La ultraderecha en Alemania ha alcanzado un hito de una importancia simbólica: por primera vez desde 1945 un partido de extrema derecha, la Alianza para Alemania (AfD) va a gobernar un Land, una región. Es el caso de Sachsen Anhalt (Sajonia Anhalt), un territorio de la antigua RDA, donde los votos a los ultras han superado el 40% y prácticamente igualado a los del resto de partidos. Hace una década aproximadamente la noticia era que este partido había conseguido representación parlamentaria en los Länder, que la extrema derecha estaba entrando en las instituciones. Hoy la noticia es que las va a gobernar. Pero solamente un mes antes, el 7 de agosto de 2026, otra preocupación no menos importante sacudió al país. La policía descubrió un par de drones con explosivo militar en el aeropuerto de Halle-Leipzig. Lo servicios de inteligencia no han dudado en señalar directamente a Rusia y el canciller Friedrich Merz ha declarado que este hecho no quedará impune.
¿Qué ha pasado? Estos solo son los últimos síntomas de la tormenta perfecta que está amenazando al modelo económico, geopolítico y social de Alemania, un país que es clave para el futuro de la Unión Europea y que ve cómo se
La prosperidad alemana se ha
construido históricamente sobre varias dependencias estratégicas. Su economía se
sustenta en la exportación de productos de alta calidad y de la importación de
energía barata, y su seguridad está unida a la alianza militar con los países
de su entorno. Así ha sido desde 1949, con la fundación de la República Federal
de Alemania. Pero los tres pilares sobre los que descansaba ese modelo están
hoy sometidos a una presión inédita: las exportaciones bajan con relación al
PIB en un mundo en el que el comercio global empieza a sufrir restricciones y
otros mercados se muestran más competitivos, el flujo de energía barata ha
cesado desde que Rusia invadió Ucrania, y el futuro de la OTAN está en riesgo.
El mundo de 2026 no es el mismo que hacía posible la fortaleza alemana, un país
que se enfrenta a una tormenta perfecta de crisis simultáneas en los ámbitos
sobre los que ha construido su fortaleza.
Gas para Alemania: de Moscú a Washington
Cuando Putin dio la orden de invadir Ucrania en 2022, además de subestimar la capacidad de reacción militar de su enemigo, contaba con la tibieza de la Unión Europea o al menos su división. La causa de esta lectura era la enorme dependencia energética alemana con respecto a Rusia: en 2021 el 60,3% del gas que se consumió en Alemania tenía origen ruso (frente al 9,7% en España), según datos de la Agencia Internacional de la Energía. Sin embargo, pudo más la lealtad a los socios europeos y de la OTAN y Berlín optó por el frente común contra Moscú y cortó las importaciones de energía desde Rusia.
Sin embargo, el problema alemán de la dependencia energética sigue encima de la mesa. Hoy el principal proveedor son los Estados Unidos de Donald Trump, que abastecen la industria y a las calefacciones alemanas con el 94% de las importaciones de gas natural licuado (GNL), según publicó el Institute for Energy Economics and Financial Analysis (IEEFA) en noviembre de 2025. "La alta dependencia es un problema, teniendo en cuenta la evolución autoritaria del Gobierno estadounidense y el riesgo de chantaje geopolítico", analizaba Susanne Nies, experta en energía del think tank Helmholtz-Zentrum Berlin, en febrero de 2026. Es por ello por lo que en Berlín están buscando diversificar el origen de sus importaciones (Argentina y Noruega, por ejemplo) y aumentar la producción de energías renovables.
Además del riesgo geopolítico, el cambio de proveedor energético ha obligado también a realizar cambios estructurales como, por ejemplo, la construcción en tiempo récord de terminales de almacenamiento de GNL, ya que a diferencia del gas ruso que llegaba por gasoductos directamente a Alemania, el nuevo gas lo hace en barco. Ahora el gran temor es que la capacidad de almacenaje de GNL sea suficiente para abastecer a la vasta industria alemana y a los hogares de 84 millones de personas, sobre todo en invierno.
Es la industria la que ha tenido que
realizar un esfuerzo importante para poder reorientar su abastecimiento
energético y, sobre todo, para seguir siendo competitiva. Los productos ‘Made
in Germany’ han sido durante décadas el pilar del bienestar y del orgullo
alemán, un elemento identitario debido al reconocimiento internacional de la
calidad de los productos que se exportan a todo el mundo. Esa exportación
masiva durante décadas ha sido la clave del ‘milagro alemán’ (como se denominó
en los años 60), manteniendo año tras año la balanza comercial en superávit.
Pero algo está cambiando y están sonando las alarmas en los ministerios de
Berlín y en los consejos de administración de las multinacionales.
Made in Germany vs. Made in China
En 2021 las exportaciones alemanas crecieron un 13,81% respecto al año anterior y representaban el 37,37% de su PIB. Alemania era el tercer país que más exportaba del mundo, principalmente a Estados Unidos, China y Francia según los datos estadísticos oficiales. Sin embargo, en 2025 las exportaciones solamente crecieron un 0,93% respecto al año anterior y su valor bajó hasta el 34,98% del PIB. Sigue siendo el tercer país que más exporta del mundo, pero ahora lo hace principalmente a Estados Unidos, Francia y Países Bajos. China y su mercado de 1.400 millones de personas han dejado de ser uno de los principales clientes para convertirse en uno de los proveedores más importantes para los alemanes.
