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domingo, 27 de septiembre de 2015

¿Está muriendo la identidad nacional en plena globalización?

En plena globalización las personas de distintas partes del mundo están más interconectadas que nunca. Una de las consecuencias de esta cercanía es que, en teoría, es posible superar las limitaciones físicas y culturales impuestas tradicionalmente por los estados-nación que estarían en decadencia, en pleno proceso de lenta pero imparable desaparición de las fronteras. Este proceso afectaría también a nuestra identidad, que dejaría de ser estrictamente nacional. Sin embargo, según el profesor Michael Billig, la globalización no está haciendo que la nación esté desapareciendo como la principal identidad del individuo. De hecho, el uso de la identidad nacional estaría presente en todas partes. Estaríamos ante un tipo de “nacionalismo banal”, más vivo que nunca.

Un día cualquiera en la Plaza de Cibeles, en pleno centro neurálgico de Madrid. La estatua de la antigua diosa romana se encuentra rodeada de mástiles, todos ellos con una bandera de España ondeando al viento. Sin ser un día especial o sin que se produzca ningún tipo de celebración nacional, es posible contar hasta 14 banderas rojigualdas desplegadas en torno a la Cibeles, más otras enseñas de España ondeando en las fachadas de los edificios oficiales que rodean la plaza. Otro ejemplo. Subiendo por el Paseo de Recoletos, a unos cuantos cientos de metros de distancia de Cibeles, una enorme bandera de España domina el cielo en la Plaza de Colón, mientras que otras decenas de edificios presentan más banderas sin que exista un motivo especial aparente.

Son solamente algunos ejemplos de la multitud de banderas españolas con las que cualquier ciudadano nos encontramos a diario en Madrid o en cualquier otra ciudad del país, aunque raras veces nos damos cuenta realmente de que están ahí. Entonces, ¿por qué y para qué sirven tantas banderas?

El profesor Michael Billig defiende en su libro “Nacionalismo banal” que no solamente en los lugares en pugna por crear un estado-nación, sino también “en las naciones consolidadas, la nacionalidad se “enarbola” o recuerda de forma continua. Las naciones consolidadas son aquellos Estados que tienen confianza en su propia continuidad y que, concretamente, forman parte de lo que convencionalmente se califica como ‘Occidente’”. Si estos estados ya se han consolidado como estados-nación, ¿por qué insisten en visibilizar los símbolos de esa nación que aparentemente no corre peligro y que cuenta con un apoyo y una legitimación mayoritaria?


Según Billig, esto es así porque “la nacionalidad suministra un telón de fondo continuo a sus discursos políticos, a sus productos nacionales e, incluso, a la estructuración de los periódicos. De sutiles e innumerables formas se recuerda diariamente a la ciudadanía cuál es su lugar nacional en el mundo de las naciones. Sin embargo, la forma de recordarlo resulta tan familiar, tan constante, que no se registra de manera consciente como un recordatorio. La imagen metonímica del nacionalismo banal no es la de una bandera agitada conscientemente con ferviente pasión, es la de la bandera que vemos colgada en un edificio público y pasa desapercibida”.

Es decir, a diferencia de aquellos lugares en los que el estado-nación se encuentra en plena construcción o todavía en lucha por nacer, en los estados-nación consolidados no es necesario un despliegue agresivo de nacionalismo. Debe ser sutil. De hecho, aparece en nuestras rutinas prácticamente sin darnos cuenta. Como explica Billig, “la identidad nacional se encuentra en las costumbres encarnadas en la vida social. Entre ese tipo de costumbres se encuentran las del pensamiento y las de la utilización del lenguaje. Tener una identidad nacional es poseer formas de hablar de la nacionalidad”.   

