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jueves, 21 de junio de 2012

LOS SEIS MESES MÁS LARGOS DE RAJOY


Hoy se cumplen seis meses de Mariano Rajoy al frente del Gobierno de España, seis meses muy intensos y llenos de decisiones polémicas marcadas por la crisis y que en las últimas semanas han desembocado en la intervención financiera europea en España. ¿Hay rescate o no? ¿Y si es así por cuanto y para qué? Estas son las preguntas que el Gobierno no ha respondido o lo ha hecho de manera confusa e incompleta. Y es que si algo ha caracterizado a estos primeros meses del Gobierno del PP ha sido su intento de alejar la imagen de Rajoy de la crisis para no desgastarla. Por el momento están consiguiendo todo lo contrario.


El pasado 20 de noviembre el PP arrasó en España. Nunca un partido político consiguió tantos votos y tantos escaños en el parlamento como en esas elecciones generales. El Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero estaba absolutamente desgastado por la crisis y eso afectó evidentemente a la marca PSOE y a su candidato Alfredo Pérez Rubalcaba. Fue una campaña extraña, en la que todo el mundo conocía el resultado. Sin embargo, el PP jugó la baza de la confianza frente al fracaso de gestión socialista. En concreto, Rajoy se presentó como el candidato del empleo, cuestión que declaró como prioridad absoluta. Y arrasó.


Este fue precisamente el primer frente polémico de su gestión. La reforma laboral, retrasada conscientemente por el Gobierno todo lo posible para poder ser aprobada después de las elecciones andaluzas y asturianas, resultó ser un instrumento para el despido fácil que solamente satisfizo a los empresarios más neoliberales, mientras dejaba desprotegidos a los trabajadores. La consecuencia: más desempleo y una huelga general.


Políticamente resultó un fallo estratégico importante para el PP, ya que la Unión Europea presionó a Rajoy para aprobar la reforma cuanto antes, lo que obligó al Ejecutivo a hacerlo antes de la cita electoral en Andalucía y Asturias. Consecuencia: dos elecciones que parecían ganadas por el PP se le escaparon literalmente de las manos.


Primer balance: Cuatro meses después de llegar a la Moncloa Rajoy ya llevaba una huelga general y dos elecciones regionales perdidas a pesar de un PSOE hundido en las encuestas. Pero quedaba lo peor.



El rescate que no es un rescate

Una vez que se había calmado (temporalmente) la tormenta en torno a Grecia y se había confirmado el cambio de rumbo en Francia con la elección de Hollande, los focos de la crisis se centraron en España. La causa era el gran agujero de las cajas de ahorro visualizado en el escándalo de Bankia.


El día después de que el BCE se reuniera en Barcelona dimitió el presidente de Bankia, Rodrigo Rato, y se destapó un enorme agujero en la entidad causado por la devaluación del ladrillo y millares de hipotecas impagadas y pisos y locales vacíos en manos de la entidad sin poder ser vendidos. Había explotado la burbuja en el lugar más peligroso. Aunque era algo que se sabía que iba a suceder, aparentemente nadie tomó ningún tipo de medida. Incluso Rajoy negó públicamente que fuera a producirse un rescate de la banca. Ahora se trata de contabilizar ese agujero, no sólo en Bankia, sino en el resto de cajas y bancos.


La falta de información fue la respuesta del Gobierno, que consecuentemente veía como subía la prima de riesgo a cotas históricas (100 puntos por encima del verano desastroso de 2011 en el que Zapatero se vio obligado a adelantar las elecciones).   


Finalmente el Eurogrupo reaccionó y aceptó poner 100.000 millones de euros a disposición de España. Pero necesitaba saber cuánto necesitaba realmente el sector financiero español para no desplomarse (y con ello hacer desaparecer el dinero de los ahorradores, es decir, de todos nosotros), una información que no se ha hecho pública hasta hoy, casi dos semanas después: 62.000 millones de euros.


Mientras tanto, Mariano Rajoy primero desapareció y delegó en Luis de Guindos la explicación del Gobierno. Al día siguiente compareció ante los periodistas, pero para negar que España estaba siendo rescatada, que Europa le había presionado para aceptar el dinero, y que los 100.000 millones fueran a computar como deuda pública. Su mensaje fue básicamente que esta inyección de dinero era una muy buena noticia y que prácticamente venía del cielo gracias a sus esfuerzos. El rey escenificó este mensaje con un sonoro “enhorabuena” a Rajoy y de Guindos en una recepción en Zarzuela.


Mientras Rajoy afirmaba todo eso en rueda de prensa, los medios de comunicación europeos –en concreto de aquellos países que van a poner los 100.000 millones- desmentían al presidente del Gobierno: Europa impuso las condiciones y el dinero será garantizado por el Estado español, es decir, se sumará a la deuda pública. Parece que Rajoy trataba de engañar a los españoles con la esperanza de que no leerían la prensa extranjera. No fue así, pero Rajoy fue al fútbol a ver empatar a la selección española contra Italia en Polonia.


