Mostrando entradas con la etiqueta Afganistán. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Afganistán. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de octubre de 2012

AFGANISTÁN, UNA GUERRA LEJANA QUE A NADIE LE IMPORTA



El 7 de octubre de 2001, hace ya once años, los EEUU y sus aliados invadieron Afganistán y dieron comienzo a un nuevo capítulo de la guerra que lleva asolando el país desde 1979. Iban a derrocar a un gobierno fundamentalista, apresar a Bin Laden y a reconstruir uno de los estados más pobres y peligroso del planeta. Sin embargo, Afganistán ha derivado en una guerra de guerrillas, emboscadas y recuentos de cadáveres, especialmente de civiles y de soldados de la OTAN. Es una victoria imposible que ya tiene fecha de caducidad en 2014 y que a la opinión pública no le interesa.

En 2010 el periodista estadounidense Sebastian Junger publicó el libro “War” (Guerra) en el que describía su experiencia junto a una unidad del ejército de los EEUU en un recóndito valle afgano. Entre junio de 2007 y junio de 2008 Junger acompañó a los soldados en sus misiones en el Valle del Korengal, en la frontera con Pakistán. Allí no se construían escuelas ni carreteras.
 

Un soldado en el valle del Korengal.
Mientras el mundo miraba hacia Irak y a la resistencia contra la ocupación de los EEUU, en Afganistán se mataba y se moría. Pero lejos del foco de la mirada de la opinión pública. El propio Junger cuenta que este vacío informativo no era por la censura. De hecho, no fue censurado mientras recogía material y escribía su libro. El ejército norteamericano tiene sus mecanismos de control y sus oficinas de prensa, como todas las instituciones públicas y empresas privadas, pero al parecer no ejercieron presión alguna sobre Junger.

 
La imagen que se nos está dando, o intentando dar, sobre la misión que los soldados llevan a cabo allí poco o nada tiene que ver con la realidad. La misión de la OTAN, bautizada como ISAF (International Security Assistance Force) –en la que España colabora actualmente con 1481 soldados- comenzó como un clásico caso de Peacebuilding, las misiones que hasta ese momento llevaban a cabo los cascos azules y las agencias de la ONU en lugares asolados por la guerra con el objetivo de “construir la paz”: básicamente crear la infraestructura económica, política y social necesaria para construir un estado viable, a la par que se derrotaba a las fuerzas que se oponían a ese esfuerzo.


Una contradicción demasiado fuerte

Pero con el tiempo esta misión se fue topando con cada vez más resistencias. Y es que la contradicción entre construir una escuela mientras se apunta con un fusil a los padres de los alumnos es demasiado fuerte.


Habitantes del valle del Korengal.
Cuenta Junger en su libro cómo durante una operación a gran escala del ejército de los EEUU en el Valle del Korengal, un comandante estadounidense trataba de convencer a los dirigentes locales para que dejaran de apoyar a la insurgencia talibán y se convirtieran en aliados. Les explicó que los norteamericanos tenían la “orden” y la “voluntad” de llevarles el progreso a sus casas. Carreteras, canalizaciones, electricidad, escuelas, etc. En cambio, los talibanes solamente les ofrecían cinco dólares a sus hijos para que se jugaran la vida atacando a los soldados estadounidenses. Los talibanes ofrecían una miseria por sus vidas.


El argumento era bueno y el comandante confiaba en sus posibilidades. Sin embargo, cuando los dirigentes locales se reunieron de nuevo para discutir sus opciones una vez escuchado al oficial, le declararon la yihad a los estadounidenses. ¿Qué había pasado? Mientras el oficial estaba hablando, se había entablado un duro combate en el exterior que acabó con el bombardeo de una zona del valle que provocó 15 muertos.


Los EEUU no pueden ganar esa guerra porque no pueden vencer su gran contradicción. La guerrilla les obliga a actuar armados todo el tiempo, lo que les resta credibilidad en sus esfuerzos de construcción de la paz. Además, cada baja de los EEUU es un argumento en contra de la guerra así como el enorme coste que supone mantener a miles de soldados a miles de kilómetros.