Billig quiere decir que “las nociones de nacionalidad están profundamente arraigadas en las formas de pensar contemporáneas”, que se trata de “una ideología que es tan familiar que apenas parece perceptible”. Por ejemplo, sin darnos cuenta identificamos a las personas que provienen de un lugar geográfico diferente al nuestro en primer lugar por su nacionalidad antes que por cualquier otro rasgo personal. También tendemos a identificar otros elementos cotidianos, como por ejemplo la comida (tortilla española), los coches (alemán, japonés), etc., por su ‘nacionalidad’.

Ocurre porque, afirma Billig, “la nacionalidad no es algo remoto en la vida contemporánea, sino que está presente en ‘nuestras’ pequeñas palabras, en los discursos familiares que damos por sentados”. Casi nadie pone en duda la nacionalidad como elemento de identidad propio y hacia los demás, a pesar de que se trata de un fenómeno de apenas dos siglos de antigüedad.


¿La globalización significa el fin de la nación?

Por otro lado, en los últimos años se multiplican los análisis que prevén la desaparición del estado-nación y la subsiguiente muerte de la nación como principal elemento de de identidad y de identificación de las personas. La causa sería la globalización y el impresionante fortalecimiento de la interdependencia e interconexión entre las personas independientemente de sus naciones, y que amenazan con convertir las fronteras en vestigios del pasado: “El resultado es que la soberanía del estado-nación se desmorona bajo la presión de fuerzas globales y locales. Las necesidades económicas obligan a los estados a ceder parte de su soberanía a organizaciones supranacionales”.

Michael Billig
“Las tesis posmodernas sugieren que la vida en el mundo contemporáneo viene marcada por una globalización banal. A diario se enarbola la ‘aldea global’ y la globalización banal está suplantando las condiciones del nacionalismo banal”, explica Billig que, sin embargo, enseguida puntualiza que la globalización no significa la creación de una nueva identidad global: “Las fuerzas de la globalización no están produciendo homogeneidad cultural absoluta. Tal vez estén erosionando diferencias entre culturas nacionales, pero también están multiplicando las diferencias en el interior de las naciones”.

Es decir, según el profesor Billig, la globalización efectivamente está erosionando al estado-nación clásico, pero no por ello está poniendo en peligro a la nación como identidad: “La percepción de la importancia de una patria con fronteras y la distinción entre ‘nosotros’ y ‘los extranjeros’ no han desaparecido. Es más, esos hábitos de pensamiento persisten no como vestigios de una era pasada que haya sobrevivido a su función, sino que hunden sus raíces en formas de vida en una era en la que el Estado tal vez esté cambiando, pero todavía no ha desaparecido”.

Así pues, Billig afirma que el Estado puede estar cambiando, pero no por ello las personas dejan de sentirse identificadas con una nación, ya sea una consolidada en forma de Estado o en búsqueda de uno nuevo, como son los casos escocés o catalán en Europa. Muchos escoceses rechazan ser británicos y muchos catalanes rechazan ser españoles, pero no por ello dejan de identificarse con una nación que, según sus aspiraciones, debería ser también un Estado. Pero no son los únicos que apuestan por la nación.

En el conjunto de la Unión Europea, prácticamente todos sus ciudadanos se identifican en primer lugar con su nación antes que con ‘Europa’ u otros conceptos supranacionales. Pero no son las mismas naciones que las que conocieron nuestros abuelos. Las mezclas culturales y étnicas tras años de oleadas de inmigración han hecho pedazos el aspecto más homogéneo que presentaban esas naciones en el pasado. Ahora la mayoría de los estados-nación europeos presentan una gran diversidad, lo que está produciendo en muchos casos conflictos de integración. Pero no se trata de conflictos porque los nuevos europeos quieran crear una nueva identidad o una nueva nación en el seno de las antiguas. Su objetivo es participar e integrarse en sus lugares de acogida y convertirlos en sus propias identidades, aspiración que provoca rechazo entre algunos de los ‘viejos’ nacionales.

