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viernes, 8 de abril de 2016

¿Preparando las urnas para el 26 de junio?

La reunión ‘a tres’ entre PSOE, Podemos y Ciudadanos ha fracasado tras el primer encuentro. Parece lo previsible después de que Podemos y Ciudadanos hubieran escenificado sus diferencias y subrayado sus desacuerdos en los días previos en vez de apostar por un discurso conciliador que diera alguna oportunidad al acuerdo. Sin embargo, no es de extrañar que escogieran este tono agresivo, ya que a ambas formaciones no les interesa llegar a ningún acuerdo tripartito.

Albert Rivera le dijo a Pablo Iglesias en una intervención en el Congreso de los Diputados el día antes de la reunión a tres: “A ver si es verdad que usted defiende los derechos humanos en todo el mundo, donde tiene gente que le financia su partido”. Iglesias, por su parte, respondió que resultaría “muy difícil” conformar un gobierno del cambio con “intolerantes” que “querían negar la tarjeta sanitaria a personas que sólo estaban huyendo de la pobreza”. Un cruce dialéctico muy duro que hacía presagiar el fracaso del pacto y aparentemente extraño entre dos partidos que comparten el discurso de la primacía de la necesidad del cambio frente al PP y de llegar a acuerdos en la ‘nueva política’. ¿Qué ha pasado? Pues que la opinión pública no ha quedado congelada ni mucho menos desde que votó el pasado mes de diciembre.

Según el sondeo de Metroscopia publicado el 7 de abril, el mismo día de la reunión, si se repitieran las elecciones el próximo 26 de junio el gran vencedor sería Ciudadanos. La formación de Albert Rivera conseguiría el 17,7% de los votos, casi cuatro puntos más que en las elecciones del 20 de diciembre. Sus interlocutores de la reunión ‘a tres’ serían los damnificados: El PSOE perdería dos puntos y pasaría al 20,1% y Podemos se dejaría casi cuatro puntos en el camino pasando al 17%, por debajo de Ciudadanos que sería la tercera fuerza política. El PP, por su parte, se mantendría igual que en diciembre, incluso subiría un 0,3% hasta llegar al 29%.



Esta tendencia electoral al alza de Ciudadanos frente a una bajada de Podemos y el estancamiento de PP y de PSOE es compartida por otras encuestas publicadas en los últimos días. Por ejemplo Celeste Tel publicó el pasado 6 de abril que Ciudadanos podría sumar hasta siete escaños, el PP dos, el PSOE se quedaría igual o perdería uno, mientras que Podemos podría perder hasta ocho diputados. Otra encuesta, de JM&A publicada el mismo día, incluso se aventura a pronosticar una subida de 21 diputados naranjas en caso de repetición electoral.

Ciudadanos en mejor posición
Pero esta tendencia se mueve y cada día que pasa parece que aumentan las expectativas de los de Albert Rivera. La encuesta de Metroscopia ofrece un vistazo más detenido a lo que pasa y explica que, de todas las fuerzas políticas, Ciudadanos es la que se encuentra en mejor situación de cara a la repetición electoral. Según su análisis “el partido naranja combina su capacidad para retener a sus votantes de diciembre (un 79% de ellos repetiría ahora su voto) con la de ser el partido que mayor número de electores parece lograr atraer desde otras opciones políticas”.

Los otros miembros de la reunión ‘a tres’ no comparten un pronóstico tan halagüeño. Según Metroscopia, “Podemos es, hoy por hoy, el partido que cuenta con una menor fidelidad de voto: 64%”, y el PSOE “sufre fugas en todas las direcciones: sobre todo hacia Ciudadanos (10%) pero también hacia el PP (4%), Unidad Popular (3%) y Podemos (3%)”, además de tener el electorado con la menor determinación de volver a las urnas en caso de repetir los comicios.

Es decir, Ciudadanos estaría viviendo un momento dulce en el que cada día que pasa aumentan sus posibilidades de convertirse en un actor político mucho más influyente si se repitieran las elecciones. Tan influyente que, si esta tendencia se mantuviese, incluso podría facilitar al PP un Gobierno siguiendo sus condiciones, un escenario mucho más cómodo que un imprevisible tripartito con PSOE y Podemos. Ciudadanos ni siquiera necesitaría entrar en el Ejecutivo y sufrir así el desgaste de ser la ‘muleta’ del PP. Con un pacto de investidura y la negociación individual de cada ley, también con la oposición, pondría al Parlamento en el centro del debate y con ello al propio Albert Rivera, que cada año podría revisar su apoyo al PP con motivo de la aprobación de los Presupuestos Generales. Es el modelo que Ciudadanos ya está aplicando en la Comunidad de Madrid, donde vota con la oposición en muchas ocasiones, pero mantiene su apoyo al Gobierno conservador en las votaciones cruciales.

