domingo, 19 de octubre de 2014

La izquierda fragmentada, ¿podrá derrotar al PP?

El ciclo político en España está cambiando. Tras el giro espectacular a la derecha del año 2011 que proporcionó al PP mayorías absolutas en casi todas las comunidades autónomas, las principales ciudades del país y finalmente en el Congreso de los Diputados, la tendencia política vuelve a girar hacia la izquierda. Las encuestas revelan una caída importante en la intención de voto al PP y un auge de las opciones de izquierda. Sin embargo, estas se presentan fragmentadas y divididas sin un claro liderazgo por parte de ninguna de ellas. Para arrebatar el poder al PP, los socialistas, IU y Podemos tendrán que pactar y superar muchas diferencias ahora mismo aparentemente irreconciliables. ¿Podrá ponerse de acuerdo para derrotar al PP?

En las elecciones autonómicas y municipales de mayo de 2011 el Partido Popular ganó la mayoría de los gobiernos autonómicos y las alcaldías de las ciudades más importantes del país. Seis meses después, en noviembre de 2011, el PP vivió un momento dulce en las elecciones generales en las que cosechó 10,8 millones de votos, el 44,6% del total. Esto le proporcionó una mayoría absoluta histórica en el Congreso de los Diputados de 186 escaños. En 2015 y 2016 se volverá a celebrar un intenso periodo electoral en España, pero es bastante probable que el PP no vaya a repetir esos resultados.

Las encuestas publicadas más recientemente hablan de un cambio de tendencia en España, de un giro hacia la izquierda de la mayoría del electorado. Sin embargo, esto no significa que esos votos vayan directamente al principal rival del PP, el Partido Socialista. A diferencia de anteriores cambios de ciclo político, en los que la pérdida de votos de uno de los partidos grandes beneficiaba automáticamente a su rival (fenómeno conocido como ‘balancín electoral’), esta vez el voto de la izquierda se está fragmentando en tres opciones diferentes: PSOE, Izquierda Unida, y la recién llegada Podemos. Según las encuestas, entre las tres superan en votos al PP en la mayoría de las plazas, como puede observarse en las siguientes encuestas publicadas después del verano:

  •    Andalucía: La Cadena Ser publicó el pasado 4 de septiembre un barómetro sobre el clima político en Andalucía, cuyas elecciones autonómicas están previstas para 2016. Según esta encuesta, el PSOE ganaría las elecciones con un 31,2% de los votos y el PP se quedaría en segunda posición con el 28,3%. Estos resultados supondrían un notable descenso de apoyos para ambos partidos con respecto a las últimas elecciones en 2012, ya que los socialistas perderían 8,3 puntos y los populares 12,4. Por su parte, IU, el actual socio de gobierno del PSOE andaluz, tendría el 8,8% de los votos. Es decir, la actual coalición de gobierno solamente conseguiría el 40% de los votos, por lo que necesitaría el apoyo de Podemos para asegurarse la mayoría absoluta. Podemos se estrenaría en el Parlamento andaluz como tercera fuerza política y el 18,1% de los votos.

  •  Ayuntamiento de Madrid: El diario ABC publicó el pasado 15 de septiembre una encuesta tras la renuncia de Ana Botella a presentarse a la Alcaldía de la capital. Según este estudio, el PP ganaría pero perdería la mayoría absoluta con el 42,1% de los votos, frente a Podemos (15,1%), PSOE (14,4%), UPyD (10,4%), IU (7,7%) y Ciudadanos (5,3%). Aunque el PP podría intentar un pacto con UPyD y/o Ciudadanos (ambas formaciones incluso podrían presentarse juntas) para conseguir así una mayoría de gobierno, toda la izquierda no tendría más remedio que llegar a un acuerdo para arrebatar la Alcaldía al PP

  • Comunidad Valenciana: El diario El País publicó el pasado 9 de octubre una encuesta de Metroscopia sobre el futuro político de la Comunidad Valenciana en la que se refleja perfectamente la actual tendencia: el PP sería el partido más votado, con cerca de un 30% de los votos, pero perdería 23 escaños de los logrados en las últimas elecciones y se colocaría con 32 escaños a 18 de la mayoría absoluta. Esta podría ser posible con un pacto entre las diferentes opciones de la izquierda valenciana: PSPV (29 escaños), Podemos (17 escaños), Compromís (14 diputados) y Esquerra Unida (7 diputados).

  • Congreso de los Diputados (1): El pasado 31 de agosto, el diario El Mundo publicó una encuesta de Sigma Dos que atribuye al PP la mayoría de los votos en el Congreso de los Diputados (30,1%), pero lejos de la mayoría absoluta. La conjunción de PSOE (22,3%), Podemos (21,2%) e IU (4,1%) podría garantizar una mayoría de izquierdas en la Cámara baja.   


  • Congreso de los Diputados (2): Finalmente, el diario El País publicó el pasado 5 de octubre un barómetro de Metroscopia en el que reflejaba la intención directa de voto más simpatía sobre el total del censo de electores (y no sobre el total de los que finalmente votan). Esta encuesta llega a la conclusión de que el PSOE (20,7%) supera al PP (15,9%), pero necesitaría el apoyo, o al menos la aquiescencia de Podemos (14,3%) y de IU (6,2%) para gobernar España.  



Las elecciones municipales son diferentes

En los casos arriba mencionados la tendencia electoral señala una clara pérdida de votos por parte del PP y un aumento de los mismos en la izquierda, pero fragmentada principalmente entre PSOE, Podemos e IU. Ninguno de los tres logra una hegemonía clara en el campo progresista y necesitaría de los otros dos para gobernar. En este escenario, PSOE e IU han demostrado que saben gobernar juntos en caso de necesidad, pero la gran incógnita es Podemos, que no mantiene buenas relaciones con los otros dos partidos.

Este análisis de pactos se refiere a las elecciones autonómicas y a las generales, ya que el análisis de las municipales es más complicado e incluye una serie de variables diferentes a las otras citas electorales. Por un lado está la posible reforma electoral impulsada por el Gobierno de Rajoy, que prevé la elección directa de los alcaldes a doble vuelta entre los dos partidos más votados, rompiendo así el principio de proporcionalidad actual. Esto daría la alcaldía al partido más votado en cada municipio y sin necesidad de alcanzar la mayoría absoluta, lo que beneficiaría claramente al PP debido a la fragmentación en la izquierda.

