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martes, 31 de octubre de 2017

Los independentistas catalanes, ¿prisioneros de su relato?


El balance del proceso soberanista catalán al finalizar el mes de octubre de 2017 es el siguiente: una república catalana proclamada sin ningún tipo de consecuencia real; las instituciones de autogobierno intervenidas por el Gobierno central; parte del ‘Govern’ viajando a Bélgica huyendo de una querella de la Fiscalía General del Estado por rebelión, sedición y malversación; el PP y Mariano Rajoy fuertes; el PSOE estable; Ciudadanos en alza y Podemos en plena crisis interna debido a su posicionamiento ante la proclamación de independencia. Y unas elecciones autonómicas convocadas para el 21 de diciembre en las que participarán los partidos independentistas, a pesar de que deberían ser los primeros en no reconocerlas. Y, sobre todo, una fractura social que tardará mucho tiempo en cicatrizar. ¿Por qué se ha llegado tan lejos?

El mes de octubre comenzó con la imagen de las cargas policiales explotadas al máximo por el independentismo, que buscaba en esa foto una justificación de su proyecto. Es decir, la independencia se justificaba en la supuesta represión del Estado español. Sin embargo, a los pocos días, el mismo independentismo titubeó ante su propia Declaración Unilateral de Independencia que debería haber seguido automáticamente al referéndum ilegal del 1 de octubre, y que fue retrasando a pesar de las expectativas creadas entre sus propios seguidores.

Los líderes independentistas provocaron un ‘impasse’ que se mantuvo hasta que finalmente se produjo esa declaración de independencia, pero retrasándola todo lo posible, probablemente a la espera de algún tipo de acuerdo que la hiciera innecesaria. Al final, y tras muchas presiones en el mismo campo independentista, hubo declaración, pero sin que sus líderes fueran consecuentes con ella en ningún momento como se demostró en los días siguientes en los que no tomaron ninguna medida para aplicar la nueva república, ante la desazón de sus propios seguidores.

¿Por qué los líderes independentistas han forzado la situación, llevando incluso a herir de manera considerable las posibilidades futuras del independentismo catalán?


El ‘storytelling’ como técnica de poder político

Una de las claves puede ser la técnica utilizada por el independentismo en los últimos años para afianzar su proyecto político en la sociedad catalana: el Storytelling. El escritor francés Christian Salmon lo explicó claramente en su libro “Storytelling, la máquina de fabricar historias y formatear las mentes”: “El objetivo del marketing narrativo ya no es simplemente convencer al consumidor de que compre un producto, sino sumergirlo en un universo narrativo, meterlo en un universo creíble. Ya no se trata de seducir o convencer, sino de producir un efecto de creencia”.

Se trata de una técnica muy atractiva, ya que consigue fidelizar a las personas en una sociedad en la que los consumidores (también de la política) no dudan en cambiar de producto sin sufrir mala conciencia. Sin embargo, existe un riesgo: Salmon citó al profesor David Boje: “Las historias pueden ser prisiones. Una vez inscritos en historias, con unos personajes y una intriga, estamos implicados con otros que esperan que reaccionemos, hablemos y evolucionemos de una cierta manera”. ¿Están Puigdemont, Junqueras y el resto de los líderes del independentismo atrapados en una maraña que ellos mismos crearon y de la que no pueden o saben salir?

Resulta evidente que el relato independentista ha sido un éxito. Antes de que lo comenzaran a poner en marcha, en 2006, solamente el 14,9% de los catalanes se declaraba independentista. Once años después, en octubre de 2017, esa cifra se había triplicado alcanzando el 48,7%, según datos del Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat. Los partidos nacionalistas habían consumado su viraje independentista en 2012, y su mensaje estaba calando a gran velocidad.

Salmon explicó que “el storytelling es una operación más compleja de lo que se podría creer a primera vista: no se trata sólo de contar historias, sino también de compartir un conjunto de creencias capaces de suscitar la adhesión u orientar los flujos de emociones; en resumen, de crear un mito colectivo constrictivo”. Y las ventajas de esta técnica son poderosas: El relato, según Salmon, “permite no solo captar la atención como lo hacen el logo, la imagen de marca, sino también fidelizar a las audiencias, guiar y retener las atenciones gracias a auténticos engranajes narrativos”. Y eso en política significa llegar al poder o mantenerse en él. 