Seis meses después el balance de Rajoy es el siguiente: una huelga general por la reforma laboral, aumento del desempleo, la pérdida de las elecciones en Asturias y Andalucía, la explosión de la burbuja inmobiliaria en el sistema financiero y el rescate de España por Europa a cambio de unas condiciones que aún se desconocen y de endeudar a los españoles por 100.000 millones de euros más. Todo esto sin contar los recortes a las políticas sociales llevadas a cabo por los gobiernos regionales pero alentadas y dirigidas por la Moncloa.


Han sido seis meses muy intensos. Es cierto que en el primer año del mandato de un Gobierno no está obligado a celebrar un Debate sobre el Estado de la Nación, pero han ocurrido muchas cosas en ese tiempo, más que en una legislatura en condiciones normales.


Mariano Rajoy, por supuesto, ha elegido no celebrar ese debate.

lunes, 11 de junio de 2012

NORTE Y SUR, EUROPA DIVIDIDA

La crisis ha dividido Europa. Si siempre han existido diferencias entre países ricos y pobres, esta división ahora supone para sus ciudadanos la diferencia entre una existencia desahogada y relativamente segura por un lado y la incertidumbre y el miedo por el futuro por el otro. Estos sentimientos están claramente definidos en el mapa y nítidamente separados por las fronteras que Europa, se supone, había desmantelado.


Existe un centro-norte europeo económicamente próspero y por tanto políticamente poderoso capitaneado por Alemania, y un cinturón de países del sur, mediterráneos y católicos (excepto Grecia) que están siendo arrollados por la crisis. España está en este último grupo y ya ha perdido el último y ficticio resquicio de soberanía y orgullo nacional al admitir la necesidad de un rescate de su economía, aunque Rajoy se empeñe en no llamarlo así y en tratar de no admitir la realidad.


El presidente español sabe que reconocer el rescate de la economía española supondría un duro golpe a su gestión política y a su continuidad en La Moncloa. Por lo tanto los 100.000 millones de euros concedidos por el Eurogrupo no irán directamente al Estado español sino que llegarán por un desvío: los bancos y cajas, que a cambio tendrán que conceder créditos.


Rajoy y el Gobierno usan este argumento para negar que Europa haya rescatado a la administración española y, por tanto, que su Gobierno necesite ayuda. Según este relato -en el que insistió Rajoy en su comparecencia ante los periodistas- los malos gestores habrían sido los bancos y las cajas (que no dejan de ser bancos públicos) y deberán ser ellos los que acarreen con el rescate y con sus consecuencias, y no el Estado y mucho menos los ciudadanos.


Sin embargo, los medios de comunicación europeos, en concreto los de aquellos países de los que provendrán los 100.000 millones de euros, sobre todo Alemania, no cuentan lo mismo. El semanario alemán Der Spiegel explicó en su edición digital que ha sido Europa la que ha impuesto el rescate a España –Rajoy por su parte afirmó que nadie le había presionado- y que serán España y los españoles los que se responsabilicen de la devolución de este dineral, y no los bancos ni las cajas como ha dicho Rajoy.


100.000 millones ¿para qué a cambio de qué?

Los españoles no saben si ese dinero servirá para recuperar su economía y, sobre todo, ignoran la hipoteca que tendrán que pagar por este préstamo. Por otro lado, los contribuyentes de los países prósperos no saben para qué exactamente se usará el  dinero de sus impuestos y, sobre todo, si tendrá efecto alguno.    


Según una encuesta publicada por el diario alemán Bild am Sonntag, un 66% de los encuestados se muestra contrario a que su dinero sea utilizado para capitalizar los bancos españoles. Por otro lado, según una encuesta de Metroscopia publicada por el Diario El País, un 74% de los encuestados considera que la actuación de Alemania en la crisis es negativa. Dos puntos de vista procedentes de ambos lados de la crisis.   

Estas encuestas reflejan perfectamente el principal problema que se está creando con esta crisis: la desconfianza y animadversión entre los propios ciudadanos europeos, al margen ya de sus élites políticas.


El ciudadano alemán medio se siente estafado. Ha gastado mucho dinero. Después de haber sufrido una serie de reformas muy duras hace una década que recortaron su confortable estado del bienestar, después de haber pagado millones cada año para reflotar la mitad oriental del país tras la caída del muro y después de ser desde siempre el país que aporta dinero a Europa sin recibir ni un céntimo, su paciencia está a punto de acabarse.


