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sábado, 19 de marzo de 2016

¿Coherencia o negociación? El dilema de los pactos tras el 20-D

Cuando el candidato del PSOE a la Presidencia del Gobierno, Pedro Sánchez, se presentó a la investidura en el Congreso de los Diputados lo hizo con el apoyo del Grupo Parlamentario de Ciudadanos además del Socialista. Juntos no sumaban suficientes votos para ganar, por lo que necesitaban el apoyo de al menos un tercer grupo amplio, en concreto el de Podemos. Este votó en contra y Pablo Iglesias, su líder, lo justificó con un discurso muy duro contra el PSOE por haber cedido y llegado a un acuerdo con Ciudadanos mientras destacaba la importancia de la coherencia ideológica. En un mapa político marcado por la diversidad y la falta de mayorías claras se plantea el siguiente dilema: ¿Coherencia ideológica a costa de no crecer o cesión para llegar a acuerdos y alcanzar el poder?

Después de las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015, las negociaciones para alcanzar un acuerdo de investidura para formar un gobierno han demostrado el alto grado disensión entre los principales actores de la política española. Ya en la misma noche electoral, algunos portavoces destacaron la existencia de “líneas rojas” para expresar la voluntad de establecer límites en las negociaciones, cuando los resultados electorales decían que los partidos debían llegar obligatoriamente a un acuerdo, ya que ninguno gozaba de una mayoría suficiente para liderar en solitario la formación del Ejecutivo. Desde la misma noche electoral se planteó el siguiente conflicto: ¿ceder para llegar a acuerdos o mantener la coherencia ideológica?

El filósofo y profesor Daniel Innerarity explica en su libro “La política en tiempos de indignación” (Galaxia Gutenberg, 2015) que “una democracia, más que un régimen de acuerdo, es un sistema para convivir en condiciones de profundo y persistente desacuerdo”. Es decir, el desacuerdo entre los diferentes actores es lo normal y eso explica que existan actores diferentes que persiguen intereses e interpretan la realidad de forma distinta. Sin embargo, en una democracia esos actores diferentes deben convivir y eso implica tomar decisiones importantes si se quiere alcanzar de manera pacífica el objetivo último de cada partido: el poder.

Existe un problema importante de partida: “El desacuerdo en política goza de un prestigio exagerado”, según Innerarity, que asegura en este sentido que “el antagonismo ritualizado, elemental y previsible, convierte a la política en un combate en el que no se trata de discutir asuntos más o menos objetivos sino de escenificar unas diferencias necesarias para mantenerse o conquistar el poder”.

Es decir, “los que discuten no dialogan entre ellos sino que pugnan por la aprobación de un tercero”, lo que significa que “los discursos no se realizan para discutir con el adversario o tratar de convencerle, sino que adquieren un carácter plebiscitario, de legitimación ante el público. La comunicación política representa un tipo de confrontación elemental donde el acontecimiento está por encima del argumento, el espectáculo sobre el debate, la dramaturgia sobre la comunicación”, afirma Innerarity.

La escenificación de la falta de acuerdo es pues un método para llegar a los votantes, y también, y sobre todo, para mantener unidos y movilizados a los propios. Como escribe  Innerarity, “los actores sociales viven de la controversia y el desacuerdo. Con ello tratan de obtener no sólo la atención de la opinión pública sino también el liderazgo de la propia hinchada, que premia la intransigencia, la victimización y la firmeza. Con frecuencia esto conduce a un estilo dramatizador y de denuncia, que mantiene unida a la facción en torno a un eje elemental pero que dificulta mucho la consecución de acuerdos más allá de la propia parroquia”.