Enseguida surge la inevitable comparación con Vietnam. Sin embargo, existen importantes diferencias entre los soldados norteamericanos de entonces y de ahora y entre la percepción que se tiene de ellos en su patria. Ya no son reclutas obligados a servir en el ejército y empujados a la selva. Ahora son profesionales que acuden a la guerra conscientemente, aunque es cierto que en muchos casos empujados por la falta de alternativas reales para ganarse la vida. Es decir, no existe el argumento de la injusticia que supone mandar a tus hijos a una guerra absurda. Ahora van mercenarios.


¿Una sociedad desinformada o apática?

Es el caso también de los soldados de los ejércitos europeos que sirven en Afganistán. Por ejemplo, en la sociedad española apenas existe conciencia sobre la presencia de soldados españoles en esa guerra y de su participación en la misma. También es cierto que apenas existe información publicada que explique realmente lo que está sucediendo en esas tierras tan lejanas.
 
Esta información en España solamente llega de manera esporádica y generalmente cuando se ha producido alguna muerte en combate. Y en esos casos siempre la fuente de información es el Ejército. Los medios de comunicación no envían a reporteros y los free lance no van a Afganistán. ¿Miedo, autocensura, falta de interés? De todo un poco. Siempre es más fácil -y barato- utilizar la nota de prensa facilitada por la ISAF y sus imágenes. De hecho, la ISAF cuenta con una potente oficina de prensa que incluso ofrece puestos vacantes para periodistas civiles interesados.


Algo absolutamente impensable en la Guerra de Vietnam, después de la cual el ejército de los EEUU culpó a la prensa por su derrota con el argumento de que iban ganando la guerra hasta que las noticias sesgadas (sin censura) en la televisión pusieron en contra al pueblo americano y se forzó la retirada. Una excusa, sin duda, pero que ha mutado en los últimos años en una estrecha colaboración entre los medios y el ejército –lo peor para una información libre y objetiva.


Al final la OTAN perderá la guerra de Afganistán y se tendrá que retirar sin cumplir sus objetivos y con la opinión pública en contra. Según el Pew Research Center, un think tank de estadounidense que investiga los estados de opinión en el mundo, con respecto a Afganistán en octubre de 2011, un 68% de alemanes se posicionaba en contra de la participación de su país y un 70% creía que la guerra estaba perdida, una percepción que aumentaba hasta el 71% entre los británicos, de los que el 57% quería que sus soldados regrsaran inmediatamente al Reino Unido. El mismo porcentaje se daba entre los ciudadanos de EEUU  que también creían que sus soldados deben volver a casa.

Pero la gran aliada de los talibán no es la oposición a la guerra de los votantes, es la crisis económica. Entre 2002 y 2013 la guerra solamente en Afganistán –no contar la de Irak- le habrá costado a los EEUU más de 641 billones de dólares según una estimación del CSIS (Center for Strategic & International Studies). Demasiado dinero para no alcanzar ningún resultado.
 
Así, por ejemplo, en abril de 2010, tras años de defensa, millones de dólares gastados en munición y 42 muertos, los soldados de los EEUU abandonaron el Valle del Korengal. Los talibanes ocuparon inmediatamente sus antiguas posiciones que se habían mantenido para nada (ver video).
 
 

lunes, 24 de septiembre de 2012

EL (muy) CARO AMIGO ÁRABE


Barack Obama y el rey Abdulah de Arabia Saudí.
Los Estados Unidos y Arabia Saudí mantienen una relación de amistad y dependencia mutua que ha configurado el mapa político de la segunda mitad del S. XX y en la actualidad. Aunque esta relación le está costando cara a los EEUU, ambos se necesitan y se protegen. ¿Por qué?


