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domingo, 16 de noviembre de 2014

La crisis en España, ¿el fin de una era política?

El 9 de noviembre de 2014 1,8 millones de catalanes votaron a favor de la independencia. Al mismo tiempo, las encuestas del CIS, Metroscopia y de la Fundación Sistema sitúan a Podemos entre las tres principales fuerzas políticas junto a PSOE y PP. España está viviendo un terremoto político. ¿Por qué? Muchas voces aseguran que se debe a que las instituciones y los partidos están sufriendo un enorme desgaste por culpa de las crisis que se traduce en desafección y desconfianza entre cada vez más ciudadanos. Según el politólogo y sociólogo Ignacio Sotelo esta desafección es fruto de una transformación socioeconómica a nivel global, cuyas consecuencias podrían estar poniendo fin al ciclo político en España nacido en la transición.

La primera mitad del mes de noviembre de 2014 ha sido testigo de una serie de hechos que podrían interpretarse como un terremoto político en España, en el sentido de que se han movido los cimientos sobre los que se ha sostenido el sistema político español desde la transición. En el transcurso de una sola semana, dos elementos fundamentales de la política española que parecían inamovibles hace tan sólo una década, han demostrado no ser tan inmutables y han abierto un periodo de incertidumbre sobre el futuro político del país.

Por un lado, el pasado 9 de noviembre más de dos millones de personas, más de un tercio del censo electoral catalán, se tomaron la molestia de participar en una consulta sobre la futura relación de Cataluña con España a pesar de que era evidente que los resultados no serían vinculantes legalmente. Alrededor de 1,8 millones de personas, el 81% de los participantes, votaron a favor de la independencia. Este resultado refleja que la opción que aboga abiertamente por la ruptura con España, aunque no cuenta con un apoyo superior al 50% entre la población catalana, sí ha conseguido convertirse en una fuerza muy importante. Es un fenómeno que ha explotado en la última década, ya que en junio de 2005 solamente el 13,6% de los catalanes se mostraban favorables a un estado independiente frente al 49,4% de 2014 (según los sondeos del "Centre d'Estudis d'Opinió" de la Generalitat de Cataluña).

Al auge del independentismo se suma la quiebra del llamado bipartidismo. El pasado 5 de noviembre el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) publicó un barómetro que incluía la intención de voto en España para las próximas elecciones generales. Según sus conclusiones, el partido más votado sería el PP con el 27,5%, seguido por PSOE (23,9%) y Podemos (22,5%). Independientemente de la ‘cocina’ añadida a los resultados de la encuesta y de los apoyos concretos que otorga a cada partido, la tendencia electoral que muestra es clara: llega una tercera fuerza que iguala a PP y PSOE en proyección electoral.

Esta tendencia se ha visto confirmada por otras encuestas como la de Metroscopia publicada el pasado 2 de noviembre, que da a Podemos el 27,7% de intención de voto, por encima de PSOE (26,2%) y PP (20,7%), y la encuesta de la Fundación Sistema, que sitúa al PSOE como el partido con mayor intención de voto (31%), seguido de Podemos (21%) y PP (20%).


Crece el hastío

Antes de la aparición del auge del independentismo catalán y de Podemos hace tiempo que se había estado percibiendo otro fenómeno fundamental para comprender lo que está pasando. La encuesta de Metroscopia revela un enorme hastío por parte del electorado y señala este sentimiento como la principal causa del apoyo a Podemos. Así, en respuesta a la pregunta por las causas del apoyo a esta formación política, el 67% de sus simpatizantes encuestados respondieron que se debe “sobre todo al desencanto y decepción con los demás partidos” en un contexto en el que el 91% de considera que la situación política española es “mala o muy mala”.


Por su parte el barómetro del CIS confirma este hastío popular: el 80,5% de los encuestados valora la situación política de España como mala o muy mala, y el 92,6% considera que esta situación política es igual o peor que hace un año. Los encuestados no son muy optimistas, ya que el 75,4% cree que la situación política será igual o peor dentro de un año. En ese contexto de enfado y pesimismo se explica que entre los principales problemas señalados por el CIS destaquen en segundo lugar “la corrupción y el fraude” (por debajo del paro) y “los/las políticos/as en general, la política y los partidos” en cuarto lugar.