Sin embargo, a pesar de las ventajas a corto plazo que presenta el desacuerdo, a la hora de alcanzar el poder puede resultar contraproducente. “Los desacuerdos son más conservadores que los acuerdos; cuanto más polarizada esté una sociedad menos capaz es de transformarse. Ser fiel a los propios principios es una conducta admirable, pero defenderlos sin flexibilidad es condenarse al estancamiento”, dice Innerarity, que incluso advierte sobre las consecuencias de la falta de flexibilidad en la vida orgánica de los partidos: “El antagonismo del espacio social se reproduce en el interior de los grupos en una versión no menos simple y empobrecedora. Por eso es frecuente que se produzca un dualismo en el seno de los grupos políticos, entre quienes prefieren el prestigio externo y quienes viven de la aclamación interior”.

Sumar o consolidarse

¿Pactar y crecer hacia fuera a costa de la coherencia interna, o no pactar y no crecer pero mantener la coherencia interna? Esta es la cuestión a la que Innerarity responde: “Lo que favorece la coherencia interior suele impedir el crecimiento hacia fuera; en la radicalidad todos -es decir, más bien pocos- se mantienen unidos, mientras que las políticas flexibles permiten recabar mayores adhesiones aunque la unidad propia está menos garantizada”. Pero, “en cualquier caso, lo que nunca debería olvidarse es que un partido vale la suma de sus votos y de sus alianzas potenciales, que el poder es tanto lo uno como lo otro”.

La dificultad a la que se enfrentan los líderes políticos que quieren alcanzar un acuerdo es el giro a veces excesivamente brusco que deben llevar a cabo en su discurso tras una campaña electoral en la que los demás actores políticos son criticados y señalados, porque al fin y al cabo, “las campañas apenas proporcionan la posibilidad de diálogos constructivos porque sirven fundamentalmente para agudizar el contraste y polarizar, simplificando la elección que viene después”.

En todo caso, los líderes no deben olvidar jamás que “la retórica de las campañas forma parte de nuestras prácticas democráticas, pero gobernar es algo diferente, que obliga a pactar y hacer concesiones; quien gobierna necesita oponentes con los que colaborar y no tanto enemigos a quienes desacreditar en todo momento”.

¿Y cuándo ceder y cuándo no hacerlo?: “La política es el arte de distinguir correctamente en cada caso entre aquello en lo que debemos ponernos de acuerdo y aquello en lo que podemos e incluso debemos mantener el desacuerdo”. Como dice Daniel Innerarity: “Nuestros ideales dicen algo acerca de lo que queremos ser, pero nuestros compromisos revelan quiénes somos”.


sábado, 16 de enero de 2016

Pedro Sánchez Presidente del Gobierno. ¿Un desenlace imposible?

La actual composición del Congreso de los Diputados ha abierto la caja de pandora de los pactos. De ser un parlamento que en los últimos 30 años ha funcionado al albur del poder ejecutivo como consecuencia de las mayorías absolutas o simples que permitían al partido más votado controlar las instituciones, hoy un puzle de muy difícil combinación marca el trabajo parlamentario. El primero y más importante y urgente de ellos la investidura del nuevo Presidente del Gobierno.

En los medios, en los análisis y en las tertulias se habla de dos bloques ideológicos, incluso de tres. Estarían representados por PP y Ciudadanos (derecha); PSOE, Podemos (y sus mareas) e IU (izquierda); y los nacionalistas, una amalgama heterogénea que incluye tanto a los conservadores del PNV, a izquierdas independentistas como Bildu o Esquerra Republicana, a conservadores independentistas como Democracia y Libertad (la antigua CiU), y a la diputada de Coalición Canaria.

Este esquema por afinidades ideológicas se ha impuesto en el imaginario colectivo de aquellos que aspiran a comprender este escenario altamente confuso. Sin embargo, para disgusto de los amantes de la simplificación, es un esquema que no se ajusta a la realidad, o mejor dicho, la realidad no tiene por qué ajustarse a él.

Comenzando por el bloque de la derecha. ¿Es homogéneo? ¿Supone esta asignación ideológica que PP y Ciudadanos están obligados a entenderse en exclusiva y a ser socios porque comparten ideario y rechazar la negociación con otros? Lo mismo podría decirse del bloque de la izquierda, en el que la desavenencia es lo único que hasta el momento ha caracterizado la comunicación entre PSOE y Podemos, lo que aleja el llamado ‘pacto a la portuguesa’ a pesar de que ambos comparten buena parte del perfil de su electorado.