En este sentido, Billig afirma que “aunque el multiculturalismo podría poner en peligro viejas hegemonías que afirmaban hablar por la totalidad de la nación, y aunque podría prometer una igualdad de identidades, sigue estando ordinariamente constreñido en el seno de la noción de nacionalidad. (…) acepta el mundo de naciones en el que la nacionalidad es algo aceptado como algo importante y digno de definirse”.

Por ello, la conclusión a la que llega Michael Billig es que, a pesar de la globalización, la nación sigue siendo la identidad más importante para la mayoría de las personas, aunque eso no signifique que sean unos nacionalistas furibundos y agresivos. El hecho de que la mayoría sigamos pensando en términos de nacionalidad se debe a las influencias diarias a las que estamos sometidos por el nacionalismo banal y su “bajo y discreto tono”. “En las prácticas rutinarias y los discursos cotidianos, en especial los de los medios de comunicación, se enarbola de forma habitual la idea de nacionalidad. Hasta el pronóstico diario del tiempo lo hace. Mediante este tipo de enarbolamientos, las naciones consolidadas se reproducen como naciones, donde se recuerda sin alharacas a la ciudadanía cuál es su identidad nacional”.

Para que no se nos olvide.      

    

miércoles, 19 de junio de 2013

EL SOBERANISMO CATALÁN, ¿sentimiento o estratagema?

Cada 11 de septiembre los nacionalistas catalanes celebran la Diada. Rinden homenaje a los caídos en la defensa de Barcelona contra las tropas del rey Felipe V de Borbón en 1714 que murieron defendiendo la “independencia” de Cataluña contra un rey “invasor” que conquistó su tierra para imponer su voluntad, o eso es lo que cuentan. - Publicado en MBC Times.

Desde la Transición, la Diada ha sido la fecha tradicional de reivindicación de un nacionalismo que, a diferencia de por ejemplo el vasco, siempre mantuvo una línea de cooperación con el Estado español a pesar del discurso “invasor-invadido” de su fiesta. La Diada era un ritual que el nacionalismo catalán celebraba cada año con más o menos entusiasmo. No solía congregar a más que unos cientos de habituales y se había convertido en una rutina. Sin embargo, en la Diada del año pasado, el 11 de septiembre de 2012, se escenificó un ritual diferente. No sólo se presentaron las habituales representaciones de la élite nacionalista. Decenas de miles de personas colapsaron las calles de Barcelona al grito de independencia y contra la permanencia catalana en España.

El ambiente se ha radicalizado, ha traspasado el umbral de lo minoritario a lo masivo. Según el último barómetro del CIS del pasado mes de mayo, un tercio de los catalanes apoya la independencia, mientras que sólo un 12,1% entiende Cataluña como una región española. De pronto, la independencia de Cataluña se ha convertido en una idea respetada y apoyada por muchos. ¿Qué ha pasado?

El nuevo rumbo de CiU
El nacionalismo catalán tradicional, conservador y mayoritario representado por CiU se ha embarcado en un viaje que es nuevo para él. Tradicionalmente, la burguesía catalana ha estado plenamente integrada en la economía y en la política española. En época del presidente Jordi Pujol se decía que el objetivo del nacionalismo catalán era presionar para conseguir privilegios y poder con los cuales influir en la política de España en su conjunto. No se aspiraba a nada más. La independencia era folclore.


Era una diferencia nítida con respecto al otro nacionalismo periférico poderoso de España, el nacionalismo vasco, que nunca aceptó en ninguna de sus versiones (conservadora del PNV o radical de la Izquierda Abertzale) ni el Estatuto de Autonomía vasco ni la Constitución. Es cierto que de manera diferente y utilizando métodos en absoluto comparables, ya que el PNV siempre optó por la vía institucional y pacífica frente al terrorismo de ETA. Sin embargo, el nacionalismo vasco siempre mantuvo una equidistancia con respecto al Estado Español que el nacionalismo catalán nunca ha compartido, hasta ahora. 