La dinámica del relato independentista

Los independentistas construyeron un relato a partir de imágenes y clichés que ya circulaban entre muchos catalanes desde hace décadas, como, por ejemplo, que el desarrollo económico catalán es resultado de una sociedad más avanzada con respecto al resto de España. Con este punto de partida, y con la crisis económica haciendo estragos, resultaba verosímil vender la idea de que la ‘laboriosa’ Cataluña se veía arrastrada a la crisis por el resto de España, y que, por lo tanto, pertenecer a este Estado era un lastre. Además, la llegada al Gobierno central de Mariano Rajoy, así como los sucesivos escándalos de corrupción en el PP, daban alas al discurso de que la ‘próspera’ y ‘progresista’ Cataluña no debería seguir formando parte de un Estado en el que gana la derecha más ‘rancia’.  Según este relato, la única salida es la independencia. 

El éxito de este hilo narrativo fue arrollador. Como dijo el gurú del storytelling Steve Denning, citado por Salmon: “Cuando veo cómo unas historias bien atadas pueden penetrar fácilmente en las mentes, hasta yo me sorprendo de la propensión del ser humano a absorber historias”Precisamente fueron las pequeñas historias dentro del marco narrativo independentista las que iban reforzando el relato día a día. Cada acontecimiento político, económico o incluso deportivo, era enmarcado en el relato por una serie de medios de comunicación al servicio de la causa, tanto los medios tradicionales como, sobre todo, las redes sociales. Es lo que Salmon explicó como “el espíritu de nuestra época, calificado de posmoderno y que privilegiaría, tras el reflujo de los grandes relatos, las anécdotas, el espejismo de pequeñas historias que ilustran la competencia feroz de los valores y vectores de legitimación”.

Sin embargo, el relato debía ser alimentado constantemente si no se quería decepcionar a los seguidores ávidos de historias que les emocionaran y movilizaran. Los independentistas han acabado por tener que recurrir a lo que Salmon denomina la “Estrategia de Sherezade”. Podría resumirse así: basándose en “Los cuentos de las mil y una noches”, Sherezade es el personaje protagonista condenado a muerte por el sultán al que debe contar una historia nueva cada noche para sobrevivir. Los independentistas tuvieron que ir adaptando constantemente su “storytelling” a la demanda de su público para poder sobrevivir, creando nuevas historias y adaptando la actualidad a los deseos de sus seguidores, movilizados a su vez por esas mismas élites.

El storytelling es un arma potente pero necesita ser alimentado constantemente, lo que conlleva un riesgo. Salmon afirmó que “la puesta en relato de la acción política destruye a la larga la credibilidad del narrador”. Es decir, la necesidad de captar la atención constantemente provoca una movilización permanente del relato, lo que a su vez provoca una “sobreinterpretación” y una “inflación de discursos y de historias” con un “efecto corrosivo sobre la credibilidad de toda palabra pública”. Inevitablemente, después de crear, alimentar y estirar el relato, al final siempre llega la decepción de la audiencia, advirtió Salmon.

Los últimos acontecimientos políticos en Cataluña tras años de hacer crecer el relato independentista, hacen surgir una serie de preguntas: ¿Es el deseo de evitar o de retrasar esta decepción lo que ha empujado a los líderes independentistas a declarar la independencia sin tener claro qué hacer el día después? Y, en este sentido, ¿se podría entender la falta de coherencia de las élites independentistas tras la declaración de independencia, como el fin de su capacidad para alimentar el relato? ¿La dinámica del ‘storytelling’ del independentismo catalán ha tomado prisionero a su creador?

viernes, 1 de noviembre de 2013

LA CONSTANCIA DEL MENSAJE DE ESQUERRA

Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) lo tiene claro desde hace mucho tiempo y así lo traslada en su mensaje: busca la independencia catalana y se presenta como un partido que defiende la justicia social. Independencia y estado social, un mensaje sólido que esta formación lleva defendiendo sin cambios ni virages desde hace más de diez años cuando dio el salto de ser un partido minoritario a socio de gobierno de la Generalitat. Hoy es otra vez el partido que sostiene al gobierno y el que mayor intención de voto atesora. Es la consecuencia de una constancia en el mensaje prácticamente inédita en el sistema de partidos español.    