El pasado mes de junio Venezuela e Irán pidieron una reunión urgente de la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) para coordinar una menor producción y exportación de crudo y provocar así una subida del precio del barril. Esta medida habría supuesto un ingreso adicional de millones de dólares para los países miembros de este organismo, pero habría supuesto un golpe muy duro para el resto de las economías, en especial la de EEUU y la UE.

Sin embargo, y a pesar de que habría ganado con ello mucho más dinero, Arabia Saudí, la mayor potencia exportadora de petróleo, reaccionó aumentando su producción y beneficiando con ello sobre todo a los EEUU. Al final no hubo guerra de precios e Irán y Venezuela prescindieron de convocar a la OPEP a finales de julio pasado al subir el precio hasta los 100 dólares, considerado un “precio justo” por ambos países.

Teniendo en cuenta que la OPEP fue fundada en 1960 por los principales países exportadores de petróleo del mundo para defenderse del abuso que imponían en sus relaciones bilaterales las economías de Occidente, ¿por qué Arabia Saudí ha frenado una operación que económicamente podía beneficiarle? Para encontrar la respuesta hay que remontarse al año 1945.



Reunión el día de los enamorados


Franklin D. Roosevelt y el rey Abdulaziz.
El 14 de febrero de 1945, Día de San Valentín, el entonces presidente de los EEUU Franklin D. Roosevelty el rey Abdulaziz de la dinastía Saudí se reunieron en la cubierta del navío de guerra USS Quincy tomar una serie de decisiones con consecuencias hasta nuestros días. Aunque no se han publicado notas oficiales sobre el encuentro, hoy se sabe que ambos llegaron a un acuerdo: los EEUU garantizarían la seguridad y continuidad del rey y de su dinastía en el trono de Arabia, y los saudíes garantizarían el suministro de petróleo crucial para la economía norteamericana.



Este acuerdo fue la conclusión de un largo proceso de acercamiento y de consolidación en la zona que comenzó en 1933 cuando el rey Abdulaziz, conocido en el mundo angloparlante como Ibn Saud, concedió a la empresa Standard Oil la prospección de yacimientos petrolíferos en los territorios que controlaba. El descubrimiento fue asombroso: las mayores reservas del mundo. La reacción norteamericana fue rápida, ya que ese mismo año reconocieron al rey y enviaron a un embajador. La cuestión no era baladí, ya que el rey Abdulaziz era entonces solamente uno más de los reyes beduinos que pugnaban por el control de la Península Arábiga, una zona pobre y desértica en la periferia de la política mundial hasta el descubrimiento de sus pozos petrolíferos.


Abdulaziz tuvo que enfrentarse primero con la dinastía Hachemí, apoyada por los británicos tras la Primera Guerra Mundial. Éstos le prometieron el control de Arabia y de Siria si les apoyaba contra los turcos otomanos en la guerra. Esta familia, que se decía descendiente del profeta Mahoma, apoyó a los aliados –contando con la exótica ayuda de Lawrence de Arabia- pero vio como se le fue hurtando poco a poco los territorios que le habían prometido: Siria caería en manos francesas, Jordania y Mesopotamia serían protectorados británicos –aunque acabarían reinando allí- y el Hiyaz, la tierra santa islámica donde se encuentran Medina y Meca, fue conquistada por Abdulaziz y la dinastía Saudí, que poco a poco fue haciéndose con el poder en casi toda la península.


Desde 1945 el apoyo norteamericano puso fin a toda discusión sobre quién dominaba Arabia. Así, los EEUU proporcionan a los saudíes la ayuda exterior que necesitaban para ser reconocidos en el mundo, pero también los medios para mantenerse en el poder en casa. Esta es la razón por la que Arabia Saudí se encuentra entre unos de los mayores compradores de armas a los EEUU, adquiridas con el dinero que los EEUU gastan en comprar el petróleo saudí.
 

