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lunes, 5 de diciembre de 2016

Elecciones en Alemania 2017: la estabilidad de Europa a examen


Tras el año 2016, el año del Brexit, de Trump y del No en Italia, 2017 se presenta fundamental para medir la fuerza de la ola populista que acecha a Europa. Tras las elecciones presidenciales en Francia, en septiembre de 2017 se celebrarán elecciones federales en Alemania, el país fundamental para la estabilidad de Europa. Merkel se volverá a presentar en un contexto político muy diferente al que le ha estado acompañando en sus pasadas citas electorales: el ascenso de un partido populista de extrema derecha que se nutre de los votantes que hasta hace poco consideraban a la canciller la “Mutti” (madre) de Alemania.

El pasado 1 de diciembre la canciller alemana y presidenta del partido cristianodemócrata CDU se sometió a las preguntas de sus afiliados por videoconferencia. En vez de encontrarse con loas a su gestión por parte de sus militantes tras once años de gobierno y una situación económica y política envidiable en medio de un continente azotado por las crisis, Merkel tuvo que escuchar muchos reproches, todos ellos relacionados con su política de acogida de refugiados. Todos repetían el mismo argumento: se han abierto las fronteras de manera irresponsable para dejar entrar en Alemania a cientos de miles de personas sin ningún control.

Estos reproches se produjeron poco antes del congreso de la CDU que ha sancionado una nueva candidatura de Merkel a las elecciones federales que se celebrarán en septiembre de 2017. A pesar de las muestras de unidad y de lealtad a la canciller y líder “ad eternum” del partido (que ha sido reelegida una vez más por casi el 90% de los delegados) ya se muestran algunas críticas relacionadas con su gestión de la crisis de los refugiados. En este sentido, la ‘número dos’ de la CDU a nivel federal, Julia Klöckner, afirmó recientemente en una entrevista a la revista Der Spiegel que desde el partido se había “esperado demasiada comprensión” por parte de los militantes con respecto a la llegada masiva de refugiados. Otro alto cargo de la CDU, Thomas Strobl, aseguró en una entrevista al periódico Die Zeit que habría que endurecer la política con respecto a los refugiados, y en concreto no dudar en expulsarlos de manera masiva, incluso a los que se encuentren enfermos. Declaraciones previas a un congreso en el que la élite de la CDU teme un distanciamiento de la base que no se identifica con la “Willkommenskultur” (cultura de la bienvenida) que propugna Merkel, y que está encontrando refugio en otra formación política en pleno auge.

La crítica frontal a la política de acogida a los refugiados es precisamente el principal argumento del nuevo partido populista de orientación de extrema derecha Alternative für Deutschland (Alternativa por Alemania). Este partido se presentó por primera vez a unas elecciones en el año 2013 y no entró en el parlamento federal (Bundestag) por muy poco al rozar el límite legal del 5% necesario según la ley electoral alemana para tener representación. En ese momento su relato se centraba en la crítica al Euro y a los países del sur de Europa que, según la AfD, se aprovechan de la fortaleza económica de Alemania y de sus contribuyentes.

"La inmigración precisa reglas estrictas", cartel de AfD.
En los últimos tres años este partido ha sufrido ciertas transformaciones e incluso crisis de liderazgo hasta encontrar su hueco definitivo en el sistema de partidos alemán: es el partido protesta (Protestpartei) de la clase media de las zonas rurales y de las regiones con menos presencia porcentual de inmigrantes como son los Länder del este. Así, en las elecciones regionales celebradas en 2016 la AfD ha cosechado unos resultados increíblemente altos para una formación de reciente creación, llegando al 24% en Sajonia Anhalt o al 20,8% en Mecklenburgo Antepomerania. En el oeste más urbano y con mayor presencia de inmigrantes, la subida también ha sido importante, pero no llega a las cifras orientales: en las elecciones de Berlín llegaron al 13,5%, en el rico Baden Württemberg (sede de Mercedes y Porsche) al 15,1% y en Renania Palatinado al 12,6%.


Auge populista en las encuestas

A nivel federal la AfD también está en auge. Según el último sondeo publicado por el instituto Emnid el pasado 3 de diciembre, la intención de voto a la CDU es del 37%, mientras que a la AfD le votaría el 12%. Hace justo un año, el 5 de diciembre de 2015, Emnid daba a la CDU el mismo porcentaje, mientras que la AfD tenía el 8%.

La Alternativa para Alemania es, según estos sondeos, el único partido que ha aumentado significativamente en intención de voto en el último año. Los socialdemócratas del SPD tenían el 25% en diciembre de 2015 y ahora el 22%; los Verdes (Grüne) pasan del 10% al 11%, mientras que la izquierda (Die Linke) se queda estancada en el 10%.

Estos números añaden un problema al auge del populismo de extrema derecha en Alemania y es el de la gobernabilidad. La alternativa a la CDU en la actualidad es muy débil, ya que Grüne y Linke no suman más que el 20%, mientras que el SPD no parece capaz de superar su resultado electoral de 2013 del 25,7%, números que casi descartarían un gobierno alternativo de izquierdas. La CDU se mantendría como el partido mayoritario, pero la aparición de la AfD en el panorama de partidos alemán, ya de por sí muy fraccionado, añade una dificultad más, ya que limita las posibilidades de pactos para la formación de Merkel a la vez que le resta porcentaje de votos.

Hasta 2013 el aliado natural de la CDU eran los liberales de la FDP. Sin embargo, cayeron fulminados en las elecciones y desaparecieron del parlamento. Hoy las encuestas no garantizan un regreso a las instituciones de este pequeño partido, por lo que la CDU, que se va a alejando del 41,5% cosechado en la última cita electoral, necesita un socio diferente para mantenerse en el gobierno. Comienzan así las especulaciones: ¿Una nueva gran coalición a riesgo de que el SPD se precipite hacia una crisis que podría ser letal? ¿Un gobierno en minoría? ¿Una alianza inédita con los Grüne, cada día más pragmáticos? O incluso, ¿un giro espectacular pero muy improbable para abrazar al AfD?