Hace 14 años ERC era un partido minoritario. En las elecciones catalanas de 1999 consiguió 271.173 votos, el 8,67% del total. Era la cuarta formación política con 12 escaños en el Parlament. Cuatro años después pegó el gran salto. En 2003 consiguió 544.324 votos, el 16,5%, duplicando su resultado anterior y pasando a ser la tercera fuerza política. Desde entonces no ha perdido fuelle (excepto en 2010, cuando bajó al 7% con sólo 10 diputados tras salir de su experiencia en la Generalitat). En las elecciones catalanas de 2012, ERC alcanzó hasta ahora su mejor posición. Aunque con 498.124 votos, el 13,70%, consiguió menos que en 2003, fue suficiente para ser la segunda fuerza política catalana con 21 diputados. Pero el ascenso no se ha frenado todavía. Según una encuesta de GESOP publicada por El Periódico el pasado mes de octubre, ERC sería el partido más votado de Cataluña con entre 36 y 38 escaños, superando a CiU que conseguiría entre 31 y 32 escaños. Es el único partido en ascenso. ¿Por qué?

Según las últimas encuestas, más de la mitad de los catalanes está a favor de la independencia. ¿Es como consecuencia del impacto del mensaje de ERC? ¿Es consecuencia de otras variables? ¿Es una suma de varias circunstancias? Probablemente esto último. Sin embargo, este auge del sentimiento independentista está marcando la agenda política catalana pidiendo un referéndum sobre la continuidad de Cataluña en España, lo que ha llegado incluso a desafiar el actual marco normativo territorial español de una manera desconocida desde que Lluís Companys proclamó la república catalana en 1934. Todos los partidos catalanes han tenido que ajustar sus discursos y programas a esta nueva realidad, excepto ERC que ya lo incluía en su agenda, lo que, seguramente, le confiere a este partido una credibilidad independentista y nacionalista entre el electorado de la que carecen las demás fuerzas políticas.  

ERC es uno de los pocos partidos que ha mantenido la constancia en su mensaje, tanto en el gobierno como en la oposición. Ese mensaje es muy sencillo: quieren la independencia y un estado que defienda la justicia social. Nacionalismo y socialismo, los dos mensajes aparentemente contradictorios que ofrecían CiU y PSC se aúnan en ERC en una mezcla muy eficaz.


2003: España vs Cataluña

La vertiente nacionalista/independentista del mensaje de Esquerra ya se refería en 2003 a la presunta "explotación española" de las riquezas catalanas, lo que habría tenido como consecuencia una situación económica de Cataluña muy por detrás de sus posibilidades con respecto a lo que podría conseguir si fuera independiente. Es decir, hace una década ERC ya decía lo que el actual gobierno de CiU lleva diciendo desde hace pocos años y lo que ya es una percepción ampliamente compartida en la sociedad catalana. Es un mensaje sencillo y eficaz, que poco a poco y debido a su constancia, ha calado y ahora marca la agenda política.

Ese mensaje se veía reforzado por la presencia entonces del PP en el gobierno central. El mensaje nacionalista español del Gobierno de José María Aznar, muy eficaz para movilizar el voto en el interior del país, conseguía movilizar a su vez a sus contrarios en las regiones periféricas, poniendo en marcha una espiral de radicalización en las percepciones nacionalistas que, desde entonces, se han ido retroalimentando. ERC aprovechó esta circunstancia para movilizar así un voto de rechazo con el objetivo de capitalizarlo, lo que consiguió sobradamente si se observan los votos cosechados desde entonces.

A continuación dejo dos vídeos que son buenos ejemplos de esta identificación que hacía ERC de España=PP hace ya una década:
Espot de ERC en las elecciones municipales de 2003



Espot de ERC en las elecciones generales de 2004




La colaboración de ERC en el gobierno de la Generalitat entre 2003 y 2010, que coincidió prácticamente en el tiempo con un gobierno central socialista, no impidió que ERC siguiera insistiendo con su mensaje independentista. La presencia de presidentes socialistas en la Generalitat y en La Moncloa suavizaron bastante el conflicto centro-periferia en Cataluña, aunque no en el resto de España (por ejemplo en Madrid) debido a las resistencias por parte del PP al nuevo estatuto de autonomía de Cataluña promovido por el tripartito catalán (PSC, ICV y ERC) y tolerado por el Gobierno central de José Luis Rodríguez Zapatero. 