El presidente de la Generalitat Artur Mas ha desafiado al Estado Español anunciando su determinación de consultar a los catalanes sobre la permanencia o no de Cataluña en España invocando el derecho de autodeterminación. Se justifica en el actual contexto de crisis económica argumentando que Cataluña no recibe nada de una España que la explota, que pertenecer a este país es un lastre, … y una imposición histórica que data de la derrota en 1714. Es un discurso independentista puro y duro.


La principal crítica que se le hace a este llamado “plan soberanista” es que se trata de una coartada. Según esta crítica, Mas y CiU se encontraron tras su victoria electoral de 2010 con un contexto de crisis económica en el que aplicaron recetas neoliberales de gestión. Estas medidas, como la privatización sanitaria, el copago, los recortes sociales, etc., se toparon con una gran resistencia popular que podía poner en peligro el liderazgo político de CiU poco después de volver al poder tras una década de oposición. La respuesta ha sido tapar esos problemas con un gran manto nacionalista que invoque la unidad nacional frente al “otro”.

Todos los partidos catalanes (excepto el PP y Ciutatans) aceptan este discurso y no denuncian esa presunta estratagema a pesar de que les perjudica, ya que mantiene en el poder a CiU. No tienen más remedio, ya que ellos mismos han experimentado una transformación catalanista que va más allá del regionalismo o autonomismo que habían defendido hasta hace poco.

El nacionalismo atrapó al Tripartito
Es el caso de los partidos de izquierda integrantes del antiguo Tripartito, la coalición de gobierno de Cataluña entre 2003 y 2010, que incluía a los socialistas del PSC, a Iniciativa per Catalunya Verds (los herederos del comunismo catalán) y a los independentistas de Esquerra Republicana. Era una coalición muy complicada, con más diferencias que cosas en común. Por ejemplo, los socialistas representan tradicionalmente un proyecto amplio, con vocación de mayoría y representativo entre amplios sectores sociales. Por otro lado, Esquerra Republicana aspira a la independencia de Cataluña. Son dos discursos absolutamente incompatibles.

Entonces se explicó que la sensibilidad social era predominante en los programas de todos los partidos gobernantes y que esta faceta iba a ser la que guiara su gestión. Se pensaba que el independentismo de Esquerra iba a atenuarse con el paso del tiempo e incluso a ceder ante la “Realpolitik” de la gestión. Sin embargo, una década después los partidos del antiguo Tripartito compiten por presentarse como el más nacionalista, o al menos aspiran a ser aceptados en la comunidad nacionalista como uno más.


Esto ha provocado graves desgarros internos y externos en el PSC. Obligado a adoptar un discurso nacionalista que no le es propio, se encuentra enfrentado con el PSOE a nivel nacional y dividido en su seno. No en vano el PSC ha sido el partido que representaba a las amplias capas sociales de emigrantes de otros lugares de España que marcharon a trabajar a Cataluña en los años 60 y 70 y sin ninguna tradición nacionalista catalana. Sin embargo, con el tiempo esa generación ha dado paso a sus hijos, ya catalanoparlantes y estrechamente vinculados emocionalmente a Cataluña.

¿A quién representa el PSC? ¿A los “nuevos catalanes”? ¿A sus padres de Extremadura o Andalucía? Esta disyuntiva ha metido a los socialistas en un laberinto que le obliga a apoyar la estrategia soberanista de Mas para no perder credibilidad entre el electorado recientemente “catalanizado”. Sin embargo, lo hace a costa de enfrentarse con los intereses del PSOE que no puede apoyar esa deriva si no es a costa de graves daños en su imagen que no está dispuesto a sufrir. Por eso el PSC ha optado por defender la tesis federalista del PSOE para no tener que romper con su matriz. La consecuencia es que el PSC ni es nacionalista ni deja de serlo, o lo que es lo mismo, está perdiendo la carrera por situarse en el podio nacionalista catalán, lo que tiene como consecuencia un grave castigo en las urnas.