Con este escenario, ¿qué necesidad tiene Ciudadanos de fomentar su participación en las reuniones ‘a tres’? Incluso, ¿qué necesidad tiene de mantener su acuerdo programático con el PSOE?

Sigue la lucha por la hegemonía en la izquierda
Los socialistas son los grandes perdedores tras el fracaso de la reunión. Con Ciudadanos y Podemos amarrados con un acuerdo en el que Pedro Sánchez sería presidente, el PSOE podía reclamar la centralidad política y jugar el papel de mediador entre la izquierda y el centro. Ahora tendrá que elegir hacia qué lado lanzar su primer discurso preelectoral, es decir, señalar al culpable de impedir el ‘Gobierno del cambio’, y según la primera reacción parece que el señalado es Podemos, que no deja de ser el principal competidor de los socialistas en las urnas.

Pablo Iglesias, por su parte, no ha renunciado a su objetivo estratégico de superar al PSOE como partido hegemónico de la izquierda. No es solamente una cuestión de número de votos y de escaños. Podemos aspira a superar al PSOE como referente de la izquierda en un sentido amplio: en el discurso, en la movilización, incluso en la simbología. Si el triunfo del PSOE fue el símbolo del fin del franquismo, el triunfo de Podemos sobre el PSOE debe ser el triunfo de los indignados sobre el ‘sistema de 1978’. Y para ello Pablo Iglesias necesita no aparecer como la muleta del PSOE.

Para Podemos resulta fundamental que Ciudadanos se marche de las conversaciones y que el PSOE dependa exclusivamente de ellos para tener alguna oportunidad de gobernar. Solamente así Pablo Iglesias podría presionar de tal forma a los socialistas, que la única manera de que Pedro Sánchez llegue a la Moncloa sería cediendo y demostrando públicamente que depende de Podemos. La formación morada conseguiría así una influencia definitiva sobre el PSOE y la hegemonía cultural en la izquierda, aún teniendo menos diputados. Juega a su favor que Pedro Sánchez sabe que si finalmente se repiten las elecciones, en las filas socialistas serían muchos los que pondrían en duda su idoneidad para volver a liderar el proyecto el 26 de junio y podría ser el fin definitivo a sus aspiraciones políticas.

La única posibilidad de evitar volver a las urnas está por lo tanto en un hipotético pacto PSOE-Podemos que pueda arrastrar a alguna formación menor. Será una partida de póquer hasta el final. Puede que incluso parecida al fatigoso proceso de formación de Gobierno en Cataluña, donde se evitó la repetición de las elecciones literalmente en el último minuto.


Sánchez e Iglesias saben que, según las encuestas, el tiempo va en su contra si se tuvieran que repetir las elecciones, pero ninguno quiere ceder ante el otro en pleno combate por la hegemonía en la izquierda. Ciudadanos, por su parte, ha perdido el interés y se prepara ya para volver a las urnas y salir de ellas con más fuerza. Solamente busca una excusa para salir de las conversaciones de manera que no se le acuse de no querer alcanzar soluciones. El PP, mientras tanto, espera.  

viernes, 22 de enero de 2016

¿Es el fin de las aspiraciones de Pedro Sánchez?

La política española ha vivido el pasado viernes 22 de enero un giro que podría ser definitivo. En pocas horas, dos anuncios espectaculares han hecho trizas la estrategia del PSOE para tratar de convertir a Pedro Sánchez en presidente del Gobierno y han transformado la gran ventaja estratégica de los socialistas de su posición central entre las fuerzas políticas en un problema.

La semana previa los acontecimientos señalaban a una ligera ventaja de los socialistas en la dura lucha por la investidura. El sorprendente acuerdo con Ciudadanos que hizo posible la presidencia de Patxi López en el Congreso de los Diputados era el aviso de que podía conseguirse algo mucho más importante si este acuerdo se repetía de cara a la investidura. Con el SÍ de Ciudadanos el PSOE superaría los escaños del PP y pondría a Podemos y a sus confluencias en la situación incómoda de tener que elegir entre apoyar un gobierno alternativo a Rajoy (ya sea votando a favor o absteniéndose) o votar en contra.