El ciudadano español también se siente estafado. Por la clase política y los bancos, los que hace unos años le dijeron que podía endeudarse sin problemas, que podía comprarse un piso carísimo por la especulación –y no por ello de buena calidad-, un coche nuevo e irse de vacaciones a lugares cada vez más lejanos y exóticos a pesar de tener uno de los sueldos más bajos de Europa. Fueron estos políticos y empresarios los mismos que decían que España era el milagro económico de Europa y un modelo a seguir, hasta que la burbuja estalló y la gente no podía seguir pagando su nivel de vida.


Los alemanes no entienden que tengan que pagar de su bolsillo las deudas españolas, y los españoles no entienden que los alemanes les quieran poner condiciones para sacarles de un fuego del que no se sienten responsables. Son las dos caras de la misma crisis, pero también son dos voces de un mismo proyecto político ahora gravemente dañado: Europa.


El contribuyente alemán tiene que aprender que sus fronteras no acaban en el Rin o el Oder, sino en Tarifa y los Cárpatos, y el español –en concreto su clase política y empresarial- tienen que aprender que Europa no es la ‘vaca lechera’ que se puede ordeñar sin límite para financiar cualquier gasto. Europa es algo más, pero para que así sea sus ciudadanos tienen que madurarlo y dar el siguiente paso.

martes, 3 de abril de 2012

LAS REFORMAS DEL PP: VACIANDO EL ESTADO

Las políticas de reformas del gobierno del Partido Popular están recortando el papel del Estado como ningún partido había hecho antes en la historia de España. Escondido entre argumentos de carácter económico y de viabilidad financiera, con cada recorte de medios y de competencias el PP está regalando a la iniciativa privada nuevos campos de actuación que antes estaban reservados a la acción estatal, comprendida esta en sus tres niveles: nacional, autonómico y municipal.

No se trata solamente de la clásica privatización de empresas y sectores públicos. Con cada recorte de ayudas, con cada ‘flexibilización’ de las normas a favor de las leyes del mercado, el Estado pierde su papel fundamental de corrector de desigualdades y de protector de los ciudadanos más débiles. Es decir, con las reformas y recortes, el PP rompe el contrato social del Estado con los ciudadanos y provoca una pérdida de legitimidad del actual marco estatal entre la población.

Es decir, si la legitimidad del Estado se basaba en las obligaciones pero también, y sobre todo, en los derechos de los ciudadanos, con la pérdida de esos derechos las obligaciones se hacen cada vez más onerosas e injustas, ya que no  se recibe nada a cambio. Se pierde el principio de que a cambio de los impuestos y de una serie de comportamientos se garantizan una serie de derechos y de bienes. Con la pérdida de derechos y el aumento de la carga de las obligaciones, la legitimidad del Estado se reduce cada vez más a su condición de monopolista de la violencia (con permiso de las empresas de seguridad privada) y no de Estado social.

Menos derechos y más obligaciones
En concreto, la reforma laboral y los Presupuestos Generales del Estado aprobados por el Gobierno de España van en esa dirección. La reforma laboral supone unos cuantos pasos hacia atrás del papel del Estado como garante de los derechos de los trabajadores, que ahora se encuentran cada vez más desprotegidos y a merced de la “mano invisible” del mercado. Por su parte, los presupuestos más restrictivos de la historia suponen la retirada de la presencia del Estado en muchos y muy importantes ámbitos, sobre todo en lo que respecta a su papel de redistribuidor de las rentas.

La amnistía a los defraudadores fiscales señala una derrota en toda regla del Estado y de su papel fundamental de garante y ejecutor de las leyes. El Estado ha señalado con esta medida su incapacidad para hacer respetar su papel, es decir, para obligar a los defraudadores a cumplir con su obligación mientras elimina derechos a la mayoría y aumenta sus obligaciones, como es la subida de los impuestos en el IRPF.

Más impuestos y a cambio amnistía para los que no los pagan. Menos derechos sociales para todos y menos ayudas estatales para los más débiles. La pregunta que se podrían hacer los ciudadanos es muy simple: ¿Por qué participo en esto? Un golpe directo a la legitimidad del Estado. Pero este golpe también va dirigido a la que para muchos es la culpable de esta situación: Europa.

Es la Unión Europea quien alienta estos recortes pero a cambio no es capaz de recordar los beneficios de ser miembro del club europeo. Es cierto que los trabajadores españoles pueden (y deben) emigrar a otros países europeos sin trabas burocráticas para buscar empleo. Es cierto que el Euro ha ayudado a España a fortalecer su economía en la época de vacas gordas. Y es cierto que España se ha beneficiado de las muchas y generosas ayudas europeas en la construcción de infraestructuras y en la agricultura. Pero ahora toca sufrir, y no está claro que los beneficios superen a los sacrificios.

