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domingo, 11 de enero de 2015

Periodismo e internet: más deprisa, más precario y ¿menos riguroso?




En 2015 Internet ya es un medio de comunicación indispensable. Es el tercero con mayor volumen de inversión publicitaria en España y está imponiendo su estilo al resto. Ahora manda la inmediatez, ser más rápidos que la competencia a la hora de publicar las noticias. A eso se reduce cada vez más el trabajo de los periodistas que carecen la mayoría de las veces del tiempo para poder contrastar las fuentes y a los que cada vez se paga peor y se presiona más. La consecuencia es una baja valoración de la información por parte de los ciudadanos y una pérdida de la calidad de la información.

Captar la atención en la sociedad de la información es muy complicado. Cada día se lanzan millones de mensajes y la competencia entre los medios de comunicación es atroz. El escritor francés Christian Salmon plantea que “lo escaso en una sociedad de la información (…) no es la información, que precisamente es sobreabundante; lo escaso, debido a esa sobreabundancia, es la atención de los agentes a quienes está destinada esa masa de información”.

Los ciudadanos son convertidos en consumidores que eligen entre millones de mensajes a los que prestan atención de la misma manera que escogen cualquier otro producto de consumo. En la lucha que mantienen los medios para que su mensaje sea elegido de entre una amplia oferta la rapidez es fundamental, ser los primeros en lanzar la noticia se convierte en una lucha a vida o muerte. Lejos queda la época de la crónica y del reportaje periodístico que exigía al periodista que se tomara su tiempo para elaborar su información bien contrastada. Esta transformación en las prioridades periodísticas viene impuesto por un cambio revolucionario en los medios de comunicación: Internet.


Internet, el tercer medio en publicidad en España

Internet ya se ha instalado definitivamente entre los medios de comunicación en España y va escalando posiciones. Según publica Luis Palacio, director del Informe Anual de la Profesión Periodística de la Asociación de la Prensa de Madrid y de Digimedios.es, internet ya es el tercer medio por volumen de inversión, superado por la televisión y la prensa.  La digitalización está transformando radicalmente el negocio de los medios de comunicación. Paulatinamente, los medios estrictamente digitales van captando una parte cada vez mayor de la cifra de negocio”, escribe Palacio en su artículo “Grupos de comunicación en España: una propiedad tan concentrada como el negocio” publicado en Cuadernos de Periodistas.

Según el artículo de Palacio, “en España, y teniendo en cuenta solo la publicidad denominada gráfica o display (que incluye el vídeo online), la inversión alcanzó en 2013 los 380,5 millones de euros (…) No se trata de la única aproximación, ya que la asociación IAB Spain realiza también una estimación de la publicidad contextual o de enlaces, que eleva la inversión total hasta 832 millones en 2013”.

No es de extrañar que Internet sea un medio atractivo para la publicidad, ya que cada vez pasamos más tiempo navegando. Según la 3ª Ola del Estudio General de Medios (EGM) de 2014, el 63% de la población española accede Internet y afirma que ha permanecido un promedio de 158 minutos diarios ‘enganchados’ a la red.

Pero Internet solamente es el medio. Los soportes para acceder a la red también están evolucionando y ahora resulta cada vez más fácil hacerlo desde cualquier lugar. Ya no es necesario ir a casa o a un cibercafé para conectarse. Cada vez más personas cuentan con un teléfono móvil que les permite acceder a Internet desde cualquier sitio. Así por ejemplo, según los datos del EGM, entre septiembre y noviembre de 2014 el 86% de los internautas accedió a la red a través de un Smartphone, un 33% más respecto a 2013.  

Es decir, si internet crea la posibilidad de la información a tiempo real, el uso masivo de los dispositivos móviles con acceso a la red convierte esa posibilidad en una realidad. Y la consecuencia para los medios de comunicación es que deben informar aún más deprisa si quieren ser los primeros en ser elegidos por los consumidores.


Las redes sociales y el periodismo

Si internet es el medio que está revolucionando la información, las redes sociales son el vehículo en el que viaja esta información a través de la red con un enorme impacto entre los usuarios. Según el estudio “Social, Digital & Mobile in Europe 2014”, el 93% de los internautas en España está en las redes sociales y la mayoría las utiliza para informarse de la actualidad. Por ejemplo, según el Digital NewsReport 2014 del Reuters Institute for the Study of Journalism, el 50% de los usuarios españoles de las redes sociales utilizan Facebook para consumir noticias, el 21% usa Twitter y Youtube, y el 10% Google +. En España también es masivo el uso de la aplicación Whats App, de ,los cuales el 26% lo utiliza para acceder a las noticias.  