Por el momento los hechos han demostrado que los supuestos bloques ideológicos no deben servir como guía para comprender la realidad política española, ya que el primer acuerdo firme y con consecuencias prácticas ha sido al que han llegado PSOE y Ciudadanos para nombrar al socialista Patxi López presidente del Congreso, con la abstención del PP y los votos en contra de Podemos. Es decir, un miembro del bloque de derechas y un miembro del bloque de izquierdas han conseguido llegar a un acuerdo sin el apoyo de sus ‘compañeros’ ideológicos. ¿Y si este acuerdo fuera el primer paso hacia un pacto mucho más relevante?

Los números frente a la ideología

Para ser Presidente del Congreso hacen falta más votos a favor que en contra. Se trata de una cuestión de pura aritmética y no ideológica. En el Congreso de los Diputados hay 350 parlamentarios. Para elegir al Presidente del Gobierno en una primera vuelta son necesarios 176 votos como mínimo, es decir, la mayoría absoluta. Como esa cifra se antoja imposible por la actual composición de la Cámara, se pasaría a una segunda vuelta de votación en la que ya solamente es necesaria una mayoría simple, y esa es la cuestión clave.



A partir de aquí sigue la mera especulación.

El PP presentaría a Mariano Rajoy en una primera vuelta que fracasaría ya que, a priori solamente conseguiría los votos positivos propios, 123 (122 si Gómez de la Serna no vota), más los 40 de Ciudadanos si seguimos apostando por la solidaridad entre los bloques ideológicos. En total serían 163 votos, 13 menos de la mayoría absoluta y 24 menos de la suma de los votos de PSOE, Podemos y los nacionalistas, 187 votos que presumiblemente dirían ‘No’ a un nuevo gobierno del PP. En total 163 ‘síes’ frente a 187 ‘noes’ para Rajoy.

Se pasaría a una segunda fase. Patxi López podría presentar al rey la candidatura a la investidura del líder del PSOE, Pedro Sánchez. Con 90 diputados, 33 menos que el PP, podría parecer una operación condenada al fracaso. Sin embargo, si se activara de nuevo el acuerdo que ha permitido al PSOE presidir el Congreso, esos 90 diputados del PSOE podrían contar con el apoyo de los 40 de Ciudadanos, es decir, 130 votos para Pedro Sánchez contra 123 del PP que seguramente votarían ‘No’.

Ni mucho menos sería suficiente para una investidura en una primera ronda porque faltarían 46 votos para la mayoría absoluta. Pero, ¿y en una segunda vuelta en la que sólo es necesaria una mayoría simple? PSOE y Ciudadanos superan al PP, y ¿qué harían Podemos y los nacionalistas?

Podemos cuenta con 42 diputados propios más otros 27 de las ‘mareas’ regionales. En total 69 diputados que tendrán que elegir si permiten un gobierno del PSOE o lo tumban directamente sumando sus votos negativos a los del PP. ¿Estaría dispuesto Pablo Iglesias a ponerse en el mismo lado de Rajoy contra el PSOE? Podemos también podría abstenerse, lo que con la abstención nacionalista sería suficiente para hacer de Pero Sánchez presidente con el siguiente resultado: a favor 130, en contra 123, abstención 97 (aunque seguramente algún diputado nacionalista votaría a favor, como la de Coalición Canaria que gobierna en las islas con el apoyo socialista).

Para llegar a este escenario deben darse muchas carambolas y se debe negociar mucho. Por ejemplo, Ciudadanos ha apoyado la presidencia del Congreso por parte del PSOE para que presida la Cámara un partido diferente al del Gobierno. ¿Cambiaría de parecer Albert Rivera para apoyar a Pedro Sánchez? ¿Qué papel jugaría Podemos? Y los 17 diputados nacionalistas catalanes que apoyan la llamada ‘desconexión’, ¿apoyarían al PSOE o al menos se abstendrían facilitando así la investidura de Pedro Sánchez?


