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miércoles, 23 de noviembre de 2016

EEUU, el voto de la furia



El 8 de noviembre de 2016 se produjo un hecho aparentemente insólito: el candidato Donald Trump ganó las elecciones presidenciales en los EEUU. Junto a la victoria del ‘Brexit’ en el Reino Unido y del ‘No’ al proceso de paz en Colombia, este resultado electoral ha completado el elenco de desenlaces políticos sorprendentes en el mundo a lo largo de 2016 porque no fueron pronosticados previamente debido a su presunta irracionalidad. La reacción en todos estos casos siempre ha sido la misma: sorpresa, estupor y búsqueda de las causas. En el caso de los EEUU esta parece que ha sido la furia.


Los datos del recuento señalan que ese voto de la furia le ha supuesto a Trump el mayor número de papeletas jamás conseguido por un candidato republicano con más de 62,2 millones, un hecho poco relevante en sí ya que su rival Hillary Clinton, a pesar de su derrota, le supera. Sin embargo, más de 62 millones de personas han votado a un candidato que ha prometido levantar un muro en la frontera con México, deportar a los inmigrantes sin papeles, encarcelar a su rival, limitar el papel de los EEUU en el exterior, penalizar a las empresas extranjeras, etc. ¿Por qué?

Algunas respuestas las dan los datos a pie de urna, el Exit Polls publicado por el New York Times tras preguntar a los votantes una vez ejercido su derecho (enlace en http://www.nytimes.com/interactive/2016/11/08/us/politics/election-exit-polls.html?_r=0).

Para empezar, destaca que se trata de un voto movilizado en el último momento. La mitad de los encuestados que decidieron el voto una semana e incluso un mes antes de las elecciones eligieron a Trump frente al 37% que lo hicieron por Clinton. En cambio, el 52% de los que ya tenían decidido el voto mucho tiempo antes, incluso en verano, se decidieron por los demócratas. Es decir, el voto a Clinton se ha mantenido fiel en el tiempo mientras que el de Trump se movilizó en el último trecho de la campaña, como atestigua la evolución de las encuestas electorales que daban a Clinton por ganadora prácticamente hasta el último momento.


NYT, Exit Polls 2016

Una vez detectado que los votantes de Trump se animaron en muchos casos a hacerlo en el último momento, habría que preguntarse ¿por qué ese voto? Antes habría que destacar que el voto al candidato republicano no lo fue porque irradiara simpatía. De hecho, el 49% dijo que le gusta Trump pero “con reservas” frente al 53% de los votantes demócratas que dijo apoyar “firmemente” a su candidata. La clave está en otro sitio: el 51% de los votantes republicanos explicaron su voto porque “no les gusta” la rival, y, sobre todo, porque le votaron el 83% de los que perciben que la mayor cualidad de Trump es que “puede traer el cambio necesario”.



“El cambio necesario

“El cambio necesario” es pues una causa determinante del voto republicano. ¿Por qué? Se debe la muy negra visión que los votantes de Trump tienen del presente y del futuro de los EEUU y, sobre todo, del papel que ellos juegan y jugarán en la sociedad. Partiendo del presente, un 90% de los que desaprueban la política de empleo de la ya saliente administración Obama son votantes republicanos, una cifra muy alta incluso en un contexto de alta rivalidad partidista. Sin embargo, ese dato viene acompañado de otro muy elocuente: un 77% de los que se consideran “enfadados” por el trabajo del anterior gobierno son republicanos (frente al 78% de los que se consideran “entusiasmados” que votaron demócrata). “Enfado” es un sentimiento muy extremo. ¿A qué se puede deber?

Para explicarlo el Exit Polls ofrece más datos. El más general es que el 79% de los que consideran la situación económica de los EEUU como “pobre” votaron a Trump. Acercándonos a su ámbito doméstico, entre los que consideran que su situación económica familiar es hoy peor, un 78% eligió al candidato republicano. Y, sobre todo, lo hicieron el 63% de los que creen que la próxima generación de estadounidenses vivirá una vida peor que en el presente. Situación económica pobre, una economía familiar peor y un futuro incierto, esa es la triada que podría explicar el enfado. 


NYT, Exit Polls 2016

La causa de esta visión tan negativa de la situación económica general y particular es la globalización, y en concreto el miedo a sus efectos. Así se entiende que el 65% de los que creen que los tratados comerciales internacionales “se llevan empleos de los EEUU” votaron republicano. Pero la ‘amenaza’ no está solamente fuera, también dentro de las fronteras. Por eso el 84% de los que exigen la deportación de los inmigrantes irregulares votaron a Trump, un porcentaje que incluso aumenta hasta el 86% de votos al candidato republicano entre los que opinan a favor de construir un muro con el vecino meridional de los EEUU, México.