A la mala estimación de la situación política le acompaña una pésima valoración de las instituciones. En el barómetro del CIS del pasado mes de abril de 2014 se preguntaba directamente por la valoración de las diferentes instituciones del Estado, y en una escala entre 0 (ninguna confianza) y 10 (mucha confianza), los resultados eran bastante elocuentes: los partidos políticos (1,89), el Gobierno (2,45), los sindicatos (2,51), el Parlamento (2,63), las organizaciones empresariales (2,94) y los parlamentos autonómicos (2,99) no superaban los tres puntos de confianza.

Para comparar, en el barómetro del CIS de octubre de 2006, antes de que comenzara la crisis económica, la desconfianza en los partidos políticos era menor (3,41), así como en los sindicatos (4,22) y en las organizaciones empresariales (4,31). También era mayor la confianza en el Gobierno (4,60), el Parlamento (4,52) y en los parlamentos autonómicos (4,90). En general, en octubre de 2006 un 50,1% de los españoles decía sentirse satisfecho o muy satisfecho con el funcionamiento de la democracia en España frente a un 45,1% que decía sentirse poco o nada satisfecho.    

Es decir, las instituciones que tradicionalmente han dirigido la vida política, económica y social española desde la transición sufren un desgaste y una creciente falta de apoyo entre la población desde el inicio de la crisis económica. Mientras tanto, está emergiendo una fuerza política de reciente creación que en pocos meses se está abriendo un hueco entre una ciudadanía que desconfía de las instituciones, y el independentismo se está fortaleciendo en Cataluña de manera espectacular. ¿Por qué?


La sociedad está cambiando

El sociólogo y politólogo Ignacio Sotelo hace un análisis sobre esta transformación en su ensayo  “España a la salida de la crisis” (editorial Icaria Amtrazyt), y sitúa el punto de partida en la crisis económica: “En tres décadas el neoliberalismo triunfante desemboca en una crisis de grandes dimensiones que ha terminado por consolidar un nuevo tipo de capitalismo, el financiero, con el que el poder pasa de las compañías industriales a los grandes consorcios financieros de inversión. Es el acontecimiento que señala la salida de la crisis, inaugurando una nueva época”.



Este proceso ha sido descrito por el también sociólogo Zygmunt Bauman como “modernidad líquida”, en la que ya nada es estable y fijo. El capital financiero puede literalmente volar de un lugar a otro del planeta globalizado sin sufrir prácticamente ningún obstáculo y utilizando a placer la mano de obra que necesita de forma coyuntural, es decir, temporal. La consecuencia es que “no va a volver el tipo de trabajo de jornada completa para toda la vida en la misma empresa”, afirma Sotelo.

Pero no solamente hay temporalidad, sino que también se ha instalado la precariedad e incluso la exclusión laboral de una parte muy importante de la fuerza de trabajo. En España el paro se ha estabilizado en torno al 25%, afectando sobre todo a la mano de obra no cualificada que tendrá muy difícil volver a encontrar un empleo a largo plazo. Esto supone un problema estratégico, ya que “el tema central de esta nueva etapa del capitalismo es cómo sostener una población no empleable, que ni siquiera se necesita como ‘ejército de reserva’”.  No se trata de un asunto baladí, ya que “cambios de tanto peso en el mercado de trabajo traen consigo una transformación radical del orden socioeconómico”, escribe Sotelo.

Es decir, la hegemonía del capitalismo financiero sobre los otros tipos de capitalismo desarrollados hasta el momento (comercial e industrial), está cambiando el mundo: “Las consecuencias sociales y económicas no pueden ya ser ignoradas: disminución, cuando no, desaparición de los puestos de trabajo que no exijan una alta cualificación, descenso de los salarios. Desmontaje progresivo del Estado social, proletarización de las clases medias, rápido aumento de la desigualdad social, concentrada la riqueza en cada vez menos manos”, escribe Sotelo.