El socio minoritario del antiguo Tripartito, Iniciativa per Catalunya Verds, también ha apostado por el discurso nacionalista profundamente autonomista. Ha hecho suya la exigencia de celebrar una consulta popular sobre el derecho de autodeterminación y se postula como un partido cada vez más nacionalista en el que el discurso social y medioambiental juega un papel cada vez menos relevante.

¿Cómo es posible que tanto el PSC como Iniciativa, que partían como sólidos adalides de la defensa del discurso de izquierdas en el Tripartito, hayan asumido el discurso nacionalista a remolque de su entonces socio minoritario de Esquerra Republicana? La respuesta está en la evolución de esta formación en las últimas dos décadas, que corre paralela al crecimiento de la importancia del discurso soberanista en Cataluña.

Esquerra Republicana, de paria a protagonista
Hace veinte años ERC era una formación marginal que vivía de glorias pasadas de la época de la Guerra Civil y de la mítica presidencia de Lluís Companys. En las elecciones generales de 1993, hace ahora dos décadas, ERC consiguió 189.632 votos, el 5,1% del total, y consiguió ser la quinta fuerza política en Cataluña. El despegue comenzó una década después. En las elecciones autonómicas de 2003 y bajo el liderazgo de Carod Rovira, consiguió 544.324 votos, el 16,5% del total, catapultando a ERC al tercer puesto entre los partidos más votados en Cataluña. El cénit se alcanzó un año después, en las elecciones generales de 2004 cuando alcanzó 652.196 votos, el 15,89% del total.


En las elecciones de 2004 ERC consiguió el máximo número de votos de su historia. Coincidió con el cambio de Gobierno del PP al PSOE tras ocho años de gobierno de José María Aznar, una época que se caracterizó por “fabricar nacionalistas”, como señaló una diputada de Esquerra en una conversación privada en 2003. El discurso centralista y nacionalista español del PP, sus ataques a los nacionalismos periféricos en su segundo mandato entre 2000 y 2004, tuvo como consecuencia que miles de personas que apoyaban el regionalismo o el autonomismo pasaran a considerarse atacadas y a abrazar opciones nacionalistas más radicales, lo que en Cataluña redundó en beneficio de Esquerra Republicana.

ERC entró pues en el Tripartito como el socio menor, susceptible de ser asimilado por sus socios mayoritarios, pero al final el que acabó asimilando a los demás fue Esquerra que en todo momento mantuvo una posición independiente e independentista. Por ejemplo, en el debate sobre la reforma del Estatuto de Autonomía de Cataluña celebrado en 2006, auspiciado por el PSOE a nivel nacional y el PSC a nivel regional, ERC dijo “no” por considerarlo insuficiente para sus aspiraciones independentistas. Mantuvo su coherencia a pesar de ser miembro del Tripartito.

Esquerra ha sobrevivido así a una década de gobierno Tripartito imponiendo su discurso nacionalista y saliendo muy fortalecida. Y eso tiene premio. Ahora es quien sostiene el nuevo gobierno conservador de CiU tras las elecciones del pasado mes de noviembre de 2012 en las que consiguió ascender a la segunda posición de partido más votado.  Fueron unas elecciones marcadas por una competición por ver quién era el más nacionalista, influidas por la convocatoria de la consulta popular sobre el futuro de Cataluña. Es decir, un escenario en el que ERC se encuentra no sólo muy cómodo, sino que lo tiene todo para ganar porque es la única formación política que defiende la independencia y el discurso soberanista desde el principio. Y eso le otorga una credibilidad ante el electorado de la que carecen los demás partidos.

El nacionalismo como medio y como fin
En resumen, se plantea si el nacionalismo catalán es un sentimiento o una estratagema. La respuesta es complicada y depende de a qué actor político se le plantea. Sin duda, para la mayoría de los partidos, incluido CiU, se trata de una estrategia para captar o mantener votos en un contexto cada vez más receptivo al discurso nacionalista radical y a las aspiraciones independentistas. Así es como PSC o Iniciativa per Catalunya no han tenido más remedio que entrar a saco en la carrera nacionalista, aunque con escasa credibilidad lo que se manifiesta en los resultados electorales, sobre todo en el caso del PSC que, además, sufre desgarros internos y en su relación con el PSOE.

