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domingo, 1 de febrero de 2015

Los medios de comunicación, “el espacio donde se crea el poder”



“La política es fundamentalmente una política mediática”, asegura el sociólogo Manuel Castells en su obra “Comunicación y poder”. Los políticos solamente pueden ejercer su influencia y lograr su objetivo de llegar al poder o de conservarlo si son capaces de que su mensaje llegue a sus votantes. Para conseguirlo los medios de comunicación son fundamentales. Por eso, para Castells los medios son “el espacio donde se crea el poder”.   

El sociólogo Manuel Castells tiene claro que en la política contemporánea el poder se consigue y se ejerce a través de la comunicación. En su obra “Comunicación y poder”, Castells recuerda que “la política es el proceso de asignación de poder en las instituciones del estado”. Es decir, es a través de la política como se decide qué fuerza política consigue qué cuota de poder dentro del sistema institucional. 

Se trata de un proceso muy complejo en el que se trata de persuadir a los actores decisorios a apoyar una determinada opción política frente a otra. Para conseguirlo, Castells afirma que “las relaciones de poder se basan en gran medida en la capacidad para modelar las mentes construyendo significados a través de la creación de imágenes. (…) Las ideas son imágenes”. Y para que esas imágenes lleguen a sus destinatarios son fundamentales los medios de comunicación, que para Castells son “la forma de comunicación decisiva”.

Manuel Castells.
En las democracias, donde son los ciudadanos los que en última instancia deciden con sus votos esa asignación de poder en las instituciones, no es de extrañar que la política sea “fundamentalmente una política mediática”, según el sociólogo, porque “los líderes que no tienen presencia mediática no existen para el público” y por lo tanto no son elegidos y su capacidad para acceder al poder disminuye o incluso desaparece.

Esta enorme dependencia que tienen los políticos de los medios de comunicación podría hacer creer que los medios son los que al final toman las decisiones y ejercen en última instancia el poder. Sin embargo, Castells asegura que “tampoco significa que los medios de comunicación ostenten el poder. No son el Cuarto Poder. Son mucho más importantes: son el espacio donde se crea el poder. Los medios de comunicación constituyen el espacio en el que se deciden las relaciones de poder entre los actores políticos y sociales rivales. Por ello, para lograr sus objetivos, casi todos los actores y los mensajes deben pasar por los medios de comunicación”.


Las reglas del juego en los medios: el mensaje emocional a través del infoentretenimiento

Existe pues una relación inseparable entre la política y los medios. En este sentido, Castells afirma que “las reglas del juego político en los medios de comunicación dependerán de sus modelos de negocio concretos y de su relación con los actores políticos y la audiencia”.

Medios y política se retroalimentan: los políticos necesitan a los medios para trasladar su mensaje a los votantes, como ya se ha dicho. Pero por otro lado, los medios necesitan a los políticos para que les abran las puertas para acceder a una audiencia controlada emocionalmente por ellos, y acceder así a ese segmento y poder desarrollar su negocio en él. Esto último es así porque los medios “se dirigen a audiencias específicas, interesadas en confirmar sus opiniones más que en informarse en otras fuentes”, asegura Castells, que en este sentido recuerda que para los medios “no se trata simplemente de conseguir una cuota de audiencia, sino de conseguir la audiencia objetivo. Ésta es la lógica fundamental del modelo de comunicación partidista”.

Dada la necesidad recíproca entre los medios y la política la alianza entre ambos es constante: “La política mediática no se limita a las campañas electorales”, escribe Catells. “Es una dimensión constante y fundamental de la política, practicada por los gobiernos, partidos, líderes y actores sociales no gubernamentales por igual”, es decir, todos los actores que necesitan lanzar constantemente mensajes para existir.