Aunque hoy en día la presencia de la AfD en el Gobierno alemán está prácticamente descartada (existe un consenso de base entre el resto de partidos para no acercarse a los populistas), pase lo que pase su irrupción en el sistema de partidos está provocando que los resultados de las elecciones federales del próximo mes de septiembre se planteen desde un prisma de incertidumbre sobre la gobernabilidad del país, lo podría tener consecuencias sobre la estabilidad de una Unión Europea que no deja de recibir golpes.


sábado, 20 de febrero de 2016

¿Vuelve la ‘splendid isolation’ británica?


The Guardian
El que fue ministro de finanzas canadiense, George Eulas Foster, dijo el 16 de enero de 1896 ante el Parlamento de Canadá –que pertenecía por esa época al Imperio Británico-: “En estos días tormentosos la gran madre patria imperial se mantiene espléndidamente aislada del resto de Europa”. Esta frase tiene 120 años de antigüedad, pero podría haberse dicho este mismo fin de semana, después de que el Gobierno del Reino Unido haya anunciado que el próximo 23 de junio se celebrará el referéndum para decidir si se procede o no al ‘brexit’, es decir, la salida o no del Reino Unido de la Unión Europea.

“Espléndidamente aislada” describe perfectamente la política exterior británica en el S. XIX con respecto a Europa: absoluto desinterés por el viejo continente y abstención en sus enredos diplomáticos. Los británicos se volcaron en sus colonias, en especial en la explotación de la India –la joya de la corona- y en el control de los mares que les comunicaban con ellas. Solamente habría una excepción: que alguno de los estados del continente europeo se hiciera más poderoso que los demás y pusiera en peligro el equilibrio de poder y con ello el control británico de los mares y sus colonias. Los británicos se convirtieron en los garantes del equilibrio de poder entre los estados.

Contra los imperios europeos
Esta política mantuvo a los británicos fuera de Europa durante todo un siglo, con las notables excepciones de las guerras contra los franceses y los rusos. En el primer caso se trataba de luchar contra Napoleón y su imperio, que ponía en peligro el poderío comercial británico, y en el segundo invadieron Crimea para frenar la imparable expansión rusa a costa del Imperio Otomano que pondría en peligro la hegemonía de la Royal Navy en el Mediterráneo. Estos fueron los únicos casos de intervención británica en la política europea durante la época de mayor auge de su imperio, que llegó a dominar un tercio del planeta. El resto de conflictos que vieron actuar a los funcionarios y militares de su majestad fueron coloniales, para preservar el dominio británico del resto del mundo.

Pero esta política tendría sangrientas consecuencias. Siendo fieles a su estrategia de mantener el equilibrio, solamente el auge económico y militar alemán a finales del siglo XIX y principios del XX obligó a los británicos a aceptar una alianza con Francia (su enemiga tradicional) para evitar la hegemonía alemana sobre Europa y frenar sus reivindicaciones coloniales. Las consecuencias fueron dos guerras mundiales y, a partir de 1947, una guerra fría contra la Unión Soviética y sus estados satélites.

Para entonces el Imperio Británico ya no existía y el Reino Unido se había convertido en un auxiliar de los EE UU, aunque manteniendo una posición privilegiada en el conjunto de Europa. Pero a pesar de esta nueva situación geoestratégica, la mayoría de los británicos no aceptaron la pérdida de su posición imperial y mantuvieron sus sospechas ante los acontecimientos del continente. Y esas sospechas dominaban la política.

Europa se reorganiza
Mientras tanto, vencedores y vencidos europeos se organizaron para afrontar la nueva era de reconstrucción y guerra fría. En 1957 Alemania y Francia firmaron el Tratado de Roma junto a Italia, Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo. Era la primera piedra de lo que sería la UE. Apostaron por la cooperación en vez del conflicto y centraron sus esfuerzos en eliminar las trabas al comercio, pero con un objetivo declarado a largo plazo de unidad política.

Esto hizo saltar las alarmas en Londres, ya que de pronto sus dos grandes rivales tradicionales europeos se unían haciendo saltar por los aires una vez más el equilibrio entre estados. Sin embargo, esta vez era más difícil de evitar, ya que las bases de esta nueva hegemonía francoalemana era la cooperación a la que no se podía responder con la violencia, y menos en plena guerra fría y en el marco de la alianza militar de la OTAN.

El Reino Unido tenía que reaccionar de manera diferente a como lo había hecho hasta el momento y lo hizo creando en 1960 la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA). Atrajeron a ella a países próximos al Reino Unido como Dinamarca, Portugal o Austria. La idea era el libre comercio, una zona sin aranceles como la Comunidad Económica Europea (CEE), pero sin el objetivo de la integración política. Este era un objetivo muy poderoso y la EFTA no pudo competir con la CEE. Finalmente el Reino Unido tiró la toalla e intentó integrarse en la CEE, lo que no consiguió hasta 1973 debido al veto de Francia y de su vengativo presidente De Gaulle. Pero lo hizo con condiciones que subrayaban su voluntad de exclusividad: en 1984 Margaret Thatcher consiguió arrancar el llamado Cheque Británico, una cantidad de dinero que se pagaba al Reino Unido de la aportación a las arcas europeas.

Un socio conflictivo
El Reino Unido siempre ha sido un socio diferente y conflictivo en la Unión Europea. No se integró en el Euro cuando pudo hacerlo, y no lo hizo por razones de orgullo nacional a pesar de que en un principio esta actitud perjudicaba su economía ya que encarecía sus exportaciones con respecto al Euro. Esta circunstancia hizo que se debatiera muy seriamente su entrada en la moneda única durante los gobiernos del laborista Tony Blair, aunque ahora se aplauda la existencia de la Libra.

Los británicos también han impedido que la Unión Europea tenga una posición política fuerte en los acontecimientos internacionales más allá de su papel de región económicamente integrada. Para el Reino Unido siempre ha sido más valiosa su alianza estratégica –y privilegiada- con los EE UU que fortalecer el papel de Europa en el mundo, algo que los norteamericanos querrían evitar a toda costa. Así, no es de extrañar que Tony Blair apoyase sin reservas la invasión de Irak en 2003 a pesar de la oposición frontal del eje franco-alemán.


Londres ha tomado la decisión de permitir a sus ciudadanos poder elegir entre permanecer en la UE y con ello apostar por Europa, o por el contrario,  cortar las amarras que la mantenían unida al viejo continente y dejarse llevar por las corrientes del Canal de la Mancha y alejarse aún más en dirección a América.    

lunes, 13 de enero de 2014

¿Por qué impide Rusia la expansión de la Unión Europea hacia el este?

