ciudadanos), bastante menos que los seis millones del PP y los 5,6 millones del PSOE, pero han sido clave para permitir que estos partidos sigan gobernando.

Las tres crisis de España

La crisis que sufre España desde hace años está provocando un terremoto político sin precedentes en la actual etapa constitucional del país. El periodista Enric Juliana habla de una “triple crisis”: una profunda crisis económica, una profunda crisis territorial (Cataluña) y una profunda crisis de legitimidad y credibilidad institucional. Estas crisis estarían transformando la realidad política e institucional española y habrían facilitado la aparición y, sobre todo, el éxito de los llamados partidos emergentes.

Según el politólogo noruego Stein Rokkan (1921-1979), los partidos políticos van surgiendo según los conflictos que aparecen en la sociedad. Los partidos serían la expresión de ese conflicto y de su encauce institucional. Por ejemplo: los partidos socialistas surgieron como consecuencia de la lucha del movimiento obrero, mientras que los democratacristianos lo hicieron durante la lucha Iglesia-Estado. Los verdes son consecuencia del aumento de la concienciación medioambiental y los partidos nacionalistas lo son del conflicto centro-periferia, etc. Según esta teoría, Podemos y Ciudadanos serían la consecuencia política de la profunda crisis de legitimidad y credibilidad política e institucional que señala Juliana, y por lo tanto habrían llegado para quedarse, de la misma forma que lo hicieron los socialistas hace un siglo o los verdes en Europa hace 30 años.

Por lo tanto se podrá aventurar que el bipartidismo imperfecto que había en España desde la Transición (es decir, dos partidos dominantes acompañados de otros más pequeños) se ha terminado. Con él también se habría esfumado el fenómeno conocido como ‘balancín electoral’, que quiere decir que cuando PP o PSOE sufrían un desgaste o una crisis, automáticamente la pérdida de votos en uno se traducía en un aumento de votos en el otro.

Ahora los votantes descontentos con los dos grandes partidos tienen otras marcas a las que votar. La empresa demoscópica Sigma Dos calcula que en las elecciones catalanas del 27 de septiembre de 2015, un 30% de los electores del PP de 2012 se pasó a Ciudadanos. Por su parte, Metroscopia calculó que el 30% de los votos de Podemos en las elecciones europeas de 2014 eran antiguos votantes socialistas. En ambos casos es muy difícil que los votantes vuelvan a sus antiguos partidos, ya que en muchos casos sus apoyos a PP y a PSOE se debían, sencillamente, a que no había nada más y se limitaban a votar al que más se acercaba a sus preferencias, ahora cubiertas por la nueva oferta electoral.

Sin posibilidades de gobernar

Sin embargo, la fuga de votantes socialistas y del PP a Podemos y a Ciudadanos no significa que los partidos emergentes hayan crecido tanto que tengan posibilidades reales de disputar a los dos grandes el protagonismo. Ni Pablo Iglesias ni Albert Rivera se presentarán previsiblemente a la investidura para ser Presidente del Gobierno, al menos con posibilidades de ganar. Esta posibilidad sigue reservada a Mariano Rajoy o a Pedro Sánchez, que lideran los partidos con el mayor número de votos y a los que las encuestas siguen otorgando el mayor apoyo, tanto en votos como en escaños: La ley electoral prima a los dos primeros partidos de cada circunscripción, por lo que la composición del Congreso de los Diputados será previsiblemente con una mayoría socialista y del PP.

La aportación de Podemos y de Ciudadanos al nuevo sistema de partidos español no es por lo tanto una nueva sigla al frente de los gobiernos, sino la obligación de pactar y negociar para llegar a ellos. Solamente el partido con mayor capacidad de negociación y flexibilidad podrá formar gobierno, y en esta búsqueda de parejas de baile, el PSOE y Ciudadanos tienen mayores posibilidades al no encontrarse escorados en el espectro ideológico.

PP y Podemos están cada uno escorados, el primero a la derecha y el segundo a la izquierda. En cambio, PSOE y Ciudadanos se encuentran más centrados y por lo tanto tienen más posibilidades de encontrar socio que los otros dos. Por ejemplo, el PSOE puede negociar con Ciudadanos y/o con Podemos, mientras que el PP solamente lo puede hacer con Ciudadanos. Es decir, Pedro Sánchez podrá sumar a sus diputados los de Podemos y/o los de Ciudadanos para ser presidente del Gobierno, mientras que Rajoy solamente tendrá posibilidades de repetir en La Moncloa si sus diputados sumados a los de Albert Rivera son mayoría, y si el propio Rivera tiene voluntad de llegar a un acuerdo con el PP y no con el PSOE.