Eso ya está sucediendo. Un informe reciente de la ONG Oxfam afirma que la riqueza de los tres españoles más acaudalados duplica a la del 20% de la población más pobre y que las veinte personas más ricas en España poseen una fortuna similar a los ingresos del 30% más pobre de la población (casi 14 millones de personas).

¿El cambio en la sociedad está afectando a la legitimidad política?

El politólogo, jurista y político italiano Gaetano Mosca, escribió hace más de un siglo sobre la manera que tiene la clase política de perder su legitimidad ante los gobernados. Mosca explicó que “la base jurídica y moral sobre la que se apoya el poder de la clase política en todas las sociedades, es la que llamamos fórmula política”. Se trata de una serie de valores, discursos y comportamientos por parte de la clase política que dan respuesta a la “necesidad, tan universalmente experimentada, de gobernar y sentirse gobernado, no en base a la fuerza material e intelectual, sino a un principio moral”. Es decir, “la fórmula política debe fundarse sobre las creencias y sentimientos más fuertes, específicos del grupo social en el cual está en vigencia”.

Por lo tanto, y aplicando este concepto de Mosca, si la fórmula política se transforma o lo hace la sociedad sobre la que descansa (dando paso a un grado de desigualdad social cada vez más amplio, por ejemplo), la clase política pierde la legitimidad de gobernar que había tenido antes. ¿Es esto lo que está pasando en España?     
Ignacio Sotelo
La creciente desigualdad social, unida al creciente empobrecimiento de las capas sociales medias y trabajadoras (otro ejemplo: Cáritas ha informado que en 2013 atendió a 2,5 millones de personas en riesgo de exclusión social, 600.000 más que en 2012), provocaría incertidumbre y temor, y también supondría un duro golpe para la legitimidad del sistema político, según Ignacio Sotelo. Y, en consecuencia, “el distanciamiento crítico del capitalismo alcanza al régimen político que lo sustenta, la democracia representativa, poniendo en tela de juicio el orden político establecido”. La señal más evidente de que esto está ocurriendo en España sería “el distanciamiento creciente de los ciudadanos, no de la política, sino de los políticos”, escribe Sotelo.

Llegado a este punto, Sotelo se pregunta si se “¿acaba el ciclo de la transición?”. Identifica hasta cinco ciclos políticos diferentes en España desde la guerra contra Napoleón en 1808: el régimen absolutista de Fernando VII, el periodo liberal de Isabel II, la restauración borbónica entre 1875 y 1923 (hasta ahora el ciclo más duradero), el régimen de Franco y finalmente el periodo que comenzó con la Constitución de 1978. ¿Es cierto que está llegando a su fin?   

El hastío que una parte importante de los ciudadanos siente hacia el sistema político español y que se expresa en un auge espectacular de Podemos y del independentismo catalán, cuyos discursos se basan precisamente en la ruptura de ese sistema, podrían interpretarse en clave de fin de ciclo. Sin embargo, no hay que olvidar que los apoyos a Podemos y al independentismo en Cataluña no son mayoritarios en el sentido de superar el 50%. Las encuestas dan a Podemos, como mucho, una intención de voto del 25% del electorado mientras que el 75% restante apoyaría a otras fuerzas políticas que no plantean discursos rupturistas. Lo mismo ocurre en Cataluña, donde el independentismo se ha convertido en una fuerza muy importante a tener en cuenta, pero no es la opción de la mayoría de la población, al menos de una mayoría clara.

Teniendo en cuenta esta situación se podría concluir que la sociedad española, al igual que el resto del mundo, está sufriendo una transformación en el modelo socioeconómico que tiene consecuencias en la política. Una parte muy importante de la sociedad considera agotada la legitimidad de las instituciones políticas del Estado y de sus representantes y apoya opciones que pretenden romper ese marco. Sin embargo, hay muchas más que continúan apoyando las opciones políticas tradicionales, a pesar de que también les afecta la transformación socioeconómica. 

Lo cierto es que en España no existe, hoy por hoy, una mayoría clara que ponga en práctica una ruptura del sistema político. Pero tampoco existe una mayoría que haga innecesarios los cambios en ese sistema. ¿Qué puede pasar?