Por otro lado, Podemos ha anunciado que no se presentará como marca en solitario a las elecciones municipales, aunque no descarta hacerlo dentro de plataformas electorales locales. Esta es la misma estrategia de IU, que está apostando por las plataformas ‘Ganemos’ (que también cuentan con la presencia de otras formaciones más pequeñas como Equo) en las que dejaría abierta la puerta a Podemos. Esta estrategia simplificará sensiblemente el panorama de siglas de la izquierda que se presentarán a las municipales, pero tendrá como consecuencia previsible una lucha por la hegemonía dentro de Ganemos entre Podemos e IU. El ganador de esa lucha tendría que decidir tras las elecciones si acepta pactar gobiernos locales con el PSOE.


IU y Podemos, malas relaciones

Cayo Lara y Alberto Garzón
Teniendo en cuenta el actual grado de fragmentación en la izquierda política española, la gran pregunta que se plantea es si está en condiciones y si las diferentes organizaciones tienen voluntad de llegar a acuerdos para reemplazar al PP en los diferentes gobiernos.

Las relaciones entre PSOE, Podemos e IU no son buenas. Por un lado existe un debate (por no decir enfrentamiento) abierto en el seno de IU sobre la estrategia a seguir con respecto a Podemos. Muchos militantes y cargos están a favor de la integración entre las dos formaciones, pero también existen muchas resistencias, sobre todo en Madrid donde la plataforma ‘Somos IU’ apuesta por la independencia de su organización que ve en peligro ante la avalancha de Podemos, donde tampoco dan carta blanca a una hipotética fusión con IU e incluso a la hora de llegar a pactos puntuales como Ganemos.

En este sentido, el pasado 1 de junio el dirigente de Podemos, el profesor de Ciencias Políticas Juan Carlos Monedero, afirmó en una entrevista al diario Público que "hay un sector de Izquierda Unida que se ha hecho régimen" y que sus responsables van a intentar construir otra vez "una sopa de siglas".  "En la campaña (a las elecciones europeas) hemos hablado de la obligación de construir un frente amplio. Y un frente amplio no es una suma de siglas. Traicionaríamos a la militancia si nos juntáramos las cúpulas de diferentes partidos y pactáramos una lista electoral. Eso sería un fraude a la ciudadanía y no lo vamos a hacer".


Podemos y PSOE, la lucha por la hegemonía

Por otro lado, las relaciones entre Podemos y el PSOE son bastante mejorables. El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, afirmó el pasado 21 de septiembre en una entrevista en televisión que "el populismo ha encontrado su expresión institucional en Podemos. (…) No quiero que se aprovechen de la indignación y se propongan cosas irreales”. Días antes, en el Comité Federal del PSOE, el mismo Sánchez aseguró que “hay un partido que se frota las manos ante el auge del populismo" en referencia al PP frente a Podemos.

Pedro Sánchez
La estrategia socialista pasa por recuperar al mayor número de votantes de Podemos (en gran número ex votantes del PSOE), presentando a esta formación como una opción que ofrece "soluciones falsas a problemas reales" (19 de septiembre), y recuperar así la hegemonía en la izquierda. Para no entorpecer esta estrategia, el PSOE no ha descartado ningún escenario futuro de pacto, excepto con el PP, cerrando así la puerta a una posible gran coalición entre los dos grandes partidos y obligando a estudiar a fondo todas las opciones que puede ofrecer un acuerdo con las otras izquierdas políticas.   

Por su parte, Podemos se considera antagonista del Partido Socialista. Son múltiples los mensajes por parte de los dirigentes de Podemos equiparando al PSOE con el PP y posicionando a ambos partidos como élite a derrotar. Es por ello que Podemos descarta públicamente cualquier acercamiento o negociación postelectoral con el PSOE, al menos por el momento. En este sentido, el dirigente de Podemos, Luis Alegre, aseguró el pasado 13 de septiembre ante los medios de comunicación que "es más previsible encontrarnos con un pacto de Estado entre el PP y el PSOE para taparse mutuamente los casos de corrupción y para evitar que terminen con causas jurídicas”, que un pacto con los socialistas.

Pero las opciones siguen abiertas. Pablo Iglesias, el líder de Podemos, a diferencia del resto de dirigentes de su formación, nunca ha cerrado definitivamente la puerta a los socialistas. El pasado 30 de mayo afirmó a ElPlural.com que “les doy el beneficio de la duda. Nosotros no somos sectarios”. 

Pablo Iglesias
La estrategia de Podemos está dirigida a fortalecer su imagen y a presentarse como el partido hegemónico de la izquierda fragmentada. Su aspiración es terminar con la fragmentación de la izquierda a su favor: provocar la gibarización del PSOE y la absorción de IU, y desde esa posición de fuerza imponer sus condiciones. El pasado 6 de octubre, el diario El Mundo publicó un artículo en el que atribuía a Pablo Iglesias la frase: “Después de las próximas elecciones generales, el Partido Socialista tendrá que elegir entre hacer presidente a Mariano Rajoy (lo que el PSOE ya ha descartado públicamente) o a mí”. Según El Mundo, Iglesias habría afirmado que esto llevaría al PSOE a una situación sin salida, ya que “si apoyan la investidura de Rajoy será su perdición. Y si apoyan la nuestra también será su perdición”, al perder definitivamente la hegemonía de la izquierda a favor de Podemos.
    
Sin embargo, Podemos se encuentra en una encrucijada parecida. Según las encuestas, a pesar de su despegue sensacional en la intención de voto a nivel nacional, autonómico y municipal, no consigue un apoyo mayoritario claro y parece que podría estancarse en las previsiones actuales, prácticamente igual o un poco inferior al PSOE. Ninguna de las dos fuerzas sería superior a la otra y ambas deberían pactar en casi igualdad de condiciones. Y en esas circunstancias Podemos se enfrentaría a un dilema serio.

Según el CIS, gran parte de sus seguidores son antiguos votantes socialistas, unos 400.000 de los 1,2 millones que eligieron a Podemos en las últimas elecciones europeas del pasado 25 de mayo. Están desencantados con el PSOE pero, sobre todo, son contrarios a que el PP siga gobernando en sus ciudades, comunidades autónomas y por supuesto en La Moncloa. ¿Cómo reaccionarían si Podemos se niega a pactar con el PSOE y el PP siguiera gobernando en su ciudad, comunidad o en España? Por otro lado, el discurso de la ‘casta’ ha calado profundamente en otro amplio sector de votantes de Podemos, sobre todo entre los más activos miembros de los círculos locales. ¿Aceptarían un pacto con el PSOE?

En todo caso, si Podemos no logra un resultado contundente que le coloque en una posición de hegemonía que le permita elegir escenario, es muy posible que sufra un desgaste muy fuerte de parte de su electorado por no poder cumplir con sus expectativas y sentirse engañados.      