Este sería un desenlace difícil, puede que improbable, pero no imposible.    

lunes, 16 de noviembre de 2015

Podemos y Ciudadanos, ¿cambio político o muletas de PP y PSOE?

Las próximas elecciones generales del 20 de diciembre certificarán el fin del bipartidismo imperfecto que ha estado dominando el sistema de partidos español en las últimas décadas. Con la llegada de Podemos y de Ciudadanos se pone fin a las posibilidades reales de conseguir una mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados y también se quiebra el llamado balancín electoral, aquel fenómeno por el que las debilidades y crisis de uno de los partidos dominantes automáticamente beneficiaba en votos a su rival. Sin embargo, ¿la aparición de Podemos y de Ciudadanos cambiará el color del nuevo gobierno? ¿O simplemente serán muletas que apoyen a los dos grandes?


En las elecciones autonómicas de 2011 el PSOE perdió aproximadamente 1,5 millones de votos con respecto a 2007. Fue un resultado desastroso para el partido que perdió mucho poder institucional y dejó de gobernar en comunidades donde lo había estado haciendo desde el principio del Estado de las autonomías, como en Extremadura y en Castilla la Mancha. En las elecciones autonómicas de 2015 el resultado cuantitativo fue aún peor, con casi 700.000 votos menos que en 2011. Sin embargo, el PSOE ha logrado no solamente recuperar el gobierno de Extremadura y de Castilla la Mancha, sino que también ha vuelto a gobernar en la Comunidad Valenciana, Aragón, Baleares, y a apoyar gobiernos en Cantabria y en Canarias. Es decir, con más de dos millones menos de votos los socialistas han recuperado su poder autonómico de 2007. ¿Cómo es posible?

A diferencia de 2007, los socialistas no han conseguido una mayoría absoluta o contundente en ninguna de estas autonomías, pero sí controlan los gobiernos. Lo hacen gracias a acuerdos con otras fuerzas políticas que, por su parte, han recibido un enorme apoyo en su primera aparición electoral a nivel nacional. Podemos y Ciudadanos sumaron más de tres millones de votos en las elecciones autonómicas (1,7 Podemos y 1,4 Ciudadanos), bastante menos que los seis millones del PP y los 5,6 millones del PSOE, pero han sido clave para permitir que estos partidos sigan gobernando.

Las tres crisis de España

La crisis que sufre España desde hace años está provocando un terremoto político sin precedentes en la actual etapa constitucional del país. El periodista Enric Juliana habla de una “triple crisis”: una profunda crisis económica, una profunda crisis territorial (Cataluña) y una profunda crisis de legitimidad y credibilidad institucional. Estas crisis estarían transformando la realidad política e institucional española y habrían facilitado la aparición y, sobre todo, el éxito de los llamados partidos emergentes.

Según el politólogo noruego Stein Rokkan (1921-1979), los partidos políticos van surgiendo según los conflictos que aparecen en la sociedad. Los partidos serían la expresión de ese conflicto y de su encauce institucional. Por ejemplo: los partidos socialistas surgieron como consecuencia de la lucha del movimiento obrero, mientras que los democratacristianos lo hicieron durante la lucha Iglesia-Estado. Los verdes son consecuencia del aumento de la concienciación medioambiental y los partidos nacionalistas lo son del conflicto centro-periferia, etc. Según esta teoría, Podemos y Ciudadanos serían la consecuencia política de la profunda crisis de legitimidad y credibilidad política e institucional que señala Juliana, y por lo tanto habrían llegado para quedarse, de la misma forma que lo hicieron los socialistas hace un siglo o los verdes en Europa hace 30 años.