Sin embargo, existe un problema práctico: la política resulta demasiado compleja como para resultar interesante de manera habitual para una gran audiencia y por lo tanto rentable para los medios de comunicación. Por ello el mensaje político debe adecuarse a las necesidades de los medios. Castells explica que “la mayoría de las noticias políticas son ajenas a las preocupaciones de la vida diaria y frecuentemente resultan demasiado complejas para que los ciudadanos las sigan con el interés necesario para procesarlas y mucho menos para recordarlas. Sin embargo, cuando las noticias se presentan como infoentretenimiento, lo que incluye su personalización en una figura política concreta de forma que conecte las emociones e intereses del receptor, se procesan más fácilmente y se conservan en la memoria”.

Infoentretenimiento: Castells afirma que “el denominador común es que lo que resulta atractivo para el público aumenta la audiencia, la influencia, los ingresos y los logros profesionales de los periodistas y presentadores. Si trasladamos esto al ámbito político, significa que la información de más éxito es aquella que maximiza los efectos de entretenimiento que corresponden a la cultura de consumismo de marca que se ha hecho predominante en nuestras sociedades”. 

No se trata de informar a los ciudadanos para que puedan tomar una decisión madura a la hora de elegir a la opción política que mejor se ciñe a sus intereses, sino de confirmar discursos políticos entre una audiencia tipo, y de hacerlo de manera que el espectador se sienta atraído y entretenido. Con ello los medios hacen negocio y los políticos trasladan su mensaje. La alianza se vuelve provechosa para ambas partes a costa de eliminar el debate político.

Para que encaje en el infoentretenimiento, ese mensaje debe ir dirigido a las emociones y no a la razón, ya que, como insiste Castells, “a muchos ciudadanos les puede resultar difícil comprender asuntos políticos complicados mientras que la mayoría confía en su capacidad para juzgar el carácter, lo que es una respuesta emocional al comportamiento de las personas encarnado en las narraciones políticas. Así pues, la política mediática es una política personalizada”.

El medio más importante sigue siendo la televisión, según Castells: “A pesar de la creciente importancia de Internet, la televisión y la radio siguen siendo la fuente de información de noticias políticas que inspira más confianza. (…) si se ve, debe ser verdad”. Y la televisión es también el medio más eficaz ya que, como afirma el sociólogo: “Una audiencia masiva requiere un mensaje simple. El mensaje más simple es una imagen, y la imagen más simple con la que la gente más se identifica es un rostro humano”.
   
La televisión es, sobre todo, la que hace posible trasladar el mensaje político como un mensaje emocional e influir así en los votantes, porque “su formato atrae al espectador medio por lo que influyen a la hora de establecer la conexión entre las predisposiciones de la gente y su valoración de los asuntos de los que trata la vida política”, escribe Castells.


Infoentretenimiento y crisis de legitimación política

La necesidad de alimentar el infoentretenimiento obliga o facilita adoptar determinadas tácticas en la lucha política. La más destructiva y también la más utilizada es la política del escándalo, de tal manera que para Castells “es inseparable de la política mediática”.

Según el sociólogo el escándalo “es una característica fundamental a la hora de determinar las relaciones de poder y el cambio institucional. (…) La política del escándalo es una forma de lucha por el poder más enraizada y típica que el desarrollo ordenado de la competencia política de acuerdo con las leyes del estado”. Es por ello que se sigue utilizando sin cuartel.

Como ya se ha explicado, “la política mediática se organiza alrededor de la personalización de la política”. Por lo tanto, “los mensajes más eficaces son los mensajes negativos y puesto que la difamación es la forma definitiva de negatividad, la destrucción de un líder político (…) es el objetivo último de la política del escándalo”. Es decir, mientras el mensaje político se centra fundamentalmente en la personalidad del político y en despertar emociones que deriven en la creación de apoyos, los rivales tratan de contrarrestar ese mensaje atacando con las mismas armas emocionales para restar apoyos.

Los medios de comunicación son fundamentales en este juego. Castells subraya que “una cuestión clave es el papel que desempeñan los medios de comunicación en aumentar el impacto de los escándalos. Es cierto que sin medios de comunicación no hay escándalo”. Se trata de un círculo vicioso que se retroalimenta: los medios necesitan entretener a sus audiencias y el mensaje político necesita despertar emociones entre el electorado. Ambas partes se necesitan.