Ucrania no será socio de la Unión Europea (UE) ni miembro de la misma en muchos años, a pesar del interés de la UE de crecer hacia el este y de una parte importante de la sociedad ucrania que demanda su integración en Europa. La causa es que Rusia consigue defender sus intereses en la zona con éxito ante una diplomacia europea que no puede esconder su impotencia ante un hecho irrefutable: su dependencia energética con respecto a Moscú, ya que cada vez que un hogar europeo enciende la calefacción es muy probable que el gas que utilice tenga un origen ruso.


El pasado mes de noviembre el Gobierno de Ucrania anunció que finalmente no firmaría el acuerdo de asociación con la Unión Europea, el para muchos países ansiado primer paso para entrar a formar parte de la Unión. La causa de este rechazo hay que buscarla en Moscú, que no permite que Ucrania se escape de su zona de influencia que lleva controlando desde hace siglos.

Esta maniobra política provocó la rebelión de una parte importante de la sociedad ucrania que salió a la calle para reclamar su entrada en la UE a pesar de la represión policial. Pero los gobiernos europeos, excepto algunas declaraciones altisonantes, no pudieron desplegar el poder y la influencia necesaria para vencer los intereses de Rusia y conseguir la asociación con Ucrania.

Ucrania, Rusia y la Unión Europea.
El objetivo ruso es frenar la expansión de sus antiguos enemigos occidentales hacia el este. Desde la desaparición de la URSS en 1991 los sucesivos gobiernos rusos han tratado de conservar la hegemonía de Moscú sobre los nuevos estados independientes que antes formaban parte de la Unión Soviética. Una vez perdido el control sobre los antiguos estados satélite de Europa del este durante la guerra fría, el objetivo de Moscú se centra ahora en conservar al menos su influencia sobre el territorio de la antigua URSS.

A esta política se la conoce como de “exterior cercano”. Se trata de mantener a estas nuevas repúblicas alejadas de la influencia occidental, sobre todo tras la reunificación alemana y la extensión de la OTAN y de la UE hacia el este. Moscú no pudo mantener su influencia sobre los países bálticos - todos ellos ahora miembros de la OTAN y de la UE-, pero sí mantiene su poder en el resto, sobre todo en Ucrania, la antigua joya de la corona soviética.

Y para ello no duda en recurrir a los medios que hagan falta. Por ejemplo, en 2008 el pequeño estado independiente de Georgia fue invadido por Rusia debido al conflicto con la minoría rusa en Osetia del sur. Era una excusa, porque a nadie se le escapó que en realidad el objetivo era dejar claro que Moscú no iba a permitir la entrada de Georgia en la OTAN, tal y como había pedido su gobierno que tuvo que dar marcha atrás en su solicitud después de la invasión rusa. Excepto alguna protesta tibia, ningún gobierno europeo tomó medidas políticas ni económicas contra Moscú.

Rusia y la antigua URSS.
Moscú no sólo utiliza la fuerza para imponer su estrategia. Unos meses después, en enero de 2009 y en pleno invierno, Rusia dejó claro que si cierra el grifo del gas Europa se congelaría. En un conflicto por el suministro de gas precisamente con Ucrania, cortó el grifo con graves consecuencias para Austria, Hungría o Polonia. Fue un aviso para Ucrania y para la UE y un recordatorio de que dependen del gas ruso para su supervivencia económica.

Rusia tiene un gran ejército pero, sobre todo, unos recursos energéticos fundamentales para Europa. Utiliza esa dependencia como arma diplomática mucho más efectiva que la amenaza de la fuerza para mantener a raya a los estados occidentales de su zona de influencia.
 

Europa depende del gas ruso

Europa lo sabe y trata de escapar de su dependencia energética, sobre todo con respecto al petróleo y el carbón, apostando por energías renovables. En 2007 el Consejo Europeo puso como objetivo que para 2020 el 20% de la energía consumida en la Unión Europea debe ser renovable. Sin embargo, mientras baja el consumo de petróleo y de carbón, sigue creciendo la dependencia con respecto al gas.

Según datos del anuario de 2013 de Enerdata, Europa fue en 2012 la región que más gas importó en el mundo con 238,81 billones de metros cúbicos (BCM). Alemania fue el país de la UE que más importó con 69,3 bcm, seguido de Italia (67,6 bcm), Francia (41,5 bcm) y el Reino Unido (37,1 bcm). España importó 32,3 bcm en 2012.

Mientras Europa consume más gas, Rusia incrementa su producción: en 2012 estuvo a la cabeza mundial con 659 bcm, sólo superada por los EEUU que produjeron 684 bcm. Por ello no es de extrañar que el gas que se consume en Europa venga en su mayor parte de Rusia. Los datos estadísticos de la Unión Europea (UE) en Eurostat nos recuerdan que este país es el origen de la mayoría del gas (31,8%) que se consumió en la Unión Europea en 2010 y durante toda la primera década del S. XXI.

Origen de las importaciones europeas de materias energéticas. Fuente Eurostat.


Así ha sido en el pasado, así es en el presente y así seguirá siendo en el futuro. Las predicciones dicen que Europa seguirá dependiendo de la energía de otros, sobre todo del gas ruso. El estudio de BP “World Energy Outlook 2030” echa una mirada al consumo energético dentro de 16 años y advierte que Europa seguirá dependiendo del gas externo para calentar sus hogares y mantener su industria.

Según el estudio, los esfuerzos de la UE por las energías renovables tendrán como consecuencia una bajada de la demanda del petróleo (- 15%) y del carbón (- 33%) en 2030. Sin embargo, subirá la demanda de gas natural en un 26%. No será sólo para consumo doméstico. La disminución del consumo de petróleo y de carbón, así como de la energía nuclear (tras el apagón nuclear previsto en Alemania a partir de 2022), aumentarán la importancia del gas en la creación de energía, pasando del 18% del total en 2011 al 21% en 2030.

A medida que el consumo de petróleo y el carbón bajan, sube la importancia del gas para Europa a pesar de los esfuerzos de compensar la dependencia energética exterior con energías renovables. Así, Europa aumentará sus importaciones de gas en un 74% y su dependencia exterior crecerá del actual 46% al 49% en 2030, según BP.