 
Uso de WhatsApp para acceder a las noticias. (Fuente: Reuters Institute for the Study of Journalism)

Pero las redes sociales no son solamente la manera más rápida y eficaz para que el consumidor acceda a la noticia, sino que también se han convertido en fuentes para los periodistas. Por ejemplo, según un estudio entre periodistas europeos publicado por el portal estadístico alemán statista.de, en “una semana habitual” el 76% reconoce utilizar como fuente Wikipedia, el 68% usa Facebook, el 54% blogs personales, el 50% Youtube, el 45% Twitter y el 36% Linkedin. 

Uso habitual de las redes sociales por periodistas europeos en una "semana típica". (Fuente: Satista.de)

El veterano periodista español Ángel Casas, en una entrevista en el periódico Deia publicada el 29 de diciembre, afirmó: “Siempre estamos en tránsito. El periodismo siempre se está reinventado. Ahora, con las redes sociales estamos dirigiéndonos hacía otra fórmula periodística diferente a la que hemos conocido hasta ahora. La información llega desde muchos sitios y el peligro es que no está muy contrastada porque llega de una manera muy frágil. Eso obliga a estar constantemente con los ojos muy abiertos”.

Por otro lado, la subdirectora del diario ABC, Montserrat Lluis Serret, afirmó en una entrevista al diario digital El Pueblo de Ceuta el pasado 12 de noviembre que “las redes no son periodismo, carecen de la credibilidad y del rigor que se presuponen a la información periodística”. Es decir, según las advertencias de estos dos veteranos periodistas resulta fundamental contrastar la información surgida en las redes sociales antes de tratarla como una fuente fiable. Y contrastar requiere tiempo, y tiempo es lo que los periodistas no tienen.


Noticias sin contrastar

Según un estudio realizado por ING y publicado el pasado mes de junio de 2014, solamente el 20% de los periodistas online comprueba sus fuentes antes de publicar la noticia. En cambio, un 45% reconoce que en la mayoría de los casos publica primero y contrasta después, un 14% reconoce hacerlo en la mitad de los casos y un 21% publica sin contrastar en pocas ocasiones. Es decir, un 59% de los periodistas reconoce no contrastar de manera habitual las fuentes de las noticias antes de publicar.  

"Publico lo antes posible y corrijo después" (Fuente: ING)


Además, este estudio afirma que “los periodistas actúan de manera diferenciada en las redes sociales en comparación con la manera en la que informan a través de los medios tradicionales. El 67% de los periodistas dice que se expresa de manera diferente en las redes sociales, compartiendo su opinión personal de manera más abierta en las redes sociales a pesar del hecho de que los periodistas son percibidos como profesionales objetivos y como reporteros de hechos noticiosos de acontecimientos de importancia general (Journalists act differently on social media compared to the way they report through traditional news channels. 67% of journalists said they express themselves differently on social media, sharing their personal opinion more openly on social media, despite the fact that journalists are seen as being objective and reporters of news facts relating to events of general importance)”.

Es decir, cada vez más periodistas utilizan las redes sociales tanto para informarse como para compartir información, y en ambos casos es mayoritario el número de profesionales que no contrastan las fuentes de sus noticias antes de publicar y que mezclan su opinión personal con las informaciones a pesar de que el público que las consume no es capaz de diferenciar esa opinión de los hechos objetivos.

Pero a las prisas por publicar y a la falta de rigor en muchas informaciones hay que añadir un contexto de creciente precariedad laboral y de presión profesional entre los periodistas.
 

Aumenta la precariedad y la presión a los periodistas

El auge de Internet entre los medios de comunicación coincide con el proceso de precarización de la profesión periodística en España. Según el Informe Anual de la Profesión Periodística del año 2014 realizado para la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) y publicado el pasado mes de diciembre, el principal problema en la profesión periodística, según los propios periodistas españoles, es el aumento del paro y de la precariedad.