Tanto PSOE como Podemos quieren liderar la izquierda y presentarse ante el otro con una posición de fuerza. El PSOE aspira a recuperar la hegemonía clara en la izquierda y vaciar a Podemos de votantes, mientras que Podemos aspira a convertir al PSOE en una fuerza residual. Ambas formaciones son rivales por el mismo espacio y ambas aspiran a liderar el cambio de tendencia político en España. ¿Quién se impondrá? Y ¿podrán ponerse de acuerdo y arrebatar el poder al PP?

Artículo disponible en Ssociologos.com

domingo, 5 de octubre de 2014

¿Lucharán soldados chinos en Oriente Medio?

La geopolítica de la energía está cambiando. Los EEUU ya no son el país que más petróleo consume del mundo ni depende de las reservas en Oriente Medio. Ahora son los países asiáticos los que necesitan que el crudo fluya sin problemas desde los pozos árabes hasta sus economías en crecimiento. ¿Supondrá este cambio que EEUU se apartará de los eternos conflictos en esa zona del planeta, y que será sustituida por las potencias asiáticas emergentes que necesitan asegurar el suministro? Dentro de unos años, ¿patrullarán soldados chinos en Oriente Medio?

Hace una década los EEUU se encontraban inmersos en plena ocupación de Irak. Miles de soldados norteamericanos patrullaban las principales ciudades y carreteras iraquíes y la insurgencia iba ganando cada día más fuerza. La hostilidad de la población local aumentaba mientras los militares eran incapaces de hacer frente a una espiral de violencia que costó la vida a 189.000 iraquíes y a casi 4.500 soldados estadounidenses hasta la retirada en 2010.

Además de las pérdidas humanas, en total la guerra costó aproximadamente 1,3 billones de euros, según las estimaciones del estudio 'Los costes de las guerras', elaborado por el Instituto de Estudios Internacional Watson de la Universidad de Brown. Se trata de una cantidad desorbitada que solamente podría justificarse con un interés geopolítico y estratégico muy fuerte por parte de EEUU en la zona. Y ese interés ha tenido una causa económica concreta, al margen de otras consideraciones culturales, políticas o diplomáticas, que no es otro que asegurar el suministro de petróleo desde la zona del Golfo Pérsico a la economía estadounidense.


La autosuficiencia energética de los EEUU

El presidente Roosevelt y el rey Saud en 1945.
La presencia de los EEUU en la zona se remonta a 1945, cuando el presidente Franklin D. Roosevelt tomó un “desvío” hacia Arabia Saudí desde la Conferencia de Yalta para reunirse con el rey Abdelaziz bin Saud. Desde entonces los EEUU y los saudíes han sido estrechos colaboradores y aliados, ayudándose mutuamente garantizando el flujo de crudo para la economía estadounidense por un lado, y apoyando la estabilidad del régimen monárquico y despótico por otro. Pero el precio para los EEUU había sido verse cada vez más involucrados en la zona más convulsa del planeta.

Pero la situación está cambiando. Los EEUU están dejando de ser una potencia energéticamente dependiente y se están acercando a marchas forzadas a la autosuficiencia, incluso con capacidad de exportación de petróleo y gas natural tras satisfacer su propia demanda. La clave está en la técnica del “fracking”, muy criticada por los ecologistas por sus nefastas consecuencias para el equilibrio medioambiental. Sin embargo, esta técnica ha hecho rentable la explotación de yacimientos antes cerrados, lo que permite a los EEUU dejar de depender de las reservas en otros lugares del mundo, y en concreto de Oriente Medio.

Mohan Malik
Por ejemplo, según Mohan Malik, profesor en el Centro Asia-Pacífico de Estudios sobre la Seguridad en Honolulú (EEUU), “ciertos cálculos indican que Estados Unidos podría sobrepasar a Arabia Saudí como mayor productor mundial de petróleo ya en 2017 y podría empezar a exportar más petróleo y gas del que importa para 2025” (Publicado en el artículo “El nuevo mapa mundial de la energía”, publicado en Vanguardia Dossier “La geopolítica de la energía”).     

Uno de los estudios que demuestran esta tendencia de los EEUU a la autosuficiencia energética a medio plazo es el “BP Energy Outlook”, que analiza y hace la proyección del mapa mundial de la energía para el año 2035. Según el informe dedicado a los EEUU, en 2035 habrá alcanzado ya esa autosuficiencia energética gracias a que poco a poco su economía dejará de depender del petróleo (pasará del actual 36% del total de su demanda energética al 29% en 2035) a cambio de aumentar la demanda de gas natural (del 30% actual al 35%), de la que los EEUU es el máximo productor mundial. También aumentará el uso de energías renovables del actual 2% al 8% en 2035. Por otro lado, mientras baja la demanda interna, la producción de petróleo en los EEUU aumentará en un 37% y la de gas natural en un 45%, lo que permitirá el uso interno de su propia producción e incluso crear un excedente suficiente para la exportación.

Es decir, según estos datos, los EEUU han dejado de ser un país mayoritariamente importador de energía para conseguir no solamente la autosuficiencia energética, sino también un excedente que le permite exportar. “En términos conceptuales, se dibuja un nuevo mapa mundial de la energía dominado por un creciente mercado consumidor de energía en Asia y un creciente mercado productor en Estados Unidos”, asegura al respecto Mohan Malik.


Asia necesita más energía

Al mismo tiempo, en Asia las economías en auge están aumentando espectacularmente su dependencia energética a medida que los EEUU se alejan de ella. Las economías de China, Corea del Sur, India y Japón presionan cada vez con más fuerza por conseguir más recursos energéticos para mantener el crecimiento. El profesor Malik recuerda que estos países “consumen en conjunto más de la mitad del petróleo total mundial”, y la tendencia es que aumentarán su demanda, sobre todo China e India, los dos gigantes asiáticos en auge.

Según el estudio de BP “Energy Outlook 2035”, en 20 años China será el mayor importador de energía del mundo, aumentando su demanda actual del 15% actual al 20%. En concreto, China superará a los EEUU como el mayor consumidor mundial de petróleo en 2027 y a Rusia como el segundo mayor consumidor mundial de gas natural en 2025, solamente superado por los estadounidenses. Por ello, la dependencia de China con respecto al petróleo aumentará del 57% en 2012 al 76% en 2035, mientras que su dependencia de gas natural se incrementará del 25% actual al 41% en 2035. Por su parte, India, a medida que su economía ha ido creciendo, también lo ha ido haciendo su dependencia energética. En concreto, el estudio de BP indica que en 2035 su consumo de energía habrá aumentado en un 132%. En consecuencia las importaciones de petróleo aumentarán en 2035 en un 169% y las de gas en un 573%.