Sin embargo, el uso indiscriminado de esta táctica tiene sus riesgos, ya que “la omnipresente cobertura mediática de un escándalo puede llevar a la ‘banalización de la corrupción’ y a la ´fatiga por los escándalos’ entre la audiencia”. Y se puede jugar con fuego. Castells avisa: “Dada la generalización de la política del escándalo, (…), el panorama político se ha transformado en todas partes porque la asociación de los políticos con conductas escandalosas contribuye a la desafección de los ciudadanos hacia las instituciones y la clase política, lo que provoca una crisis mundial de legitimación política”.

Los medios de comunicación se han convertido en el lugar central en el que se desarrolla la lucha política. Pare ellos tiene la ventaja de que así se aseguran una audiencia millonaria y se convierten en actores con una gran influencia. Sin embargo, arrastran el mismo desgaste que sus cómplices. Según Castells “lo irónico es que como los medios de comunicación desempeñan un papel en la propagación de los escándalos y la deslegitimación de  las instituciones, corren el riesgo de perder su propia legitimidad ante su audiencia”. 


Artículo disponible en Ssociólogos.com

miércoles, 26 de junio de 2013

DOS DÉCADAS DE CORRUPCIÓN EN ESPAÑA: ¿Saqueo sistemático o expresión mediática de la lucha por el poder?


Los españoles conviven diariamente con los escándalos de corrupción en los medios de comunicación. El caso Bárcenas sólo es el último de una larga lista de escándalos que comenzó su deriva mediática hace veinte años con el caso Roldán. El número de casos que actualmente copan las páginas de los periódicos y los minutos en las radios y televisiones es preocupantemente largo: el caso Noos que implica a la Familia Real española, el caso Gürtel –emparentado con el caso Bárcenas-, el caso Palma Arena, el caso Pallerols, los ERE de Andalucía, etc. Estos casos, entre otros, son noticia hoy. Ayer fueron otros y antes de ayer otros.  - Publicado en MBC Times.


Desde hace veinte años la política española está siendo sacudida por una tormenta de escándalos de corrupción prácticamente diarios. Es un bombardeo y la sensación que dejan en la opinión pública es que la corrupción se ha apoderado del país, por lo que la confianza de los ciudadanos en sus instituciones y en sus políticos está sufriendo un durísimo golpe. 

No es un escenario que pudiera o debería considerarse normal. Por ello cabe preguntarse si estas oleadas de corrupción son reales, si realmente existe este problema en nuestro país o si se trata de un espejismo mediático, una expresión de la sociedad del espectáculo en la que vivimos. ¿Están saqueando el país o se trata de una realidad publicada en los medios? Existen dos teorías que no tiene por qué ser excluyentes y que explico a continuación. 


La corrupción como un saqueo institucionalizado 

El catedrático de Derecho Administrativo, Alejandro Nieto, es autor de un libro titulado “La corrupción en la España democrática”. Explica que la corrupción es sistemática, una cuestión que responde al mismo diseño institucional y al mecanismo de funcionamiento del Estado desde la Transición que sería intrínsecamente corrupto.

Su tesis se resume en que los grandes partidos son los que controlan el Estado, un sistema de gobierno que llama “partitocracia”. Todos los miembros de los diferentes poderes y órganos estatales pertenecen a alguno de los grandes partidos que aprovechan las estructuras estatales para alimentarse de ellas. Es decir, el partido que gana las elecciones automáticamente se hace con el control de los recursos y estructuras públicas a través del nombramiento de los responsables de la administración. 

Se trata de centenares de personas que son puestas “a dedo” al frente de organismos o departamentos administrativos y controlan presupuestos y políticas públicas. Estas personas no son funcionarios, es decir, no han pasado un examen. Por ello su lealtad se debe a su partido que le ha puesto en ese lugar, no al Estado al que sirve. Esa lealtad se traduce en que, a cambio de las prebendas y sueldos relacionados con sus cargos en la administración, hacen lo que el partido les pide. 