Hasta noviembre de 2014 hubo 9.451 periodistas en paro buscando empleo y según el comunicado que resume el informe publicado por la APM, “en lo que se refiere a las condiciones salariales y laborales (traslados de sedes, horarios, ventajas sociales…), en términos generales, han empeorado. Por ejemplo, el porcentaje de encuestados de los que trabajan en periodismo contratados que han experimentado reducciones de salarios en sus medios pasó del 76,3% en 2013 al 85,1% en 2014; y entre los que trabajan en comunicación corporativa contratados, el porcentaje de los que experimentaron reducciones salariales pasó del 61,2% al 73,3%. Por el contrario, el porcentaje de encuestados que vivió reducciones temporales o completas de empleo en sus empresas ha sido algo menor en este año respecto a 2013”.

A la creciente precariedad laboral se suma un aumento de la presión sobre los periodistas a la hora de realizar su trabajo. Utilizando los datos del Informe Anual de la Profesión Periodística, la periodista Lucía Vera Hervás escribió el pasado 18 de diciembre en el diario Cinco Días: “Los periodistas continúan recibiendo presiones para que modifiquen sus informaciones publicadas. (…) En 2014 ha aumentado un 15,7% con respecto al año pasado los periodistas que han sufrido algún tipo de presión para que transformen sus artículos, y sólo un 20% de los informadores declara no recibir presión alguna. En el 80% de los casos, esas presiones vienen de la misma empresa en la que trabajan, o, incluso, de los propios jefes. Las presiones de las instancias políticas a los periodistas ocupan el 27,8% las empresas anunciantes casi el 20%”.

Es decir, según ellos mismos, los periodistas en España sufren en general malas condiciones de trabajo, tanto salariales como a la hora de poder ejercerlo en libertad. Según el Informe Anual de la APM, en un baremo entre 1 y 10, los periodistas califican con un 4,3 el grado de independencia profesional con el que trabajan. Esto tiene sus consecuencias en la calidad de la información que producen y en la percepción entre los ciudadanos, que puntúan con un 5,3 su confianza en la información que reciben de los medios.

 
Según el director del Informe Anual de la Profesión Periodística, Luis Palacio, este aprobado bajo por parte de la población española se debe a “los intereses políticos, la falta de independencia de periodistas y medios, y los intereses económicos de las empresas propietarias de los medios de comunicación”. Sin embargo, según las conclusiones del propio informe, “los periodistas apuntan a que las causas por las que los usuarios confían poco en la información de los medios son: el sensacionalismo, el convertir el periodismo en espectáculo y los intereses políticos de los grupos de comunicación”.


Conclusión: Más rápido, más presión, y menos calidad

Internet ha revolucionado los medios de comunicación permitiendo un acceso inmediato a la información desde cualquier lugar con conexión, que desde la proliferación de los smartphones puede ser cualquier lugar de la calle. Esta posibilidad de poder informar a tiempo real se ha convertido en una obligación para los medios que sufren una muy fuerte competencia para conseguir llegar a un público saturado de mensajes a tiempo real.

La consecuencia es que los periodistas ya no tienen tiempo para hacer su trabajo con rigor y contrastar las fuentes como deberían y optan en la mayoría de los casos “publicar primero y comprobar después”. A ello se suma una creciente presión por parte de sus jefes o patrocinadores en un contexto de paro masivo y precariedad laboral, lo que hace a los periodistas muy vulnerables a esas presiones.

Las redes sociales, cuya presencia abarca a prácticamente todos los usuarios de internet, se han convertido en el vehículo por el cual hacer llegar esa información la mayoría de las veces no contrastada a los ciudadanos, que a su vez la comparten y son incapaces de distinguir los rumores o falsas informaciones, incluso las opiniones, de la información veraz. Esto produce un aumento cuantitativo de la información a expensas de su calidad, lo que a su vez es percibido por los ciudadanos que valoran cada vez peor la información que consumen.


Artículo disponible en Ssociólogos.com.

domingo, 2 de marzo de 2014

Informar para los "nuestros"

¿Quién ha ganado el Debate sobre el Estado de la Nación? ¿Tiene el público un interés real por escuchar los argumentos políticos, o simplemente se trata de recopilar datos para movilizar a los respectivos partidarios ya convencidos? ¿Qué papel juegan los medios de comunicación a la hora de trasladar esos argumentos?