Un voto decidido en las últimas semanas de campaña, que considera que la situación económica y laboral en los EEUU es mala e irá a peor, sobre todo por la globalización y la inmigración. Y sobre todo, un voto “enfadado”. Ese es el perfil del voto de la furia que ha llevado a Donald Trump al despacho oval.    






miércoles, 9 de diciembre de 2015

“Me puede tocar a mí”, el riesgo como arma terrorista

El terrorismo está presente en la mente de los ciudadanos. Desde el 11-S de 2001 la percepción del riesgo de sufrir las consecuencias del terror se ha hecho global. Los diferentes procesos de comunicación a escala mundial han hecho posible que la amenaza que se sufre en un lugar concreto sea percibida como propia en otros lugares del mundo, expandiendo así la sensación de amenaza por todo el planeta aunque sea totalmente desproporcionada. Ese es precisamente el objetivo fundamental que buscan los terroristas con sus acciones: provocar y aprovechar la incertidumbre de que “me puede tocar a mí”.

El 13 de noviembre de 2015 un grupo de terroristas ligados a Daesh asesinó a 130 personas en París. Durante las semanas posteriores el estado de alarma de extendía no solamente en Francia, sino que toda Europa sufría situaciones de emergencia y de excepción que interrumpieron su ritmo habitual de vida. En Francia se decretaba el estado de excepción, la vida en Bruselas se paralizaba durante días mientras duraba una alerta por un posible atentado, mientras que en Alemania se suspendía un partido de fútbol de alto nivel en Hannover al que iba a asistir el gobierno en pleno debido al mismo tipo de amenaza. La policía patrullaba armada hasta los dientes en todas las principales calles europeas. Un continente con 743 millones de habitantes vivía al vilo y veía cómo su rutina era gravemente afectada tras el cruel asesinato de 130 personas, que solamente supone el 0,000017% de la población europea.    

El experto en terrorismo, Fernando Reinares, explica en su libro “Terrorismo global” (2003) que “hablar de terrorismo es hablar de violencia. Pero no de cualquier violencia”. En las guerras convencionales los contendientes buscan fundamentalmente debilitar físicamente al enemigo a través de sus ataques. Los terroristas, en cambio,   suelen ser bastante más débiles que los ejércitos convencionales a los que no pueden vencer en combate y por eso buscan el mayor impacto posible de sus acciones que no pueden sino ser limitadas debido a las propias características de los grupos terroristas.

Los terroristas quieren influir en la agenda política, y por ello du objetivo es infringir daños y víctimas de manera ciega y conseguir así el mayor impacto psicológico posible para provocar unas reacciones políticas desproporcionadas con respecto al daño producido. En este sentido, Reinares explica que “ante todo podemos considerar terrorista un acto de violencia cuando el impacto psíquico que provoca en una determinada sociedad o en algún sector de la misma sobrepasa con creces sus consecuencias puramente materiales. Es decir, cuando las reacciones emocionales de ansiedad o miedo que el acto violento suscita en el seno de la población dada resultan desproporcionadas respecto al daño físico ocasionado de manera intencionada a personas o a cosas”.


El miedo como arma política

Para provocar las consecuencias políticas profundas que buscan, el arma que utilizan los terroristas es el miedo ya que no pueden enfrentarse militarmente. Reinares lo refleja así: “Quienes instigan o ejecutan el terrorismo pretenden, inoculando temor, condicionar las actitudes y los comportamientos de la población, precisamente mediante esos estados mentales generalizados que esta violencia ocasiona”.

Para conseguir provocar el miedo en una sociedad, el mensaje debe ser ante todo visual y muy violento. En este sentido, Reinares afirma que “la muerte o mutilación de las víctimas, se utilizan para transmitir mensajes y dotar de credibilidad a amenazas, lo que convierte al terrorismo en un virulento método, tanto de comunicación y propaganda, como de control social”.

Y para causar ese miedo hacen uso de la incertidumbre, ya que “el terrorismo es un fenómeno intrínsecamente indiscriminado”, según explica Reinares: “Para que la violencia terrorista consiga tales efectos suele perpetrarse de manera sistemática y a la vez imprevisible”. La clave del éxito de los ataques terroristas reside pues en su carácter imprevisible. Precisamente la característica de la llamada “sociedad del riesgo” descrita por el sociólogo alemán ya fallecido, Ulrich Beck.


Vivir bajo el riesgo constante

Ulrich Beck escribió en su libro “La sociedad del riesgo mundial” (2008) que “riesgo no significa lo mismo que catástrofe, riesgo significa la anticipación de la catástrofe”. “Los riesgos tratan sobre la posibilidad de futuros acontecimientos y evoluciones, visualizan una situación a nivel mundial que (todavía) no se ha dado. Mientras que cada catástrofe se determina de manera espacial, temporal y social, la anticipación a la catástrofe no conoce ninguna concreción social, temporal o espacial. La categoría del riesgo se refiere a la polémica realidad de la posibilidad”.

Es decir, vivimos en una sociedad en la que se visualizan los diferentes riesgos que pueden sufrir las personas, ya sean políticos, económicos, medioambientales, de salud, etc. Y por supuesto también ligados al terrorismo. La clave radica en que esa visualización de una posibilidad futura acaba convirtiéndola en una realidad con consecuencias presentes y muy reales. Según Beck, “los riesgos son siempre acontecimientos futuros, que posiblemente nos esperan, nos amenazan. Pero como esta amenaza constante determina nuestras expectativas, ocupa nuestras cabezas y guía nuestras acciones, se convierte en una fuerza política que cambia el mundo”.