Esto implica todos los niveles administrativos (local, autonómico y central), y los poderes del Estado (legislativo, ejecutivo y judicial). Es decir, se implica también a jueces y a funcionarios. El propio Alejandro Nieto lo explicó así en una entrevista en 2009 en el blog Fuerteventura Limpia: “Legalmente se les encomienda que vigilen, pero hay mecanismos de presión para evitar que cumplan con su deber. El sistema más sencillo es comprarlos, se les paga más de lo que se debe. A los buenos, a los dóciles, por unos caminos u otros se les aumenta el sueldo. Pero hay otro mecanismo que es más importante, que es la desmoralización: sus vetos, sus reparos, no se cumplen”. 

De hecho, los propios instrumentos fiscalizadores de la misma administración, como por ejemplo los tribunales de cuentas, tampoco sirven porque sus miembros son nombrados a dedo por los partidos políticos. 

Esto mismo ocurre con los jueces, que pertenecen a un poder supuestamente autónomo y que debería fiscalizar la acción administrativa. El problema reside en que sus máximos representantes también son nombrados por los partidos. Nieto explicó en esa misma entrevista que “el poder judicial no es independiente. Todos los días hay peleas políticas para nombrar a tal o cual juez, en el Supremo, en el Consejo General del Poder Judicial... quien tiene al juez, tiene la sentencia”. 

Esto impide que exista un poder controlador neutral que impida el saqueo de la administración. Como el propio Nieto aseguró en una entrevista a ABC el pasado 11 de diciembre de 2012, los jueces “tienen una responsabilidad enorme. Son los que tienen la última palabra y podrían hacer mucho más: atender los expedientes y sumarios en lugar de dejarlos dormir. Que la corrupción no se persiga correctamente se debe en gran parte a que los magistrados se atienen a los consejos de los políticos”.

Es decir, el problema de la corrupción en España reside en el control que ejercen los principales partidos sobre la estructura administrativa y estatal en su conjunto, impidiendo que existan resquicios que escapen a su influencia y que puedan servir para controlar sus actividades. 

Como afirmó Nieto en la entrevista antes mencionada en ABC: “Todos están corruptos hasta el tuétano. Cada partido tiene su área de corrupción y la ejerce donde, cuando y como puede. El que gobierna, que da las licencias y contrata, puede incurrir en ella. Cuando se descubre un escándalo, las demás formaciones no tienen ningún interés en que se continúe investigando porque pueden apuntarles a ellos. Por eso, el único modo de evitar que la población salga a la calle es callarse”. 

Sin embargo, existen otras teorías. La corrupción también puede ser un arma política muy poderosa utilizada en el campo de batalla moderno en la guerra entre los partidos en su lucha por el poder: los medios de comunicación. 



La corrupción como expresión de la lucha política en los medios 

El catedrático de sociología Manuel Castells explica que los medios de comunicación han sustituido al parlamento o la plaza pública como el lugar del debate político. Como dice en su libro “Comunicación y poder”: “Los medios de comunicación son el espacio donde se crea el poder”. La consecuencia de la política mediática es la adaptación de la política a las necesidades de los medios. Estos necesitan contar historias atractivas y “entretenidas”, y eso se hace mejor con un rostro humano que con las siglas de un partido. Así pues, la consecuencia es la personalización de la política.

Los electores buscan líderes de los que se puedan fiar, por lo que la (imagen de) honradez se convierte en uno de los pilares fundamentales para cualquier carrera política. O al revés, destruir la (imagen de) honradez del rival se convierte así en una de las prioridades de los contendientes políticos en su lucha por el poder. Aquí entran en juego los medios de comunicación, fundamentales para llevar a cabo el ataque decisivo entre políticos y difundirlo entre sus electores: el escándalo. 

El problema es que este enfrentamiento basado en el escándalo se ha generalizado de tal manera que ya es lo habitual. Como dice Castells, “la política del escándalo es una forma de lucha por el poder más enraizada y típica que el desarrollo ordenado de la competencia política de acuerdo con las leyes del estado”. 

Es decir, el escándalo de corrupción es parte de la munición habitual en la lucha diaria por el poder, un hábito que en España comenzó a partir de 1993 cuando el socialista Felipe González ganó las elecciones contra todo pronóstico y el PP comenzó a usar los escándalos para hacer caer su gobierno (casos Roldán, Filesa, GAL, Mariano Rubio, etc.). 


