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sábado, 16 de enero de 2016

Pedro Sánchez Presidente del Gobierno. ¿Un desenlace imposible?

La actual composición del Congreso de los Diputados ha abierto la caja de pandora de los pactos. De ser un parlamento que en los últimos 30 años ha funcionado al albur del poder ejecutivo como consecuencia de las mayorías absolutas o simples que permitían al partido más votado controlar las instituciones, hoy un puzle de muy difícil combinación marca el trabajo parlamentario. El primero y más importante y urgente de ellos la investidura del nuevo Presidente del Gobierno.

En los medios, en los análisis y en las tertulias se habla de dos bloques ideológicos, incluso de tres. Estarían representados por PP y Ciudadanos (derecha); PSOE, Podemos (y sus mareas) e IU (izquierda); y los nacionalistas, una amalgama heterogénea que incluye tanto a los conservadores del PNV, a izquierdas independentistas como Bildu o Esquerra Republicana, a conservadores independentistas como Democracia y Libertad (la antigua CiU), y a la diputada de Coalición Canaria.

Este esquema por afinidades ideológicas se ha impuesto en el imaginario colectivo de aquellos que aspiran a comprender este escenario altamente confuso. Sin embargo, para disgusto de los amantes de la simplificación, es un esquema que no se ajusta a la realidad, o mejor dicho, la realidad no tiene por qué ajustarse a él.

Comenzando por el bloque de la derecha. ¿Es homogéneo? ¿Supone esta asignación ideológica que PP y Ciudadanos están obligados a entenderse en exclusiva y a ser socios porque comparten ideario y rechazar la negociación con otros? Lo mismo podría decirse del bloque de la izquierda, en el que la desavenencia es lo único que hasta el momento ha caracterizado la comunicación entre PSOE y Podemos, lo que aleja el llamado ‘pacto a la portuguesa’ a pesar de que ambos comparten buena parte del perfil de su electorado.

Por el momento los hechos han demostrado que los supuestos bloques ideológicos no deben servir como guía para comprender la realidad política española, ya que el primer acuerdo firme y con consecuencias prácticas ha sido al que han llegado PSOE y Ciudadanos para nombrar al socialista Patxi López presidente del Congreso, con la abstención del PP y los votos en contra de Podemos. Es decir, un miembro del bloque de derechas y un miembro del bloque de izquierdas han conseguido llegar a un acuerdo sin el apoyo de sus ‘compañeros’ ideológicos. ¿Y si este acuerdo fuera el primer paso hacia un pacto mucho más relevante?

Los números frente a la ideología

Para ser Presidente del Congreso hacen falta más votos a favor que en contra. Se trata de una cuestión de pura aritmética y no ideológica. En el Congreso de los Diputados hay 350 parlamentarios. Para elegir al Presidente del Gobierno en una primera vuelta son necesarios 176 votos como mínimo, es decir, la mayoría absoluta. Como esa cifra se antoja imposible por la actual composición de la Cámara, se pasaría a una segunda vuelta de votación en la que ya solamente es necesaria una mayoría simple, y esa es la cuestión clave.



A partir de aquí sigue la mera especulación.

El PP presentaría a Mariano Rajoy en una primera vuelta que fracasaría ya que, a priori solamente conseguiría los votos positivos propios, 123 (122 si Gómez de la Serna no vota), más los 40 de Ciudadanos si seguimos apostando por la solidaridad entre los bloques ideológicos. En total serían 163 votos, 13 menos de la mayoría absoluta y 24 menos de la suma de los votos de PSOE, Podemos y los nacionalistas, 187 votos que presumiblemente dirían ‘No’ a un nuevo gobierno del PP. En total 163 ‘síes’ frente a 187 ‘noes’ para Rajoy.

Se pasaría a una segunda fase. Patxi López podría presentar al rey la candidatura a la investidura del líder del PSOE, Pedro Sánchez. Con 90 diputados, 33 menos que el PP, podría parecer una operación condenada al fracaso. Sin embargo, si se activara de nuevo el acuerdo que ha permitido al PSOE presidir el Congreso, esos 90 diputados del PSOE podrían contar con el apoyo de los 40 de Ciudadanos, es decir, 130 votos para Pedro Sánchez contra 123 del PP que seguramente votarían ‘No’.