Sotelo es pesimista. Según él, “lo probable es que en los próximos años, pese a los muchos discursos retóricos sobre la necesidad de cambios profundos, presenciemos el desmoronamiento del orden institucional, que desemboque en un nuevo periodo de inestabilidad, en el que todo puede pasar, como ha ocurrido otras veces en nuestra historia”.   


 Artículo disponible en Ssociólogos.com


miércoles, 19 de junio de 2013

EL SOBERANISMO CATALÁN, ¿sentimiento o estratagema?

Cada 11 de septiembre los nacionalistas catalanes celebran la Diada. Rinden homenaje a los caídos en la defensa de Barcelona contra las tropas del rey Felipe V de Borbón en 1714 que murieron defendiendo la “independencia” de Cataluña contra un rey “invasor” que conquistó su tierra para imponer su voluntad, o eso es lo que cuentan. - Publicado en MBC Times.

Desde la Transición, la Diada ha sido la fecha tradicional de reivindicación de un nacionalismo que, a diferencia de por ejemplo el vasco, siempre mantuvo una línea de cooperación con el Estado español a pesar del discurso “invasor-invadido” de su fiesta. La Diada era un ritual que el nacionalismo catalán celebraba cada año con más o menos entusiasmo. No solía congregar a más que unos cientos de habituales y se había convertido en una rutina. Sin embargo, en la Diada del año pasado, el 11 de septiembre de 2012, se escenificó un ritual diferente. No sólo se presentaron las habituales representaciones de la élite nacionalista. Decenas de miles de personas colapsaron las calles de Barcelona al grito de independencia y contra la permanencia catalana en España.

El ambiente se ha radicalizado, ha traspasado el umbral de lo minoritario a lo masivo. Según el último barómetro del CIS del pasado mes de mayo, un tercio de los catalanes apoya la independencia, mientras que sólo un 12,1% entiende Cataluña como una región española. De pronto, la independencia de Cataluña se ha convertido en una idea respetada y apoyada por muchos. ¿Qué ha pasado?

El nuevo rumbo de CiU
El nacionalismo catalán tradicional, conservador y mayoritario representado por CiU se ha embarcado en un viaje que es nuevo para él. Tradicionalmente, la burguesía catalana ha estado plenamente integrada en la economía y en la política española. En época del presidente Jordi Pujol se decía que el objetivo del nacionalismo catalán era presionar para conseguir privilegios y poder con los cuales influir en la política de España en su conjunto. No se aspiraba a nada más. La independencia era folclore.


Era una diferencia nítida con respecto al otro nacionalismo periférico poderoso de España, el nacionalismo vasco, que nunca aceptó en ninguna de sus versiones (conservadora del PNV o radical de la Izquierda Abertzale) ni el Estatuto de Autonomía vasco ni la Constitución. Es cierto que de manera diferente y utilizando métodos en absoluto comparables, ya que el PNV siempre optó por la vía institucional y pacífica frente al terrorismo de ETA. Sin embargo, el nacionalismo vasco siempre mantuvo una equidistancia con respecto al Estado Español que el nacionalismo catalán nunca ha compartido, hasta ahora. 

El presidente de la Generalitat Artur Mas ha desafiado al Estado Español anunciando su determinación de consultar a los catalanes sobre la permanencia o no de Cataluña en España invocando el derecho de autodeterminación. Se justifica en el actual contexto de crisis económica argumentando que Cataluña no recibe nada de una España que la explota, que pertenecer a este país es un lastre, … y una imposición histórica que data de la derrota en 1714. Es un discurso independentista puro y duro.


La principal crítica que se le hace a este llamado “plan soberanista” es que se trata de una coartada. Según esta crítica, Mas y CiU se encontraron tras su victoria electoral de 2010 con un contexto de crisis económica en el que aplicaron recetas neoliberales de gestión. Estas medidas, como la privatización sanitaria, el copago, los recortes sociales, etc., se toparon con una gran resistencia popular que podía poner en peligro el liderazgo político de CiU poco después de volver al poder tras una década de oposición. La respuesta ha sido tapar esos problemas con un gran manto nacionalista que invoque la unidad nacional frente al “otro”.