En resumen, Podemos y Ciudadanos son la expresión política de la crisis institucional en España y han llegado para quedarse, pero sin fuerza electoral suficiente como para imponer un cambio radical en la composición de los gobiernos autonómicos (aunque sí municipales) y nacional. El cambio político que han provocado estos partidos emergentes es cualitativo al obligar a los dos partidos grandes a negociar para mantenerse o llegar al poder.


Al PP y al PSOE ahora les cuesta más seguir gobernando, pero ni Podemos ni Ciudadanos tienen capacidad para impedirlo. Hoy por hoy son las muletas de los dos grandes, a no ser que tras el 20 de diciembre rompan con otra tradición política española y exijan formar parte del nuevo gobierno y compartir asientos en el Consejo de Ministros. 

Artículo disponible en Ssociólogos.com 

jueves, 5 de noviembre de 2015

El miedo como arma electoral: Un ejemplo de hace medio siglo

El miedo es una de las emociones más potentes del ser humano. Es capaz de activar todos los instintos de supervivencia. El miedo deja poco margen para una toma de decisiones basada en un análisis racional. Por eso es un arma muy poderosa y muy apetecible a la hora de encauzar la opinión pública a tomar una decisión, y más cuando esa decisión es la elección del futuro presidente de los EEUU. Es lo que ocurrió en las elecciones presidenciales de 1964, en las que el miedo a una guerra nuclear decidió el resultado.


El 24 de mayo de 1964 el senador republicano Barry Goldwater estaba en plena campaña para ser nominado candidato a la Presidencia de los EEUU. Ese día fue entrevistado en un medio de comunicación. Salió el tema del peligro de una guerra nuclear, una amenaza muy real en el contexto de la guerra fría que se vivía entonces, y muy cercana para los votantes de EEUU tras el susto que supuso para el mundo la crisis de los misiles de Cuba tan sólo dos años antes. Ese acontecimiento, en el que ambas partes estuvieron a punto de atacarse, marcó un antes y un después en la percepción que tenía la sociedad sobre el peligro a morir víctima de una explosión nuclear en caso de una guerra entre los EEUU y la URSS. La guerra atómica dejó de ser una hipótesis para convertirse en una posibilidad demasiado real y terrorífica para la mayoría de ciudadanos.   

El recuerdo al temor nuclear estaba todavía reciente cuando en la entrevista Goldwater fue preguntado sobre qué opinaba acerca del uso de la bomba atómica. Entonces el senador cometió el fallo que marcaría su carrera política: dijo que era un arma más en el arsenal de los EEUU y que como tal no dudaría en utilizarla contra sus enemigos, en especial en el conflicto de Viernam en el que los EEUU estaban entrando de lleno en ese momento. Fue su sentencia.

Goldwater ganó la nominación republicana a la candidatura para la Presidencia de los EEUU. Entonces los demócratas pusieron en marcha su maquinaría. El presidente Lyndon B. Johnson -que se presentaba a las elecciones como candidato demócrata después de suceder a Kennedy tras su asesinato- aprovechó el fallo de su rival hasta exprimir la última gota.

Los demócratas basaron su estrategia electoral en movilizar la emoción del miedo a una guerra nuclear y presentaron a Golwater como un irresponsable y una persona que con su actitud belicista provocaría un holocausto nuclear. Era un discurso basado en la movilización del miedo como emoción fundamental para evitar la victoria de Golwater. 


Lyndon B. Johnson
Esta estrategia era posible porque era verosímil. Goldwater se había labrado durante su carrera política la fama de anticomunista duro e intransigente, y de "halcón" partidario de las políticas de fuerza e intervenciones militares. Por lo tanto, a nadie le extrañó lo que decían los demócratas sobre él y lo creyeron sin ponerlo en duda. 

Johnson no se centró en explicar a sus votantes su programa para crear el embrión de un Estado del Bienestar en los EEUU, que llamaba "la Gran Sociedad". Tampoco ofreció un programa de política exterior basado en la paz, ya que su administración se estaba involucrando precisamente cada vez más en el conflicto de Vietnam. 

Se limitó a centrar su campaña en alimentar el miedo del votante a una guerra nuclear. Su eslogan de campaña era: "El próximo 3 de noviembre vota por el presidente Johnson. Los riesgos de quedarse en casa son muy altos". Y acompañó esta frase con unas imágenes que han quedado para la historia de la comunicación política como un ejemplo de movilización basado en la emoción. 