El escándalo político en España es pues un arma que se utiliza de manera indiscriminada y abusiva, sin tener en cuenta las consecuencias. Existen y son muy peligrosas, ya que como explica Castells, “Parece haber una conexión, si bien mediada y compleja, entre la política mediática, la política del escándalo y la disminución de la confianza en las instituciones políticas”. 


Teniendo en cuenta el constante bombardeo al que están expuestos, no es casualidad que los españoles confíen cada vez menos en sus representantes públicos. Según el Centro de Investigaciones Sociológicas, “Los políticos en general, los partidos políticos y la política” son considerados por los encuestados el tercer problema más importante de España desde octubre de 2009.


La percepción de la política como un problema está aumentando. Así, si hace tres años y medio lo pensaba un 13,3% de los encuestados, en febrero de este año lo consideran así el 30,3%. En comparación, en septiembre de 1993 –el año de la última victoria electoral de Felipe González- sólo el 2,8% de los encuestados identificaron a los políticos como un problema. En cambio, en marzo de 1996, el mes de la primera victoria electoral del PP en una generales tras los escándalos que salpicaron al PSOE, un 14,7% de los encuestados desconfiaba de la política. ¿Casualidad o fruto de un proceso mediático basado en la política del escándalo? 


Los medios de comunicación son, por lo tanto, fundamentales en las luchas por el poder de las organizaciones políticas y cómplices necesarios para la puesta en práctica de la política del escándalo. Sin embargo, los medios deben tener cuidado ya que juegan con fuego. Manuel Castells afirma que “lo irónico es que como los medios de comunicación desempeñan un papel en la propagación de los escándalos y la deslegitimación de las instituciones, corren el riesgo de perder su propia legitimidad ante su audiencia”. Es lo que el profesor David Fan llama el mensajero suicida.


Los medios de comunicación se han convertido en el lugar central en el que se desarrolla la lucha política. Eso tiene la ventaja de que así se aseguran una audiencia millonaria y que se convierten en actores con una gran influencia. Sin embargo, arrastran el mismo desgaste que sus cómplices. 


Según una encuesta del Instituto Gallup publicada en septiembre de 2012, un 60% de los estadounidenses –país en el que la política del escándalo es una constante- desconfía de los medios de comunicación de masas. En España la cifra de los que no confían en los medios de masas es del 50%, según el último “Trustbarometer” de la consultora Edelman publicado el pasado 20 de enero. 


La corrupción, ¿causa o consecuencia?

En resumen, ambas tesis explican la oleada de escándalos de corrupción en España de los últimos veinte años como una causa o como una consecuencia. Como causa de un diseño de la organización del estado desde la Transición que propicia el saqueo de los recursos públicos por la llamada “partitocracia”, como la llama Alejandro Nieto. O como consecuencia de una estrategia mediática de lucha política enfocada a desprestigiar al rival en la (legítima) lucha por el poder, como explica Manuel Castells. 


En todo caso sea causa o consecuencia del funcionamiento del sistema político, el prestigio de dicho sistema está por los suelos y la desconfianza en las antiguas formas de hacer política crece cada día más. Tanto si la corrupción, o mejor dicho su percepción en la opinión pública, es una causa o una consecuencia de la labor de los partidos políticos tradicionales, éstos están obligados a diseñar nuevas formas de relacionarse con la sociedad que descarten los escándalos de corrupción para siempre. Si quieren conservar su legitimidad como representantes de la ciudadanía y del propio sistema democrático parlamentario, claro.




martes, 19 de febrero de 2013

LA PRENSA Y LOS ESCÁNDALOS POLÍTICOS: EL CÓMPLICE NECESARIO


La política española está siendo sacudida por una tormenta de escándalos de corrupción que diariamente son publicados en los medios de comunicación. La sensación que dejan estos escándalos en la opinión pública es que la corrupción se ha apoderado del país, por lo que la confianza de los ciudadanos en sus instituciones y en sus políticos está sufriendo un durísimo golpe. Pero esa desconfianza también afecta a los medios de comunicación, el mensajero suicida que traslada estos escándalos hasta los ciudadanos.   