El lugar donde las potencias asiáticas van a buscar la energía que necesitan para sus economías es el lugar donde se produce la mayoría de ésta: Oriente Medio. Por ejemplo, un análisis de la agencia U.S. Energy Information Administration (EIA) afirma que en 2013 China importó el 52% del petróleo de Oriente Medio, una cantidad que cada año va en aumento, teniendo en cuenta que esta zona sigue siendo la mayor productora de crudo del mundo y lo seguirá siendo en 2035 según el informe “World Energy Outlook 2013”, esta vez realizado por la Agencia Internacional de la Energía (IEA).

Por lo tanto, a medida que los EEUU van consiguiendo la autosuficiencia energética para su economía, las potencias asiáticas van dependiendo cada vez más de la capacidad de exportación de los países del Golfo Pérsico. Y sobre todo, las economías de China e India dependerán cada vez más de los acontecimientos políticos en Oriente Medio para recibir sus flujos energéticos. Como escribe el profesor Malik, “somos testigos de una loca carrera, de una especie de búsqueda del tesoro para controlar los recursos energéticos por parte de China, India y Japón, sobre todo en aquellos países y regiones que quedan fuera del control de las principales empresas occidentales por razones políticas”.


¿Mandarán algún día China o India soldados a Oriente Medio?

Esas “razones políticas” de las que habla Malik son hoy, entre otras, la guerra civil en Libia, y la inestabilidad en Argelia y en el Sahel provocada por grupos salafistas. Pero sobre todo, la expansión del Estado Islámico en Siria e Irak. El conflicto civil sirio ha traspasado la frontera iraquí y ha llegado a la frontera turca, y se está convirtiendo en una guerra a mayor escala entre suníes y chiíes, apoyados respectivamente por Arabia Saudí e Irán con unas consecuencias y un final impredecibles.

La economía de los EEUU ya no necesita que su ejército intervenga militarmente en la zona como la que se produjo tras la invasión de Kuwait por Sadam Hussein en 1990 o en el propio Irak entre 2003 y 2010 (fechas que coinciden con la mayor tasa de importación de petróleo de la historia de los EEUU). Esto podría explicar la actual intervención limitada a ataques aéreos ordenada por el presidente Obama, que se niega a enviar soldados de tierra, prefiriendo armar a milicias locales.

La mayor importación de petróleo de EEUU coincide con la guerra de Irak.

Pero las grandes potencias asiáticas sí necesitan garantías de estabilidad en Oriente Medio para no poner en peligro su crecimiento. Por ejemplo, según datos de la agencia U.S. Energy Information Administration, en 2013 China importó en 2013 el 8% de su petróleo de Irak, el 8% de Irán, el 19% de Arabia Saudí, y otro 16% de otros estados del Golfo Pérsico. Es decir, en 2013 China importó la mitad del petróleo de una zona políticamente muy inestable e impredecible, no precisamente los mejores ingredientes para asegurar el crecimiento económico del futuro.  


En este sentido, el profesor Malik afirma que el fin de la dependencia energética de los EEUU con respecto a Oriente Medio “ha impulsado a algunos analistas y autoridades del Golfo Pérsico a especular sobre el futuro post-estadounidense y tratar de encontrar nuevos socios seguros para llenar el vacío, posiblemente los poderes militares asiáticos en auge, como China e India. Ambos han costeado incrementos de dos dígitos en gastos de defensa”. Según datos del prestigioso Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI), India y China encabezan el “top 20” de los estados importadores de armas entre 2009 y 2013. Solamente India, por ejemplo, ha importado el 14% del total de las armas vendidas en todo el mundo durante ese periodo de tiempo.

¿Supondrá esto que en caso de retirada de los EEUU de Oriente Medio serán China e India las próximas potencias que intervengan en la zona para asegurar sus suministros energéticos e intervenir en los mercados?

Para el profesor Malik la retirada de los EEUU de Oriente Medio no debería darse por hecha a pesar de alcanzar la autosuficiencia energética. “El mero hecho de que sus amigos y aliados sigan dependiendo enormemente del petróleo de Oriente Medio exige que Washington siga comprometido en la región”, afirma. Sin embargo, deja una puerta abierta a la posibilidad de la retirada estadounidense del avispero: “En caso de que los Estados Unidos se retirara de la zona, China ampliaría sin duda sus vínculos con los productores de energía y concluiría pactos de petróleo por seguridad en la región”.

¿Es posible que más pronto que tarde llegue el día en el que soldados chinos o indios patrullen en Oriente Medio e incluso que se enfrenten con los yihadistas para asegurar el petróleo con destino a su país?  

Artículo disponible en Ssociologos.com

domingo, 21 de septiembre de 2014

Alternativa para Alemania, ¿un futuro impredecible para Europa?

Seguidores de la AfD en la noche electoral en Turingia.
El sistema de partidos de Alemania podría estar viviendo el comienzo de un periodo peligroso para su estabilidad y para la predecibilidad de su política. El pequeño partido Alternative für Deutschland (Alternativa para Alemania, AfD) ha conseguido irrumpir con fuerza y muy seguro de sí mismo. Al mismo tiempo, el partido liberal FDP, un clásico de la política alemana, se ha hundido al parecer por mucho tiempo. Al gran partido conservador CDU de Angela Merkel le falta ahora un socio fiable y solamente puede encontrarlo en una impredecible y populista AfD si no quiere depender exclusivamente y a largo plazo de la gran coalición con los socialdemócratas. La irrupción de la AfD puede tener consecuencias muy importantes para la futura gobernabilidad de Alemania, y por lo tanto para el futuro de Europa.

El pasado 31 de agosto se celebraron las elecciones regionales del Land de Sajonia, que con poco más de 4 millones de habitantes es el estado federal más importante del este de Alemania. Ese día el pequeño partido Alternative für Deutschland (AfD) consiguió el 9,7% de los votos y 14 escaños (con el 49,1% de participación). Dos semanas después, el pasado 14 de septiembre, la AfD repitió su éxito electoral otra vez en el este del país. En las elecciones de Turingia consiguieron el 10,6% de los votos y 11 escaños (con un 52,7% de participación), mientras que en Brandemburgo la cosecha electoral fue del 12,2% con también 11 escaños (con una participación aún menor, del 47,9%). Hace algunos meses, en las elecciones al Parlamento Europeo del pasado 25 de mayo, la AfD ya consiguió el 7% de los votos y siete escaños.  