Los yacimientos de gas y petróleo en Rusia.

Por lo tanto, Europa bajará su consumo de petróleo y con ello su dependencia energética con respecto a las zonas productoras de crudo, sobre todo Oriente Medio. Sin embargo, al aumentar la dependencia del gas, aumentará también su dependencia con respecto a los productores de esta materia prima. Y en esto Rusia seguirá siendo líder mundial, ya que el informe de BP prevé que este país siga siendo el mayor exportador neto de energía del mundo, incrementando la venta en un 22% en 2030.


Las rutas del gas

Rusia es uno de los mayores productores de gas del mundo, pero ni mucho menos el único. Entonces, ¿por qué insiste la UE en comprar la mayoría del gas a Moscú? Una de las causas fundamentales de esta dependencia es que el gas ruso es el más sencillo (y barato) de transportar a Europa occidental debido a las rutas de los gaseoductos.

Sin embargo, aunque pasa por Rusia, no todo el gas que llega del este es ruso. Importantes yacimientos se encuentran en las antiguas repúblicas soviéticas del Cáucaso, sobre todo en Azerbayán y Turkmenistán. Aunque es independiente desde 1991, la exportación tanto de su gas como de su petróleo sigue dependiendo de los antiguos oleoductos y gaseoductos de época soviética. Estos pasan por Rusia y le dan a Moscú la influencia suficiente como para controlar su exportación.

Para tratar de sortear este control, la UE puso en marcha en 2002 el proyecto Nabucco que consistía en la construcción de una ruta alternativa que no pasara por Rusia. Sin embargo, en junio de 2013 este proyecto fracasó debido a su elevado coste suponiendo un duro golpe para la geoestrategia europea. El sustituto de Nabucco se llama TAP (Trans-Adriatic Pipeline). Está previsto que desemboque en Italia, pasando por Grecia y Turquía. Pero el comienzo de las obras no se espera que sea hasta 2015, y no se cuenta con que sea operativo hasta 2019. Sin embargo aún queda pendiente tomar la decisión crucial sobre su financiación. Es decir, este proyecto aún es un plan y puede fracasar de la misma manera que lo hizo Nabucco.

Las rutas del gas desde el Cáucaso a Europa.
Pero Rusia no se ha quedado quieta. A Nabucco antes y a TAP ahora le ha salido un competidor en la zona. Se llama South Stream y es la ruta alternativa de un gaseoducto hacia la UE desde Rusia sin pasar por Ucrania, ya que lo haría debajo del Mar Negro hasta llegar a Rumanía. Con ello se busca hacer no rentable los otros proyectos y mantener el control ruso sobre los gaseoductos que parten del Cáucaso.

Pero la ruta que ya es una realidad, al margen de los demás proyectos, se llama Nord Stream y es el nuevo gaseoducto con el que Rusia está suministrando a Europa, y en concreto a Alemania. Inaugurado en 2011 y ampliado sucesivamente en 2012 y 2013, este gaseoducto lleva el gas de los yacimientos del norte de Rusia directamente a Alemania llevándolo por el fondo del Mar Báltico sin intermediarios.

Mientras se proyectan rutas alternativas y se construyen otras nuevas, la principal ruta de suministro del gas ruso a la UE pasa por Ucrania, por lo que no es de extrañar que Rusia defienda con uñas y dientes su influencia en ese país contra cualquier expansión de la UE. Moscú necesita a Ucrania para poder seguir jugando el juego de gran potencia, y más desde que ese juego depende de los recursos y de la influencia derivados de la exportación de recursos energéticos como el gas.

Rusia defiende sus antiguas fronteras imperiales y no esconde su injerencia en los asuntos internos de Ucrania. Así, por ejemplo, con respecto al acuerdo de asociación con la UE, una vez que Kiev ha rechazado la firma tras las primeras negociaciones y se ha impuesto la influencia de Moscú, Ucrania dice ahora que firmará el acuerdo de comercio pero con una condición: que se incluya a Rusia en las negociaciones. Europa, que precisamente busca alejar a Rusia de Ucrania con este acuerdo, ya ha dicho que no y con ello se cierra veladamente su expansión al este, precisamente el objetivo de Moscú.

Moscú sigue dominando Ucrania y con ella también extiende su influencia sobre Europa al controlar las rutas del gas de las que depende la UE. Mientras Europa siga necesitando ese gas para vivir no tendrá armas políticas para enfrentarse a Rusia y poder crecer hacia el este entrando en el “exterior cercano” ruso. El gas ruso seguirá siendo la muralla más efectiva para impedir la entrada de occidente dentro de las fronteras de la antigua URSS.



martes, 17 de septiembre de 2013

ELECCIONES EN ALEMANIA, EMPIEZA LA CUENTA ATRÁS

El próximo domingo Alemania vota. Hasta ahora la actual canciller Angela Merkel ha contado con una cómoda ventaja en las encuestas, pero por cada día que pasa su posición dominante no deja de menguar. Empieza la cuenta atrás. ¿Quién ganará? ¿Qué escenarios políticos se abren? ¿Qué pasará con Europa? ¿Qué quieren los alemanes? Aquí propongo algunas claves.

Los medios de comunicación alemanes son unánimes al calificar la campaña electoral de intrascendente e incluso de previsible y aburrida. Al menos hasta hace dos semanas, cuando Peer Steinbrück, el candidato socialdemócrata y aspirante a derrotar a Angela Merkel, hizo una actuación más que notable en el único debate televisado entre ambos, y después del cual se han ido recortando las distancias que comenzaron por ser casi abismales. Y es que hay razones para Merkel para no bajar la guardia.

En Alemania no hay crisis económica y los temas de la campaña electoral son los clásicos que enfrentan a la derecha y a la izquierda: crecimiento económico frente a protección social y medioambiental. Pero la crisis sí está presente, inconscientemente y siempre amenazando como una espada de Damocles. Los alemanes ya no viven tan bien como antes. Es la cuarta economía mundial, pero la precariedad laboral ya afecta al 22% y los recortes en los sistemas de la seguridad social y en la prestación de seguro de desempleo son una realidad palpable. Con una tasa de paro de sólo el 5,3% ahora la inmensa mayoría tiene un empleo que le proporciona ingresos, pero ¿qué pasaría si la crisis llega a Alemania y los trabajadores se encuentran desprotegidos y con una red social recortada? Esa es la gran baza discursiva de la izquierda, que se centra en las injusticias sociales y el recorte del estado del bienestar, mientras que la derecha confía en que la economía alemana resistirá a largo plazo.