El caso Bárcenas sólo es el último de una larga lista de escándalos de corrupción españoles. La lista de los que actualmente copan las páginas de los periódicos y los minutos en las radios y televisiones es preocupantemente larga: el caso Noos que implica a la Familia Real española, el caso Gürtel –emparentado con el caso Bárcenas-, el caso Palma Arena, el caso Pallerols de financiación ilegal de Unió Democràtica de Catalunya, etc. Estos casos, entre otros, son noticia hoy. Ayer fueron otros y antes de ayer otros. Los españoles conviven con los escándalos de corrupción en los medios de comunicación prácticamente desde hace veinte años. Y no es casualidad.

 

El catedrático de sociología Manuel Castells explica que los medios de comunicación han sustituido al parlamento o la plaza pública como el lugar del debate político. Como dice en su libro Comunicación y poder: “Los medios de comunicación son el espacio donde se crea el poder”. La consecuencia de la política mediática es la adaptación de la política a las necesidades de los medios. Estos necesitan contar historias atractivas y “entretenidas”, y eso se hace mejor con un rostro humano que con las siglas de un partido. Así pues, la consecuencia es la personalización de la política.

 

Ataque a la honradez del rival


Los electores buscan líderes de los que se puedan fiar, por lo que la (imagen de) honradez se convierte en uno de los pilares fundamentales para cualquier carrera política. O al revés, destruir la (imagen de) honradez del rival se convierte así en una de las prioridades de los contendientes políticos en su lucha por el poder. Aquí entran en juego los medios de comunicación, fundamentales para llevar a cabo el ataque decisivo entre políticos y difundirlo entre sus electores: el escándalo.

 

El problema es que este enfrentamiento basado en el escándalo se ha generalizado de tal manera que ya es lo habitual. Como dice Castells, “la política del escándalo es una forma de lucha por el poder más enraizada y típica que el desarrollo ordenado de la competencia política de acuerdo con las leyes del estado”.



Es decir, el escándalo de corrupción es parte de la munición habitual en la lucha diaria por el poder, un hábito que en España comenzó a partir de 1993 cuando el socialista Felipe González ganó las elecciones contra todo pronóstico y el PP comenzó a usar los escándalos para hacer caer su gobierno (casos Roldán, Filesa, GAL, Mariano Rubio, etc.).  



La política como “problema”

El escándalo político en España es pues un arma que se utiliza de manera indiscriminada y abusiva, sin tener en cuenta las consecuencias. Existen y son muy peligrosas, ya que como explica Castells, “Parece haber una conexión, si bien mediada y compleja, entre la política mediática, la política del escándalo y la disminución de la confianza en las instituciones políticas”.


Teniendo en cuenta el constante bombardeo al que están expuestos, no es casualidad que los españoles confíen cada vez menos en sus representantes públicos. Según el Centro de Investigaciones Sociológicas, “Los políticos en general, los partidos políticos y la política” son considerados por los encuestados el tercer problema más importante de España desde octubre de 2009.


La percepción de la política como un problema está aumentando. Así, si hace tres años y medio lo pensaba un 13,3% de los encuestados, en febrero de este año lo consideran así el 30,3%. En comparación, en septiembre de 1993 –el año de la última victoria electoral de Felipe González- sólo el 2,8% de los encuestados identificaron a los políticos como un problema. En cambio, en marzo de 1996, el mes de la primera victoria electoral del PP en una generales tras los escándalos que salpicaron al PSOE, un 14,7% de los encuestados desconfiaba de la política. ¿Casualidad o fruto de un proceso mediático basado en la política del escándalo?
 