Es una relación contradictoria, sobre todo por parte saudí, ya que ésta se legitima en el mundo musulmán como guardiana de los lugares sagrados del Islam revistiéndose de una versión extremista de esta religión, el wahabismo, que impone la versión más radical de la sharia y desprecia la presencia de “infieles”. Es decir, para mantener esa misma legitimidad no puede reconocer su dependencia de un poder extranjero, algo muy peligroso para la seguridad y continuidad de la casa real.


El precio de la amistad: 11-S, Afganistán, Irak e Irán

Es exactamente lo que ocurrió tras la Segunda Guerra del Golfo en 1991. La vecina Irak invadió y conquistó a la pequeña Kuwait y amenazó a Arabia Saudí. Los EEUU rápidamente organizaron una coalición bajo bandera de la ONU y desembarcaron centenares de miles de soldados en el desierto saudí para, primero, defender a los saudíes de una posible continuación de la ofensiva iraquí, y, segundo, para expulsar a los invasores de Kuwait.


Tras la victoria, los EEUU mantuvieron soldados en Arabia Saudí, lo que provocó que Osama Bin Laden y su organización Al Queda le declarara la guerra a los norteamericanos y a la casa real saudí por permitir la presencia de “infieles” en el territorio más sagrado del Islam. Años más tarde esta amenaza se materializó en los atentados del 11-S llevados a cabo, en su mayoría, por fanáticos saudíes partidarios de Bin Laden. La paradoja es que estos atentados fueron planeados por fanáticos religiosos reclutados y pagados por Arabia Saudí durante la guerra de Afganistán contra la URSS a petición de los EEUU. Ahora los soldados norteamericanos luchan contra estos guerrilleros y sus sucesores en las mismas montañas afganas que los soviéticos hace treinta años.


Estos atentados sirvieron de ‘excusa’ al entonces presidente de los EEUU George W. Bush –hijo del presidente que en 1991 intervino en Kuwait y empresario petrolero- para invadir y conquistar Irak, ya que, según él y su equipo, estos atentados eran demasiado complejos para unos terroristas y las supuestas armas de destrucción masiva iraquíes podrían ser usadas contra civiles norteamericanos. No existían tales armas y la falta de planificación convirtió la posguerra iraquí en un caos de violencia. Pero Sadam Hussein, el gran enemigo y amenaza de la monarquía saudí, había caído y las bases de EEUU en Arabia Saudí fueron reemplazadas por bases en Irak.   


Roosevelt nunca habría imaginado que, a cambio de garantizar el flujo de petróleo, los EEUU se verían envueltos en una maraña de conflictos y juegos de equilibrio en Oriente Próximo y Medio. Así, además del conflicto con Irak y la trampa de Afganistán, los EEUU están en guerra fría con Irán que amenaza en convertirse en caliente en cualquier momento.



La revolución Islámica de 1979 llevó al poder en Teherán a un régimen clerical radical chií, enemigo histórico del Islam suní. Arabia Saudí, como guardiana de Medina y Meca y como sociedad wahabita, se enfrentó directamente con Teherán implicando a los EEUU en ese conflicto. Aunque fueron los iraquíes los que primero pagaron con su sangre entre 1980 y 1988 la guerra suní contra los persas chiíes, ésta fue financiada con los petrodólares de Arabia Saudí.

 
Más de 30 años después de la revolución islámica el régimen clerical sigue vivo y, una vez más, Arabia Saudí se encuentra entre los máximos enemigos de Teherán junto a Israel. Otra gran contradicción del régimen saudí. Sin embargo ambos temen a Irán y a su programa nuclear, lo que provoca que EEUU amenace y sancione a los iraníes para tratar de frenarlo, aunque en principio parece reacio a entrar en guerra directamente, entre otras cuestiones porque el Fondo Monetario Internacional alerta de que se incrementaría el precio del petróleo en un 30%.
 
 

En febrero de 1945 los EEUU sellaron un pacto por el que garantizaron el flujo de petróleo necesario para mantener su primacía económica en el mundo, pero esa garantía ha salido cara. Guerras, atentados, invasiones, etc. La presencia de EEUU en Oriente Medio y Próximo depende del petróleo, y esa dependencia, aunque había disminuido en los últimos años, vuelve a crecer (ver gráfico).
 