¿Quién ganará?
En política nunca se debería dar nada por sentado. Es cierto que en Alemania la tendencia en los últimos meses ha sido la de una hegemonía prácticamente monolítica de Angela Merkel en las encuestas. Sin embargo, en los últimos días hay estudios que comienzan a romper esa imagen. Por ejemplo, el SPD de Steinbrück ha subido en intención de voto. Es cierto que el 28% del SPD es bastante inferior al 40% de la CDU, el partido de Merkel, sin embargo en Alemania los gobiernos se hacen con coaliciones, y en los últimos días las diferencias entre las dos grandes coaliciones está menguando. Al final, si la suma de los tres partidos de izquierda (SPD, Verdes y Linke) supera a la de la derecha (CDU y FDP), Merkel puede tener problemas, y hoy la izquierda tiene un 46% mientras que la derecha un 45% según una encuesta de la televisión pública alemana ARD.  


¿Qué coaliciones políticas son posibles?
Merkel desea fervientemente mantenerse en el poder junto a sus socios actuales del FDP. Son los socios naturales de la CDU desde los años 80 y comparten la inmensa mayoría de su discurso económico y político. De hecho, la propia FDP ha enfocado su campaña electoral en la movilización de los votantes de la CDU en su favor atizando el miedo a una posible coalición de izquierdas. Necesitan superar la barrera electoral del 5% de los votos para poder tener representación parlamentaria y entrar así en el Gobierno. Por el momento eso no está claro, ya que el FDP no consigue remontar desde hace meses precisamente del 5% en las encuestas de intención de voto, lo que supone un margen muy estrecho para el día de las elecciones en el que todo puede pasar, incluso no llegar a ese 5%. En ese caso Merkel tendría un grave problema ya que podría ser superada por la coalición de izquierdas.

Para que la izquierda gobierne Alemania hoy por hoy necesitaría contar con Die Linke, un partido que se escapa de la tradicional colaboración entre SPD y Verdes. De hecho, es la heredera de los comunistas de la antigua República Democrática Alemana y se fundó con la unión éstos con socialdemócratas y sindicalistas desencantados como una oposición izquierdista a las reformas que el canciller socialdemócrata Gerhard Schröder efectuó en el mercado laboral durante la primera mitad de la década de 2000. Es decir, es una organización en muchos sentidos enfrentada a los socialdemócratas, que tampoco se fían de ellos. No está claro que pueda existir un entendimiento entre ambas partes y menos para formar el gobierno que dirigirá Europa, y no está claro que Steinbrück quiera firmar una hipoteca con este partido, aunque sería su única oportunidad para ser canciller.

Sin embargo, existiría una oportunidad para el SPD de entrar en el Gobierno, aunque sin su candidato a la cabeza: reeditando la gran coalición con Merkel, un gobierno CDU y SPD como el que ya gobernó entre 2005 y 2009. Merkel vería esta solución como un mal menor ya que ella seguiría siendo canciller y el SPD a largo plazo acabaría completamente desacreditado como opción de izquierdas. Los socialdemócratas perderían toda su credibilidad al pactar de nuevo con una CDU a la que responsabilizan de la injusticia social en Alemania. Ya en las elecciones de 2009 la participación del SPD en la gran coalición fue castigada con un 23% de los votos, el peor resultado de su historia, y eso podría repetirse en 2017 si vuelven a pactar.

Sin embargo, existen otras posibilidades más exóticas, como entre CDU y los Verdes. Muchos autores apuntan a una posible colaboración entre ambos, que no estaría mal vista por Merkel, pero que sigue siendo rechazada masivamente en el seno de los Verdes. Es muy poco probable, por ahora. 


¿Por qué ha paralizado Merkel la política europea?
El miedo de Merkel a actuar en Europa de manera que pueda perjudicar a su campaña es evidente. Ella ha utilizado el relato de que “Alemania es el país responsable que hace los deberes y paga sus facturas a tiempo frente a los demás países menos serios, sobre todo los del sur, que engañan en las cuentas y viven del dinero del contribuyente alemán”. Ese es el discurso con el que justifica su política de austeridad. Sin embargo, la realidad es que Alemania es el país más fuerte de la UE y eso le convierte de facto en su líder. Ese liderazgo implica tomar medidas y realizar compromisos para combatir la crisis, o mejor dicho, para limitar sus consecuencias. Y eso a su vez cuesta dinero que solamente puede salir del contribuyente alemán.

Actuar en Europa contra la crisis supondría así una grave contradicción para Merkel, por lo que prefiere no hacer nada. Un ejemplo de los riesgos que corre es la metedura de pata (¿involuntaria?) de su ministro de finanzas, Wolfgang Schäuble, que anunció públicamente la necesidad de un nuevo rescate a Grecia, fundamentalmente con dinero alemán. Esto abrió una profunda crisis de credibilidad en el Gobierno en plena campaña electoral.


¿Qué puede esperar Europa si gana la izquierda?
Por otro lado, en caso de ganar una coalición de izquierdas deberían cambiar los parámetros utilizados para combatir la crisis en Europa. Al menos ese es el compromiso electoral de SPD, que asegura que pondrá fin a la política de austeridad de Merkel. En concreto, Steinbrück ha afirmado textualmente que “la superación de la crisis europea va a costar dinero. Y será así: a Alemania solamente le irá bien si la va bien a nuestros vecinos”. El SPD se presenta frente a Merkel como la opción de la justicia social. Eso incluye también la relación de Alemania con el resto de Europa, aunque el discurso del contribuyente agraviado es demasiado poderoso y popular como para rechazarlo sin esperar un importante desgaste e impopularidad.