Es decir, en esa etapa ya no había oportunidad para ERC de movilizar a su electorado con un mensaje de defensa frente a un presunto "ataque" español a los intereses de Cataluña. Sin embargo, aún así ERC persistía en su mensaje en favor de la independencia, como demuestra este vídeo electoral de 2008:    





Después de las elecciones de 2011

La situación volvió a cambiar a partir de finales de 2011 con la abrumadora victoria electoral del PP y la crisis económica. Desde entonces ERC ha recuperado su discurso de conflicto España-Cataluña, al que ha añadido la dimensión social, muy demandada por la ciudadanía. Ahonda en la idea de que Cataluña sufre económicamente la "explotación" por parte de una España que le es hostil. Este mensaje es el mismo que hace una década y posiciona a ERC una vez más claramente a favor de la independencia, como lleva haciendo desde siempre. sin embargo, la diferencia es que esta vez presenta la independencia como una necesidad para el bienestar social de los catalanes.

Este mensaje, en el actual contexto demoscópico favorable a la independencia, sitúa a ERC en una situación mucho mejor con respecto a los partidos que tradicionalmente se han identificado fuera del discurso nacionalista, como el PP y el PSC. Pero a esto se une, además, la demanda de un mensaje de justicia social que diferencia a ERC de CiU dentro del campo nacionalista. Es decir, ERC es creíble como partido independentista y como partido defensor de la justicia social.

Estos son dos ejemplos recientes del mensaje ERC y que tanto está calando en la sociedad catalana:


Vídeo elecciones catalanas 2012



Campaña en junio de 2013, "¿Cómo te imaginas la república catalana?"




Independencia y justicia social son el eje del mensaje de ERC y probablemente la causa de su actual auge político. La diferencia con otros partidos que también presentan estos mensajes es que ERC es creíble ante el electorado porque defiende un mensaje que ya lleva repitiendo desde hace muchos años. Esa persistencia en el mensaje le ha permitido a ERC gozar de una percepción de coherencia entre la sociedad catalana de la que carecen las demás fuerzas políticas, cuya credibilidad está muy golpeada por la crisis, como ocurre en el resto del territorio español. 

Es decir, ERC vive ahora un momento dulce después de muchos años de duro y persistente trabajo de comunicación. Falta ahora conocer si ese trabajo acabará por tener éxito definitivamente y conducir al nacimiento de la República Catalana.

miércoles, 19 de junio de 2013

EL SOBERANISMO CATALÁN, ¿sentimiento o estratagema?

Cada 11 de septiembre los nacionalistas catalanes celebran la Diada. Rinden homenaje a los caídos en la defensa de Barcelona contra las tropas del rey Felipe V de Borbón en 1714 que murieron defendiendo la “independencia” de Cataluña contra un rey “invasor” que conquistó su tierra para imponer su voluntad, o eso es lo que cuentan. - Publicado en MBC Times.

Desde la Transición, la Diada ha sido la fecha tradicional de reivindicación de un nacionalismo que, a diferencia de por ejemplo el vasco, siempre mantuvo una línea de cooperación con el Estado español a pesar del discurso “invasor-invadido” de su fiesta. La Diada era un ritual que el nacionalismo catalán celebraba cada año con más o menos entusiasmo. No solía congregar a más que unos cientos de habituales y se había convertido en una rutina. Sin embargo, en la Diada del año pasado, el 11 de septiembre de 2012, se escenificó un ritual diferente. No sólo se presentaron las habituales representaciones de la élite nacionalista. Decenas de miles de personas colapsaron las calles de Barcelona al grito de independencia y contra la permanencia catalana en España.