Todos los partidos catalanes (excepto el PP y Ciutatans) aceptan este discurso y no denuncian esa presunta estratagema a pesar de que les perjudica, ya que mantiene en el poder a CiU. No tienen más remedio, ya que ellos mismos han experimentado una transformación catalanista que va más allá del regionalismo o autonomismo que habían defendido hasta hace poco.

El nacionalismo atrapó al Tripartito
Es el caso de los partidos de izquierda integrantes del antiguo Tripartito, la coalición de gobierno de Cataluña entre 2003 y 2010, que incluía a los socialistas del PSC, a Iniciativa per Catalunya Verds (los herederos del comunismo catalán) y a los independentistas de Esquerra Republicana. Era una coalición muy complicada, con más diferencias que cosas en común. Por ejemplo, los socialistas representan tradicionalmente un proyecto amplio, con vocación de mayoría y representativo entre amplios sectores sociales. Por otro lado, Esquerra Republicana aspira a la independencia de Cataluña. Son dos discursos absolutamente incompatibles.

Entonces se explicó que la sensibilidad social era predominante en los programas de todos los partidos gobernantes y que esta faceta iba a ser la que guiara su gestión. Se pensaba que el independentismo de Esquerra iba a atenuarse con el paso del tiempo e incluso a ceder ante la “Realpolitik” de la gestión. Sin embargo, una década después los partidos del antiguo Tripartito compiten por presentarse como el más nacionalista, o al menos aspiran a ser aceptados en la comunidad nacionalista como uno más.


Esto ha provocado graves desgarros internos y externos en el PSC. Obligado a adoptar un discurso nacionalista que no le es propio, se encuentra enfrentado con el PSOE a nivel nacional y dividido en su seno. No en vano el PSC ha sido el partido que representaba a las amplias capas sociales de emigrantes de otros lugares de España que marcharon a trabajar a Cataluña en los años 60 y 70 y sin ninguna tradición nacionalista catalana. Sin embargo, con el tiempo esa generación ha dado paso a sus hijos, ya catalanoparlantes y estrechamente vinculados emocionalmente a Cataluña.

¿A quién representa el PSC? ¿A los “nuevos catalanes”? ¿A sus padres de Extremadura o Andalucía? Esta disyuntiva ha metido a los socialistas en un laberinto que le obliga a apoyar la estrategia soberanista de Mas para no perder credibilidad entre el electorado recientemente “catalanizado”. Sin embargo, lo hace a costa de enfrentarse con los intereses del PSOE que no puede apoyar esa deriva si no es a costa de graves daños en su imagen que no está dispuesto a sufrir. Por eso el PSC ha optado por defender la tesis federalista del PSOE para no tener que romper con su matriz. La consecuencia es que el PSC ni es nacionalista ni deja de serlo, o lo que es lo mismo, está perdiendo la carrera por situarse en el podio nacionalista catalán, lo que tiene como consecuencia un grave castigo en las urnas.

El socio minoritario del antiguo Tripartito, Iniciativa per Catalunya Verds, también ha apostado por el discurso nacionalista profundamente autonomista. Ha hecho suya la exigencia de celebrar una consulta popular sobre el derecho de autodeterminación y se postula como un partido cada vez más nacionalista en el que el discurso social y medioambiental juega un papel cada vez menos relevante.

¿Cómo es posible que tanto el PSC como Iniciativa, que partían como sólidos adalides de la defensa del discurso de izquierdas en el Tripartito, hayan asumido el discurso nacionalista a remolque de su entonces socio minoritario de Esquerra Republicana? La respuesta está en la evolución de esta formación en las últimas dos décadas, que corre paralela al crecimiento de la importancia del discurso soberanista en Cataluña.

Esquerra Republicana, de paria a protagonista
Hace veinte años ERC era una formación marginal que vivía de glorias pasadas de la época de la Guerra Civil y de la mítica presidencia de Lluís Companys. En las elecciones generales de 1993, hace ahora dos décadas, ERC consiguió 189.632 votos, el 5,1% del total, y consiguió ser la quinta fuerza política en Cataluña. El despegue comenzó una década después. En las elecciones autonómicas de 2003 y bajo el liderazgo de Carod Rovira, consiguió 544.324 votos, el 16,5% del total, catapultando a ERC al tercer puesto entre los partidos más votados en Cataluña. El cénit se alcanzó un año después, en las elecciones generales de 2004 cuando alcanzó 652.196 votos, el 15,89% del total.