“Solamente a través de la visualización, de la escenificación del riesgo mundial, la catástrofe futura se convierte en presente”, continua Beck. Y precisamente, los terroristas cuando cometen un atentado apelan directamente a esta escenificación, haciendo visible y plausible para el individuo la posibilidad de convertirse en víctima, aunque las probabilidades reales de serlo sean muy remotas.

Esta situación provoca un estado de ansiedad y de temor entre la población que tiene consecuencias políticas. Los gobiernos reaccionan respondiendo a esta ansiedad y, sobre todo, adelantándose a las demandas sociales que derivan de ella. Es por ello que se intensifica la presencia policial e incluso militar en las calles, se endurecen las leyes de seguridad y se debilitan los derechos y libertades individuales. Así, explica Beck, “no es el hecho terrorista, sino la escenificación global de ese hecho y las anticipaciones, acciones y reacciones políticas a esa escenificación, las que destruyen la libertad y la democracia de las instituciones occidentales”.

Es decir, los terroristas son generalmente grupos bastante más débiles en comparación con los estados y ejércitos a los que atacan. Pero saben cómo esquivar esa debilidad e influir en las decisiones políticas en su favor: provocando el miedo y la incertidumbre en las sociedades enemigas. Esta estrategia es muy efectiva, sobre todo en Occidente, ya que vivimos en una sociedad que, según explica Beck, visualiza las potenciales catástrofes y amenazas como riesgos reales y por lo tanto como realidades. Esto incluye también los ataques terroristas, que infringen un daño muy cruel pero limitado, pero que aún así provocan unas consecuencias políticas desproporcionadas porque los individuos se visualizan como víctimas potenciales y la sociedad demanda a sus gobiernos acciones desproporcionadas que, generalmente, se vuelven contra la propia sociedad, debilitándola así aún más frente a los terroristas. 

domingo, 27 de septiembre de 2015

¿Está muriendo la identidad nacional en plena globalización?

En plena globalización las personas de distintas partes del mundo están más interconectadas que nunca. Una de las consecuencias de esta cercanía es que, en teoría, es posible superar las limitaciones físicas y culturales impuestas tradicionalmente por los estados-nación que estarían en decadencia, en pleno proceso de lenta pero imparable desaparición de las fronteras. Este proceso afectaría también a nuestra identidad, que dejaría de ser estrictamente nacional. Sin embargo, según el profesor Michael Billig, la globalización no está haciendo que la nación esté desapareciendo como la principal identidad del individuo. De hecho, el uso de la identidad nacional estaría presente en todas partes. Estaríamos ante un tipo de “nacionalismo banal”, más vivo que nunca.

Un día cualquiera en la Plaza de Cibeles, en pleno centro neurálgico de Madrid. La estatua de la antigua diosa romana se encuentra rodeada de mástiles, todos ellos con una bandera de España ondeando al viento. Sin ser un día especial o sin que se produzca ningún tipo de celebración nacional, es posible contar hasta 14 banderas rojigualdas desplegadas en torno a la Cibeles, más otras enseñas de España ondeando en las fachadas de los edificios oficiales que rodean la plaza. Otro ejemplo. Subiendo por el Paseo de Recoletos, a unos cuantos cientos de metros de distancia de Cibeles, una enorme bandera de España domina el cielo en la Plaza de Colón, mientras que otras decenas de edificios presentan más banderas sin que exista un motivo especial aparente.

Son solamente algunos ejemplos de la multitud de banderas españolas con las que cualquier ciudadano nos encontramos a diario en Madrid o en cualquier otra ciudad del país, aunque raras veces nos damos cuenta realmente de que están ahí. Entonces, ¿por qué y para qué sirven tantas banderas?

El profesor Michael Billig defiende en su libro “Nacionalismo banal” que no solamente en los lugares en pugna por crear un estado-nación, sino también “en las naciones consolidadas, la nacionalidad se “enarbola” o recuerda de forma continua. Las naciones consolidadas son aquellos Estados que tienen confianza en su propia continuidad y que, concretamente, forman parte de lo que convencionalmente se califica como ‘Occidente’”. Si estos estados ya se han consolidado como estados-nación, ¿por qué insisten en visibilizar los símbolos de esa nación que aparentemente no corre peligro y que cuenta con un apoyo y una legitimación mayoritaria?


Según Billig, esto es así porque “la nacionalidad suministra un telón de fondo continuo a sus discursos políticos, a sus productos nacionales e, incluso, a la estructuración de los periódicos. De sutiles e innumerables formas se recuerda diariamente a la ciudadanía cuál es su lugar nacional en el mundo de las naciones. Sin embargo, la forma de recordarlo resulta tan familiar, tan constante, que no se registra de manera consciente como un recordatorio. La imagen metonímica del nacionalismo banal no es la de una bandera agitada conscientemente con ferviente pasión, es la de la bandera que vemos colgada en un edificio público y pasa desapercibida”.