La semana pasada se ha celebrado en el Congreso de los Diputados el Debate sobre el Estado de la Nación que, sin duda, fue protagonizado por el gran duelo entre el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, líder del Partido Popular, y el líder de la oposición, el socialista Alfredo Pérez Rubalcaba. El duelo entre ambos fue el más comentado y, con mucha diferencia, el que mayor interés ha despertado entre los medios de comunicación. Y como viene siendo habitual tras cada debate de este tipo, siempre surge la pregunta sobre el ganador.

Esta pregunta en realidad no es necesaria ya que, según a quien se formule, habrá ganado el líder de su partido preferido, da igual lo que haya dicho. La respuesta generalmente no está motivada por la calidad de los discursos ni por un análisis de éstos. Es decir, no hace falta ver ni escuchar el debate para poder opinar después sobre el ganador. De hecho ha sido el debate menos seguido en televisión en los últimos años, con solamente un 1,2% de audiencia, unas 73.000 personas. Pero da igual, ya que de lo que en realidad se trata no es de ganar al rival en el hemiciclo, sino de movilizar a los propios seguidores y de proporcionarles argumentos. Por ejemplo, en una encuesta de Metroscopia publicada después del debate, entre los votantes del PP sólo un 8% reconocía que Rubalcaba conocía mejor la situación de España, y de entre los votantes del PSOE, sólo un 3% pensaba que Rajoy tenía un mejor conocimiento del país. 


Medios de trinchera

Si hubiera que calificar con una palabra el tipo de medios de comunicación que existen en España, en mi opinión son claramente de “trinchera”, es decir, participan como un actor más en la lucha política diaria. La prueba más reciente es la valoración que han hecho sobre el debate los grandes periódicos de alcance nacional. Cada portada publicada al día siguiente contaba el mismo acontecimiento de manera completamente opuesta, de tal forma que los lectores de los diferentes periódicos leyeron (y acabaron asumiendo) una valoración muy distinta del mismo hecho.
  
Comenzando por los periódicos más próximos en simpatía al Gobierno, ABC titula “Rajoy descoloca a Rubalcaba con una gran rebaja en las cotizaciones”, y La Razón, por su parte, destaca: “La ambición de Rajoy derrota al apocalipsis de Rubalcaba”. Por otro lado, El Mundo titula “Rajoy presume de datos y Rubalcaba le culpa del ‘sufrimiento de la gente’” (entrecomillando esta última parte); El País afirma que “Rajoy da por acabada la crisis y anuncia estímulos al empleo”, mientras que por último La Vanguardia asegura que “Rajoy promete mejoría, Rubalcaba pide realismo”. Estos titulares son ejemplos de interpretación subjetiva de lo que ocurrió en el Congreso de los Diputados. ¿Por qué?

Apenas existen medios de comunicación que verdaderamente tengan un interés por proporcionar la información objetiva necesaria y suficiente para que el ciudadano pueda entrar en contexto y juzgar los hechos de manera que pueda tomar sus decisiones políticas de la forma más racional posible. En definitiva, cumplir con el papel fundamental de la prensa para el funcionamiento de la democracia que propugna Walter Lippmann en su libro “Libertad y prensa”.

En cambio, los medios españoles están diseñados y funcionan para dar argumentos para que sus lectores refuercen sus ideas preconcebidas. Así, no es difícil encontrar dos enfoques absolutamente enfrentados sobre un mismo acontecimiento en dos medios diferentes, como por ejemplo se puede observar en los titulares de La Razón y de La Vanguardia a la hora de valorar el mismo discurso de Rubalcaba: “apocalipsis” frente a “realismo”.

Además de subjetiva, esta valoración no es inocente. La posición de liderazgo, incluso el futuro político del orador en este caso, depende de la opinión publicada por los medios que tienen así la oportunidad de influir en los procesos internos de toma de decisiones de los partidos. Es decir, si los periódicos próximos a “la causa” hubieran titulado con una derrota de su candidato, éste tendría muy difícil mantener el liderato dentro de su partido y se podrían producir consecuencias en las luchas internas por el poder.

Surge entonces la pregunta, ¿controlan los partidos políticos a los medios de comunicación? O por el contrario, ¿son los medios los que controlan a los partidos?