Ni mucho menos sería suficiente para una investidura en una primera ronda porque faltarían 46 votos para la mayoría absoluta. Pero, ¿y en una segunda vuelta en la que sólo es necesaria una mayoría simple? PSOE y Ciudadanos superan al PP, y ¿qué harían Podemos y los nacionalistas?

Podemos cuenta con 42 diputados propios más otros 27 de las ‘mareas’ regionales. En total 69 diputados que tendrán que elegir si permiten un gobierno del PSOE o lo tumban directamente sumando sus votos negativos a los del PP. ¿Estaría dispuesto Pablo Iglesias a ponerse en el mismo lado de Rajoy contra el PSOE? Podemos también podría abstenerse, lo que con la abstención nacionalista sería suficiente para hacer de Pero Sánchez presidente con el siguiente resultado: a favor 130, en contra 123, abstención 97 (aunque seguramente algún diputado nacionalista votaría a favor, como la de Coalición Canaria que gobierna en las islas con el apoyo socialista).

Para llegar a este escenario deben darse muchas carambolas y se debe negociar mucho. Por ejemplo, Ciudadanos ha apoyado la presidencia del Congreso por parte del PSOE para que presida la Cámara un partido diferente al del Gobierno. ¿Cambiaría de parecer Albert Rivera para apoyar a Pedro Sánchez? ¿Qué papel jugaría Podemos? Y los 17 diputados nacionalistas catalanes que apoyan la llamada ‘desconexión’, ¿apoyarían al PSOE o al menos se abstendrían facilitando así la investidura de Pedro Sánchez?


Este sería un desenlace difícil, puede que improbable, pero no imposible.    

lunes, 16 de noviembre de 2015

Podemos y Ciudadanos, ¿cambio político o muletas de PP y PSOE?

Las próximas elecciones generales del 20 de diciembre certificarán el fin del bipartidismo imperfecto que ha estado dominando el sistema de partidos español en las últimas décadas. Con la llegada de Podemos y de Ciudadanos se pone fin a las posibilidades reales de conseguir una mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados y también se quiebra el llamado balancín electoral, aquel fenómeno por el que las debilidades y crisis de uno de los partidos dominantes automáticamente beneficiaba en votos a su rival. Sin embargo, ¿la aparición de Podemos y de Ciudadanos cambiará el color del nuevo gobierno? ¿O simplemente serán muletas que apoyen a los dos grandes?


En las elecciones autonómicas de 2011 el PSOE perdió aproximadamente 1,5 millones de votos con respecto a 2007. Fue un resultado desastroso para el partido que perdió mucho poder institucional y dejó de gobernar en comunidades donde lo había estado haciendo desde el principio del Estado de las autonomías, como en Extremadura y en Castilla la Mancha. En las elecciones autonómicas de 2015 el resultado cuantitativo fue aún peor, con casi 700.000 votos menos que en 2011. Sin embargo, el PSOE ha logrado no solamente recuperar el gobierno de Extremadura y de Castilla la Mancha, sino que también ha vuelto a gobernar en la Comunidad Valenciana, Aragón, Baleares, y a apoyar gobiernos en Cantabria y en Canarias. Es decir, con más de dos millones menos de votos los socialistas han recuperado su poder autonómico de 2007. ¿Cómo es posible?

A diferencia de 2007, los socialistas no han conseguido una mayoría absoluta o contundente en ninguna de estas autonomías, pero sí controlan los gobiernos. Lo hacen gracias a acuerdos con otras fuerzas políticas que, por su parte, han recibido un enorme apoyo en su primera aparición electoral a nivel nacional. Podemos y Ciudadanos sumaron más de tres millones de votos en las elecciones autonómicas (1,7 Podemos y 1,4 Ciudadanos), bastante menos que los seis millones del PP y los 5,6 millones del PSOE, pero han sido clave para permitir que estos partidos sigan gobernando.