El “mensajero suicida”

Los medios de comunicación son, por lo tanto, fundamentales en las luchas por el poder de las organizaciones políticas y cómplices necesarios para la puesta en práctica de la política del escándalo. Sin embargo, los medios deben tener cuidado ya que juegan con fuego. Manuel Castells afirma que “lo irónico es que como los medios de comunicación desempeñan un papel en la propagación de los escándalos y la deslegitimación de  las instituciones, corren el riesgo de perder su propia legitimidad ante su audiencia”. Es lo que el profesor David Fan llama el mensajero suicida.


Los medios de comunicación se han convertido en el lugar central en el que se desarrolla la lucha política. Eso tiene la ventaja de que así se aseguran una audiencia millonaria y que se convierten en actores con una gran influencia. Sin embargo, arrastran el mismo desgaste que sus cómplices.


Según una encuesta de Gallup publicada en septiembre de 2012, un 60% de los estadounidenses –país en el que la política del escándalo es una constante- desconfía de los medios de comunicación de masas. En España la cifra de los que no confían en los medios de masas es del 50%, según el último “Trustbarometer” de la consultora Edelman publicado el pasado 20 de enero.


Los medios de comunicación y la lucha política han entrado en una espiral autodestructiva muy preocupante para sus intereses. Tanto más si se tiene en cuenta que la revolución de internet ha roto los monopolios tradicionales de la comunicación.

martes, 5 de febrero de 2013

EL SECRETO DEL ÉXITO DE UPyD: EL MARCO DE “TODOS LOS POLÍTICOS SON CORRUPTOS”


Estos días resulta difícil para los políticos reconocer públicamente su condición. El ‘caso Bárcenas’ es un terremoto que está sacudiendo el sistema de partidos de España y golpeando seriamente la reputación de los representantes públicos, ya muy maltrecha por la crisis. Se ha impuesto el marco de “todos son unos ladrones”. Pero no todos los políticos lo sufren por igual. Según las encuestas de Metroscopia para El País y de GESOP para El Periódico publicadas el pasado 3 de febrero, el PP se desploma, el PSOE se mantiene igual y UPyD sube como la espuma.

 
Según Metroscopia (que basa sus datos partiendo de una participación del 53%, de la más baja registrada) el PP baja en febrero a un 23,9% de intención de voto, colocándose prácticamente igual que el PSOE al que machacó en las elecciones generales de noviembre de 2011 con casi cuatro millones de votos de diferencia. Según la encuesta de GESOP, este desplome del PP se traduciría en la pérdida de 50 escaños en el Congreso.

 
La bajada del PP fue especialmente acuciante en el mes de enero, durante el cual se ha escenificado el ‘caso Bárcenas’, y del que en apariencia el PSOE no sale perjudicado -ya que mantiene la misma intención de voto en torno al 23%- pero del que tampoco se beneficia. Es la ruptura del llamado ‘balancín electoral’ ya anunciada hace meses.
 

Barómetro de GESOP.


Encuesta de Metroscopia.


 
Si hay un gran vencedor de esta crisis este es UPyD. Según Metroscopia, en enero su intención de voto subió en un 3,5%, pasando del 10,1% al 13,6% actual. Es una subida espectacular en sólo un mes que confirma una tendencia ascendente y que, según GESOP, podría hoy proporcionarle a esta formación entre 23 y 26 diputados en el Congreso donde ahora sólo tiene cinco. Además, su líder Rosa Díez es la mejor valorada de los dirigentes políticos, según Metroscopia.


A por los ‘engañados’

Las causas de este ascenso son muchas y variadas. Por un lado, una vez nutrido de votantes del PSOE desencantados durante las elecciones de 2011, UPyD se está centrando ahora en captar a votantes del PP enfadados, muchos de los cuales apostaron por la derecha en 2011 decepcionados con la gestión de Zapatero y que ahora se sienten a su vez engañados por Rajoy. Son votantes que desconfían de los dos grandes partidos de los que se sienten defraudados.  


En su estrategia de captación de votos desencantados UPyD tiene un objetivo claro: los airados. Manuel Castells explica en su libro Comunicación y Poder que los sentimientos son fundamentales para explicar la toma de partido por parte de la opinión pública. En un contexto de crisis, los sentimientos más presentes son la ira y el miedo causado por la angustia y la incertidumbre. Explica Castells que “incluso en una crisis económica, lo que organiza el pensamiento y la práctica política de la gente es la respuesta emocional personal y no un cálculo razonado sobre cómo responder mejor a una crisis”.   