El resultado hubiera sido brillante para Pedro Sánchez: una derrota del PP y su parálisis temporal con una crisis interna importante en torno al liderazgo; la escenificación de Podemos como el miembro menor de la izquierda frente a un PSOE gobernante; la demostración ante la Unión Europea y los poderes económicos y empresariales de que es capaz de llegar a acuerdos con Ciudadanos y el centro político moderado; y, sobre todo, la victoria incuestionable sobre sus barones territoriales que se oponen abiertamente a su liderazgo.

Esta estrategia tenía un primer acto, y es que Rajoy debía presentar el primero su candidatura a la investidura y perderla. Aunque fuera con los votos favorables de Ciudadanos, pero esta sesión hubiera escenificado el NO de los socialistas y hubiera legitimado la posterior candidatura de Pedro Sánchez como líder del segundo partido más votado, sobre todo ante el importantísimo Comité Federal del PSOE del 30 de enero, que es el que debe dar luz verde a Sánchez en sus políticas de pactos.

Sin embargo, las cosas han venido de otra manera. Los rivales del PSOE no se han quedado dormidos y han trastocado todos estos planes.

Golpes de efecto

El primer golpe de efecto lo dio Pablo Iglesias tras su entrevista con el Rey, cuando anunció ante la sorpresa general que estaba dispuesto a apoyar la presidencia de Pedro Sánchez a cambio de participar en un gobierno de coalición en el que el propio Iglesias se recomendaba como vicepresidente. La reacción de los barones y de otros muchos influyentes socialistas contrarios a cualquier pacto con Podemos no se hizo esperar y respondieron enojados y ofendidos en contra de la oferta de Iglesias. El ambiente en el PSOE a ocho días del Comité Federal volvía a calentarse.

Pero a esta primera bomba informativa le siguió pocas horas después una segunda explosión espectacular. Mariano Rajoy anunció también tras su entrevista con el Rey que no iba a presentar su candidatura a la investidura, a pesar de que Felipe VI se lo había propuesto formalmente al tratarse del líder del partido más votado en las elecciones. Poco después el propio Rajoy matizó sus palabras y explicó que seguía aspirando a la Presidencia del Gobierno, pero que no se presentaría a la investidura hasta conseguir la mayoría que le diera la victoria.

La estrategia del PSOE se ha hecho añicos. Ahora todos los focos están sobre Pedro Sánchez y no sobre Rajoy, y las preguntas son: ¿Se presentará ahora el líder socialista el primero a la sesión de investidura? Y ¿aceptará la oferta de Podemos?

‘Vía Crucis’ del PSOE

La que iba a ser una semana cómoda y triunfal del PSOE con la derrota de Rajoy en el Congreso se ha convertido en un más que probable ‘Vía Crucis’ de cara al Comité Federal del 30 de enero. Los barones y muchos miembros de este órgano no apoyarían con toda seguridad el pacto con Podemos, lo que abriría una dura confrontación entre los partidarios de negociar con Pablo Iglesias y los que no lo están. Se antoja casi imposible para Pedro Sánchez conseguir en este ambiente una mayoría absoluta (por no hablar de unanimidad) en el máximo órgano socialista entre congresos que legitime su candidatura a la investidura con el apoyo de Podemos.

Es, sin duda, una gran victoria táctica de Pablo Iglesias. Por un lado, si Sánchez consiguiera un SÍ del Comité Federal a pactar con Podemos, se abriría un proceso de negociación con el partido morado cuyos resultados son hoy por hoy imprevisibles, ya que una coalición de partidos para formar gobierno como ha ofrecido Iglesias haría saltar muchas chispas en el seno del socialismo que no olvida que Podemos tiene como objetivo estratégico hacerse con la hegemonía en la izquierda. Por otro lado, en el caso de que el PSOE dijera NO a un pacto con Podemos, Iglesias no tardaría ni un segundo en afirmar que los socialistas no quieren el cambio y que Podemos es la única alternativa real de izquierdas, con el claro objetivo de atraer a más votantes socialistas a sus filas en una posible repetición de las elecciones.

Con el movimiento de Iglesias se ha invertido la situación: de ser Podemos el que tendría que posicionarse ante un eventual pacto PSOE-Ciudadanos contra el PP, ahora es el PSOE el que tiene que posicionarse, y cualquiera de las decisiones que tome conllevan un desgaste.  