El spot de un minuto presenta a una niña pequeña (y blanca) llamada Daisy desojando una margarita y contando los pétalos que va arrancando. De repente, su voz infantil e inocente es sustituida por una cuenta atrás de tono militar que termina en una explosión nuclear. El mensaje es muy sencillo: Daisy muere por una bomba atómica lanzada por la irresponsabilidad de Goldwater. Nada más. Y nada menos.




La efectividad de este mensaje fue aplastante: Johnson fue reelegido con el 61,1% de los votos y Goldwater nunca pudo quitarse la imagen de belicista que le supuso su derrota.

domingo, 27 de septiembre de 2015

¿Está muriendo la identidad nacional en plena globalización?

En plena globalización las personas de distintas partes del mundo están más interconectadas que nunca. Una de las consecuencias de esta cercanía es que, en teoría, es posible superar las limitaciones físicas y culturales impuestas tradicionalmente por los estados-nación que estarían en decadencia, en pleno proceso de lenta pero imparable desaparición de las fronteras. Este proceso afectaría también a nuestra identidad, que dejaría de ser estrictamente nacional. Sin embargo, según el profesor Michael Billig, la globalización no está haciendo que la nación esté desapareciendo como la principal identidad del individuo. De hecho, el uso de la identidad nacional estaría presente en todas partes. Estaríamos ante un tipo de “nacionalismo banal”, más vivo que nunca.

Un día cualquiera en la Plaza de Cibeles, en pleno centro neurálgico de Madrid. La estatua de la antigua diosa romana se encuentra rodeada de mástiles, todos ellos con una bandera de España ondeando al viento. Sin ser un día especial o sin que se produzca ningún tipo de celebración nacional, es posible contar hasta 14 banderas rojigualdas desplegadas en torno a la Cibeles, más otras enseñas de España ondeando en las fachadas de los edificios oficiales que rodean la plaza. Otro ejemplo. Subiendo por el Paseo de Recoletos, a unos cuantos cientos de metros de distancia de Cibeles, una enorme bandera de España domina el cielo en la Plaza de Colón, mientras que otras decenas de edificios presentan más banderas sin que exista un motivo especial aparente.

Son solamente algunos ejemplos de la multitud de banderas españolas con las que cualquier ciudadano nos encontramos a diario en Madrid o en cualquier otra ciudad del país, aunque raras veces nos damos cuenta realmente de que están ahí. Entonces, ¿por qué y para qué sirven tantas banderas?

El profesor Michael Billig defiende en su libro “Nacionalismo banal” que no solamente en los lugares en pugna por crear un estado-nación, sino también “en las naciones consolidadas, la nacionalidad se “enarbola” o recuerda de forma continua. Las naciones consolidadas son aquellos Estados que tienen confianza en su propia continuidad y que, concretamente, forman parte de lo que convencionalmente se califica como ‘Occidente’”. Si estos estados ya se han consolidado como estados-nación, ¿por qué insisten en visibilizar los símbolos de esa nación que aparentemente no corre peligro y que cuenta con un apoyo y una legitimación mayoritaria?


Según Billig, esto es así porque “la nacionalidad suministra un telón de fondo continuo a sus discursos políticos, a sus productos nacionales e, incluso, a la estructuración de los periódicos. De sutiles e innumerables formas se recuerda diariamente a la ciudadanía cuál es su lugar nacional en el mundo de las naciones. Sin embargo, la forma de recordarlo resulta tan familiar, tan constante, que no se registra de manera consciente como un recordatorio. La imagen metonímica del nacionalismo banal no es la de una bandera agitada conscientemente con ferviente pasión, es la de la bandera que vemos colgada en un edificio público y pasa desapercibida”.

Es decir, a diferencia de aquellos lugares en los que el estado-nación se encuentra en plena construcción o todavía en lucha por nacer, en los estados-nación consolidados no es necesario un despliegue agresivo de nacionalismo. Debe ser sutil. De hecho, aparece en nuestras rutinas prácticamente sin darnos cuenta. Como explica Billig, “la identidad nacional se encuentra en las costumbres encarnadas en la vida social. Entre ese tipo de costumbres se encuentran las del pensamiento y las de la utilización del lenguaje. Tener una identidad nacional es poseer formas de hablar de la nacionalidad”.   

Billig quiere decir que “las nociones de nacionalidad están profundamente arraigadas en las formas de pensar contemporáneas”, que se trata de “una ideología que es tan familiar que apenas parece perceptible”. Por ejemplo, sin darnos cuenta identificamos a las personas que provienen de un lugar geográfico diferente al nuestro en primer lugar por su nacionalidad antes que por cualquier otro rasgo personal. También tendemos a identificar otros elementos cotidianos, como por ejemplo la comida (tortilla española), los coches (alemán, japonés), etc., por su ‘nacionalidad’.