Es decir, a diferencia de aquellos lugares en los que el estado-nación se encuentra en plena construcción o todavía en lucha por nacer, en los estados-nación consolidados no es necesario un despliegue agresivo de nacionalismo. Debe ser sutil. De hecho, aparece en nuestras rutinas prácticamente sin darnos cuenta. Como explica Billig, “la identidad nacional se encuentra en las costumbres encarnadas en la vida social. Entre ese tipo de costumbres se encuentran las del pensamiento y las de la utilización del lenguaje. Tener una identidad nacional es poseer formas de hablar de la nacionalidad”.   

Billig quiere decir que “las nociones de nacionalidad están profundamente arraigadas en las formas de pensar contemporáneas”, que se trata de “una ideología que es tan familiar que apenas parece perceptible”. Por ejemplo, sin darnos cuenta identificamos a las personas que provienen de un lugar geográfico diferente al nuestro en primer lugar por su nacionalidad antes que por cualquier otro rasgo personal. También tendemos a identificar otros elementos cotidianos, como por ejemplo la comida (tortilla española), los coches (alemán, japonés), etc., por su ‘nacionalidad’.

Ocurre porque, afirma Billig, “la nacionalidad no es algo remoto en la vida contemporánea, sino que está presente en ‘nuestras’ pequeñas palabras, en los discursos familiares que damos por sentados”. Casi nadie pone en duda la nacionalidad como elemento de identidad propio y hacia los demás, a pesar de que se trata de un fenómeno de apenas dos siglos de antigüedad.


¿La globalización significa el fin de la nación?

Por otro lado, en los últimos años se multiplican los análisis que prevén la desaparición del estado-nación y la subsiguiente muerte de la nación como principal elemento de de identidad y de identificación de las personas. La causa sería la globalización y el impresionante fortalecimiento de la interdependencia e interconexión entre las personas independientemente de sus naciones, y que amenazan con convertir las fronteras en vestigios del pasado: “El resultado es que la soberanía del estado-nación se desmorona bajo la presión de fuerzas globales y locales. Las necesidades económicas obligan a los estados a ceder parte de su soberanía a organizaciones supranacionales”.

Michael Billig
“Las tesis posmodernas sugieren que la vida en el mundo contemporáneo viene marcada por una globalización banal. A diario se enarbola la ‘aldea global’ y la globalización banal está suplantando las condiciones del nacionalismo banal”, explica Billig que, sin embargo, enseguida puntualiza que la globalización no significa la creación de una nueva identidad global: “Las fuerzas de la globalización no están produciendo homogeneidad cultural absoluta. Tal vez estén erosionando diferencias entre culturas nacionales, pero también están multiplicando las diferencias en el interior de las naciones”.

Es decir, según el profesor Billig, la globalización efectivamente está erosionando al estado-nación clásico, pero no por ello está poniendo en peligro a la nación como identidad: “La percepción de la importancia de una patria con fronteras y la distinción entre ‘nosotros’ y ‘los extranjeros’ no han desaparecido. Es más, esos hábitos de pensamiento persisten no como vestigios de una era pasada que haya sobrevivido a su función, sino que hunden sus raíces en formas de vida en una era en la que el Estado tal vez esté cambiando, pero todavía no ha desaparecido”.

Así pues, Billig afirma que el Estado puede estar cambiando, pero no por ello las personas dejan de sentirse identificadas con una nación, ya sea una consolidada en forma de Estado o en búsqueda de uno nuevo, como son los casos escocés o catalán en Europa. Muchos escoceses rechazan ser británicos y muchos catalanes rechazan ser españoles, pero no por ello dejan de identificarse con una nación que, según sus aspiraciones, debería ser también un Estado. Pero no son los únicos que apuestan por la nación.

En el conjunto de la Unión Europea, prácticamente todos sus ciudadanos se identifican en primer lugar con su nación antes que con ‘Europa’ u otros conceptos supranacionales. Pero no son las mismas naciones que las que conocieron nuestros abuelos. Las mezclas culturales y étnicas tras años de oleadas de inmigración han hecho pedazos el aspecto más homogéneo que presentaban esas naciones en el pasado. Ahora la mayoría de los estados-nación europeos presentan una gran diversidad, lo que está produciendo en muchos casos conflictos de integración. Pero no se trata de conflictos porque los nuevos europeos quieran crear una nueva identidad o una nueva nación en el seno de las antiguas. Su objetivo es participar e integrarse en sus lugares de acogida y convertirlos en sus propias identidades, aspiración que provoca rechazo entre algunos de los ‘viejos’ nacionales.

En este sentido, Billig afirma que “aunque el multiculturalismo podría poner en peligro viejas hegemonías que afirmaban hablar por la totalidad de la nación, y aunque podría prometer una igualdad de identidades, sigue estando ordinariamente constreñido en el seno de la noción de nacionalidad. (…) acepta el mundo de naciones en el que la nacionalidad es algo aceptado como algo importante y digno de definirse”.