Las tres crisis de España

La crisis que sufre España desde hace años está provocando un terremoto político sin precedentes en la actual etapa constitucional del país. El periodista Enric Juliana habla de una “triple crisis”: una profunda crisis económica, una profunda crisis territorial (Cataluña) y una profunda crisis de legitimidad y credibilidad institucional. Estas crisis estarían transformando la realidad política e institucional española y habrían facilitado la aparición y, sobre todo, el éxito de los llamados partidos emergentes.

Según el politólogo noruego Stein Rokkan (1921-1979), los partidos políticos van surgiendo según los conflictos que aparecen en la sociedad. Los partidos serían la expresión de ese conflicto y de su encauce institucional. Por ejemplo: los partidos socialistas surgieron como consecuencia de la lucha del movimiento obrero, mientras que los democratacristianos lo hicieron durante la lucha Iglesia-Estado. Los verdes son consecuencia del aumento de la concienciación medioambiental y los partidos nacionalistas lo son del conflicto centro-periferia, etc. Según esta teoría, Podemos y Ciudadanos serían la consecuencia política de la profunda crisis de legitimidad y credibilidad política e institucional que señala Juliana, y por lo tanto habrían llegado para quedarse, de la misma forma que lo hicieron los socialistas hace un siglo o los verdes en Europa hace 30 años.

Por lo tanto se podrá aventurar que el bipartidismo imperfecto que había en España desde la Transición (es decir, dos partidos dominantes acompañados de otros más pequeños) se ha terminado. Con él también se habría esfumado el fenómeno conocido como ‘balancín electoral’, que quiere decir que cuando PP o PSOE sufrían un desgaste o una crisis, automáticamente la pérdida de votos en uno se traducía en un aumento de votos en el otro.

Ahora los votantes descontentos con los dos grandes partidos tienen otras marcas a las que votar. La empresa demoscópica Sigma Dos calcula que en las elecciones catalanas del 27 de septiembre de 2015, un 30% de los electores del PP de 2012 se pasó a Ciudadanos. Por su parte, Metroscopia calculó que el 30% de los votos de Podemos en las elecciones europeas de 2014 eran antiguos votantes socialistas. En ambos casos es muy difícil que los votantes vuelvan a sus antiguos partidos, ya que en muchos casos sus apoyos a PP y a PSOE se debían, sencillamente, a que no había nada más y se limitaban a votar al que más se acercaba a sus preferencias, ahora cubiertas por la nueva oferta electoral.

Sin posibilidades de gobernar

Sin embargo, la fuga de votantes socialistas y del PP a Podemos y a Ciudadanos no significa que los partidos emergentes hayan crecido tanto que tengan posibilidades reales de disputar a los dos grandes el protagonismo. Ni Pablo Iglesias ni Albert Rivera se presentarán previsiblemente a la investidura para ser Presidente del Gobierno, al menos con posibilidades de ganar. Esta posibilidad sigue reservada a Mariano Rajoy o a Pedro Sánchez, que lideran los partidos con el mayor número de votos y a los que las encuestas siguen otorgando el mayor apoyo, tanto en votos como en escaños: La ley electoral prima a los dos primeros partidos de cada circunscripción, por lo que la composición del Congreso de los Diputados será previsiblemente con una mayoría socialista y del PP.

La aportación de Podemos y de Ciudadanos al nuevo sistema de partidos español no es por lo tanto una nueva sigla al frente de los gobiernos, sino la obligación de pactar y negociar para llegar a ellos. Solamente el partido con mayor capacidad de negociación y flexibilidad podrá formar gobierno, y en esta búsqueda de parejas de baile, el PSOE y Ciudadanos tienen mayores posibilidades al no encontrarse escorados en el espectro ideológico.

PP y Podemos están cada uno escorados, el primero a la derecha y el segundo a la izquierda. En cambio, PSOE y Ciudadanos se encuentran más centrados y por lo tanto tienen más posibilidades de encontrar socio que los otros dos. Por ejemplo, el PSOE puede negociar con Ciudadanos y/o con Podemos, mientras que el PP solamente lo puede hacer con Ciudadanos. Es decir, Pedro Sánchez podrá sumar a sus diputados los de Podemos y/o los de Ciudadanos para ser presidente del Gobierno, mientras que Rajoy solamente tendrá posibilidades de repetir en La Moncloa si sus diputados sumados a los de Albert Rivera son mayoría, y si el propio Rivera tiene voluntad de llegar a un acuerdo con el PP y no con el PSOE.