Ocurre porque, afirma Billig, “la nacionalidad no es algo remoto en la vida contemporánea, sino que está presente en ‘nuestras’ pequeñas palabras, en los discursos familiares que damos por sentados”. Casi nadie pone en duda la nacionalidad como elemento de identidad propio y hacia los demás, a pesar de que se trata de un fenómeno de apenas dos siglos de antigüedad.


¿La globalización significa el fin de la nación?

Por otro lado, en los últimos años se multiplican los análisis que prevén la desaparición del estado-nación y la subsiguiente muerte de la nación como principal elemento de de identidad y de identificación de las personas. La causa sería la globalización y el impresionante fortalecimiento de la interdependencia e interconexión entre las personas independientemente de sus naciones, y que amenazan con convertir las fronteras en vestigios del pasado: “El resultado es que la soberanía del estado-nación se desmorona bajo la presión de fuerzas globales y locales. Las necesidades económicas obligan a los estados a ceder parte de su soberanía a organizaciones supranacionales”.

Michael Billig
“Las tesis posmodernas sugieren que la vida en el mundo contemporáneo viene marcada por una globalización banal. A diario se enarbola la ‘aldea global’ y la globalización banal está suplantando las condiciones del nacionalismo banal”, explica Billig que, sin embargo, enseguida puntualiza que la globalización no significa la creación de una nueva identidad global: “Las fuerzas de la globalización no están produciendo homogeneidad cultural absoluta. Tal vez estén erosionando diferencias entre culturas nacionales, pero también están multiplicando las diferencias en el interior de las naciones”.

Es decir, según el profesor Billig, la globalización efectivamente está erosionando al estado-nación clásico, pero no por ello está poniendo en peligro a la nación como identidad: “La percepción de la importancia de una patria con fronteras y la distinción entre ‘nosotros’ y ‘los extranjeros’ no han desaparecido. Es más, esos hábitos de pensamiento persisten no como vestigios de una era pasada que haya sobrevivido a su función, sino que hunden sus raíces en formas de vida en una era en la que el Estado tal vez esté cambiando, pero todavía no ha desaparecido”.

Así pues, Billig afirma que el Estado puede estar cambiando, pero no por ello las personas dejan de sentirse identificadas con una nación, ya sea una consolidada en forma de Estado o en búsqueda de uno nuevo, como son los casos escocés o catalán en Europa. Muchos escoceses rechazan ser británicos y muchos catalanes rechazan ser españoles, pero no por ello dejan de identificarse con una nación que, según sus aspiraciones, debería ser también un Estado. Pero no son los únicos que apuestan por la nación.

En el conjunto de la Unión Europea, prácticamente todos sus ciudadanos se identifican en primer lugar con su nación antes que con ‘Europa’ u otros conceptos supranacionales. Pero no son las mismas naciones que las que conocieron nuestros abuelos. Las mezclas culturales y étnicas tras años de oleadas de inmigración han hecho pedazos el aspecto más homogéneo que presentaban esas naciones en el pasado. Ahora la mayoría de los estados-nación europeos presentan una gran diversidad, lo que está produciendo en muchos casos conflictos de integración. Pero no se trata de conflictos porque los nuevos europeos quieran crear una nueva identidad o una nueva nación en el seno de las antiguas. Su objetivo es participar e integrarse en sus lugares de acogida y convertirlos en sus propias identidades, aspiración que provoca rechazo entre algunos de los ‘viejos’ nacionales.

En este sentido, Billig afirma que “aunque el multiculturalismo podría poner en peligro viejas hegemonías que afirmaban hablar por la totalidad de la nación, y aunque podría prometer una igualdad de identidades, sigue estando ordinariamente constreñido en el seno de la noción de nacionalidad. (…) acepta el mundo de naciones en el que la nacionalidad es algo aceptado como algo importante y digno de definirse”.

Por ello, la conclusión a la que llega Michael Billig es que, a pesar de la globalización, la nación sigue siendo la identidad más importante para la mayoría de las personas, aunque eso no signifique que sean unos nacionalistas furibundos y agresivos. El hecho de que la mayoría sigamos pensando en términos de nacionalidad se debe a las influencias diarias a las que estamos sometidos por el nacionalismo banal y su “bajo y discreto tono”. “En las prácticas rutinarias y los discursos cotidianos, en especial los de los medios de comunicación, se enarbola de forma habitual la idea de nacionalidad. Hasta el pronóstico diario del tiempo lo hace. Mediante este tipo de enarbolamientos, las naciones consolidadas se reproducen como naciones, donde se recuerda sin alharacas a la ciudadanía cuál es su identidad nacional”.

Para que no se nos olvide.