Por ello, la conclusión a la que llega Michael Billig es que, a pesar de la globalización, la nación sigue siendo la identidad más importante para la mayoría de las personas, aunque eso no signifique que sean unos nacionalistas furibundos y agresivos. El hecho de que la mayoría sigamos pensando en términos de nacionalidad se debe a las influencias diarias a las que estamos sometidos por el nacionalismo banal y su “bajo y discreto tono”. “En las prácticas rutinarias y los discursos cotidianos, en especial los de los medios de comunicación, se enarbola de forma habitual la idea de nacionalidad. Hasta el pronóstico diario del tiempo lo hace. Mediante este tipo de enarbolamientos, las naciones consolidadas se reproducen como naciones, donde se recuerda sin alharacas a la ciudadanía cuál es su identidad nacional”.

Para que no se nos olvide.      

    

lunes, 6 de abril de 2015

Políticos e instituciones, ¿despojados del poder y despreciados?



Las reglas del juego político están cambiando. Aunque los ciudadanos siguen votando a sus diputados y de los parlamentos siguen surgiendo gobiernos, su soberanía es cada vez menor. Otros actores políticos y económicos que no han sido elegidos por los ciudadanos están tomando las principales decisiones que afectan a las personas, lo que provoca que las instituciones y las clases políticas domésticas se vean cada vez más devaluadas e incluso despreciadas.

Cada día los medios de comunicación muestran ejemplos de gobiernos que están perdiendo margen de maniobra. Ya no tienen la capacidad de decidir y, sobre todo, de imponer sus decisiones soberanas en un mundo globalizado en el que los estados nacionales han dejado de ser los actores principales de la acción política. Organizaciones supranacionales, como la Unión Europea, son las que definen hoy los marcos jurídicos en los que se toman las decisiones políticas de los estados, mientras que las decisiones económicas vienen dadas por los poderes financieros, los llamados mercados, que son los que tienen la última palabra, como están demostrando casi a diario desde que comenzó la crisis económica y del euro.  

El sociólogo y politólogo Ignacio Sotelo afirma en su ensayo  “España a la salida de la crisis” que “en tres décadas, el neoliberalismo triunfante desemboca en una crisis de grandes dimensiones que ha terminado por consolidar un nuevo tipo de capitalismo, el financiero, con el que el poder pasa de las compañías industriales a los grandes consorcios financieros de inversión”.

La falta de arraigo en un territorio concreto y de estabilidad son dos características de este capitalismo financiero, que utiliza la falta de regulación a nivel global y la incapacidad de los estados para defender su soberanía a nivel nacional para moverse libremente por el mundo en busca de negocio y beneficio sin prácticamente trabas. Esta movilidad ha sido definida por el sociólogo Zygmunt Bauman como “modernidad líquida”.

El Estado nacional se encuentra absolutamente a merced de esta movilidad, ya que depende de los recursos del capitalismo financiero para el funcionamiento de su economía, pero apenas cuenta con capacidad para imponer sus condiciones. Estas son dictadas por los mercados bajo la amenaza de marcharse del lugar de producción, causando estragos en las economías afectadas. Y esas condiciones impuestas al Estado suelen ser tajantes: rebajas fiscales, reformas laborales, privatización de servicios, cambios en el ordenamiento jurídico para controlar la deuda, etc. “Parece haber poca esperanza de rescatar los servicios estatales que proporcionaban certidumbre y seguridad”, lamenta Bauman, que habla de la existencia de un “divorcio entre el poder y la política”. Es decir, el poder político y el papel del estado tradicional están dando paso a otro poder más difuso y volátil. 


La política ha perdido el poder

Esta pérdida de poder provoca que los políticos y las instituciones políticas tradicionales sufran un serio problema de imagen de cara a los ciudadanos: la crisis ha demostrado que no pueden imponer sus reglas, capacidad que ha pasado a otros actores no democráticos que se alejan del control de los ciudadanos. Es decir, las instituciones nacionales parecen débiles y la clase política incapaz de solucionar los problemas de los ciudadanos. Y éstos, en vez de exigir responsabilidades a los nuevos poderes, parece que reprochan a sus representantes su debilidad. Por ejemplo en España, según los datos del barómetro del CIS del pasado mes de febrero, “Los/as políticos/as en general, los partidos y la política” son considerados el cuarto mayor problema del país. Además, un 75,9% considera la situación política como “mala” o “muy mala”.



A la mala estimación de la situación política le acompaña una pésima valoración de las instituciones. El barómetro del CIS de abril de 2014 es el último publicado en el momento de escribir este artículo en el que se pregunta directamente por la valoración de las diferentes instituciones del Estado. Los resultados son bastante elocuentes: los partidos políticos (1,89), el Gobierno (2,45), los sindicatos (2,51), el Parlamento (2,63), las organizaciones empresariales (2,94) y los parlamentos autonómicos (2,99) no superan los tres puntos de confianza en una escala entre 0 (ninguna confianza) y 10 (mucha confianza).