Se trata de un despegue espectacular para un partido que cuenta con poco más de un año de vida. Fundado para presentarse a las elecciones federales de septiembre de 2013 -en las que no consiguió superar la barrera electoral del 5% para entrar en el Bundestag por solamente un 0,3% de votos-, la AfD ha logrado aterrizar con fuerza en tres ‘Länder’ alemanes y en el Parlamento Europeo. Pero la importancia de la llegada de la AfD al ruedo de la política alemana no se debe solamente a su todavía débil fuerza electoral, sino a que se está convirtiendo en el único socio a largo plazo para Angela Merkel ya que su irrupción se está produciendo en el mismo momento en el que se está hundiendo otro partido político, el FDP, el hasta ahora socio natural e imprescindible de los conservadores.

La AfD está  ocupando poco a poco el lugar del FDP en el sistema de partidos alemán (aunque no ideológicamente) y eso puede tener consecuencias impredecibles ya que en Alemania es prácticamente imposible que un partido político logre la mayoría absoluta. En Alemania es imprescindible pactar y las coaliciones de gobierno son lo habitual. Por lo tanto, es muy probable que un partido con un porcentaje de votos no superior al 10% participe de los gobiernos. La AfD va camino de instalarse en ese porcentaje y con ello de convertirse en una pieza codiciada en el puzle político alemán.
¿Quién es y qué quiere el recién llegado?  


¿Qué es la Alternativa para Alemania?

La Alternativa para Alemania se fundó el 6 de febrero de 2013 como un partido euroescéptico y para aglutinar las voces de aquellos que consideran la Unión Europea como un lastre para Alemania antes que una oportunidad. Desde que comenzó la crisis financiera y económica en 2008, y a medida que Alemania no solamente no se está viendo afectada sino que incluso se está beneficiando políticamente de ella al aumentar su poder en la UE, surgió el discurso demagógico y reduccionista de que Alemania es un país exclusivamente pagador que no recibe nada a cambio de sus sacrificios. La crisis de la economía griega puso sobre la mesa los miedos de la clase media alemana y dio alas al discurso de fondo xenófobo (atizado por la prensa sensacionalista), de que los países del sur de Europa se están “aprovechando” del contribuyente alemán que les paga las infraestructuras, y ahora también las pensiones.

La AfD nació en ese contexto. Por eso en su programa político aboga abiertamente por la desaparición del Euro y la vuelta de Alemania a la Deutsche Mark, todo un símbolo nacional que en la psicología colectiva alemana (sobre todo de la gente mayor) representa el milagro económico alemán después de la Segunda Guerra Mundial. Paralelamente al desmantelamiento del Euro, la AfD también pide reducir el poder de la Unión Europea (aunque no su desaparición), así como su burocracia. Está a favor de devolver soberanía a los estados nacionales y revertir así poco a poco el proceso de integración europeo. Se trata pues de un típico partido euroescéptico. Sin embargo, hay otros elementos preocupantes en su discurso.

Destaca la ambigua relación de la AfD con la emigración. En su programa aseguran no negar el derecho de las personas a buscar un futuro mejor en Alemania, pero enseguida ponen condiciones: deben ser personas cualificadas y, sobre todo, no se deben “aprovechar” del sistema de Seguridad Social alemán. Precisamente el Gobierno federal está preparando una ley que expulsaría a los extranjeros (incluidos ciudadanos de la UE) que en seis meses no encuentren trabajo para evitar un “abuso” del sistema de ayudas sociales. ¿Una primera reacción al auge de la AfD?

"Inmigración sí, pero no en nuestro sistema de ayudas sociales"
La Alternativa para Alemania también se presenta como defensora de la familia clásica compuesta por un hombre y una mujer, y en general es partidaria de políticas fiscales regresivas y de eliminar el sistema educativo unitario para todos los alumnos, apostando por favorecer a aquellos con mejor rendimiento para no “entorpecer” su progreso por aquellos con menor rendimiento. Es decir, la AfD no solamente es un partido con un discurso hostil a la Unión Europea, sino que presenta el menú ideológico completo de un partido muy conservador con ramificaciones incluso de carácter ultraderechista, mientras que la prensa alemana lo califica ya habitualmente de “populista de derechas” (rechtspopulist).  

No parece pues casualidad que un número no despreciable de sus miembros hayan estado vinculados en el pasado con partidos de extrema derecha, como denunció el periódico Neues Deutschland el pasado 8 de septiembre, o que algunos de sus dirigentes hayan destacado en los medios de comunicación con opiniones claramente racistas.

Es el caso de Petra Federau, de la AfD del Land de Mecklenburgo, que escribió en su página de Facebook que la actual política de inmigración alemana hacía posible “no solamente la llegada de las guerras de religión, sino de toda clase de enfermedades del mundo”. No son pocas las citas polémicas que se atribuyen a miembros de la AfD. Otro ejemplo es de enero de 2014, cuando el líder del partido, Bernd Lucke, habría dicho que “el problema radica en los grupos marginales como los gitanos, que desgraciadamente llegan en gran número y no se pueden integrar”. O cuando el propio Lucke afirmó en vísperas de las elecciones europeas que “la única manera de salvar la crisis es expulsando a los países del sur de Europa del Euro”.   

La prensa alemana califica a este partido ya habitualmente de “populista de derechas” (rechtspopulist). Su discurso oficial es muy conservador y demagógico, con algunos ‘deslices’ ultraderechistas muy oportunos para movilizar al electorado de derechas descontento con la CDU y Merkel. Por el momento no está erosionando la base electoral de los conservadores, pero el hundimiento del FDP está poniendo al AfD en el escaparate.


La soledad de Merkel

Actualmente existen cuatro partidos representados en el Bundestag tras las elecciones de septiembre de 2013: CDU (conservadores, cristianodemócratas),  SPD (socialdemócratas), Linke (la Izquierda, herederos del antiguo Partido Comunista de Alemania del Este y sindicalistas del oeste) y Grüne (los Verdes). Estos partidos son los mismos que han protagonizado la política alemana en los últimos 25 años, aunque falta uno que podría calificarse de clásico y cuya ausencia podría resultar problemática para la gobernabilidad del país.

Bernd Lucke, el líder de AfD.
Hasta 2013 el Bundestag ha contado con la presencia del FDP (liberales), un partido que históricamente nunca había dejado de estar representado en el Parlamento Federal y que ha jugado un papel fundamental para la estabilidad política de Alemania.  Cuando solamente había tres partidos en el Parlamento (CDU, SPD y FDP) y no se daba un resultado de mayoría absoluta (casi siempre), el FDP hacía de partido bisagra, pactando primero con los conservadores (1949-1956 y 1962-1967), después con los socialdemócratas (1969-1982) y otra vez con los conservadores (1982-1998 y 2009-2013). De hecho, el FDP ha estado históricamente más tiempo en el Gobierno que en la oposición: 45 años de los 64 de existencia de la República Federal.