Rajoy, por su parte, espera pacientemente este desgaste del PSOE y, de la misma manera que Sánchez esperaba un suicidio político de Rajoy en el Congreso, ahora es el presidente en funciones el que espera que sea su rival el que se inmole en la Cámara. El PP sigue jugando la baza del pacto con Ciudadanos y el apoyo (o abstención) del PSOE, por lo que un fracaso y/o eventual dimisión o derrota de Pedro Sánchez sería fundamental, ya que un nuevo liderazgo socialista podría permitir un nuevo gobierno de Rajoy. Los socialistas tendrían que elegir entre la peste o el cólera: mantener el NO a Rajoy y provocar unas nuevas elecciones en las que, con bastante seguridad, pagarían ante sus votantes su negativa a aprovechar la oferta de Podemos para echar al PP del Gobierno, o apoyar a Rajoy.


En resumen: en un solo día los que parecía que iban perdiendo han provocado un giro en los acontecimientos que puede poner fin a las aspiraciones de Pedro Sánchez de convertirse en presidente del Gobierno. ¿Podrá contraatacar con otro golpe de efecto?

sábado, 16 de enero de 2016

Pedro Sánchez Presidente del Gobierno. ¿Un desenlace imposible?

La actual composición del Congreso de los Diputados ha abierto la caja de pandora de los pactos. De ser un parlamento que en los últimos 30 años ha funcionado al albur del poder ejecutivo como consecuencia de las mayorías absolutas o simples que permitían al partido más votado controlar las instituciones, hoy un puzle de muy difícil combinación marca el trabajo parlamentario. El primero y más importante y urgente de ellos la investidura del nuevo Presidente del Gobierno.

En los medios, en los análisis y en las tertulias se habla de dos bloques ideológicos, incluso de tres. Estarían representados por PP y Ciudadanos (derecha); PSOE, Podemos (y sus mareas) e IU (izquierda); y los nacionalistas, una amalgama heterogénea que incluye tanto a los conservadores del PNV, a izquierdas independentistas como Bildu o Esquerra Republicana, a conservadores independentistas como Democracia y Libertad (la antigua CiU), y a la diputada de Coalición Canaria.

Este esquema por afinidades ideológicas se ha impuesto en el imaginario colectivo de aquellos que aspiran a comprender este escenario altamente confuso. Sin embargo, para disgusto de los amantes de la simplificación, es un esquema que no se ajusta a la realidad, o mejor dicho, la realidad no tiene por qué ajustarse a él.

Comenzando por el bloque de la derecha. ¿Es homogéneo? ¿Supone esta asignación ideológica que PP y Ciudadanos están obligados a entenderse en exclusiva y a ser socios porque comparten ideario y rechazar la negociación con otros? Lo mismo podría decirse del bloque de la izquierda, en el que la desavenencia es lo único que hasta el momento ha caracterizado la comunicación entre PSOE y Podemos, lo que aleja el llamado ‘pacto a la portuguesa’ a pesar de que ambos comparten buena parte del perfil de su electorado.

Por el momento los hechos han demostrado que los supuestos bloques ideológicos no deben servir como guía para comprender la realidad política española, ya que el primer acuerdo firme y con consecuencias prácticas ha sido al que han llegado PSOE y Ciudadanos para nombrar al socialista Patxi López presidente del Congreso, con la abstención del PP y los votos en contra de Podemos. Es decir, un miembro del bloque de derechas y un miembro del bloque de izquierdas han conseguido llegar a un acuerdo sin el apoyo de sus ‘compañeros’ ideológicos. ¿Y si este acuerdo fuera el primer paso hacia un pacto mucho más relevante?

Los números frente a la ideología

Para ser Presidente del Congreso hacen falta más votos a favor que en contra. Se trata de una cuestión de pura aritmética y no ideológica. En el Congreso de los Diputados hay 350 parlamentarios. Para elegir al Presidente del Gobierno en una primera vuelta son necesarios 176 votos como mínimo, es decir, la mayoría absoluta. Como esa cifra se antoja imposible por la actual composición de la Cámara, se pasaría a una segunda vuelta de votación en la que ya solamente es necesaria una mayoría simple, y esa es la cuestión clave.



A partir de aquí sigue la mera especulación.

El PP presentaría a Mariano Rajoy en una primera vuelta que fracasaría ya que, a priori solamente conseguiría los votos positivos propios, 123 (122 si Gómez de la Serna no vota), más los 40 de Ciudadanos si seguimos apostando por la solidaridad entre los bloques ideológicos. En total serían 163 votos, 13 menos de la mayoría absoluta y 24 menos de la suma de los votos de PSOE, Podemos y los nacionalistas, 187 votos que presumiblemente dirían ‘No’ a un nuevo gobierno del PP. En total 163 ‘síes’ frente a 187 ‘noes’ para Rajoy.