Para comparar, en el barómetro del CIS de octubre de 2006, antes de que comenzara la crisis económica, la desconfianza en los partidos políticos era menor (3,41), así como en los sindicatos (4,22) y en las organizaciones empresariales (4,31). También era mayor la confianza en el Gobierno (4,60), el Parlamento (4,52) y en los parlamentos autonómicos (4,90). En general, en octubre de 2006 un 50,1% de los españoles decía sentirse satisfecho o muy satisfecho con el funcionamiento de la democracia en España frente a un 45,1% que decía sentirse poco o nada satisfecho.    

La pérdida de poder provoca rechazo

Teniendo en cuenta estos datos, se podría sugerir que existe una relación entre la pérdida de poder de la clase política y de las instituciones con su pérdida de popularidad. ¿Por qué?

En su obra “Los orígenes del totalitarismo”, la filósofa política judeo-alemana Hannah Arendt echa mano de Alexis de Tocqueville y de su obra “El Antiguo Régimen y la Revolución” para buscar una respuesta. El autor francés, del S. XIX, estudió los motivos por los cuales surgió el  odio desenfrenado del pueblo hacia la aristocracia al principio del periodo revolucionario en 1789, y el principal descubrimiento de Tocqueville, según Hannah Arendt, es tan claro como brutalmente directo: “La evidencia de la pérdida del poder de la aristocracia fue lo que provocó el odio del pueblo”.


Según Arendt, “solamente cuando la aristocracia perdió sus privilegios bajo la monarquía absoluta, y entre ellos el privilegio de explotar y de subyugar, fue percibido por el pueblo como un elemento parasitario. Ya no servía para nada, ni siquiera para dominar. En otras palabras, lo que se considera insoportable es menos la explotación y la dominación como tales; más irritante resulta la riqueza sin ninguna función aparente, porque nadie entiende por qué se debería respetar”.  

Arendt continúa afirmando que “lo que hace que las personas obedezcan o soporten el verdadero poder, pero odien la riqueza sin poder, es el instinto político que les dice que el poder desempeña una función, no es inútil. Incluso la explotación y la dominación hacen que la sociedad funcione y crean una especie de orden. Solamente la riqueza sin poder y el orgullo sin voluntad política son considerados parasitarios, superfluos y desafiantes; desafían a los resentimientos porque crean unas condiciones en las que ya no se pueden desarrollar las relaciones entre las personas. La riqueza que no explota, ni siquiera conoce la relación humana que une al explotador con el explotado, y el orgullo sin voluntad política demuestra que ni si quiera se siente el mínimo interés que necesariamente debería existir por parte del dominador hacia el dominado”.       

Es decir, las personas solamente respetan el poder cuando perciben ese poder. En el momento en el que determinadas instituciones o clases políticas muestran una pérdida de poder, pasan de ser temidas y respetadas a ser despreciadas.


Sin poder, sin legitimidad

El politólogo, jurista y político italiano Gaetano Mosca, escribió hace más de un siglo su obra “La clase política” y en ella explicó la manera en la que esta clase puede perder su legitimidad ante los gobernados. Según Mosca, “la base jurídica y moral sobre la que se apoya el poder de la clase política en todas las sociedades, es la que llamamos fórmula política”. Esta “fórmula” se compondría de una serie de valores, discursos y comportamientos por parte de la clase política que darían respuesta a la “necesidad, tan universalmente experimentada, de gobernar y sentirse gobernado, no en base a la fuerza material e intelectual, sino a un principio moral”, según Mosca.

Pero a la vez advirtió de que la legitimidad que los gobernados están dispuestos a otorgar a los gobernantes tiene sus condiciones y sus límites. Los gobernantes no deberían olvidar nunca que su legitimidad, su “fórmula política, debe fundarse sobre las creencias y sentimientos más fuertes, específicos del grupo social en el cual está en vigencia”.

Por lo tanto, y aplicando este concepto de Mosca, si la fórmula política se transforma o lo hace la sociedad sobre la que descansa, la clase política pierde la legitimidad de gobernar que había tenido antes. Y la fórmula política está cambiando. 

Artículo disponible en Ssociólogos.com

jueves, 24 de abril de 2014

“El temor a la invasión”: el origen del miedo al inmigrante

En el mundo de la era de la globalización y del neoliberalismo triunfante, el papel del Estado nacional es cada vez menor. El Estado social está siendo desmontado y con él se está perdiendo la principal base sobre la que se erigía su legitimidad. Los gobiernos necesitan un nuevo relato para justificarse ante su población, y ese nuevo relato es el de la seguridad. El eminente sociólogo Zygmunt Bauman analizó este proceso en su libro “Vidas desperdiciadas, la modernidad y sus parias”, y apuntó directamente a la clave: “Debe haber tensión; cuanta más, mejor”.

Cada día los medios de comunicación ofrecen imágenes de grupos de jóvenes africanos desesperados que se abalanzan hacia las vallas que rodean Ceuta y Melilla, poniendo en riesgo sus propias vidas. A pesar de la compasión que deberían despertar estas imágenes, desde hace meses el contenido de las noticias que las acompañan es inequívoco: aprovechando su tremenda carga emocional, se habla de “asalto” (755.000 resultados encontrados en Google), “avalancha” (279.000 resultados), incluso de “invasión” (132.000 resultados).