En las elecciones de 2004 ERC consiguió el máximo número de votos de su historia. Coincidió con el cambio de Gobierno del PP al PSOE tras ocho años de gobierno de José María Aznar, una época que se caracterizó por “fabricar nacionalistas”, como señaló una diputada de Esquerra en una conversación privada en 2003. El discurso centralista y nacionalista español del PP, sus ataques a los nacionalismos periféricos en su segundo mandato entre 2000 y 2004, tuvo como consecuencia que miles de personas que apoyaban el regionalismo o el autonomismo pasaran a considerarse atacadas y a abrazar opciones nacionalistas más radicales, lo que en Cataluña redundó en beneficio de Esquerra Republicana.

ERC entró pues en el Tripartito como el socio menor, susceptible de ser asimilado por sus socios mayoritarios, pero al final el que acabó asimilando a los demás fue Esquerra que en todo momento mantuvo una posición independiente e independentista. Por ejemplo, en el debate sobre la reforma del Estatuto de Autonomía de Cataluña celebrado en 2006, auspiciado por el PSOE a nivel nacional y el PSC a nivel regional, ERC dijo “no” por considerarlo insuficiente para sus aspiraciones independentistas. Mantuvo su coherencia a pesar de ser miembro del Tripartito.

Esquerra ha sobrevivido así a una década de gobierno Tripartito imponiendo su discurso nacionalista y saliendo muy fortalecida. Y eso tiene premio. Ahora es quien sostiene el nuevo gobierno conservador de CiU tras las elecciones del pasado mes de noviembre de 2012 en las que consiguió ascender a la segunda posición de partido más votado.  Fueron unas elecciones marcadas por una competición por ver quién era el más nacionalista, influidas por la convocatoria de la consulta popular sobre el futuro de Cataluña. Es decir, un escenario en el que ERC se encuentra no sólo muy cómodo, sino que lo tiene todo para ganar porque es la única formación política que defiende la independencia y el discurso soberanista desde el principio. Y eso le otorga una credibilidad ante el electorado de la que carecen los demás partidos.

El nacionalismo como medio y como fin
En resumen, se plantea si el nacionalismo catalán es un sentimiento o una estratagema. La respuesta es complicada y depende de a qué actor político se le plantea. Sin duda, para la mayoría de los partidos, incluido CiU, se trata de una estrategia para captar o mantener votos en un contexto cada vez más receptivo al discurso nacionalista radical y a las aspiraciones independentistas. Así es como PSC o Iniciativa per Catalunya no han tenido más remedio que entrar a saco en la carrera nacionalista, aunque con escasa credibilidad lo que se manifiesta en los resultados electorales, sobre todo en el caso del PSC que, además, sufre desgarros internos y en su relación con el PSOE.

Por otro lado, CiU y el presidente Artur Mas han optado por una deriva soberanista impropia de su discurso tradicional y culpan a España de todos los males de Cataluña y sugieren que la solución es la independencia. Es decir, es un ejemplo del uso del nacionalismo catalán como estratagema que, además, aviva los sentimientos.

Pero esa estratagema sólo ha tenido éxito porque previamente se ha experimentado una explosión del sentimiento nacionalista catalán durante la última década que ha impuesto su discurso a la agenda política catalana. Esa explosión ha sido como una ola que ha ido creciendo y en cuya cresta se ha situado ERC que ha ido evolucionando de ser un paria hace dos décadas, a ser la segunda fuerza política más votada en Cataluña.


Es decir, el nacionalismo catalán es una estratagema para camuflar otros fines políticos, como por ejemplo la supervivencia política de Artur Mas. Pero esa estratagema sólo es factible porque previamente se han desbordado los sentimientos. Cabe preguntarse si esos sentimientos se contentarán con la situación actual o, como sentimientos que son, desarrollarán una fuerza irracional que intente romper el actual marco político y nacional de Cataluña y España.