Ya lo escribió Borges en El jardín de senderos que se bifurcan: “todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y solo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí…”.
Todas las personas sufrimos esa contradicción entre nuestra ‘alma’ inmortal y nuestro cuerpo perecedero. Es una contradicción que nos persigue toda la vida y que, precisamente, forma parte de lo que nos hace humanos. Tenemos la capacidad de preguntarnos por nuestro lugar en el mundo y, sobre todo, de hacernos desde niños la pregunta que lo estropea todo: ¿por qué debo morir?
La filosofía ha intentado crear una ‘hoja de ruta’ en vida hacia la muerte. Como muestra el pasaje de El Fedón, de Platón. Transcurre durante las últimas horas de vida de Sócrates. Ha sido condenado a muerte y espera el momento de beber la cicuta. Sus amigos están desesperados, pero Sócrates está sorprendentemente tranquilo. Le preguntan cómo lo consigue y responde que la muerte no debería ser el acontecimiento más terrible para alguien que ha dedicado su vida a la filosofía. Porque, para Sócrates, el verdadero filósofo lleva toda su vida preparándose para morir.
La certeza del
fin nos obsesiona tanto que, de una manera u otra, configuramos nuestra
existencia enfocándola hacia ese día. Las diferentes religiones que han ido
surgiendo y desapareciendo a lo largo de la historia han creado culturas y
marcos mentales que, entre otras cosas, nos han permitido ordenar nuestro
tiempo de vida y enfrentarnos al miedo a la muerte.
La idea de la vida eterna
Ahí aparece la idea de la vida eterna, aunque no sea dentro de nuestro cuerpo. Hay diferentes formas de entenderla que no tienen por qué tomarse al pie de la letra. Se trata también de un concepto que pretende consolarnos con la posibilidad de seguir vivos a través de nuestro legado.
Este puede entenderse de diferentes maneras: pueden ser nuestros descendientes, nuestros actos, nuestras obras. Incluso nuestras posesiones.
Sin embargo, a lo largo de la historia, esa necesidad de trascendencia ha acompañado también a proyectos de poder que han provocado enormes cantidades de sufrimiento. Alejandro Magno, Julio César, Napoleón o Hitler construyeron parte de su inmortalidad sobre la conquista, la violencia y la muerte de millones de personas. El legado puede servir para prolongar la vida de otros, como hicieron Fleming, Curie, Salk o Jenner con sus descubrimientos, pero también puede convertirse en una justificación para imponer la voluntad de unos sobre otros.
Y el legado de
uno está inevitablemente destinado a los demás. ¿Cuántos hijos habrán vivido
vidas infelices e impuestas por unos padres ansiosos por perpetuarse en ellos,
sin respetar sus deseos? Sin olvidar los grandes monumentos y construcciones
“para la eternidad” que causaron sufrimiento entre las personas que los
erigieron y padecieron.
Manchas en el paisaje
Se calcula que desde la aparición del Homo sapiens en la Tierra han vivido unos 117.000 millones de humanos. Son muchos legados. La inmensa mayoría están olvidados y desaparecidos para siempre. Y también muchos “irrepetibles”, como ironizó el filósofo Manuel Cruz sobre nuestra sociedad hiperindividualizada.
Pero, al margen de la ironía, salvo un puñado de poderosos —con capacidad para moldear o provocar un relato público sobre sus vidas—, los miles de millones de legados y de irrepetibles han acabado siendo lo que el escritor estadounidense Philip Roth llamó en su novela homónima una “mancha humana”. Una marca diminuta sobre el paisaje, destinada, en la mayoría de los casos, a desaparecer.
En La mancha
humana, los personajes de Roth llegan a enfrentarse de manera radical con
su identidad y con el lugar que ocupan en la sociedad. El sufrimiento, la
exclusión y la pérdida de aquello que creían ser les obligan a mirar de frente
una posibilidad incómoda: que nuestras vidas quizá no tengan la trascendencia
que imaginamos.
¿Al final queda esto? La reducción de la existencia humana a un pequeñísimo impacto en forma de mancha: algunas difíciles de eliminar, pero la mayoría borradas con el paso del tiempo.
Entonces, como
los personajes de Roth, ¿solamente si sufrimos podemos llegar a la conclusión
de que eso es realmente lo que somos? ¿La consciencia de ser solo una mancha
necesita obligatoriamente que nos despojemos de nuestras creencias, religiones,
culturas y normas, de todo lo que nos hace humanos? Es decir, ¿para poder
asumir la realidad tenemos que dejar atrás nuestra humanidad?
Quizá no.
No podemos soportar fácilmente la certeza de nuestra muerte sin echar mano de la idea del legado. Necesitamos creer que algo de nosotros permanecerá cuando ya no estemos. Tal vez esa necesidad de trascender sea también una de las cosas que nos hace humanos.
Pero si
inevitablemente vamos a ser una mancha, al menos procuremos no hacer daño en el
camino.
Seamos manchas
inocuas.
Y mientras las
vamos produciendo, procuremos ser felices.



