Lo que es una huída desesperada de la miseria por parte de personas harapientas y desarmadas, es transmitida como un asalto frontal de carácter prácticamente militar. Incluso la muerte de un pequeño grupo indefenso que trataba de entrar a nado a Ceuta por los disparos de la policía se justifica, en cierta manera, como una acción en defensa propia por parte de unos funcionarios sometidos a una altísima tensión debido a los reiterados “asaltos” a la frontera.

Las vallas de Melilla y Ceuta adquieren la cualidad de muros protectores, al estilo del Limes romano que protegía al imperio de las incursiones bárbaras. Mientras, se habla de reforzar la seguridad, de cuchillas en las vallas, de incrementar el presupuesto para la vigilancia de las fronteras, de soberanías, en vez de ayuda humanitaria, asilo y solidaridad. ¿Por qué?

El sociólogo Zygmunt Bauman analizó hace una década este fenómeno y publicó sus conclusiones en el libro “Vidas desperdiciadas, la modernidad y sus parias”. Según Bauman este discurso de alerta ante una amenaza es consecuencia de la debilidad del Estado. Paradójicamente, mientras más imágenes de las vallas y de policías armados se publican en los medios de comunicación, más contundentemente está el Estado mostrando su debilidad y su muerte lenta en la era de la globalización y del neoliberalismo hegemónico.


Vulnerabilidad e incertidumbre

Bauman parte de la base de que “la vulnerabilidad y la incertidumbre humanas son la principal razón de ser de todo poder político; y todo poder político debe atender a una renovación periódica de sus credenciales”. Durante gran parte del S. XX la legitimidad del Estado descansaba en la lucha contra esa vulnerabilidad e incertidumbre, proporcionando una cobertura social para la población. Es decir, los sistemas de poder eran aceptados en tanto y en cuanto eran capaces de proporcionar seguridad personal y material a sus ciudadanos. Sin embargo, en las últimas décadas, según Bauman “el Estado contemporáneo tiene que buscar otras variedades, no económicas, de vulnerabilidad e incertidumbre en las que hacer descansar su legitimidad”.

Zygmunt Bauman
La causa es la globalización y el lento pero imparable proceso de vaciamiento del Estado nacional. Los gobiernos nacionales están dejando de serlo en el contexto global y están perdiendo poder a favor de  los mercados y otros elementos del capitalismo transnacional que, gracias a la hegemonía neoliberal, pueden ignorar las fronteras y a los propios estados, que quedan desarmados ante los deseos y necesidades del capitalismo global. El Estado ha perdido su soberanía.

Como consecuencia de esta pérdida de soberanía, el Estado es débil y ya no tiene la fuerza de antaño para imponer un marco legal y administrativo enfocado en la búsqueda de seguridad de sus ciudadanos, por lo que abandona el terreno desmantelando el Estado social y desregulando el mercado laboral, convirtiendo la sociedad cada vez más en una jungla en la que predomina el miedo a la vulnerabilidad e incertidumbre que precisamente el Estado debería combatir.

El Estado ya no se siente responsable del bienestar de sus ciudadanos. Según Zygmut Bauman ”se lava las manos ante la vulnerabilidad y la incertidumbre que dimanan de la lógica (o falta de lógica) del libre mercado, redefinida ahora como un asunto privado, una cuestión que los individuos han de tratar y hacer frente con los recursos que obran en su poder”. Y esa retirada del Estado como protector tiene sus consecuencias en su legitimidad ante los ciudadanos, ya que “estas tendencias “socavan los fundamentos en los que se apoyaba cada vez más el poder estatal en los tiempos modernos, reivindicando un papel crucial en el combate contra la vulnerabilidad y la incertidumbre que perseguían a sus súbditos”, explica el autor.


Un nuevo objetivo

Sin una red social protectora, los gobiernos necesitan convencer a sus ciudadanos de que sirven para algo. Se produce un cambio de objetivo que Bauman describe de la siguiente manera: “Despojados de gran parte de sus prerrogativas y capacidades soberanas, en virtud de las fuerzas de la globalización que son incapaces de resistir, y menos aún controlar, los gobiernos no tienen más opción que la de “seleccionar cuidadosamente” objetivos que pueden (verosímilmente) dominar y contra los cuales pueden dirigir sus salvas retóricas y medir sus fuerzas mientras sus agradecidos súbditos oyen y ven cómo lo hacen”. Es por ello que “los gobiernos de hoy en día (nacionales, redefinidos como locales en la era de la globalización) están buscando esferas de actividad en las cuales poder afirmar su soberanía y demostrar en público, y de manera convincente, que así lo han hecho”.

Esas nuevas ‘esferas de actividad’ para afirmar la soberanía han sido encontradas en la seguridad personal: “Amenazas y miedos a los cuerpos, posesiones y hábitats humanos que surgen de las actividades criminales, la conducta antisocial de la ‘infraclase’, y el terrorismo global”, a la que hay que sumar la amenaza de una ‘invasión’ de los inmigrantes.