Se pasaría a una segunda fase. Patxi López podría presentar al rey la candidatura a la investidura del líder del PSOE, Pedro Sánchez. Con 90 diputados, 33 menos que el PP, podría parecer una operación condenada al fracaso. Sin embargo, si se activara de nuevo el acuerdo que ha permitido al PSOE presidir el Congreso, esos 90 diputados del PSOE podrían contar con el apoyo de los 40 de Ciudadanos, es decir, 130 votos para Pedro Sánchez contra 123 del PP que seguramente votarían ‘No’.

Ni mucho menos sería suficiente para una investidura en una primera ronda porque faltarían 46 votos para la mayoría absoluta. Pero, ¿y en una segunda vuelta en la que sólo es necesaria una mayoría simple? PSOE y Ciudadanos superan al PP, y ¿qué harían Podemos y los nacionalistas?

Podemos cuenta con 42 diputados propios más otros 27 de las ‘mareas’ regionales. En total 69 diputados que tendrán que elegir si permiten un gobierno del PSOE o lo tumban directamente sumando sus votos negativos a los del PP. ¿Estaría dispuesto Pablo Iglesias a ponerse en el mismo lado de Rajoy contra el PSOE? Podemos también podría abstenerse, lo que con la abstención nacionalista sería suficiente para hacer de Pero Sánchez presidente con el siguiente resultado: a favor 130, en contra 123, abstención 97 (aunque seguramente algún diputado nacionalista votaría a favor, como la de Coalición Canaria que gobierna en las islas con el apoyo socialista).

Para llegar a este escenario deben darse muchas carambolas y se debe negociar mucho. Por ejemplo, Ciudadanos ha apoyado la presidencia del Congreso por parte del PSOE para que presida la Cámara un partido diferente al del Gobierno. ¿Cambiaría de parecer Albert Rivera para apoyar a Pedro Sánchez? ¿Qué papel jugaría Podemos? Y los 17 diputados nacionalistas catalanes que apoyan la llamada ‘desconexión’, ¿apoyarían al PSOE o al menos se abstendrían facilitando así la investidura de Pedro Sánchez?


Este sería un desenlace difícil, puede que improbable, pero no imposible.    

miércoles, 8 de julio de 2015

La vorágine electoral después del verano

España está de elecciones. Lleva así desde que empezó 2015 y seguirá así hasta que se hayan celebrado las generales, las que de verdad importan. Las elecciones andaluzas, las municipales y autonómicas y las catalanas solamente se perciben para muchos como meros sondeos (muy detallados y caros) para medir el ambiente antes de la batalla decisiva.

Los principales actores ya se están preparando. El PSOE tiene candidato oficial tras un proceso exprés con bandera gigante incluida. Pedro Sánchez encabezará la lista del PSOE al Congreso de los Diputados en Madrid sin necesidad de pelea interna (al menos visible). Ciudadanos también tiene candidato-marca, Albert Rivera (¿quién si no?) y Podemos, que ya ha convocado un proceso de primarias que ha provocado algunas críticas internas por su supuesto caudillismo, no tardará en presentar a Pablo Iglesias como su estandarte electoral (¿volverán a imprimir su cara en las papeletas como hicieron en las Europeas?). Por parte del PP nadie duda de que el candidato será el Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, aunque las voces críticas con su figura dentro de su propia casa empiezan a ser cada vez más fuertes y contundentes.

Todos tienen el mismo objetivo: ganar. Aunque esto no signifique exactamente lo mismo en cada caso. Porque si Rajoy no es capaz de revalidar la mayoría absoluta, o al menos de conseguir una mayoría clara, habrá perdido y sus enemigos en el PP saldrán a por él. Porque si el PP consigue apuntalar su poder sin necesidad de una muleta, Ciudadanos y Albert Rivera habrán fracasado al no poder convertirse en un actor político decisivo. Porque si Podemos no consigue superar en votos al PSOE no conseguirá cumplir su objetivo estratégico de hacerse con la hegemonía en la izquierda española. Y porque si el PSOE no supera a Podemos, Pedro Sánchez no será presidente del Gobierno.