Sin embargo, no olvidemos que, hoy por hoy, Steinbrück sólo pude ser canciller si le apoya el partido de izquierda Die Linke, que se caracteriza por su crítica directa y brutal contra el sistema financiero y el origen de la crisis. Steinbrück tendría que cambiar las reglas del juego en Europa aunque sólo fuera porque sus socios minoritarios se lo exigirían para mantener su Gobierno. Se abriría así una nueva fase en Europa que implicaría no sólo cambios en la lucha contra la crisis sino en el propio diseño de la UE. Por lo tanto, la reacción del resto de estados europeos a una derrota de Merkel sería, seguramente, de expectativa y de incertidumbre. La pregunta sería ¿y ahora qué? A ello se añadirían los correspondientes castigos en las bolsas al nuevo gobierno de izquierdas y ataques desde los mercados, que no aceptarían tranquilamente un cambio de las reglas que les perjudicaría claramente.

En resumen, en caso de ganar, Steinbrück tendría un problema grave: por un lado una izquierda que sostendría su gobierno y que le exigiría actuar contra la impunidad del poder financiero y cambiar las relaciones alemanas con sus vecinos, y una población mayoritaria que no estaría dispuesta a cargar con los costes económicos que supondría reconstruir la economía europea sin compensación, y sobre todo un poder financiero que no aceptaría cambios en sus privilegios.      


¿Seguirá imponiendo Alemania su política de austeridad a Europa?
Depende de si Merkel es reelegida y de cómo los sea. Si la combinación CDU y FDP logra una victoria clara, será interpretada como la confirmación de la actual política de austeridad y de mano firme, por lo que Merkel seguirá aplicándola. Si Merkel necesita pactar con otros para gobernar tendrá que adaptar las líneas maestras de su política europea a las necesidades del pacto de Gobierno, y si pierde, la credibilidad del nuevo Ejecutivo dependerá de que sea capaz de marcar un ritmo y una política diferentes. Al final todos son esclavos de sus discursos. Si gana la coalición actual de gobierno, Europa tendrá más austeridad y más condiciones draconianas para los rescates. A Merkel se lo impone su discurso muy popular de madre protectora de los intereses de los contribuyentes alemanes frente a los irresponsables y manirrotos del sur de europa. Si no lo hiciera, perdería su credibilidad y con ello a la larga el poder.

En caso de un cambio de Gobierno hacia la izquierda, Steinbrück tendría que buscar un elemento diferenciador y cambiar la política alemana con respecto a Merkel. ¿Supone eso que adoptaría un discurso de defensa del interés europeo común, aunque sea a costa de rescatar otras economías a fondo perdido? Eso cambiaría radicalmente la imagen de Alemania en el exterior, pero a costa de un desgaste político interno desaconsejable. ¿Y una gran coalición? Sería el escenario más complicado, ya que ambos polos opuestos tendrían que cooperar y encontrar un punto en común en el que ambas partes tendrían que ceder. La lucha por ver quién cede menos sería atroz.


¿Cuál es la relación de Alemania con Europa?
Alemania está absolutamente enraizada en Europa, por lo que su crecimiento está totalmente supeditado al crecimiento de Europa. Así pues, Alemania crecerá en la medida en que lo haga Europa como bloque económico y político. Alemania necesita el euro y necesita el inmenso territorio de libre mercado para sus exportaciones. Sin embargo, el discurso populista de Merkel de la austeridad y de la defensa del dinero del contribuyente alemán es nacionalista y atenta directamente contra el principio básico de la interdependencia Alemania-Europa.

Merkel justifica su política dando lecciones a los demás. Dice que la economía de Alemania va bien porque realizó una serie de reformas en su sistema de la seguridad social y en el mercado laboral que han permitido a sus empresas rebajar los costes de producción y ganar en competitividad. Sin embargo, lo que no dice es que eso se ha hecho a costa del nivel adquisitivo de los trabajadores, un proceso que, por otra parte, se está realizando ahora en el sur de Europa de manera traumática.

Esta rebaja del coste de producción basado en la moderación salarial ha permitido a las empresas alemanas mantener su competitividad en un escenario internacional en el que las economías de los llamados BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) presentan cifras espectaculares de crecimiento económico. Pero sobre todo, ha permitido a Alemania mantener unas cifras de exportación y una balanza comercial con muy buenos resultados.


Sin embargo, las ventajas sólo son a corto y medio plazo, ya que  los terribles costes sociales en forma de trabajos muy mal remunerados (minijobs) e insuficientes para cubrir las necesidades de cada vez más trabajadores, en realidad están creando un escenario en el que estos trabajadores se están quedando desprotegidos frente a la próxima crisis que tarde o temprano llegará a Alemania cuando no sea capaz de mantener sus cifras de exportación y su balanza comercial por sí misma.

Por lo tanto, tarde o temprano dejará su camino en solitario y necesitará a Europa para crecer y protegerse, y evitar así un derrumbe de su sociedad. Y entonces la cuestión será: ¿el crecimiento alemán será europeo? O por el contrario ¿el crecimiento europeo será alemán? Cuando Alemania necesite a la UE para seguir siendo una potencia, entonces es cuando realmente se abrirá un debate sobre el poder en Europa, ya que ahora Alemania está actuando por su cuenta.


¿Qué esperan los alemanes?
En general los alemanes son muy conservadores. Esperan estabilidad política y bienestar económico. Los gobiernos se caracterizan por sus largos años de existencia. La República Federal de Alemania tiene 64 años, 30 de los cuales fueron gobernados por sólo dos cancilleres: Adenauer (1949-1963) y Kohl (1982-1998). Son dos ejemplos de la cultura de la estabilidad, que hizo también posible la gran coalición SPD y CDU entre 2005 y 2009 para evitar una nueva cita electoral cuando no hubo posibilidad de crear gobiernos de otra manera. Por eso a partir de septiembre los alemanes exigirán mantener esa estabilidad, lo que hace que no se deba descartar una nueva gran coalición teniendo en cuenta las actuales previsiones de resultados que impiden una hegemonía clara para alguno de los dos grandes polos políticos.

Esa estabilidad política tiene que venir acompañada de la continuidad de los buenos datos económicos. Aunque de manera general ha bajado el nivel salarial y ha aumentado la precariedad, es cierto que la actual tasa del paro del 5,3% es prácticamente pleno empleo, lo que crea confianza a una población que vive con la conciencia de que la economía de Alemania va bien y que tienen trabajo, mientras están rodeados de países en los que la economía va mal y el paro es altísimo. Esto da una sensación de privilegio y también de temor de que la crisis se pueda contagiar a Alemania. Aquí es donde el discurso maternal y protector de Merkel ha conseguido una aceptación altísima, ya que está diciendo a los alemanes que están haciendo bien las cosas y que por eso no pagarán las consecuencias.