Determinado el nuevo espacio (la seguridad personal frente a la antigua seguridad social), se trata ahora establecer un nuevo objetivo, que según Bauman es “inspirar un volumen de ‘temor oficial’ lo bastante grande como para eclipsar y relegar a una posición secundaria las preocupaciones relativas a la inseguridad generada por la economía, sobre la cual nada puede ni desea hacer la administración estatal”.

Es decir, hoy es más sencillo para el Estado luchar contra terroristas (que no derrotarlos), colocar una valla y armar a policías fronterizos, que imponer un derecho laboral respetuoso con los intereses de la mayoría de los trabajadores o tratar de recaudar impuestos entre la minoría multimillonaria del país que atesora sus fortunas en paraísos fiscales. 

Por lo tanto, de un Estado que se legitimaba en la protección social de sus ciudadanos, en la era de la globalización neoliberal hemos pasado a un Estado que busca legitimarse por la protección personal de sus ciudadanos. Para justificar la seguridad personal se crea previamente una demanda de protección provocando un estado de alarma por la amenaza de un supuesto peligro exterior, que a su vez sustituye la sensación de vulnerabilidad e incertidumbre provocada por el desmantelamiento del Estado social.

La cuestión ahora es, ¿por qué se utiliza a los inmigrantes como causantes de ese “temor oficial” para justificar la actuación estatal?


Residuos de la globalización

Zygmunt Bauman escribe que el mundo contemporáneo es un mundo en el que se corre el riesgo constantemente de quedarse excluido, convertido en residuo. Como consecuencia de la voracidad consumista, no existe ya concepto de perdurabilidad. Todo es efímero, fútil. Lo nuevo de hoy se convierte en obsoleto inmediatamente, con la intención de consumir enseguida el nuevo artículo, desechando el anterior.

Lo mismo ocurre con las personas. Mientras que anteriormente existía un concepto inclusivo del Estado, en el que el objetivo era no dejar fuera a ningún individuo (tampoco los sistemas totalitarios en un sentido de control y opresión), el Estado hoy es cada vez más excluyente. El sentido del Estado social era ayudar a no dejar caer a nadie fuera del sistema. Por ejemplo, los parados se veían como parte de la sociedad productora y su situación de desempleo era considerada pasajera, algo temporal, aliviada por el seguro del paro hasta su reincorporación al grupo de los productores cotizantes.

Hoy, en cambio, si se considera que no se sirve ni como productor ni como consumidor (generalmente como consecuencia de lo primero), se es excluido del sistema y penalizado con mayores dificultades que, a su vez, suponen obstáculos insalvables para recuperar el status perdido. Es decir, si se pierde el empleo, se pierde poder adquisitivo y se pierde capacidad de consumo. Si no se consigue recuperar pronto la posición anterior, se cae en la exclusión. Es lo que les ocurre a las personas mayores de 50 años que son despedidas, a los pensionistas que ven como menguan sus ingresos, y a los trabajadores en paro de larga duración afectados por la crisis económica.

Y a los inmigrantes que provienen de los países afectados por los procesos de modernización, brutales y despiadados, que provocan la expulsión de la mano de obra sobrante que no ha podido reubicarse tras la destrucción de las economías tradicionales. Según Bauman, esos procesos se dieron en Europa hace un siglo, pero entonces existían “lugares vacíos” en el mundo (con permiso de los indígenas) con capacidad de absorber el flujo de migraciones. Hoy esos “lugares vacíos” no existen, y los emigrantes se encuentran atrapados. “Refugiados, desplazados, solicitantes de asilo, emigrantes sin papeles, son todos ellos residuos de la globalización”, explica Bauman.     

Al llegar a los países “desarrollados”, provocan incomodidad y desconfianza entre la población autóctona, sometida a su vez a fuertes tensiones sociales por el desmantelamiento del Estado social y la incertidumbre provocada por el libre mercado. “Para quienes les odian y detractan, los inmigrantes encarnan –de manera visible, tangible, corporal- el inarticulado, aunque hiriente y doloroso, presentimiento de su propia desechabilidad”, escribe Bauman.
        
Los inmigrantes llegan en un momento perfecto para los gobiernos, deseosos, como hemos visto, de redefinir su papel y de reorientar “las preocupaciones explosivas por la seguridad (que) ya se habían ido almacenando en virtud de la retirada progresiva, lenta pero constante, del seguro colectivo que solía ofrecer el Estado social, así como de la rápida desregulación del mercado laboral”.

Así, afirma Bauman, “reinterpretados como un “peligro para la seguridad”, los inmigrantes ofrecían un útil foco alternativo para las aprensiones nacidas de la súbita inestabilidad y vulnerabilidad de las posiciones sociales, y, por consiguiente, se convertían en una válvula de escape relativamente más segura para la descarga de la ansiedad y la ira que semejantes aprensiones no podían por menos de suscitar”.

Es por todo ello que la imagen de un grupo de africanos asustados y desorientados, subidos a las vallas de Ceuta y Melilla y rodeados por cientos de policías, es considerada una amenaza para nuestra seguridad, y no una escena lamentable que debería provocar la compasión del Estado y la solidaridad de la sociedad.