El ambiente se ha radicalizado, ha traspasado el umbral de lo minoritario a lo masivo. Según el último barómetro del CIS del pasado mes de mayo, un tercio de los catalanes apoya la independencia, mientras que sólo un 12,1% entiende Cataluña como una región española. De pronto, la independencia de Cataluña se ha convertido en una idea respetada y apoyada por muchos. ¿Qué ha pasado?

El nuevo rumbo de CiU
El nacionalismo catalán tradicional, conservador y mayoritario representado por CiU se ha embarcado en un viaje que es nuevo para él. Tradicionalmente, la burguesía catalana ha estado plenamente integrada en la economía y en la política española. En época del presidente Jordi Pujol se decía que el objetivo del nacionalismo catalán era presionar para conseguir privilegios y poder con los cuales influir en la política de España en su conjunto. No se aspiraba a nada más. La independencia era folclore.


Era una diferencia nítida con respecto al otro nacionalismo periférico poderoso de España, el nacionalismo vasco, que nunca aceptó en ninguna de sus versiones (conservadora del PNV o radical de la Izquierda Abertzale) ni el Estatuto de Autonomía vasco ni la Constitución. Es cierto que de manera diferente y utilizando métodos en absoluto comparables, ya que el PNV siempre optó por la vía institucional y pacífica frente al terrorismo de ETA. Sin embargo, el nacionalismo vasco siempre mantuvo una equidistancia con respecto al Estado Español que el nacionalismo catalán nunca ha compartido, hasta ahora. 

El presidente de la Generalitat Artur Mas ha desafiado al Estado Español anunciando su determinación de consultar a los catalanes sobre la permanencia o no de Cataluña en España invocando el derecho de autodeterminación. Se justifica en el actual contexto de crisis económica argumentando que Cataluña no recibe nada de una España que la explota, que pertenecer a este país es un lastre, … y una imposición histórica que data de la derrota en 1714. Es un discurso independentista puro y duro.


La principal crítica que se le hace a este llamado “plan soberanista” es que se trata de una coartada. Según esta crítica, Mas y CiU se encontraron tras su victoria electoral de 2010 con un contexto de crisis económica en el que aplicaron recetas neoliberales de gestión. Estas medidas, como la privatización sanitaria, el copago, los recortes sociales, etc., se toparon con una gran resistencia popular que podía poner en peligro el liderazgo político de CiU poco después de volver al poder tras una década de oposición. La respuesta ha sido tapar esos problemas con un gran manto nacionalista que invoque la unidad nacional frente al “otro”.

Todos los partidos catalanes (excepto el PP y Ciutatans) aceptan este discurso y no denuncian esa presunta estratagema a pesar de que les perjudica, ya que mantiene en el poder a CiU. No tienen más remedio, ya que ellos mismos han experimentado una transformación catalanista que va más allá del regionalismo o autonomismo que habían defendido hasta hace poco.

El nacionalismo atrapó al Tripartito
Es el caso de los partidos de izquierda integrantes del antiguo Tripartito, la coalición de gobierno de Cataluña entre 2003 y 2010, que incluía a los socialistas del PSC, a Iniciativa per Catalunya Verds (los herederos del comunismo catalán) y a los independentistas de Esquerra Republicana. Era una coalición muy complicada, con más diferencias que cosas en común. Por ejemplo, los socialistas representan tradicionalmente un proyecto amplio, con vocación de mayoría y representativo entre amplios sectores sociales. Por otro lado, Esquerra Republicana aspira a la independencia de Cataluña. Son dos discursos absolutamente incompatibles.

Entonces se explicó que la sensibilidad social era predominante en los programas de todos los partidos gobernantes y que esta faceta iba a ser la que guiara su gestión. Se pensaba que el independentismo de Esquerra iba a atenuarse con el paso del tiempo e incluso a ceder ante la “Realpolitik” de la gestión. Sin embargo, una década después los partidos del antiguo Tripartito compiten por presentarse como el más nacionalista, o al menos aspiran a ser aceptados en la comunidad nacionalista como uno más.


Esto ha provocado graves desgarros internos y externos en el PSC. Obligado a adoptar un discurso nacionalista que no le es propio, se encuentra enfrentado con el PSOE a nivel nacional y dividido en su seno. No en vano el PSC ha sido el partido que representaba a las amplias capas sociales de emigrantes de otros lugares de España que marcharon a trabajar a Cataluña en los años 60 y 70 y sin ninguna tradición nacionalista catalana. Sin embargo, con el tiempo esa generación ha dado paso a sus hijos, ya catalanoparlantes y estrechamente vinculados emocionalmente a Cataluña.