Aunque había pactado con los socialdemócratas en el pasado, el FDP ha sido desde 1982 el socio natural de los conservadores de la CDU, sobre todo tras la irrupción de los Verdes en los años 80 y de la Izquierda (antes llamada PDS) en los 90. Pero su catástrofe electoral en septiembre de 2013 ha cambiado las cosas. La canciller Angela Merkel, a pesar de su éxito arrollador en las urnas con uno de los mejores resultados de su partido pero que no llegó a la mayoría absoluta, se vio obligada a pactar una gran coalición con su rival socialdemócrata para evitar una nueva convocatoria electoral. Faltaba su socio del FDP, que ahora también está desapareciendo de los parlamentos regionales haciendo muy difícil que la CDU pueda seguir gobernando en solitario allí donde lo ha estado haciendo con ayuda de los liberales.

A Merkel le falta su socio natural y tiene que echar mano de alianzas coyunturales y basadas en la búsqueda de la estabilidad. Son coaliciones “antinaturales”, de corta vida y solamente posibles tras apelar al sentido de la responsabilidad de sus socios socialdemócratas y de sus propias bases. A nadie se le escapa que la gran coalición con el SPD no tiene más que una legislatura de vida, ya que los socialdemócratas aspiran a gobernar ellos con sus propios socios, preferentemente de izquierdas. Pero mientras que el SPD tiene a los Verdes (con los que gobernó entre 1998 y 2005) y a la Izquierda, (con los que tarde o temprano acabará llegando a un acuerdo a pesar de sus muchas discrepancias), la CDU no tiene a nadie a no ser que intente experimentos complicados como una coalición con los Verdes, ya que con la Izquierda es imposible debido a su distancia ideológica y su posicionamiento con respecto al pasado de la RDA.

A falta del FDP solamente queda la AfD. Ahora es un rival que pugna por arrebatar parte del electorado más conservador de la CDU. Pero a medio plazo puede convertirse en la única posibilidad de gobierno para unos demócratacristianos que carecen de socios minoritarios en otros lugares del espectro político. Pero, ¿a qué precio se haría esa alianza? ¿Podría la CDU controlar las aspiraciones de su socio, o sería la AfD capaz de imponer su agenda?

Por el momento, y según las últimas encuestas, la Alternativa para Alemania cuenta con una intención de voto del 7% a nivel federal, mientras que la CDU se mantiene en el 41%. El FDP cuenta con un 3% y seguiría fuera del Bundestag por la barrera electoral del 5%. ¿Necesitará Merkel la ayuda de la AfD para seguir siendo canciller a partir de 2017? En ese caso las consecuencias para Alemania y para Europa serían, sencillamente, impredecibles.

Artículo disponible en Ssociólogos.com.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Rusia, ¿la inseguridad como sentimiento nacional?

“La inseguridad es el sentimiento nacional ruso por excelencia”, escribió Robert D. Kaplan. Una historia cruel y sangrienta de invasiones y una geografía sin defensas naturales obligarían a Rusia a desconfiar de sus vecinos y a llevar a cabo una política tradicionalmente expansionista y desconfiada para protegerse. Ucrania es la clave y la consecuencia de esta política expansiva.

Rusia hace siglos que cuenta como una de las potencias más importantes del mundo. Desde el siglo XVIII ha sido uno de los protagonistas de la escena política internacional y ha demostrado su capacidad para expandirse, así como para reponerse de sus crisis. Por ejemplo, en el presente, y tan sólo 25 años después del desplome de la URSS y de su imperio, Rusia es una de las potencias económicas emergentes del planeta y se encuentra en pleno proceso de reconstrucción de su influencia política. Para ello se sirve de su enorme reserva estratégica de energías como gas y petróleo, y su capacidad para influir en los países que dependen de esas energías.

Rusia y su presidente Putin se encuentran en pleno proceso de reconstrucción de la influencia y el prestigio del antiguo imperio ruso. Ha contestado a las sanciones europeas por la crisis de Ucrania con sanciones propias (que sufren por ejemplo los agricultores españoles), ha firmado con China importantes acuerdos económicos para romper su dependencia del mercado occidental y forma parte del grupo de países de los BRICS que han anunciado la creación de un banco de desarrollo para no depender del FMI ni del Banco Mundial.

Sin embargo, a pesar de este retorno de Rusia a la primera fila de la política mundial solamente una generación después del hundimiento soviético, no significa que en Moscú no se sientan inseguros con respecto a su posición frente a las demás potencias. Rusia es fuerte, pero no es ni mucho menos la más fuerte, como se puede apreciar en los siguientes datos, interesantes para comparar el poder económico ruso frente a sus competidores (fuente: Banco Mundial, 2012):

-       Rusia: 143,5 millones de habitantes; PIB de 2,015 billones de dólares; ingreso nacional bruto per cápita 12.700 dólares; esperanza de vida 70 años.

-       EEUU: 313,9 millones de habitantes; PIB 16,24 billones de dólares; ingreso nacional bruto per cápita 52.340 dólares; esperanza de vida de 79 años.

-       UE: 505,6 millones de habitantes; PIB de 16,66 billones de dólares; ingreso nacional bruto per cápita 33.906 dólares; esperanza de vida 81 años.

-       China: 1.351 millones de habitantes; PIB de 8,227 billones de dólares; ingreso nacional bruto per cápita 5.720 dólares; esperanza de vida: 75 años.

Estos datos muestran algunas de las debilidades estructurales de Rusia en comparación con las potencias económicas y políticas más importantes del mundo: es inferior en el número de población, en riqueza nacional y en nivel de vida de sus habitantes (sólo supera a China en renta per cápita). Es decir, Rusia es más débil que los EEUU, la Unión Europea y China en la mayoría de los factores estructurales económicos básicos de cualquier país, lo que le coloca en una posición económicamente más vulnerable que el resto de las grandes potencias del mundo. Pero a esta debilidad se sumaría, además, un sentimiento de vulnerabilidad geográfica y estratégica que explicarían la política exterior rusa desde hace siglos.   


Expandirse o morir

La inseguridad es el sentimiento nacional ruso por excelencia”, explica el periodista y analista político estadounidense Robert D. Kaplan, que resume así la visión que se tiene de Rusia en los círculos profesionales de las relaciones internacionales de los EEUU. Según este enfoque, una historia cruel y sangrienta de invasiones y una geografía sin defensas naturales obligarían a Rusia a desconfiar de sus vecinos y a llevar a cabo una política tradicionalmente imperialista para protegerse.