En resumen, Podemos y Ciudadanos son la expresión política de la crisis institucional en España y han llegado para quedarse, pero sin fuerza electoral suficiente como para imponer un cambio radical en la composición de los gobiernos autonómicos (aunque sí municipales) y nacional. El cambio político que han provocado estos partidos emergentes es cualitativo al obligar a los dos partidos grandes a negociar para mantenerse o llegar al poder.


Al PP y al PSOE ahora les cuesta más seguir gobernando, pero ni Podemos ni Ciudadanos tienen capacidad para impedirlo. Hoy por hoy son las muletas de los dos grandes, a no ser que tras el 20 de diciembre rompan con otra tradición política española y exijan formar parte del nuevo gobierno y compartir asientos en el Consejo de Ministros. 

Artículo disponible en Ssociólogos.com 

miércoles, 8 de julio de 2015

La vorágine electoral después del verano

España está de elecciones. Lleva así desde que empezó 2015 y seguirá así hasta que se hayan celebrado las generales, las que de verdad importan. Las elecciones andaluzas, las municipales y autonómicas y las catalanas solamente se perciben para muchos como meros sondeos (muy detallados y caros) para medir el ambiente antes de la batalla decisiva.

Los principales actores ya se están preparando. El PSOE tiene candidato oficial tras un proceso exprés con bandera gigante incluida. Pedro Sánchez encabezará la lista del PSOE al Congreso de los Diputados en Madrid sin necesidad de pelea interna (al menos visible). Ciudadanos también tiene candidato-marca, Albert Rivera (¿quién si no?) y Podemos, que ya ha convocado un proceso de primarias que ha provocado algunas críticas internas por su supuesto caudillismo, no tardará en presentar a Pablo Iglesias como su estandarte electoral (¿volverán a imprimir su cara en las papeletas como hicieron en las Europeas?). Por parte del PP nadie duda de que el candidato será el Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, aunque las voces críticas con su figura dentro de su propia casa empiezan a ser cada vez más fuertes y contundentes.

Todos tienen el mismo objetivo: ganar. Aunque esto no signifique exactamente lo mismo en cada caso. Porque si Rajoy no es capaz de revalidar la mayoría absoluta, o al menos de conseguir una mayoría clara, habrá perdido y sus enemigos en el PP saldrán a por él. Porque si el PP consigue apuntalar su poder sin necesidad de una muleta, Ciudadanos y Albert Rivera habrán fracasado al no poder convertirse en un actor político decisivo. Porque si Podemos no consigue superar en votos al PSOE no conseguirá cumplir su objetivo estratégico de hacerse con la hegemonía en la izquierda española. Y porque si el PSOE no supera a Podemos, Pedro Sánchez no será presidente del Gobierno.

Los primeros datos que ofrecen las encuestas dicen que todo está al rojo vivo. La encuesta de Invymark del mes de junio para La Sexta habla de una victoria mínima del PP que en realidad sería una derrota: el 25.9% de intención de voto. Necesitaría una muleta que podría ser Ciudadanos, pero según el sondeo aún así no sería suficiente: Los de Rivera solamente llegarían al 13,2%. PP y C’s no sumarían más que el 39,1% frente al 46% de la suma de PSOE y Podemos. Pero esa suma es complicada, porque Pedro Sánchez y Pablo Iglesias empatarían cada uno con el 23%.

Si fuera por las preferencias del público, Pedro Sánchez sería el presidente. Siempre según esta encuesta que dice que un 31,1% de españoles le prefiere a él frente a un 20,1% que elegiría antes a Pablo Iglesias. Pero como el sistema político español no es presidencialista cuentan las marcas. Y no estaría claro cual de los dos, Podemos o PSOE, aceptaría ser el socio menor en caso de un empate técnico en el mundo político de la izquierda.

Barómetro de Metroscopia, julio 2015.