Los primeros datos que ofrecen las encuestas dicen que todo está al rojo vivo. La encuesta de Invymark del mes de junio para La Sexta habla de una victoria mínima del PP que en realidad sería una derrota: el 25.9% de intención de voto. Necesitaría una muleta que podría ser Ciudadanos, pero según el sondeo aún así no sería suficiente: Los de Rivera solamente llegarían al 13,2%. PP y C’s no sumarían más que el 39,1% frente al 46% de la suma de PSOE y Podemos. Pero esa suma es complicada, porque Pedro Sánchez y Pablo Iglesias empatarían cada uno con el 23%.

Si fuera por las preferencias del público, Pedro Sánchez sería el presidente. Siempre según esta encuesta que dice que un 31,1% de españoles le prefiere a él frente a un 20,1% que elegiría antes a Pablo Iglesias. Pero como el sistema político español no es presidencialista cuentan las marcas. Y no estaría claro cual de los dos, Podemos o PSOE, aceptaría ser el socio menor en caso de un empate técnico en el mundo político de la izquierda.

Barómetro de Metroscopia, julio 2015.

El último sondeo de Metroscopia publicado en El País abunda en el mismo escenario: un empate virtual entre PSOE (22,5%) y Podemos (21,5%) con un margen de erros de más menos 3,2 puntos. El PP, por su parte, conseguiría el 23%, lo que, sumado al 15% que conseguiría Ciudadanos no le permitiría gobernar. 

La carrera ya ha empezado. Todos deben necesariamente sumar para despegarse de sus rivales. Al final del camino, ¿conseguirá el PP una amplia mayoría?, ¿quién se hará finalmente con la hegemonía de la izquierda? y ¿quién se presentará al debate de investidura?


Empiezan las ofertas electoralistas

Junto al posicionamiento de los líderes, estamos siendo testigos de las primeras promesas y medidas electorales. Parte del PP parece que está pasando a un discurso algo más progresista ante la ola de izquierdismo que vive el país. Así, por ejemplo, Cristina Cifuentes, la flamante presidenta de la Comunidad de Madrid, y Jesús Posada, el presidente del Congreso de los Diputados, han izado la bandera del arco iris en la semana del Orgullo Gay. Por otro lado, el presidente del Gobierno ha adelantado una bajada del IRPF mientras insiste en que la recuperación económica es una realidad. Rajoy sigue confiando en que los bolsillos, o mejor dicho la expectativa de aumentar sus contenidos, determinen buena parte de los votos y le permitan repetir en La Moncloa.

El PSOE, por su parte, se aferra en que esa expectativa no cuaje entre el electorado y basa su discurso en la denuncia de la desigualdad que está causando la crisis entre los españoles. Mientras los socialistas denuncian la cara amarga del capitalismo, y para cortocircuitar denuncias de radicalismos ideológicos, lo hacen reivindicando los símbolos del Estado y con ello una imagen de centralidad. Es el eterno viaje al centro que nunca se deja de emprender en vísperas electorales.

De eso sabe mucho Podemos, que en su camino hacia la “transversalidad” ya ha tenido que vivir las primeras disensiones internas de un sector que considera que se están traicionando las esencias asamblearias y de izquierdas. Pablo Iglesias tiene claro que la razón de ser y la clave del éxito de Podemos se basa en que permanezcan intactos su imagen y su discurso irreverentes y diferentes frente a los partidos tradicionales, pero a la vez necesita centrar esa misma imagen y ese mismo discurso para atraer al mayor número de votantes del PSOE, fundamentalmente, y ganar así su batalla por la hegemonía de la izquierda. Parece la cuadratura del círculo: ¿se puede ser un rebelde de centro?

Ese es el objetivo de Albert Rivera y de Ciudadanos. Las elecciones municipales y autonómicas del pasado mes de mayo no han supuesto una explosión impresionante de votos a la formación naranja teniendo en cuenta su proyección demoscópica, pero sí la ha puesto en el centro del tablero. Igual que los pactos postelectorales han situado a Podemos en la izquierda con el PSOE como único socio posible, ocupando así el espacio de IU, Ciudadanos juega a dos bandas. Con menos votos, está desempeñando un papel más destacado en la gobernabilidad de ciudades y autonomías importantes, y lo hace sin  hacer ascos a ni al PP, al que permite gobernar en la Comunidad de Madrid, ni al PSOE, al que permite hacerlo en Andalucía.