El miedo se llama Grecia. No acabar como Grecia, no ser como los griegos. No estamos tan mal, no podemos caer en eso. Este es el mensaje que trata de justificar todas las reformas y recortes destinados, en principio, a salvar el Estado. Sin embargo, ¿no somos ya un Estado cada vez más vacío?

viernes, 9 de diciembre de 2011

EL SILENCIO DE RAJOY, ¿ESTRATEGIA O NECESIDAD?

El pasado 6 de diciembre en la recepción en el Congreso de los Diputados por motivo de la festividad de la Constitución, los medios de comunicación coincidían en señalar a un Alberto Ruiz-Gallardón “visiblemente nervioso”. Especulaban que podría deberse a la incertidumbre sobre su posible participación en el futuro Gobierno de España, cuya composición sigue siendo uno de los secretos mejor guardados del presidente electo, Mariano Rajoy. Los medios de comunicación subrayaban así su impotencia a la hora de conocer los nombres de las personas que acompañarán a Rajoy en el Consejo de Ministros. Existen muchas especulaciones, pero ninguna confirmación. Por lo tanto, y a escasos días de la formación del nuevo Ejecutivo, el propio silencio de Rajoy se ha convertido en objeto de análisis. ¿Se debe a una estrategia o a una necesidad?

El todavía presidente en funciones, José Luis Rodríguez Zapatero, seguía una política de comunicación muy diferente. Además de no rehuir las cámaras ni los micrófonos cuando todavía era presidente electo, se fueron filtrando los nombres de los futuros ministros, de manera que no hubo sitio para sorpresas el día de la formación del Gobierno. Los socialistas más eminentes no tuvieron que sufrir demasiado tiempo esperando una llamada a su móvil. El proceso transcurrió relativamente deprisa.
 
Sin embargo, el estilo de Rajoy es completamente contrario. No es que solamente no se da ninguna pista sobre los futuros miembros del Gobierno, sino que Rajoy mantuvo silencio absoluto sobre cualquier tema desde la noche electoral del 20 de noviembre hasta la fiesta de la Constitución. Sus colaboradores más estrechos trataban de calmar a los periodistas, que ya comenzaban a criticar esta actitud como falta de transparencia.

El silencio como estrategia
Podría tratarse de una estrategia, de una manera de preparar a los medios ante lo que será seguramente un estilo de comunicación completamente nuevo, más escueto y menos permeable a las demandas periodísticas. Si el silencio de Rajoy es una estrategia, podría estar ‘educando’ a los medios y dando a entender que la agenda política la marca el Gobierno, y no los periodistas. Uno de los errores estratégicos que se achaca al Gobierno de Zapatero es que era demasiado dependiente de la agenda mediática y que esa actitud llegó incluso a mediatizar su labor de Gobierno. Es decir, que gobernaba a golpe de titular.

Si el silencio de Rajoy es una estrategia de comunicación está por ver si será capaz de dictar la agenda en vez de ser su esclavo. Todos los políticos pretenden conseguir este objetivo cuando llegan al poder pero terminan dependiendo de la opinión publicada, por el momento el elemento más importante y decisivo para conformar la opinión pública. Es como si una cadena de televisión privada lanzase una programación siguiendo un estilo propio y con la intención de mantenerlo al margen de su audiencia. Al final acaba por transigir.

El silencio como necesidad
Sin embargo, cabe la posibilidad de que el silencio de Rajoy se deba a una necesidad. Aunque el PP cuenta hoy con el mayor poder institucional de la democracia española, la victoria no ha proporcionado a sus filas la unidad en torno al líder que se podría suponer. El sector más conservador o de derechas, encabezado por Esperanza Aguirre, está comenzando a atrincherarse en la Puerta del Sol ante la enorme fuerza adquirida por Rajoy y sus colaboradores, entre ellos el alcalde de Madrid Ruiz-Gallardón, ‘enemigo íntimo’ de la presidenta regional. Dicen los periodistas que la reciente sustitución de Francisco Granados al frente del PP madrileño por el vicepresidente Ignacio González se debe interpretar en estas coordenadas.

Rajoy no olvida que en 2008 Aguirre encabezó la oposición a su reelección como líder del PP, y ahora ella teme represalias. Y es que Rajoy cuenta a partir de ahora con la administración pública central, la mejor herramienta para comprar o renovar voluntades. Si juega bien sus bazas podría utilizar este mecanismo para vaciar de poder a sus contrincantes, aunque calculando bien para no ofender a sus partidarios de primera hora. No sería justo, podrían pensar, que se recompensase de la misma manera a un fiel seguidor que a un rival.

¿Se debe a esto el silencio de Rajoy? ¿Estará configurando el Gobierno de España con el objetivo de conseguir la paz interna en el PP? En todo caso esto solamente podrá comprobarse cuando se sepan los nombres del futuro Gobierno. Hasta entonces, silencio.