Por otro lado, CiU y el presidente Artur Mas han optado por una deriva soberanista impropia de su discurso tradicional y culpan a España de todos los males de Cataluña y sugieren que la solución es la independencia. Es decir, es un ejemplo del uso del nacionalismo catalán como estratagema que, además, aviva los sentimientos.

Pero esa estratagema sólo ha tenido éxito porque previamente se ha experimentado una explosión del sentimiento nacionalista catalán durante la última década que ha impuesto su discurso a la agenda política catalana. Esa explosión ha sido como una ola que ha ido creciendo y en cuya cresta se ha situado ERC que ha ido evolucionando de ser un paria hace dos décadas, a ser la segunda fuerza política más votada en Cataluña.


Es decir, el nacionalismo catalán es una estratagema para camuflar otros fines políticos, como por ejemplo la supervivencia política de Artur Mas. Pero esa estratagema sólo es factible porque previamente se han desbordado los sentimientos. Cabe preguntarse si esos sentimientos se contentarán con la situación actual o, como sentimientos que son, desarrollarán una fuerza irracional que intente romper el actual marco político y nacional de Cataluña y España.         

lunes, 21 de noviembre de 2011

LO QUE LE ESPERA A RAJOY

Los pronósticos se han cumplido. El nuevo presidente (electo) del Gobierno, Mariano Rajoy, goza de una de las mayorías absolutas más holgadas de la historia de la democracia española. Además, la inmensa mayoría de las comunidades autónomas estángobernadas por miembros de su partido, así como las ciudades más importantes del país. Se trata de seguramente el mejor escenario posible para ejercer el poder y para implementar el programa electoral que se haya encontrado nunca un candidato español a la presidencia. Sin embargo, el futuro de Rajoy parece muy complicado, tanto, que no despierta envidia alguna.

Mariano Rajoy se enfrenta al reto más difícil de las últimas décadas y a multitud de obstáculos que podrían poner en peligro, e incluso poner en su contra, la inmensa base de poder de la que dispone.

Empezando por partes. Lo más difícil para Rajoy y su equipo es proporcionar una salida de España de la crisis. Por una razón muy sencilla: no depende de él, y lo sabe. Por eso el programa electoral del PP es tan ambiguo al respecto. España no es autónoma a la hora de diseñar su política económica, y menos aún siendo miembro del Euro. Sin embargo, el PP ha apostado todo su prestigio y su imagen en la salida de la crisis. Esto es lo que le proporciona su mayor legitimidad de cara a la masa de su electorado.

Rajoy sabe que esta inmensa mayoría absoluta solamente se explica por ese anhelo de la gran mayoría de españoles de salir de la crisis y desterrar el miedo al paro. Por lo tanto, si no hay resultados satisfactorios pronto, el PP tendrá un problema. Así pues, Rajoy depende de decisiones y de acontecimientos externos para poder cumplir la principal demanda de sus electores. En otras palabras, depende de la suerte.

Oposición interna
Por otro lado, Rajoy también cuenta con una facción dentro del PP que podría crearle serios problemas. El nuevo presidente del Gobierno sabe que para conseguir mayorías hay que ser ambiguo y conciliador en la mayoría de los asuntos, algo que choca frontalmente con el ideario de muchos de sus compañeros de partido.

Manifestación de víctimas del terrorismo.
Para empezar, Rajoy tendrá que liderar el proceso de pacificación de Euskadi tras la declaración de cese de la violencia por parte de ETA. Este debate ha estado ‘congelado’ prácticamente durante toda la campaña electoral, pero ahora tendrá que tomar decisiones. Por ejemplo, ¿qué sucederá con los presos de ETA? ¿Disfrutarán de algún tipo de ventaja como fruto de una negociación? ¿Y los etarras en libertad, irán a prisión? Todavía no se sabe qué es lo que ETA pedirá a cambio de la paz y de entregar sus armas, pero lo que es seguro es que no saldrá gratis.