¿A quién representa el PSC? ¿A los “nuevos catalanes”? ¿A sus padres de Extremadura o Andalucía? Esta disyuntiva ha metido a los socialistas en un laberinto que le obliga a apoyar la estrategia soberanista de Mas para no perder credibilidad entre el electorado recientemente “catalanizado”. Sin embargo, lo hace a costa de enfrentarse con los intereses del PSOE que no puede apoyar esa deriva si no es a costa de graves daños en su imagen que no está dispuesto a sufrir. Por eso el PSC ha optado por defender la tesis federalista del PSOE para no tener que romper con su matriz. La consecuencia es que el PSC ni es nacionalista ni deja de serlo, o lo que es lo mismo, está perdiendo la carrera por situarse en el podio nacionalista catalán, lo que tiene como consecuencia un grave castigo en las urnas.

El socio minoritario del antiguo Tripartito, Iniciativa per Catalunya Verds, también ha apostado por el discurso nacionalista profundamente autonomista. Ha hecho suya la exigencia de celebrar una consulta popular sobre el derecho de autodeterminación y se postula como un partido cada vez más nacionalista en el que el discurso social y medioambiental juega un papel cada vez menos relevante.

¿Cómo es posible que tanto el PSC como Iniciativa, que partían como sólidos adalides de la defensa del discurso de izquierdas en el Tripartito, hayan asumido el discurso nacionalista a remolque de su entonces socio minoritario de Esquerra Republicana? La respuesta está en la evolución de esta formación en las últimas dos décadas, que corre paralela al crecimiento de la importancia del discurso soberanista en Cataluña.

Esquerra Republicana, de paria a protagonista
Hace veinte años ERC era una formación marginal que vivía de glorias pasadas de la época de la Guerra Civil y de la mítica presidencia de Lluís Companys. En las elecciones generales de 1993, hace ahora dos décadas, ERC consiguió 189.632 votos, el 5,1% del total, y consiguió ser la quinta fuerza política en Cataluña. El despegue comenzó una década después. En las elecciones autonómicas de 2003 y bajo el liderazgo de Carod Rovira, consiguió 544.324 votos, el 16,5% del total, catapultando a ERC al tercer puesto entre los partidos más votados en Cataluña. El cénit se alcanzó un año después, en las elecciones generales de 2004 cuando alcanzó 652.196 votos, el 15,89% del total.


En las elecciones de 2004 ERC consiguió el máximo número de votos de su historia. Coincidió con el cambio de Gobierno del PP al PSOE tras ocho años de gobierno de José María Aznar, una época que se caracterizó por “fabricar nacionalistas”, como señaló una diputada de Esquerra en una conversación privada en 2003. El discurso centralista y nacionalista español del PP, sus ataques a los nacionalismos periféricos en su segundo mandato entre 2000 y 2004, tuvo como consecuencia que miles de personas que apoyaban el regionalismo o el autonomismo pasaran a considerarse atacadas y a abrazar opciones nacionalistas más radicales, lo que en Cataluña redundó en beneficio de Esquerra Republicana.

ERC entró pues en el Tripartito como el socio menor, susceptible de ser asimilado por sus socios mayoritarios, pero al final el que acabó asimilando a los demás fue Esquerra que en todo momento mantuvo una posición independiente e independentista. Por ejemplo, en el debate sobre la reforma del Estatuto de Autonomía de Cataluña celebrado en 2006, auspiciado por el PSOE a nivel nacional y el PSC a nivel regional, ERC dijo “no” por considerarlo insuficiente para sus aspiraciones independentistas. Mantuvo su coherencia a pesar de ser miembro del Tripartito.