Partidos y medios, una relación de dependencia mutua

No es solamente cierto que los partidos políticos dependan de los medios de comunicación y que sean éstos los que dicten sus agendas a golpe de titular. Tampoco es solamente cierto que los partidos dicten a los medios lo que tienen que decir y que estos obedezcan ciegamente sus órdenes. La relación entre ambos es de dependencia mutua.

En un contexto de una democracia con sufragio universal, los medios de masas son cruciales para poder hacer llegar el mensaje y la imagen (positiva y negativa) de los políticos a los electores e influir en el voto. Ambas partes lo saben, por ello los políticos tratan de tener buenas relaciones con (sus) medios. Como ya se ha comentado, la fuerza de la influencia de los medios en los partidos radica en que pueden provocar movimientos internos e incluso la desmovilización de los votantes propios si no prestan el apoyo mediático adecuado en las campañas electorales.

Sin embargo, los medios necesitan a su vez tener buenas relaciones con los políticos porque estos, si están en el poder, controlan la maquinaria que otorga las licencias necesarias para expandir los negocios (por ejemplo para abrir nuevos canales de TV o de radio) y también porque las instituciones públicas son los principales publicitarios en los medios de comunicación.

Las campañas públicas, incluso la propaganda descarada, supone mucho dinero para los medios, dinero crucial para subsistir. Por ejemplo, en 2014 el Gobierno ha aumentado en un 24% el gasto en publicidad institucional, según informó eldiario.es el pasado 31 de enero. Este aumento supone un plan de publicidad de 41 millones de euros a los que hay que sumar 106 para financiar 44 campañas de organismos públicos. Es decir, 147 millones de euros a repartir entre los medios de comunicación solamente por parte de una de las administraciones públicas del Estado, sin contar las comunidades autónomas y los ayuntamientos.

 

Representa una inyección económica fundamental para un sector muy golpeado por la crisis. Según el último Informe Anual de la Profesión Periodística elaborado por la Asociación de la Prensa de Madrid, en 2013 han cerrado en España 73 medios de comunicación y han perdido su trabajo 4.434 periodistas.


Pero no se trata solamente de que ambas partes consigan el “apoyo institucional” del otro. Los medios son, sobre todo, empresas con el objetivo de ganar dinero, y para ello no es suficiente con el de la publicidad institucional. Son necesarios los ingresos de la publicidad privada, y para que esta sea importante, hay que ser atractivo entre los consumidores. En el caso de las empresas periodísticas, buscan su público en un determinado nicho entre el espectro ideológico y lo alimentan para mantenerlo fiel como consumidor, sirviendo así de paso a los intereses de los partidos.

Por ejemplo, El País no ha creado a los progresistas españoles, ni ellos a El País en 1974 (Fraga fue uno de sus accionistas fundadores), sino que este periódico se adaptó a ellos porque en la transición reconoció que en la nueva democracia este nicho ideológico quedaba abierto y listo para explotar. Desde entonces El País se ha convertido en la cabecera clásica de los progresistas españoles, a los que ha ido alimentando con argumentos para reafirmar sus creencias, y ellos han demandado estos argumentos que han comprado (literalmente) con gusto. Este es un ejemplo que funciona exactamente igual en el resto de los medios tradicionales españoles con respecto a otros espectros ideológicos.

Es decir, los medios en España alimentan a sus lectores/consumidores con argumentos para reforzar sus ideas previas, y los lectores/consumidores eligen a los medios en función de su necesidad de ver alimentadas sus ideas preconcebidas y no tanto para informarse de manera objetiva.

Surge así un tercer tipo de interdependencia entre partidos y medios de comunicación después del económico (publicidad) y el del poder (licencias), y es el del suministro de esos argumentos por parte del partido al medio y su publicación: el partido necesita que el medio difunda sus argumentos entre sus electores, y el medio necesita que el partido le surta de argumentos con los que alimentar a sus consumidores.  

Por lo tanto, no es de extrañar que un día después del principal duelo en el Debate sobre el Estado de la Nación, los titulares de los grandes periódicos se parecieran a los argumentarios que manejan las oficinas de prensa de los partidos. Porque su objetivo principal no es informar sobre lo que ha pasado, sino nutrir con argumentos al lector que compra su ejemplar y busca precisamente eso: leer que su líder político ha machacado a su rival.

domingo, 26 de enero de 2014

“La crisis de la democracia es la crisis de periodismo”


Walter Lippmann.
La opinión pública española considera que la democracia parlamentaria está en crisis, no por el surgimiento de otros modelos políticos alternativos, sino debido al desprestigio de sus propios actores. Los políticos son señalados como responsables de su decadencia. ¿Pero qué pasa con otros actores igual de cruciales para la salud democrática como son los medios de comunicación? Ya en 1920 el periodista Walter Lippmann describió la influencia de los informadores. Dijo, “la crisis de la democracia es la crisis del periodismo”. ¿Son los medios también responsables?