UPyD lo sabe y basa su discurso en los asuntos que más ira despiertan entre el electorado: el ataque a la llamada “clase política”, a sus privilegios, y a la corrupción. No se centran en los asuntos que mayor miedo provocan, como el desempleo. Por lo tanto no proponen planes de empleo o proyectos de cómo salir de la crisis. Saben que no lo necesitan. Según Castells, el público busca confirmar sus sentimientos, no información: “Las personas suelen recordar mejor la información que confirma los resultados u objetivos que desean”. Por eso UPyD sólo se centra en la ira que siente la opinión pública. Y esa estrategia funciona.


Un marco ‘antisistema’: “los políticos son unos ladrones”

UPyD es el gran beneficiario del marco actualmente en boga: “Todos los políticos son unos corruptos”, un proceso que es, al fin y al cabo, mental. Manuel Castells explica así el protagonismo de la mente en la teoría de marcos del científico George Lakoff: “Los marcos son redes neuronales de asociación (…). Enmarcar significa activar redes neuronales”. Estos marcos se nutren de imágenes y discursos que asociamos previamente y que situamos juntos en un mapa mental. Es decir, son las imágenes que asociamos y sumamos inconscientemente hasta crear un marco.


Por ejemplo, durante años los marcos clásicos en política eran el de la justicia social en la izquierda o el de la buena gestión económica en la derecha. Teníamos en mente que si algún partido iba a tender a buscar la igualdad serían los de izquierda, y que si alguien iba a bajar impuestos sería la derecha. Ahora ambos marcos están siendo derrotados por el de “los políticos son unos ladrones” y que afecta tanto a PSOE como a PP.   


El proceso hasta llegar a asociar a “los políticos” con la corrupción y el despilfarro comenzó hace tiempo, pero explotó con el 15 M en 2011. Evidentemente se creó al margen de las élites políticas, pero sorprendentemente gracias a la inestimable  colaboración de los medios de comunicación tradicionales y sustentados por los grandes grupos mediáticos. No en vano, como dice Castells, “los medios de comunicación son el espacio donde se crea el poder”.


En concreto, los medios adscritos a la izquierda fueron los que primero “dignificaron” estas protestas en la Puerta del Sol. Hace unos años, una protesta contra el sistema político hubiera sido marginal y marginada por estos medios. Hoy cuenta con la cobertura en directo no sólo de los medios de autocomunicación de masas en internet (medios alternativos, blogs, vídeos, redes sociales), sino con la presencia de cámaras de televisión que contribuyen a situarlas en la agenda, a convertirlas en legítimas y en multiplicar así el número de asistentes gracias a un efecto llamada: una manifestación que sale en la tele y de la que se habla bien sólo puede ser buena.


¿Por qué apoyan estos medios de comunicación a estas movilizaciones? La lucha entre el Grupo Prisa y Mediapro –ahora el Grupo Planeta- sería fundamental para comprenderlo. El País y la Cadena Ser por un lado, y La Sexta (y antes Público) por el otro, pugnan por el mismo perfil de audiencia. Y en su lucha hacen lo mismo que UPyD: se dirigen a los airados y tratan de confirmar sus creencias en las noticias que publican. Así, las noticias que tienen preferencia son siempre aquellas que sirven para fortalecer el marco de que los “políticos son unos ladrones”. Es la pescadilla que se muerde la cola.


Paradójicamente el mayor beneficiario de la construcción de este marco, UPyD, se sitúa al margen del circuito de estos medios más activos en la retransmisión de las protestas y de las organizaciones que las convocan. UPyD rompe la ley de “lo que no sale en los medios no existe”. Sus dirigentes no fueron a la Puerta del Sol el 15 M, no rodearon el Congreso y no van a Génova a manifestarse. Pero sí están en las mismas instituciones que se critican tan ferozmente y aún así cosechan los beneficios de  estos actos de protesta.