Esquerra ha sobrevivido así a una década de gobierno Tripartito imponiendo su discurso nacionalista y saliendo muy fortalecida. Y eso tiene premio. Ahora es quien sostiene el nuevo gobierno conservador de CiU tras las elecciones del pasado mes de noviembre de 2012 en las que consiguió ascender a la segunda posición de partido más votado.  Fueron unas elecciones marcadas por una competición por ver quién era el más nacionalista, influidas por la convocatoria de la consulta popular sobre el futuro de Cataluña. Es decir, un escenario en el que ERC se encuentra no sólo muy cómodo, sino que lo tiene todo para ganar porque es la única formación política que defiende la independencia y el discurso soberanista desde el principio. Y eso le otorga una credibilidad ante el electorado de la que carecen los demás partidos.

El nacionalismo como medio y como fin
En resumen, se plantea si el nacionalismo catalán es un sentimiento o una estratagema. La respuesta es complicada y depende de a qué actor político se le plantea. Sin duda, para la mayoría de los partidos, incluido CiU, se trata de una estrategia para captar o mantener votos en un contexto cada vez más receptivo al discurso nacionalista radical y a las aspiraciones independentistas. Así es como PSC o Iniciativa per Catalunya no han tenido más remedio que entrar a saco en la carrera nacionalista, aunque con escasa credibilidad lo que se manifiesta en los resultados electorales, sobre todo en el caso del PSC que, además, sufre desgarros internos y en su relación con el PSOE.

Por otro lado, CiU y el presidente Artur Mas han optado por una deriva soberanista impropia de su discurso tradicional y culpan a España de todos los males de Cataluña y sugieren que la solución es la independencia. Es decir, es un ejemplo del uso del nacionalismo catalán como estratagema que, además, aviva los sentimientos.

Pero esa estratagema sólo ha tenido éxito porque previamente se ha experimentado una explosión del sentimiento nacionalista catalán durante la última década que ha impuesto su discurso a la agenda política catalana. Esa explosión ha sido como una ola que ha ido creciendo y en cuya cresta se ha situado ERC que ha ido evolucionando de ser un paria hace dos décadas, a ser la segunda fuerza política más votada en Cataluña.


Es decir, el nacionalismo catalán es una estratagema para camuflar otros fines políticos, como por ejemplo la supervivencia política de Artur Mas. Pero esa estratagema sólo es factible porque previamente se han desbordado los sentimientos. Cabe preguntarse si esos sentimientos se contentarán con la situación actual o, como sentimientos que son, desarrollarán una fuerza irracional que intente romper el actual marco político y nacional de Cataluña y España.         

jueves, 30 de mayo de 2013

LA (IN)SOSTENIBILIDAD DEL MODELO AUTONÓMICO EN ESPAÑA


Cada vez más voces ponen en duda el Estado de las Autonomías en España. Unos porque consideran que hay que volver al centralismo. Otros porque quieren mayor autonomía para sus regiones. En medio está la crisis económica, que se usa como argumento por ambas partes. Pero, ¿no es la crisis más que una excusa para un viejo debate? - Publicado en MBC Times.

Hay cada vez más voces que sostienen que el modelo autonómico español es insostenible en el actual contexto de crisis económica. Por ejemplo, el presidente del Consejo de Estado, José Manuel Romay Beccaría, afirmó en una entrevista en agosto del año pasado que, con el Estado autonómico se ha producido "un crecimiento organizativo y burocrático que ahora no se puede sostener", con unas "hipertrofias" ante las que se impone una "necesidad de adelgazamiento".

Es una opinión muy contundente del presidente de una institución del Estado que es compartida por cada vez más personas. Por ejemplo, según el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) publicado este mes de mayo, sólo el 31,6% defiende este modelo y crece el número de partidarios de eliminar las autonomías hasta llegar al 23,1%. Pero es una opinión que difiere según el lugar donde se pregunte.

Los “enemigos” del estado de las autonomías crecen en determinadas regiones como Madrid, donde un 55,6% está a favor de reducir sus competencias o de eliminarlas directamente, Castilla La-Mancha (55,2%) y Castilla y León (55,6%). Es decir, la zona central de España. Sin embargo, esta actitud antiautonomista tiene su contrario en las llamadas regiones “históricas”, en la periferia geográfica. Así, por ejemplo, en Cataluña más del 65% de los encuestados está a favor de “avanzar hacia una mayor autonomía”, una opinión que es secundada por más del 45% en el País Vasco.