Robert D. Kaplan
Robert D. Kaplan es autor del libro “La venganza de la geografía” en el que explica la decisiva importancia que la geografía tiene, en su opinión, a la hora de definir la política exterior de un Estado. Sería también el caso de Rusia, el Estado más grande del mundo pero no por ello el más invulnerable. Según sugiere en su libro, “las potencias continentales se sienten constantemente inseguras, puesto que, sin mares, que las protejan, están siempre en situación de inferioridad y no tienen más remedio que seguir expandiéndose o arriesgarse a ser conquistadas. Eso es especialmente cierto en Rusia, cuya enorme extensión carece casi por completo de fronteras naturales y ofrece poca protección”. Es decir, según Kaplan, Rusia ha crecido históricamente para protegerse.


Rusia no tiene fronteras claras: no hay montañas (excepto en el Cáucaso) ni enormes ríos que separen clara y nítidamente su territorio del de sus vecinos. En definitiva, los rusos han carecido de un “limes” claro como el que tenían los antiguos romanos a lo largo de los ríos Rin y Danubio, o de costas para definir las fronteras de su imperio y poder defenderse de los ataques que han llegado desde todas las direcciones: en la Edad Media desde oriente con las invasiones mongolas, y más recientemente desde Europa central cuando Napoleón invadió Rusia en 1812 y Hitler lo hizo en 1941.

Mapa físico de Rusia.
Sin embargo, mientras otros imperios emergieron, se extendieron, cayeron y nunca más volvió a saberse de ellos, el Imperio ruso se ha expandido, se ha desmoronado y ha resurgido en varias ocasiones. La geografía y la historia nos demuestran que nunca podemos subestimar un país como Rusia, ya que en todos esos casos las invasiones trajeron muerte y destrucción al territorio ruso, pero fueron seguidos de una victoria y de una subsiguiente expansión rusa a costa de su enemigo derrotado.

En este sentido, Robert D. Kaplan escribe que “los rusos llegaron hasta el este y el centro de Europa para impedir el avance de Francia en el S. XIX y de Alemania en el XX. De igual manera, intervinieron en Afganistán para impedir el paso de los británicos desde la India, con lo cual se procuraron una salida hacia las aguas cálidas del Índico, y también se han adentrado en Extremo Oriente para detener a China. En cuanto al Cáucaso, estas montañas constituyen una barrera que los rusos se ven obligados a controlar para protegerse de las convulsiones políticas y religiosas del Gran Oriente Medio”.

Por lo tanto, la geografía, es decir el clima y el paisaje rusos, son, según Kaplan, “penosamente duros, y como tales son claves para entender el carácter ruso y su historia”, y que a su vez explicarían por qué “la inseguridad es el sentimiento nacional ruso por excelencia”.


Una ambigua relación con sus vecinos

Esta teoría sobre la importancia de la geografía para explicar un presunto sentimiento de inseguridad ruso en las relaciones internacionales, puede observarse en las relaciones entre Rusia y sus vecinos, por ejemplo China. Kaplan opina que “la geografía impone una relación de tensión permanente entre China y Rusia, disimulada en el presente por una cierta alianza táctica antiestadounidense”.

China y Rusia son vecinas y tradicionales competidoras. Comparten 4.250 kilómetros de frontera terrestre sin ningún obstáculo natural reseñable entre ellas, lo que en Rusia despierta el temor frente a su dinámico vecino del sur, ya que, escribe Kaplan, “tal vez nunca antes Rusia había sido tan vulnerable geográficamente en tiempos de paz. Toda Siberia y Extremo Oriente rusos solo suman 27 millones de habitantes”, frente a los más de 1.300 millones de chinos al otro lado de la frontera.
  
Expansión de Rusia a lo largo de su historia.
Es decir, Rusia se enfrenta en el extremo oriente a un vecino mucho más potente que podría aspirar abiertamente a controlar los inmensos y desprotegidos territorios siberianos y sus casi inagotables recursos naturales para utilizarlos para alimentar a su propia economía en constante crecimiento. Este temor es el que predomina en las relaciones entre ambos países y el que despierta la desconfianza y el miedo en Moscú hacia Pekín, alimentado por la ausencia de una frontera natural clara y defendible (como por ejemplo la cordillera del Himalaya que separa a India de China). 

Este temor se aplica también a los demás vecinos de Rusia. En Asia Central y el Caúcaso el miedo es debido al avance del islamismo en las antiguas repúblicas soviéticas y en Afganistán e Irán, y en el Mar Negro y en Europa oriental el temor ruso se explica por el avance de la OTAN y de la Unión Europea en las antiguas zonas de hegemonía de la URSS. Ese temor se ve acrecentado por la falta de una barrera clara e infranqueable que impida la llegada del peligro al corazón de Rusia. Como explica Kaplan, “tanto daba quien gobernara Rusia, la realidad a la que tendría que enfrentarse siempre sería la misma: la de una masa continental inexorablemente llana que se extendía en todas direcciones, más allá de los Estados colindantes”.

Esa realidad geográfica, la misma a la que se enfrentaron los zares hace siglos, provoca por lo tanto un sentimiento de inseguridad y de indefensión a la que los actuales gobernantes rusos responden de la misma manera que hicieron los zares: a la ofensiva. “Rusia tenía que recuperar el control del corazón continental. (…) Rusia no tuvo otra opción que convertirse en una potencia revisionista para intentar recuperar, de forma más o menos sutil, su área de influencia en Bielorrusia, Ucrania, Moldavia, el Cáucaso y Asia Central, donde aún vivían 26 millones de personas de etnia rusa”, afirma Kaplan, que resume así la actual política exterior rusa: “La actual debilidad de Rusia en Eurasia ha convertido la geografía en la obsesión rusa de principios del S. XXI”.


Ucrania, la clave para la recuperación política de Rusia

Siguiendo la política exterior tradicional, el miedo a ser sometido por sus vecinos habría impulsado la reconstrucción del imperio ruso 25 años después de la desaparición de la URSS. Según Kaplan, “Putin ha optado por una expansión neozarista que la abundancia de recursos naturales de su país posibilita a corto plazo”. “El último imperio ruso en ciernes está levantándose a costa de su inmensa riqueza en recursos naturales que con tanta desesperación necesitan en la periferia europea y China, con los beneficios y la coacción que ello conlleva.  (…) Rusia dispone de la mayor reserva de gas natural del mundo, la segunda mayor de carbón y la octava de petróleo”, escribe Kaplan, que recuerda que “el presupuesto militar no ha hecho más que crecer”.