Sin embargo, tanta centralidad puede resultar complicada para los electores acostumbrados a la confrontación entre derecha e izquierda. Aunque puede resultar práctico no casarse con nadie, también puede restar votos. Los de Rivera se entienden como los luchadores por una España sin corrupción y comprometida con la llamada regeneración democrática, aunque sin especificar exactamente qué supone eso. La pregunta que tendrán que responder a su electorado será si el juego a dos bandas realmente supone una mayor democracia y menos corrupción, o si es simplemente mercantilismo.


Cada voto contará y para ello ninguno de los actores implicados dudará en movilizar todas sus fuerzas y discursos para alcanzar su objetivo. Si la situación política y mediática en España ya es convulsa, después del verano nos espera la vorágine, o lo que es lo mismo, una “pasión desenfrenada o mezcla de sentimientos muy intensos”, como lo define la RAE.

martes, 17 de marzo de 2015

Nueva política: la hoguera de los candidatos



Algo insólito ha ocurrido en la política madrileña. A menos de dos meses de las elecciones autonómicas y municipales, los partidos han esperado hasta el último minuto para presentar a sus candidatos. En el caso del PP, PSOE e IU podría interpretarse como un síntoma de crisis y de nervios ante la pujanza de los nuevos partidos, que ponen en serio riesgo el bipartidismo. Sin embargo, también Podemos, Ciudadanos o Ahora Madrid han apurado los tiempos.

Mariano Rajoy ha anunciado los nombres de Cristina Cifuentes y de Esperanza Aguirre a tan sólo 70 días antes de que se celebren las elecciones a la Asamblea de Madrid y al Consistorio de la capital, respectivamente. La mayoría de los comentarios sobre esta decisión han estado relacionados con su tardanza, buscando en ella síntomas de debilidad, crisis y dudas por parte del líder del PP.

El próximo 31 de marzo se firma el decreto de convocatoria electoral y el PSOE también ha cambiado de candidato a la Presidencia regional en el último momento, pasando de Tomás Gómez al exministro Ángel Gabilondo. Tras la espantada de Tania Sánchez, que ha impulsado una lista de convergencia –en la que no participará- para integrar a la izquierda en Podemos, IU se ha sacado de la manga al poeta Luis García Montero.

Lo que hasta hace no mucho parecía un acto suicida en cualquier campaña electoral, como es retrasar el nombramiento del candidato todo lo que se pueda, ahora parece un fenómeno buscado, independientemente de los problemas internos que lo provoquen. Pero, incluso sin los conflictos internos, está cada vez más claro que retrasar el nombre del candidato tiene más ventajas que inconvenientes. ¿Por qué?

Rosa Díez, “chamuscada”

En la era de las tertulias, las redes sociales y los programas políticos de sábado noche. Los políticos se abrasan más rápido que nunca. Y sin motivo aparente.

Es el caso, por ejemplo, de Rosa Díez. La portavoz de UPyD ha pasado de ser la más valorada por los españoles a ser una política del montón.

En noviembre de 2011, a tan solo días de las elecciones generales, era la líder más popular con una nota de 4,95. Tres meses después, descendió al 4,91 sobre 10. En noviembre de 2012, la caída comenzaba a preocupar: 4,31. Su puntuación fue de 4,28 pasado un año. En noviembre de 2014 bajó al cuarto puesto con un 3,63. En febrero de 2015, el último barómetro del CIS publicado con valoración de políticos, Rosa Díez era tercera con un 3,66.

Durante este período, Mariano Rajoy ha vivido una auténtica caída en barrena, pasando del 4,43 en noviembre de 2011 (mes en el que conseguiría la mayoría absoluta) al 2,24 del pasado febrero.

La caída de la popularidad del presidente del Gobierno se debe, como es lógico, al desgaste de su gestión, ¿pero cómo se explica la caída de Rosa Díez? ¿Qué había hecho desde la oposición –aparte de hacer propuestas, poner la cara colorada al PP e iniciar una ofensiva por el caso Bankia- para perder casi 1,30 puntos en tres años y medio?

La respuesta es nada; simplemente, dejar de ser la novedad o paradójicamente, hacerse conocida, desgastarse en el campo político. Quemarse, en definitiva.

Ahora, los encuestados premian la novedad –y aparentemente la falta de notoriedad-. Lo demuestra la nota a Pedro Sánchez, secretario general del PSOE desde julio de 2014 y que en su primer CIS en noviembre de 2014 ya superaba en popularidad a Mariano Rajoy (aunque con un precario 3,85, muy celebrado en Ferraz, frente al 2,31 del presidente). En ese momento Sánchez solamente era superado por Uxue Barkos, pero sería una cifra efímera, porque el CIS del pasado febrero rebajó su calificación al 3,68 en tan sólo tres meses.