La pregunta es hasta dónde estará dispuesto a llegar Rajoy. Y hasta dónde estarán dispuestos a llegar los integrantes del ala derecha del PP que durante muchos años han hecho del discurso antiterrorista su principal bandera. Ya se produjo un encontronazo entre diferentes argumentos en el PP el mismo día del anuncio de ETA, cuando Rajoy lo aplaudió mientras que, por ejemplo, Esperanza Aguirre lo criticó.  

Gallardón oficiando una boda gay.
Otros asuntos espinosos son el futuro de la ley de interrupción voluntaria del embarazo o de las bodas homosexuales. Son dos temas que han movilizado la oposición del ala más integrista del PP y que ahora el nuevo Gobierno tiene la posibilidad de cambiar. Sin embargo, cualquier movimiento en cualquier sentido será polémico, ya que si no hay cambios la ultraderecha se sentirá defraudada y traicionada, mientras que si se acomete cualquier reforma podría ser utilizado como argumento de la derechización e intolerancia del PP, los argumentos que provocan la mayor pérdida de apoyos para el PP. No es de extrañar que Rajoy no se haya posicionado durante la campaña. ¿Qué hará a partir de hoy?

Relaciones con los nacionalistas
Por último, otro elemento de posible enfrentamiento entre las facciones o corrientes del PP serán sin duda las relaciones con los partidos nacionalistas conservadores. La mayoría absoluta permite a Rajoy imponer sus medidas, sin embargo no resulta demasiado popular imponer el rodillo parlamentario, sobre todo cuando se trata de medidas encaminadas a combatir la crisis. El PP necesitará apoyos de otros grupos parlamentarios, aunque sea para dar una imagen de unidad y de cierto consenso de las medidas anticrisis de cara al exterior. Por ello resulta lógico que los más indicados para esos apoyos sean el PNV y CIU, más próximos al PP en cuanto a su política económica. Pero esos apoyos no saldrán gratis.

El PNV, esforzado en agudizar su perfil nacionalista ante la competencia de la izquierda abertzale y con la intención de ser un actor decisivo en el proceso de pacificación de Euskadi, puede tratar de presionar a Rajoy en este sentido a cambio de su apoyo. CIU, por su parte, encabeza el discurso antisolidario en Cataluña con respecto a las demás regiones, por lo que podría aprovechar para tratar de presionar una política fiscal propia, del mismo estilo que Euskadi y Navarra. El ala ultraconservadora del PP seguramente rechazaría ambos escenarios con vehemencia.

Esperanza Aguirre en Intereconomía.
La oposición a Rajoy desde sus propias filas cuenta con un altavoz mediático muy potente, en concreto aquellos medios de comunicación que deben a Esperanza Aguirre sus frecuencias de televisión digital terrestre y radiofónicas en la Comunidad de Madrid: Intereconomía, EsRadio e incluso El Mundo. Es conocida la animadversión de determinados iconos mediáticos de este entorno hacia Rajoy. Resultaría pues previsible el uso de esa plataforma mediática para presionar al nuevo Gobierno.

Entre los analistas políticos está muy extendida la afirmación de que en España no existe un partido de ultraderecha fuerte y cohesionado porque los elementos que lo compondrían están en el PP. La previsible tensión que se puede producir entre el PP en las instituciones estatales y el PP ultraconservador podría ser tan fuerte que tendría consecuencias devastadoras para la unidad del partido. Hay que recordar que en Asturias gobierna Álvarez Cascos, un histórico dirigente del PP que ha creado su propio partido tras sus desavenencias con Rajoy. Cuenta con el apoyo y la simpatía de dirigentes de la talla de Esperanza Aguirre. A lo mejor esta división asturiana es una premonición de lo que le podría ocurrir al PP a nivel nacional.