 
Solamente el uso de energías nuevas, al margen del petróleo, podrían alejar a las economías occidentales y a los EEUU de la dependencia de Arabia Saudí, una relación que está saliendo cara a los norteamericanos. Mientras tanto, los saudíes siguen cumpliendo su parte. Hoy el precio del barril de Brent es de 109,50 dólares.

lunes, 16 de julio de 2012

AFGANISTÁN, ¿UN NUEVO VIETNAM?


Los EEUU y con ellos la OTAN abandonarán Afganistán. La crisis económica que hace insostenible para muchos países continuar sus misiones allí –entre ellos España- y, sobre todo, la imposibilidad de derrotar a la guerrilla talibán y construir un estado democrático y viable, obligan a un repliegue que se parece mucho en el fondo a la hasta ahora mayor derrota de los EEUU en su historia: Vietnam. Sin embargo, si entonces los medios de comunicación trasladaron a los hogares norteamericanos la barbarie de la guerra y provocaron, de alguna manera, la oposición a la guerra, en Afganistán la derrota se debe exclusivamente a una cuestión estadística y de coste, ya que los ciudadanos solemos ignorar exactamente lo que ocurre allí. 


El 30 de abril de 1975 una masa atemorizada trataba de penetrar en la embajada de los EEUU en Saigón, Vietnam del Sur, para subir a un helicóptero y salvar el pellejo. Muy pocos lo consiguieron y la mayoría, que habían servido durante años al ejército o a los servicios secretos estadounidenses, cayeron presos de los norvietnamitas. Las imágenes de los helicópteros huyendo de los tejados de Saigón conforman desde entonces el símbolo de la derrota y el fracaso de los EEUU en una región del planeta que llegó a albergar a más de 500.000 soldados norteamericanos en su lucha contra los comunistas y que costó miles de millones de dólares y el aborto del plan de implantar en los EEUU su primer embrión de Estado del bienestar.

Casi 40 años después de Vietnam, y tras la retirada de Irak, los EEUU y sus aliados occidentales están preparando el terreno para abandonar Afganistán el escenario donde comenzó la famosa ‘Guerra contra el terror’ de George W. Bush, una ficción militarmente complicada pero políticamente muy rentable tras los atentados del 11 S de 2001.

Los atentados talibanes se multiplican así como su poder entre la población rural. EEUU y la OTAN dejarán atrás un gobierno débil, un estado inexistente y fragmentado entre multitud de etnias y tribus, y sobre todo, una guerrilla talibán fuerte. Es decir, tras más de una década de intervención, centenares de soldados occidentales y miles de afganos muertos, y miles de millones de dólares invertidos, no se ha conseguido alcanzar el objetivo estratégico por el que se decidió intervenir en esa tierra lejana. Como en Vietnam, EEUU se enfrenta a otra derrota en un escenario regional.



‘Operación Libertad Duradera’

Recordemos: el 7 de octubre de 2001 los EEUU y sus aliados de la OTAN comenzaron la llamada ‘Operación Libertad Duradera’ con el objetivo de desalojar del poder en Afganistán al gobierno talibán, un grupo de fundamentalistas islámicos wahabitas protegidos por Pakistán que daban cobijo a Bin Laden. La explicación que se dio a la ciudadanía parecía plausible: derrocar a un régimen totalitario y destruir a Al Qeda. Además, para evitar que en un futuro otros posibles Bin Laden y talibanes volvieran a hacerse fuertes en este territorio, Occidente se comprometía a pagar miles de millones de euros y a enviar tropas de mantenimiento de la paz para construir un país nuevo. Tendría un sistema democrático, infraestructuras y servicios públicos como la educación. EEUU no fue solo, sus aliados de la OTAN se unieron a la campaña, generalmente como tropas de ocupación, mientras que los norteamericanos luchaban.