Por lo tanto se podrá aventurar que el bipartidismo imperfecto que había en España desde la Transición (es decir, dos partidos dominantes acompañados de otros más pequeños) se ha terminado. Con él también se habría esfumado el fenómeno conocido como ‘balancín electoral’, que quiere decir que cuando PP o PSOE sufrían un desgaste o una crisis, automáticamente la pérdida de votos en uno se traducía en un aumento de votos en el otro.

Ahora los votantes descontentos con los dos grandes partidos tienen otras marcas a las que votar. La empresa demoscópica Sigma Dos calcula que en las elecciones catalanas del 27 de septiembre de 2015, un 30% de los electores del PP de 2012 se pasó a Ciudadanos. Por su parte, Metroscopia calculó que el 30% de los votos de Podemos en las elecciones europeas de 2014 eran antiguos votantes socialistas. En ambos casos es muy difícil que los votantes vuelvan a sus antiguos partidos, ya que en muchos casos sus apoyos a PP y a PSOE se debían, sencillamente, a que no había nada más y se limitaban a votar al que más se acercaba a sus preferencias, ahora cubiertas por la nueva oferta electoral.

Sin posibilidades de gobernar

Sin embargo, la fuga de votantes socialistas y del PP a Podemos y a Ciudadanos no significa que los partidos emergentes hayan crecido tanto que tengan posibilidades reales de disputar a los dos grandes el protagonismo. Ni Pablo Iglesias ni Albert Rivera se presentarán previsiblemente a la investidura para ser Presidente del Gobierno, al menos con posibilidades de ganar. Esta posibilidad sigue reservada a Mariano Rajoy o a Pedro Sánchez, que lideran los partidos con el mayor número de votos y a los que las encuestas siguen otorgando el mayor apoyo, tanto en votos como en escaños: La ley electoral prima a los dos primeros partidos de cada circunscripción, por lo que la composición del Congreso de los Diputados será previsiblemente con una mayoría socialista y del PP.

La aportación de Podemos y de Ciudadanos al nuevo sistema de partidos español no es por lo tanto una nueva sigla al frente de los gobiernos, sino la obligación de pactar y negociar para llegar a ellos. Solamente el partido con mayor capacidad de negociación y flexibilidad podrá formar gobierno, y en esta búsqueda de parejas de baile, el PSOE y Ciudadanos tienen mayores posibilidades al no encontrarse escorados en el espectro ideológico.

PP y Podemos están cada uno escorados, el primero a la derecha y el segundo a la izquierda. En cambio, PSOE y Ciudadanos se encuentran más centrados y por lo tanto tienen más posibilidades de encontrar socio que los otros dos. Por ejemplo, el PSOE puede negociar con Ciudadanos y/o con Podemos, mientras que el PP solamente lo puede hacer con Ciudadanos. Es decir, Pedro Sánchez podrá sumar a sus diputados los de Podemos y/o los de Ciudadanos para ser presidente del Gobierno, mientras que Rajoy solamente tendrá posibilidades de repetir en La Moncloa si sus diputados sumados a los de Albert Rivera son mayoría, y si el propio Rivera tiene voluntad de llegar a un acuerdo con el PP y no con el PSOE.

En resumen, Podemos y Ciudadanos son la expresión política de la crisis institucional en España y han llegado para quedarse, pero sin fuerza electoral suficiente como para imponer un cambio radical en la composición de los gobiernos autonómicos (aunque sí municipales) y nacional. El cambio político que han provocado estos partidos emergentes es cualitativo al obligar a los dos partidos grandes a negociar para mantenerse o llegar al poder.


Al PP y al PSOE ahora les cuesta más seguir gobernando, pero ni Podemos ni Ciudadanos tienen capacidad para impedirlo. Hoy por hoy son las muletas de los dos grandes, a no ser que tras el 20 de diciembre rompan con otra tradición política española y exijan formar parte del nuevo gobierno y compartir asientos en el Consejo de Ministros. 

Artículo disponible en Ssociólogos.com