Los datos del Observatory of EconomicComplexity (OEC) reflejan ese cambio de tendencia: en febrero 2026, Alemania exportó 5,71 mil millones de euros a China e importó 14,1 mil millones, resultando un balance comercial negativo de 8,4 mil millones de euros. Entre febrero 2025 y febrero 2026, las exportaciones de Alemania a la potencia asiática disminuyeron en 779 millones de euros (12,0%) mientras que las importaciones se incrementaron en 829 millones de euros (6,24%).
Pero el dato más preocupante a ojos
de la industria alemana es lo que se importa de China. Los días en los que llegaban contenedores con bienes de baja calidad han terminado. La
transformación no es únicamente cuantitativa; también afecta a la naturaleza de
los productos que Alemania importa. En mayo de 2026, por ejemplo, las
principales exportaciones de China a Alemania fueron baterías eléctricas (por valor de 1,17 mil millones de dólares), ordenadores (799 millones de dólares),
y teléfonos (477 millones de dólares). La ventaja competitiva del
sello 'Made in Germany' ya no resulta tan indiscutible como hace dos décadas.
La amenaza de Putin
Cambian los proveedores de energía, cambia el mercado de exportación internacional, y cambia también la estructura de seguridad. La OTAN se fundó en 1949, el mismo año que la Alemania moderna. Esta alianza militar forma parte del ADN de la democracia alemana, que en los años de la guerra fría carecía de soberanía militar plena, lo que le permitió centrarse en reconstruir su industria y fortalecer el comercio creando una prosperidad nunca vista. En los años 90 y 2000 ese paraguas tuvo un efecto psicológico más fuerte aún, ya que no había enemigos a la vista y el gasto militar pasó a mínimos históricos. A diferencia de otros lugares, la presencia estadounidense en Alemania no es vista con desagrado por buena parte de la sociedad alemana. Su cercanía cultural y la memoria del Plan Marshall tras la guerra mundial continúan colocando a los EEUU en un lugar privilegiado a los ojos de la sociedad alemana, por lo que la confianza en la colaboración con Washington ha sido ciega durante décadas. Pero llegaron la invasión de Ucrania y la reelección de Trump.
La base naval rusa de Kaliningrado está a solamente 750 km de la base naval alemana más oriental en Parow, cerca de la frontera con Polonia. Es la misma distancia que separa, por ejemplo, Madrid de Girona, por lo que se puede decir que, a efectos estratégicos, Alemania y Rusia se encuentran frente a frente en el Mar Báltico. Tras dos guerras mundiales, la percepción de Rusia como amenaza forma parte del imaginario estratégico alemán y se ha intensificado tras la invasión de Ucrania. Hoy ese miedo se ve avivado por noticias de avistamiento de drones e incluso de actos esporádicos de sabotaje en instalaciones militares de autoría incierta. Pero ha sido el descubrimiento de drones rusos cargados de explosivos en el aeropuerto de Halle-Leipzig lo que ha provocado una reacción del gobierno alemán anunciando que no dejará impune esta acción.
Alemania se considera la pieza clave de la OTAN en la retaguardia de la primera línea frente a Rusia, y por ello quiere transformar su ejército en el más grande y moderno de Europa como instrumento de disuasión frente a Putin. Para ello, el Gobierno alemán anunció en la pasada cumbre de la OTAN en Ankara un aumento del presupuesto militar hasta llegar a 125 mil millones de euros, el 2,69 del PIB, coincidiendo con las exigencias de Trump de que los aliados europeos aumenten sus gastos en defensa.
Pero es precisamente Trump y su
retórica anti-OTAN los que están haciendo temblar los cimientos de la
estructura de seguridad europea y, sobre todo, alemana. Tras meses de
desencuentros y, sobre todo, tras la retirada de 5.000 efectivos
estadounidenses de Alemania el pasado mes de mayo debido a la falta de apoyo de
Berlín a la guerra en Irán. Las constantes declaraciones de la administración
de Washington dan a entender que el futuro del escudo americano sobre Europa no
está asegurado, por lo que en Berlín necesitan mirar hacia sus socios europeos para
coordinar una nueva estructura de seguridad si fuera necesario. Pero el futuro
de sus socios es incierto.
El peligro ultra en Francia
Esto supondría una amenaza no solamente para el futuro de la UE, sino también para la delicada estabilidad interna alemana, donde la ultraderecha ya supera en intención de voto a la CDU del canciller Merz a nivel federal: la encuesta del instituto INSA del pasado 8 de septiembre da a la extrema derecha AfD un 29% frente al 19,5% para la CDU, sin contar las diferentes citas electorales regionales en las que AfD cuenta con muchas papeletas para sumar gobiernos al de Sajonia Anhalt.
El futuro de Alemania es incierto.
Los pilares sobre los que ha construido su estructura económica, militar e
incluso política durante setenta años están en riesgo de desmoronarse a corto
plazo. Continúa su dependencia energética, las exportaciones de bienes de
calidad empiezan a perder competitividad, el paraguas militar de EE. UU. puede
desaparecer, se percibe una amenaza rusa real y el socio francés puede caer en
manos de la extrema derecha. La evolución de Alemania durante los próximos años
será determinante no solo para su propio futuro, sino también para el
equilibrio político, económico y estratégico de toda la Unión Europea.
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