La cuestión de las autonomías es, por lo tanto, otra vez un reflejo del eterno conflicto español entre el centro y la periferia. Vale por ello la pena echar un vistazo hacia atrás para recordar algunas claves que han sido fundamentales para explicar por qué España tiene la actual configuración territorial que se está poniendo en duda.

El conflicto entre centro y periferia

Cuando a finales de los años 70 y comienzos de los años 80 del pasado siglo España dejó de ser una dictadura para comenzar su actual experiencia democrática, este país tuvo que dar respuesta a la pregunta fundamental de su ordenación territorial. No era una pregunta con respuesta fácil, ya que precisamente esta cuestión había sido uno de los argumentos responsables, o al menos fundamentales, de la Guerra Civil entre 1936 y 1939 que para muchos fue una guerra entre “España y los separatistas”, o para “repeler una invasión española”, según a quien se preguntara.

Así pues, tras la muerte de Franco no se podía mantener el centralismo, que había sido una de las señas de identidad de su régimen, ya que supondría lesionar las aspiraciones de vascos y catalanes –sin contar a gallegos y andaluces- que reclamaban autonomía política. De hecho, la República española ya había reconocido la autonomía a Cataluña antes de la guerra y al País Vasco cuando estalló, por lo que ya existía un precedente histórico que, si no era cumplido, podría poner en entredicho la propia legitimidad de la nueva democracia.  Sin embargo, por el otro lado estaban las dos extensas mesetas centrales castellanas con ninguna tradición o aspiración autonomista. De hecho, el ambiente era (y ahora vuelve a serlo) bastante hostil a la autonomía política en las regiones periféricas.

Es decir, había una mitad del país que aspiraba a la autonomía y la otra mitad que la rechazaba. No se antojaba una solución fácil a este problema. Pero había que ofrecer autonomía a las llamadas “regiones históricas” (Cataluña, País Vasco, Galicia y Andalucía) que la reclamaban como una condición sine qua non para dar el pistoletazo de salida a la democracia. 

España, ni centralista ni federal
El principal problema a la hora de diseñar el modelo territorial es que España no ha vivido un proceso de construcción nacional en el Siglo XIX que se podría encuadrar dentro de alguno de los dos modelos clásicos. Simplificando serían el centralista (o francés), y el federalista (o alemán). En el modelo francés, la Revolución de 1789 abolió todas las diferencias regionales mediante la enseñanza obligatoria de la lengua francesa, un sistema administrativo por departamentos basado únicamente en la racionalización del territorio y no en sus peculiaridades, y en el ejército compuesto por reclutas de levas obligatorias. Es decir, primero fue el Estado que creó una nación culturalmente homogénea y la consecuencia fue un sistema centralizado.

Alemania, por otro lado, no existió como Estado hasta 1871, cuando los diferentes reinos y ciudades autónomas fueron integrados en el Imperio bajo hegemonía prusiana. En este caso existía una nación común previa y culturalmente homogénea que se unificó en un Estado, pero respetando las peculiaridades administrativas locales. La nación hizo el Estado y la consecuencia fue un Estado federal.

En España el estado central liberal del S.XIX fue débil y no pudo imponerse. No se puede decir que en España el Estado creara una nación culturalmente homogénea o que una nación homogénea creara un Estado. Hubo un proceso a medias: ni se consiguió centralizar la estructura apoyando este esfuerzo con un centralismo cultural que lo aceptara, ni la periferia pudo imponer sus peculiaridades en la estructura estatal. La consecuencia fue la respuesta en la transición a la democracia: el “café para todos”, el actual Estado de las Autonomías. Por eso España no es un estado federal, pero tampoco lo es centralista. Una solución a medio camino entre ambos modelos para contentar a todos.

Treinta años después el Estado de las Autonomías está siendo atacado por ambos flancos y es, una vez más, uno de los temas estrella del debate político español y argumento que polariza y moviliza a la sociedad. Es el eterno conflicto centro-periferia, pero esta vez utilizando la actual crisis económica para justificar su desaparición, ya sea hacia una mayor autonomía o hacia un poder central más fuerte. Sigue siendo el mismo debate que enfrenta a los españoles desde hace un siglo. Y, como entonces, la solución sigue siendo complicada.