El mítico periodista estadounidense Walter Lippmann publicó en 1920 el ensayo “Libertad y prensa” (Liberty and the News) , un texto en el que vincula directamente la salud de la democracia con la salud del periodismo.

Lippmann explicaba que en una democracia de masas en un mundo moderno, burocratizado y complejo, la acción parlamentaria se estaba “volviendo notablemente ineficaz”. Como consecuencia había surgido “una clase de gobierno que se ha descrito abiertamente como autocracia plebiscitaria o gobierno por los periódicos”.  

La opinión pública, es decir la opinión de los votantes, se habría convertido en el elemento político crucial en vez del Parlamento. Por su parte, los políticos que quieren llegar al gobierno y los gobiernos que desean ser reelegidos, deben tener muy en cuenta esa opinión por lo que su futuro depende de la información que reciben los votantes. Para que la democracia funcione, esta información debe ser veraz (que no es lo mismo que verosímil), seria y responsable para que las decisiones que se tomen sean las mejores para la sociedad.

Sin embargo, esa información es suministrada por los medios de comunicación que son, a su vez, en su mayoría entes privados con intereses privados que no tienen por qué coincidir con el interés general. Lippmann ya advirtió sobre los riesgos entraña para la democracia: “Las noticias son la principal fuente de opinión por la que se guían los gobiernos en la actualidad. En la medida en que se interponga entre el ciudadano común y los hechos una organización de noticias guiada por criterios enteramente privados y ajenos a todo examen, no importa lo sublime que sean, nadie podrá afirmar que la esencia del gobierno democrático esté segura”.


Conflicto de intereses

¿Es incompatible el interés de un medio con la democracia? Hace casi un siglo Lippmann planteó el conflicto entre los intereses privados de los dueños de los medios de comunicación con los intereses del consenso social, básico para el funcionamiento de la democracia.

Las columnas de prensa son mensajeros”, afirmaba Lippmann. “Cuando quienes las controlan se arrogan el derecho de determinar según sus convicciones qué es noticia y con qué fin, la democracia deja de funcionar y la opinión pública se bloquea”. En este sentido Lippmann llegaba a ser bastante explícito cuando afirmaba que “la opinión pública aparece ella misma agrupada en torno a determinados grupos particulares que actúan como órganos del gobierno al margen de toda regulación”.

Es decir, cuando a la hora de publicar una información prima el interés privado sobre el interés común, la verdad ya no constituye la materia prima de la información que los ciudadanos reciben para tomar sus decisiones y la democracia queda adulterada y dañada. Esto hizo plantearse a Lippmann la siguiente cuestión crucial sobre el futuro de la democracia: “¿Un gobierno basado en el consenso puede sobrevivir en una época en que la manufactura del consenso está en manos de una actividad privada que carece de regulación?


¿Regulación sí o no?

A raíz de este planteamiento el periodista estadounidense abordaba indirectamente un asunto espinoso pero no por ello menos importante: ¿Es posible una democracia sin un control de la calidad del periodismo? Pero también, ¿es posible un periodismo controlado?

Lippmann defendía un periodismo veraz e independiente (incluso de sus propios propietarios). Es decir, un periodismo libre, cuya importancia era tal para él que incluso constituía la esencia de su propia definición de libertad. Decía: “La libertad es el nombre que damos a las medidas mediante las cuales protegemos e incrementamos la veracidad de la información sobre la base de la cual actuamos”.

Es decir, la libertad de prensa es fundamental para su independencia y por lo tanto para que se publique la verdad y hacer posible la democracia. Pero también es cierto que esa libertad permite jugar con la verdad dañando así la información, ya que la tergiversación queda impune. Lippmann ponía el siguiente ejemplo bastante gráfico: “Si yo miento en un pleito sobre la suerte de la vaca de mi vecino puedo ir a la cárcel. En cambio, si miento a un millón de personas en un tema que afecta a la guerra o a la paz, puedo decir lo que me plazca y, si elijo la serie adecuada de mentiras, resultar sin responsabilidad alguna”.