Esta es la razón por la que la o el canciller que gobernará Alemania entre 2013 y 2017 tendrá muy difícil apartarse de este discurso si no quiere sufrir las consecuencias de una enorme impopularidad. Es decir, los alemanes esperan que el próximo mandatario alemán ofrezca estabilidad y garantice el bienestar, aunque sea a costa de todo lo demás.   

viernes, 23 de agosto de 2013

EGIPTO AL BORDE DEL DESASTRE



En las últimas semanas el país árabe más poblado del mundo ha sufrido una serie de acontecimientos que lo han colocado al borde de la guerra civil y prácticamente han borrado del mapa los cambios producidos hace dos años por la primavera árabe: el ejército ha vuelto al poder, los islamistas vuelven a ser perseguidos y el ex dictador Mubarak ha salido de la cárcel. Sin embargo hay a quien esto le interesa: Egipto vuelve a ser el socio estratégico fiable de Occidente e Israel después de un año de impredecible gobierno islamista.



Hace casi dos meses que el presidente egipcio, el islamista Mohamed Morsi, ha sido depuesto por los militares en un golpe de estado. El ejército se justifica afirmando que los islamistas de los Hermanos Musulmanes trataron durante su breve gobierno de un año poner los fundamentos de un nuevo régimen basado en principios religiosos, atentando así contra los derechos de la mitad del país que no les había votado. Por su parte, los islamistas se han lanzado a la calle para exigir su vuelta al poder conseguido por las urnas, lo que a su vez está siendo reprimido de manera sangrienta por los militares causando ya más de un millar de muertes.


El ejército utiliza estos disturbios para legitimarse en el poder no sólo de cara al interior sino también del exterior. Dice estar luchando contra “terroristas” que quieren desestabilizar el país y contra radicales. Pero son precisamente sus acciones represivas las que están provocando la aparición y la acción de esos radicales que aspiran a sustituir a los Hermanos Musulmanes al frente del islamismo egipcio. Es la puesta en práctica de la clásica fórmula acción-represión-acción, en la que ambas partes se retroalimentan para justificar sus acciones.


El discurso “antiterrorista” está siendo utilizado para justificar la detención de los líderes de los Hermanos Musulmanes, el desmantelamiento y futura prohibición de su organización, y para revertir todos los cambios políticos producidos en Egipto desde febrero de 2011. Dos años y medio después de los sucesos de la Plaza de Tahir, el ex dictador Mubarak ha salido de la cárcel –aunque sigue alejado del poder-, ha vuelto el estado de sitio, la oposición vuelve a estar proscrita y el ejército vuelve a ser prácticamente el único gobernante después de que la mayoría de las fuerzas políticas laicas le hayan dado la espalda. Es como si la primavera árabe egipcia no se hubiera producido. 

Y es que, en realidad, como escribe el periodista Javier Martín, el ejército nunca dejó realmente el poder que ahora trata de afianzar frente a unos islamistas que amenazaban con cambiar las cosas. Los islamistas, que no fueron precisamente los más activos durante la primavera árabe, se ganaron muchos enemigos porque el Gobierno Morsi ponía en riesgo el estatus quo de la zona del Canal de Suez y las relaciones con Israel, y también ponía en peligro los privilegios de los militares tras más de 60 años. La consecuencia fue el golpe.

El ejército y la lucha contra el islamismo


El ejército egipcio se considera el guardián de los valores de modernización y progreso del país. Esto es así desde los años 50 cuando un grupo de oficiales expulsó al último rey e impuso una república que, al mando del carismático coronel Nasser, se alineó en la órbita de la URSS en plena guerra fría enfrentándose así a su pasado como colonia británica. Egipto no era el único país árabe que apostó por esta vía: Siria, Libia, Argelia, Yemen o Irak también estuvieron –o como en el caso sirio sigue estándolo aunque en plena guerra civil- gobernados por regímenes republicanos laicos que contrastaban con las monarquías absolutas y muy conservadoras que apoyaron y apoyan a EEUU (Arabia Saudí, Jordania, las monarquías del Golfo, Marruecos, etc…).

El mundo árabe estaba dividido entre los dos grandes bloques de la guerra fría, pero todos tenían un enemigo común: Israel. Se lucharon hasta cuatro guerras entre árabes e israelíes entre 1948 y 1973. En todas ellas Egipto jugó un papel de liderazgo árabe, asumiendo Nasser el papel de abanderado del panarabismo socialista –la idea de unificación árabe- y de principal enemigo de Israel, el socio fundamental de los EEUU en la región y pilar de Washington en la zona.


Estas repúblicas árabes laicas, además de su antisionismo, se caracterizaban por reprimir duramente cualquier tipo de oposición islamista que comenzó a surgir a partir de los años 70 y sobre todo los 80. En Egipto, que desde la Edad Media ha sido cuna de pensamiento teológico islámico, los Hermanos Musulmanes –islamistas moderados- fueron cuanto menos reprimidos y controlados, mientras que otras corrientes islamistas más radicales eran abiertamente combatidas y perseguidas. La lucha contra los islamistas radicales se había convertido en la principal fuente de legitimidad de la dictadura militar egipcia, sobre todo después de que miembros de la Yihad Islámica consiguieran asesinar en 1981 al presidente Sadat, al que acusaron de traidor por firmar la paz con Israel en 1979.

EEUU, Israel y el Canal de Suez

La Paz de Camp David fue precisamente el viraje diplomático fundamental de Egipto y un acontecimiento clave en Oriente Próximo. Una vez fallecido Nasser y con el apoyo de los EEUU, Egipto dejó de ser un cliente de la URSS y se pasó al bando occidental. A cambio, firmó la paz con Israel, recuperó la Península del Sinaí (perdida en la guerra contra Israel de 1967) y aceptó recibir ayuda militar estadounidense por valor multimillonario hasta convertirse en uno de los mayores receptores del mundo, sólo después de Israel. Así, desde 1998 Egipto ha recibido más de 20.000 millones de dólares para su ejército. Un precio muy alto para los EEUU a cambio de comprar la paz de Egipto con su socio israelí y para garantizar el acceso por el Canal de Suez.