Al principio los planes parecían ir bien. Los talibanes fueron aplastados y sustituidos en el poder por la coalición llamada Alianza del Norte –un nombre inventado por los medios de EEUU- y Al Qeda tuvo que abandonar sus bases y dispersarse. Sin embargo, ya desde el principio se plantó la semilla del fracaso. El miedo de los gobiernos a las imágenes de soldados muertos en la guerra llevó al uso de mercenarios y de soldados afganos para las operaciones militares, lo que hizo posible la huida de los objetivos esenciales de la guerra –Bin Laden y los jefes talibanes- mediante sobornos. Sin embargo, la situación parecía tranquila, Karzai –un hombre de la CIA- se afianzó en el poder y la ‘reconstrucción’ podía comenzar. Pero la realidad era otra. Escondido tras el telón mediático de la Guerra de Irak, la guerra en Afganistán comenzó a ser cada vez más cruenta.


En noviembre de 2010, y según datos de la propia OTAN, los EEUU tenían 90.000 soldados destinados en Afganistán junto a otros 40.000 militares aliados, entre ellos más de 1.500 españoles. Los talibanes habían resurgido con fuerza, la sociedad fuera de los núcleos urbanos estaba fuera del control gubernamental y de los soldados, y se multiplicaban los combates: emboscadas de los talibanes con el objetivo de causar bajas a la OTAN y provocar un goteo que desemboque en la retirada. Y lo han conseguido.


El General David Petraeus.
Cuando el presidente de los EEUU anunció en enero de 2009, nada más jurar su cargo, que se retirarían las tropas de Irak y que se concentrarían en Afganistán. La experiencia iraquí estaba amortizada, política y militarmente. Pero aún quedaba Afganistán, una misión que contaba con los consensos internacionales necesarios y que no se podía perder. Para ello Obama nombró en junio de 2010 al general David Petraeus comandante en jefe de sus tropas en Afganistán con el objetivo de repetir su ‘hazaña’ de Irak de negociar y dividir a los insurgentes, bajar la intensidad de las emboscadas y permitir la retirada del ejército con un riesgo bajo de inestabilidad. Pero un año después fue relevado de nuevo –a través de un ascenso como nuevo director de la CIA. El general no tenía claro que pudiera vencer: “El éxito en Afganistán es frágil y reversible”, afirmó en marzo de 2011.  


En julio de 2012, y según datos de http://icasualties.org/oef/, los EEUU han sufrido ya más de 2.000 muertos en Afganistán (España 34). Además, según datos de junio de 2011, Washington ha gastado en esta guerra un billón de dólares desde 2001, unos 10.000 millones al mes. Muertos, heridos, gastos millonarios y a cambio los talibanes golpeando con fuerza, como demuestran los últimos atentados. Insostenible.

Gráfico de icasualities.org

Por ello el presidente Obama anunció la retirada gradual de las tropas de los EEUU de Afganistán, con el objetivo de que en 2014 sean las tropas del gobierno afgano quienes se responsabilicen de las operaciones contra los talibanes. Es la ‘vietnamización’ de la guerra de Afganistán, o también interpretable como el reconocimiento implícito de la derrota de Occidente.


Nuevo capítulo afgano: entra India vs. Pakistán
Los EEUU tienen la ventaja de que los medios de comunicación apenas están sobre el terreno y que la crisis económica, sobre todo en Europa, está tapando todo lo demás. Pero no pueden evitar que a la hora de hacer balance éste sea claro: una derrota en toda regla. Afganistán no está mejor que en 2001 y se deja atrás a un gobierno débil que sólo controla las ciudades, el campo es talibán. Como les ocurrió a los soviéticos entre 1979 y 1988, y acabaron huyendo.


Afganistán seguirá siendo un país sumamente empobrecido e inestable tras la retirada, pero lo grave no es sólo eso. Pakistán continúa apoyando a los talibanes para conseguir un gobierno amigo a sus espaldas frente a su gran rival, India, que ha entrado en este escenario por la puerta grande aliándose con el actual gobierno afgano. De hecho, serán instructores indios los que entrenen a los gubernamentales tras la retirada occidental.