Surge un problema. La enorme responsabilidad de la prensa en el funcionamiento de la democracia le obliga a publicar la verdad y hacerlo con rigor. Pero, ¿quién controla que así sea? ¿Los poderes públicos? ¿Otros poderes privados? ¿El mismo periodista? Todas las respuestas son polémicas ya que no existe un control sincero y completamente neutral que obligue a un periodista a ser veraz, e incluso las propias nociones de libertad y de independencia rechazan cualquier tipo de control.

Sin embargo, los intereses ajenos (y propios) del periodista no son los únicos enemigos de la verdad a la hora de informar a la sociedad. La propia sociedad y las condiciones del entorno del periodista influyen en su trabajo.  


La sobreinformación y la precariedad en el periodismo

Ya en 1920 Lippmann observó que la propia complejidad de la sociedad moderna hace muy difícil que las noticias sean tratadas con el rigor que merecen, así como su interpretación correcta por parte del público. Como decía Lippmann: “Esta vasta reelaboración de los asuntos de la política es la raíz de todo el problema. Las noticias llegan desde la distancia; llegan sin orden ni concierto, en una confusión inconcebible; abordan materias que no son fáciles de entender; y son asimiladas por gente ocupada y cansada que tiene que contentarse con lo que le dan”.

Esta frase tiene casi un siglo pero perfectamente podría trasladarse al actual panorama mediático caracterizado por el bombardeo constante de información, la rapidez y brevedad (de 140 caracteres) que se exigen para informar sobre cuestiones cruciales para la vida de los ciudadanos. Éstos a su vez apenas pueden asimilar esta sobreinformación, por lo que se quedan con simples generalidades y titulares de lo que ocurre. Así configuran la opinión pública que es la que domina el rumbo de la democracia.

Por otro lado, los periodistas sufren cada vez una mayor carga de trabajo que les impide analizar mejor sus informaciones, y una precariedad laboral que les empuja a una mayor dependencia de los dueños de los medios de comunicación y por lo tanto de sus intereses privados. Pero no se trata de una situación nueva. Como ya decía Lippmann hace casi un siglo, la identificación de los periodistas dependientes con los intereses de sus patrones provoca que “el trabajo de los reporteros ha terminado así por confundirse con el de los predicadores, los misioneros, los profetas y los agitadores”.

Esta degradación tiene su causa en la vulnerabilidad de los periodistas que no ha dejado nunca de ser una realidad, tanto en 1920 como en la actualidad. Según el “Informe Anual de la Profesión Periodística 2013” elaborado por la Asociación de la Prensa de Madrid, desde mediados de 2008 –el comienzo de la actual crisis económica en España- hasta octubre de 2013, se han visto afectados 11.151 empleos periodísticos en España, 4.434 –un 40 % del total- en 2013. Igualmente, desde mediados de 2008, se ha constatado el cierre de 284 medios, 73 correspondieron a 2013.

Muchos periodistas han sido despedidos y el resto tiene miedo a perder su trabajo. Esto incrementa el poder de sus jefes que pueden imponer impunemente sus criterios privados a los profesionales del periodismo. Por ejemplo, el 79,3% de los periodistas encuestados afirma haber recibido alguna presión por parte de sus superiores para realizar su trabajo. Como consecuencia esto afecta a la calidad de los medios de comunicación. Sólo el 56,4% de los propios periodistas confía a medias en la información que recibe a través de los medios.

Esta es la situación del periodismo en España, el actor encargado de hacer de intermediario entre los ciudadanos y la política y de configurar la opinión pública, la misma que considera que la democracia parlamentaria está en crisis. Es cada vez más complicado para los periodistas trabajar con libertad, y por lo tanto poder publicar la verdad. Lippmann ya lo advertía: “Donde todas las noticias proceden de segunda mano, donde todos los testimonios son inciertos, los hombres dejan de responder a las verdades y comienzan a hacerlo simplemente a las opiniones”.

Por lo tanto, cabe preguntarse ¿hasta qué punto los medios de comunicación reflejan una realidad cuando hablan de crisis de legitimidad de la democracia, o están reproduciendo la opinión de los intereses que les sustentan?