Firma de la Paz de Camp David e 1979.
El Canal de Suez es un punto estratégico geopolítico de primer orden que Washington desea mantener bajo control. Unos 58 barcos lo usan a diario porque permite recortar en miles de kilómetros las rutas entre el Golfo Pérsico y Europa y América. Estas rutas son cruciales para los petroleros con destino a Occidente y para el paso de la flota de combate estadounidense a las zonas de riesgo. Y ese riesgo se llama Irán, el gran enemigo estratégico de los EEUU en la zona. Precisamente el gobierno depuesto de Morsi permitió en 2012 el paso de barcos de guerra iraníes por el Canal, así como el paso de petróleo iraní, un gesto de claro desafío a los intereses de los EEUU e Israel.

En resumen: EEUU necesita en Egipto un régimen amigo que le garantice el paso sin problemas por el Canal de Suez de sus barcos y recursos, y que mantenga la paz con Israel. Ese estatus quo que funcionó durante más de veinte años se puso en riesgo tras la primavera árabe. El gobierno islamista de Morsi no garantizaba mantener la paz con Israel ya que no escondía su apoyo a Hamás en la franja de Gaza, y no había garantía de que no fuera a utilizar el Canal de Suez como prenda para futuras negociaciones sobre otras cuestiones estratégicas, sobre todo con respecto al conflicto con Irán. Después del golpe de estado este escenario ha desaparecido. El primer ministro israelí Netanhayu, agradecido, ya ha pedido el apoyo internacional al gobierno provisional de El Cairo. Sin embargo, los militares tienen un grave problema de legitimidad internacional.

Portaaviones de EEUU en el Canal de Suez.
El año 2013 no es 1979, no hay guerra fría y las democracias occidentales sufren un fuerte desgaste de imagen política interna desde el inicio de la crisis económica. La represión sangrienta de los militares en Egipto ha provocado consternación en la opinión pública occidental, lo que condiciona la acción de sus gobiernos. La Unión Europea ya ha anunciado que limitará la exportación de armas a Egipto y estudia congelar la ayuda al desarrollo. Los EEUU, por su parte, estudian no enviar los 1.300 millones de dólares de ayuda militar correspondientes a este año, aunque la administración Obama sigue sin definir lo que pasa como golpe de estado, ya que si lo hiciera, tendría que retirar la ayuda automáticamente. Es decir, Europa y los EEUU se distancian públicamente de los militares.

Pero ya han salido voces que anuncian que, a pesar de los anuncios occidentales, los militares egipcios no sufrirán verdaderas consecuencias económicas: Arabia Saudí, el principal aliado árabe de los EEUU y dependiente del Canal de Suez para sus exportaciones de petróleo, dice que enviará ayudas para compensar lo que Egipto deje de percibir y evitar así que el régimen de El Cairo se quede sin ayudas. Obama no puede invertir dinero en el régimen militar sin exponerse a duras críticas y destrozar su imagen de líder democrático mundial. Por lo tanto surge la pregunta: ¿juega Arabia Saudí el papel de intermediario de EEUU? ¿Seguirán pagando así los EEUU de manera indirecta el precio del Canal de Suez y la paz con Israel?     

Un momento propicio para los islamistas radicales

Una variable que puede poner en peligro el objetivo de estabilidad perseguido por el golpe en Egipto es el resurgimiento del islamismo radical como oposición al ejército. Los Hermanos Musulmanes apostaron por la vía democrática para llegar al poder y transformar el país siguiendo sus preceptos religiosos. Sin embargo, tras el golpe militar sus líderes están siendo detenidos y su organización perseguida, por lo que el islamismo egipcio fácilmente puede caer bajo control de los extremistas una vez demostrado que la vía pacífica de los Hermanos Musulmanes no es factible.


Es el momento de los radicales y en Egipto existe una larga presencia de islamismo radical que ya se enfrentó con las armas a la dictadura de Mubarak. Decenas de turistas occidentales fueron asesinados en la década de los 90 víctimas de atentados terroristas, y miles de islamistas radicales fueron encarcelados y ejecutados. Existía una verdadera base radical, de la que el máximo exponente es el actual líder de Al Queda y antiguo número dos de Bin Laden, el egipcio Al Zawahiri, que huyó de Egipto para unirse a la Yihad mundial.

A pesar de la muerte de Bin Laden hace ya más de dos años, Al Queda se ha hecho fuerte en lugares en los que falla el control estatal y militar, como en el desierto del Sáhara y el Sahel en África, o aprovechando los huecos que dejan los conflictos armados, como pasó en Irak y ocurre ahora en Siria. El desierto de Libia, lugar de retirada de los combatientes de Al Queda expulsados de Malí a principios de este año, hace frontera con Egipto. No sería complicado hacer pasar armas y combatientes por el desierto al país del Nilo para luchar contra el ejército egipcio y comenzar una guerra civil como ya ocurrió en Argelia en 1992.

Muchos analistas destacan la similitud entre la situación de Argelia hace dos décadas y el actual conflicto en Egipto. En ambos casos el ejército contaba con una larga tradición de dictadura laica frente a un islamismo que ganó las primeras elecciones libres tras una transición democrática. Y en ambos casos el ejército intervino para expulsar a los islamistas del poder legítimo con el pretexto de salvar la democracia de elementos radicales y “terroristas”. También en ambos casos existen amplios intereses geoestratégicos occidentales (en Argelia el gas y su relación con Francia). En Argelia el golpe desembocó en una sangrienta guerra civil, y en Egipto ese paso está todavía por producirse.


Es cierto que, como dice Miguel Ángel Bastenier, el terreno de Egipto, llano y con la vida básicamente restringida al valle del Nilo, es menos propicio para una guerra de guerrillas como la argelina, donde el terreno es montañoso y difícil. Sin embargo, ya se están dando los primeros casos de golpes de mano y emboscadas propios de una guerra civil. Por ejemplo, hace unos días 24 policías egipcios fueron asesinados por un comando islamista en la Península del Sinaí, un territorio justo entre el Canal de Suez e Israel, precisamente las dos piezas del tablero mundial que están determinando el destino de Egipto.