Sin embargo, la reconstrucción del imperio ruso por parte de Putin está encontrando un obstáculo muy importante en una de sus piezas clave en su frontera occidental: Ucrania.

Zonas en conflicto en Ucrania.
Kaplan asegura que “Ucrania es el estado pivote que transforma Rusia. Colindante al sur con el mar Negro y al oeste con los antiguos países satélite de la Europa del este, en gran medida la independencia de Ucrania mantiene a Rusia fuera de Europa”. Es decir, “sin Ucrania, Rusia todavía puede ser un imperio, aunque predominantemente asiático. Sin embargo, si recuperara Ucrania, Rusia añadiría 46 millones de personas a su demografía con las miras puestas en Occidente”. 
    
Por su parte, para el politólogo y ex consejero de Seguridad Nacional de los EEUU, Zbigniew Brzezinski, “la pérdida de Ucrania (tras la desaparición de la URSS) no sólo fue fundamental desde el punto de vista geopolítico, sino que también fue geopolíticamente catalítica”.

En su libro “El gran tablero mundial”, Brzezinski también apunta a la estrecha relación entre la geografía y la política exterior rusa: “Rusia, forjadora de un gran imperio territorial y hasta hace poco tiempo líder de un bloque ideológico de estados satélite que se extendía hasta el propio centro de Europa y hasta el Mar de China Meridional, se había convertido en un problemático Estado-nación que carecía de accesos geográficamente sencillos hacia el mundo exterior y que era potencialmente susceptible de entrar en conflictos debilitadores con los vecinos de sus flancos occidental, sur y oriental. Sólo los inhabitables e inaccesibles espacios del norte, casi permanentemente helados, parecían seguros desde el punto de vista geopolítico”.

Zbigniew Brzezinski
Brzezinski explica que la reconstrucción del imperio ruso ha sido la opción elegida por los líderes del Kremlin nada más desaparecer la URSS en 1991. “En términos generales”, escribe el politólogo estadounidense, “puede considerarse que tras el colapso de la URSS surgieron tres grandes opciones geoestratégicas cuyos contenidos se solapan parcialmente. Cada una de ellas está vinculada, en último término, a las inquietudes de Rusia con respecto a su estatus en relación con los EEUU y cada una de ellas tiene además una serie de variantes internas: Dar prioridad a la asociación estratégica madura con los EEUU (condominio mundial); Poner el énfasis en el extranjero próximo como principal interés de Rusia; o una contraalianza anti EEUU”.

Ganó la segunda opción de enfocar los esfuerzos hacia el “extranjero próximo”, un concepto que Brzezinski explica como “un código que usaban los defensores de una política que ponía el énfasis, ante todo, en la necesidad de reconstruir algún tipo de marco viable, con Moscú como el centro de toma de decisiones, en el espacio geopolítico que había ocupado antes la URSS”. Es decir, con el objetivo de recuperar la hegemonía rusa en el marco geográfico de la antigua Unión Soviética.

Esta política del extranjero próximo puede adoptar varias formas, según Brzezinski. Podría entenderse como una manera de crear un espacio económico común (como el puesto en marcha en enero de 2012 por Rusia, Bielorrusia y Kazajastán), y/o una unión de “eslavófilos románticos” que abogan por una unión eslava de Rusia, Bielorrusia y Ucrania.

Sin embargo, mientras esta política sí ha contado y sigue contando con el apoyo del gobierno de Minsk, en Ucrania la oposición ha sido y es muy fuerte. Como explica Brzezinski: “Sus líderes reconocieron pronto que tal “integración”, especialmente a la luz de las reservas rusas sobre la legitimidad de la independencia de Ucrania, llevaría eventualmente a la pérdida de la soberanía nacional”. Es decir, ya desde la independencia ucraniana en diciembre de 1991, existe el intento por parte de Moscú de recuperar el dominio sobre su ex república soviética lo que ha provocado la resistencia de Kiev. Al final, el conflicto abierto entre Ucrania y Rusia estalló dos décadas después.  

Este conflicto en Ucrania tiene para Rusia connotaciones defensivas, ya que se siente agredida por los intereses de Occidente en el país, en concreto por la posible pertenencia en el futuro de Ucrania a la OTAN y a la Unión Europea. En este sentido, hay que recordar que la actual crisis en Ucrania comenzó con la firma del Acuerdo de Asociación entre Ucrania y la UE. Moscú quiso impedir dicho acuerdo porque se siente atacada en sus intereses geopolíticos y reacciona con violencia, como por ejemplo anexionándose Crimea y apoyando a los milicianos prorrusos en las provincias ucranianas orientales. Precisamente, escribe Brzezinski, “para Rusia será incomparablemente más difícil aceptar el ingreso de Ucrania en la OTAN porque ello significaría reconocer que el destino de Ucrania ha dejado de estar orgánicamente vinculado al de Rusia”.

La pérdida definitiva de la influencia rusa en Ucrania supondría un revés muy duro para la idea de seguridad nacional de Moscú y el fin de sus aspiraciones de reconstruir el imperio ruso. Este freno a la recuperación de la hegemonía rusa en el territorio de la antigua URSS aumentaría la actual sensación de inseguridad y desconfianza de Rusia frente a sus vecinos. En este sentido, la pérdida definitiva de la influencia rusa en Ucrania y su sustitución por la UE y la OTAN a medio o largo plazo, podría provocar una actitud de aislamiento y hostilidad de Rusia hacia al resto de Europa con consecuencias impredecibles, sobre todo teniendo en cuenta la actual dependencia energética europea con respecto a Rusia. En definitiva, Rusia se juega en Ucrania su existencia como potencia europea. “El factor clave que se debe tener en mente es que Rusia no puede estar en Europa si Ucrania no lo está, mientras que Ucrania puede estar en Europa sin que Rusia lo esté”, afirma Brzezinski.     

Pero el freno de la expansión rusa hacia el oeste, además de abortar cualquier tipo de expectativa de recuperar la hegemonía sobre Europa oriental, podría provocar otras consecuencias. Aumentaría la sensación de inseguridad rusa, lo que a su vez intensificaría la necesidad estratégica de Moscú de seguir su expansión, aunque esta vez en Asia, donde lidiaría con China, su competidora directa, y la muy inestable Asia Central, donde ambas potencias tienen intereses geoestratégicos y económicos.


Es decir, un fracaso de la reconstrucción de la hegemonía rusa en Ucrania podría provocar a largo plazo un más que probable conflicto entre Rusia y China, una relación que ya es bastante ambigua.    

Artículo disponible en Ssociologos.com.