Es decir, miles de millones de dólares malgastados y miles de muertos después, Occidente se marchará de Afganistán dejando paso a un nuevo conflicto, esta vez uniendo los intereses de las dos potencias nucleares del sur de Asia: India y Pakistán. Un escenario muy peligroso.    

lunes, 28 de noviembre de 2011

REVOLUCIÓN DIPLOMÁTICA EN ASIA

Afganistán abraza al enemigo histórico de Pakistán
El pasado 4 de octubre el New York Times informaba en su edición digital sobre el nuevo acuerdo estratégico firmado entre Afganistán e India. El NYT titulaba: “Afganistán favorece a India y denigra a Pakistán”. Este escueto titular esconde toda una revolución en las relaciones exteriores de Asia y puede ser el principio de una etapa más en la larga historia de inestabilidad en una zona del mundo en la que proliferan las armas nucleares.

Afganistán ha sido un Estado muy influido por Pakistán desde el fin de la ocupación soviética en 1988. Como muy bien ha explicado el periodista pakistaní Ahmed Rashid en su libro “los Talibán”, ya aparecido desde hace una década, Pakistán consiguió dominar a su vecino durante y después de la lucha contra el Ejército Rojo. El país musulmán se convirtió en el filtro por el que pasaban las armas y suministros de EE UU destinados a los insurgentes, lo que le proporcionó un gran poder a la hora de influir qué grupos de guerrilleros eran beneficiados en detrimento de otros. Pakistán, o mejor dicho su servicio secreto, apostó por los fundamentalistas islámicos –entre ellos el origen de Al Queda- que se impusieron a los demás grupos en una cruenta guerra civil que siguió a la retirada soviética y que culminó con la toma del poder por los talibanes.
 
Pakistán controlaba Afganistán, pero ¿por qué ese interés? El gran enemigo pakistaní es la India, país con el que se encuentra en continuo conflicto desde la independencia en 1947 y con el que ha librado ya cuatro guerras. A diferencia de India, que cuenta con un inmenso territorio (3,2 millones de kilómetros cuadrados) y unos 1.200 millones de habitantes, Pakistán solamente tiene 804.000 kilómetros cuadrados de territorio y casi 172 millones de habitantes (dato estimado para 2011). La superioridad india además estuvo muchos años apuntalada por sus armas nucleares, a lo que Pakistán respondió en 1998 con su propio arsenal.

Afganistán juega un papel importante en la doctrina militar pakistaní, que considera a su país vecino como su “hinterland” estratégico. Es decir, la montañosa y pobre Afganistán debía servir al ejército pakistaní de lugar hacia el que retirarse en caso de ataque convencional de la India. Pakistán necesitaba cubrir sus espaldas y rodear las de su enemigo, estrategia con la que durante décadas consiguió aliarse con China rodeando así a India.

Sin embargo, el pasado 4 de octubre todo esto ha dado un vuelco espectacular. Según informó el NYT, el presidente afgano Karzai firmó en Nueva Delhi un acuerdo estratégico por el que India se compromete, entre otras cuestiones, entrenar las fuerzas afganas una vez que la OTAN se retire de Afganistán. La causa de este giro, según explicaron los afganos, es que Pakistán no está contribuyendo a la lucha contra los talibanes, que en demasiados casos cuentan con la protección pakistaní.

Es decir, Pakistán continúa aferrada a su doctrina estratégica de dominar Afganistán a través del islamismo, lo que ahora le costado encontrarse rodeada por su enemiga, que en pocos años controlará a su vez al ejército afgano.

Parece que con el acuerdo del 4 de octubre se puede haber iniciado un nuevo capítulo en el interminable conflicto entre las potencias nucleares del subcontinente indio, un conflicto que no para de alimentarse.