El último sondeo de Metroscopia publicado en El País abunda en el mismo escenario: un empate virtual entre PSOE (22,5%) y Podemos (21,5%) con un margen de erros de más menos 3,2 puntos. El PP, por su parte, conseguiría el 23%, lo que, sumado al 15% que conseguiría Ciudadanos no le permitiría gobernar. 

La carrera ya ha empezado. Todos deben necesariamente sumar para despegarse de sus rivales. Al final del camino, ¿conseguirá el PP una amplia mayoría?, ¿quién se hará finalmente con la hegemonía de la izquierda? y ¿quién se presentará al debate de investidura?


Empiezan las ofertas electoralistas

Junto al posicionamiento de los líderes, estamos siendo testigos de las primeras promesas y medidas electorales. Parte del PP parece que está pasando a un discurso algo más progresista ante la ola de izquierdismo que vive el país. Así, por ejemplo, Cristina Cifuentes, la flamante presidenta de la Comunidad de Madrid, y Jesús Posada, el presidente del Congreso de los Diputados, han izado la bandera del arco iris en la semana del Orgullo Gay. Por otro lado, el presidente del Gobierno ha adelantado una bajada del IRPF mientras insiste en que la recuperación económica es una realidad. Rajoy sigue confiando en que los bolsillos, o mejor dicho la expectativa de aumentar sus contenidos, determinen buena parte de los votos y le permitan repetir en La Moncloa.

El PSOE, por su parte, se aferra en que esa expectativa no cuaje entre el electorado y basa su discurso en la denuncia de la desigualdad que está causando la crisis entre los españoles. Mientras los socialistas denuncian la cara amarga del capitalismo, y para cortocircuitar denuncias de radicalismos ideológicos, lo hacen reivindicando los símbolos del Estado y con ello una imagen de centralidad. Es el eterno viaje al centro que nunca se deja de emprender en vísperas electorales.

De eso sabe mucho Podemos, que en su camino hacia la “transversalidad” ya ha tenido que vivir las primeras disensiones internas de un sector que considera que se están traicionando las esencias asamblearias y de izquierdas. Pablo Iglesias tiene claro que la razón de ser y la clave del éxito de Podemos se basa en que permanezcan intactos su imagen y su discurso irreverentes y diferentes frente a los partidos tradicionales, pero a la vez necesita centrar esa misma imagen y ese mismo discurso para atraer al mayor número de votantes del PSOE, fundamentalmente, y ganar así su batalla por la hegemonía de la izquierda. Parece la cuadratura del círculo: ¿se puede ser un rebelde de centro?

Ese es el objetivo de Albert Rivera y de Ciudadanos. Las elecciones municipales y autonómicas del pasado mes de mayo no han supuesto una explosión impresionante de votos a la formación naranja teniendo en cuenta su proyección demoscópica, pero sí la ha puesto en el centro del tablero. Igual que los pactos postelectorales han situado a Podemos en la izquierda con el PSOE como único socio posible, ocupando así el espacio de IU, Ciudadanos juega a dos bandas. Con menos votos, está desempeñando un papel más destacado en la gobernabilidad de ciudades y autonomías importantes, y lo hace sin  hacer ascos a ni al PP, al que permite gobernar en la Comunidad de Madrid, ni al PSOE, al que permite hacerlo en Andalucía.

Sin embargo, tanta centralidad puede resultar complicada para los electores acostumbrados a la confrontación entre derecha e izquierda. Aunque puede resultar práctico no casarse con nadie, también puede restar votos. Los de Rivera se entienden como los luchadores por una España sin corrupción y comprometida con la llamada regeneración democrática, aunque sin especificar exactamente qué supone eso. La pregunta que tendrán que responder a su electorado será si el juego a dos bandas realmente supone una mayor democracia y menos corrupción, o si es simplemente mercantilismo.


Cada voto contará y para ello ninguno de los actores implicados dudará en movilizar todas sus fuerzas y discursos para alcanzar su objetivo. Si la situación política y mediática en España ya es convulsa, después del verano nos espera la vorágine, o lo que es lo mismo, una “pasión desenfrenada o mezcla de sentimientos muy intensos”, como lo define la RAE.