La única política que ha conseguido estar siempre en los primeros puestos de popularidad es la navarra Uxue Barkos, de Geroa Bai, que nunca ha bajado del 4 a pesar de ser una desconocida para la inmensa mayoría del electorado español. De hecho, ocho de cada diez encuestados no saben quién es.


Pablo Iglesias y Albert Rivera, fuera del Congreso

El CIS es uno de los instrumentos más fiables para medir la intención de voto porque realiza la encuesta con la muestra más amplia. Sin embargo, tiene la desventaja de no computar a los partidos sin representación parlamentaria, y son Podemos y Ciudadanos los que han revolucionado las encuestas en los últimos meses.

El barómetro de Metroscopia del mes de marzo de 2015 coloca a Podemos, PSOE, PP y a Ciudadanos prácticamente empatados, con una diferencia de cuatro puntos entre los dos más alejados.
  
Según este sondeo, el político más popular y el único al que aprueban más que desaprueban los votantes es el líder de Ciudadanos, Albert Rivera. Pablo Iglesias, secretario general de Podemos, se encuentra en quinto lugar. Sin embargo, al igual que pasa con Uxue Barkos, Rivera es el más popular pero también el menos conocido con un nada despreciable 71%. A Iglesias le ponen rostro el 98% de los consultados. A Rosa Díez, el 91%. Rajoy es conocido por el 100% de ellos, pese a que le ponen la peor nota. La estrategia del nuevo equipo de Ferraz para aumentar la visibilidad de Pedro Sánchez parece hacer funcionado: 94% de conocimiento.

Albert Rivera ya era el político más valorado, según Metroscopia, en enero de 2015, aunque solo le conocía el 58%. El resto superaba el 90% de conocimiento y mantenía la misma popularidad que en marzo (a excepción de Pedro Sánchez, que entonces era quinto, dos puestos por detrás del barómetro más actual). Tan solo 30 días antes de esa encuesta, en diciembre de 2014, Albert Rivera no aparecía en la terna de políticos más valorados y el más popular era Pablo Iglesias, entonces ya conocido por el 96%. Sólo un mes después era el cuarto entre las preferencias de los españoles.

La espiral de pérdida de legitimidad

De nuevo, la misma pregunta: ¿Por qué Pablo Iglesias, el más popular durante prácticamente toda la segunda mitad de 2014, o Rosa Díez, que lo ha sido casi ininterrumpidamente durante dos años, han pasado al ‘montón’ de políticos? ¿Cómo les ha superado literalmente en el último momento –justo antes de unas elecciones autonómicas y municipales decisivas- un Albert Rivera que, excepto en Cataluña, era un auténtico extraño?

El autor francés Cristian Salmon esgrimiría como respuesta que los políticos se han convertido en un producto de entretenimiento más. Ya no actúan en los escenarios tradicionales en los que se desplegaba el poder político, sino que han tenido que subir al escenario común de la sociedad de la información junto a las demás mercancías mediáticas. Los programas importan menos que la imagen y la promesa de cambio.

La consecuencia es lo que Salmon denomina la “espiral de pérdida de legitimidad”, que destruye la política desarrollada durante siglos convirtiéndola en un bien de consumo más. Sus líderes ya no son respetados hombres y mujeres de Estado, sino personajes que surgen en función de la demanda mediática y que juegan un papel en función a la misma. Y, al igual que cualquier otro producto, caducan cuando no cumplen las expectativas o cuando surge un nuevo producto más atractivo y, sobre todo, más novedoso.

La política ha dejado de ser lo que se hace en el parlamento o en las sedes de los partidos. El ciudadano ha recuperado su espacio y la discusión lo invade todo. En un momento convulso, de crisis económica y social, el debate sobre lo público lo invade todo y está en la calle, en las redes sociales y en las tertulias y programas sobre política del fin de semana, que han tomado el prime time televisivo. El desinterés ha dejado paso a la sobreexposición.

Así pues, no se puede calificar de torpeza o incluso de debilidad nombrar a un candidato a tan sólo dos meses de las elecciones. Se trata, más bien, de un acto de prudencia, ya que, incluso en ese escaso periodo de tiempo, nada impide que los candidatos acaben carbonizados en la hoguera mediática.


Publicado en el blog "Las Malas Noticias".