Mostrando entradas con la etiqueta primarias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta primarias. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de febrero de 2016

“Compañeras y compañeros, a votar”: la militancia y su participación en las decisiones de los partidos

El secretario general del PSOE y candidato a la Presidencia del Gobierno, Pedro Sánchez, anunció por sorpresa ante el Comité Federal de su partido que consultará la opinión de la militancia socialista ante cualquier pacto o negociación con otras formaciones políticas para formar Gobierno. Sánchez, que a su vez fue elegido líder del PSOE en un proceso de primarias directas en 2014, ha puesto encima de la mesa una medida pionera en España, aunque ya se ha puesto en práctica en otros países. Por ejemplo, en Alemania la militancia socialdemócrata pudo votar en diciembre de 2013 si el SPD debía o no participar en una gran coalición con los conservadores de Angela Merkel. Son medidas de participación directa de la militancia socialista que fueron precedidas por el proceso de primarias del Partido Socialista Francés celebrado en 2011 a dos vueltas.

Los tres partidos socialistas más importantes de Europa han elegido mecanismos de participación democrática para decidir cuestiones muy importantes y que afectan al conjunto de la ciudadanía. ¿Estamos ante una segunda ola democratizadora protagonizada por los partidos socialdemócratas?

Históricamente los partidos socialdemócratas han sido los abanderados de la ampliación del derecho al voto al conjunto de la población. Por ejemplo, a finales del S. XIX, en la mayoría de los países europeos con derecho a sufragio, éste no abarcaba a la clase trabajadora ya que el modelo del estado liberal que imperaba entonces sólo reconocía el derecho al voto a aquellos (hombres) que fueran propietarios. Era lo que se llamaría hoy un “Estado mínimo” para proteger exclusivamente la libertad individual y la propiedad privada. Es decir, el Estado no servía a los que no tenían nada.

Pero fueron los partidos socialdemócratas lo que, sobre todo después de la Primera Guerra Mundial, consiguieron que se instaurase el derecho al voto de una clase trabajadora que se había desangrado en las trincheras para defender al estado que ahora les debía ese reconocimiento.

Al abrir la participación política a las masas trabajadoras, los partidos socialdemócratas cambiaron también el fundamento del estado. Como explicó el jurista y politólogo Norberto Bobbio en su obra “El futuro de la democracia”, “cuando los titulares de los derechos políticos eran solamente los propietarios, era natural que la mayor exigencia hecha al poder político fuera la de proteger la libertad de la propiedad y de los contratos. Desde el momento que los derechos políticos fueron ampliados a los desposeídos y a los analfabetos, fue igualmente natural que a los gobernantes –que además de todo se proclamaban y en cierto sentido eran los representantes del pueblo- se les pidiese trabajo, ayuda para quienes no pueden trabajar, escuelas gratuitas y así por el estilo, ¿por qué no?, casas baratas, asistencia médica, etc.”. Es decir, con la ampliación de los derechos políticos a la masa conseguidos gracias a los partidos socialdemócratas, nació el estado social actual.


La “Ley de hierro de la oligarquía”

Así pues, los partidos socialdemócratas estaban unidos a la idea de la democracia. Sin embargo, esa idea no se correspondía con su funcionamiento interno que podía considerarse lejana a este ideal. Hace un siglo un sociólogo alemán llamado Robert Michels  estuvo investigando al que entonces era el mayor partido socialdemócrata del mundo: el SPD alemán. Tras años de análisis llegó a una conclusión que formuló como la llamada “Ley de hierro de la oligarquía”, que viene a decir, en resumen, que mientras más organizado y burocratizado sea un partido, más depende de sus líderes y menos democrático es. Se producía así una extraña paradoja, ya que el partido que había conseguido la creación del estado democrático era, a la vez, una organización gobernada por una oligarquía.

Sin embargo, esta paradoja no quiere decir que no sean partidos democráticos.  Según la teoría de Joseph A.  Schumpeter sobre el estado democrático, no se puede evitar la existencia de élites en una democracia, pero sí es fundamental que haya muchas élites compitiendo por el voto. Por lo tanto, para Schumpeter un gobierno no deja de ser democrático porque lo ejerza una élite siempre y cuando no tenga el poder absoluto ni el monopolio del mismo.

Bobbio recoge esta idea pero va más allá: “(…) el defecto de la democracia representativa en comparación con la democracia directa –defecto que consiste en la tendencia a la formación de aquellas pequeñas oligarquías que son los comités de partidos- no puede ser corregido más que por la existencia de una pluralidad de de oligarquías de mutua competencia. Tanto mejor si esas pequeñas oligarquías –a través de la democratización de la sociedad civil (…)- se vuelven cada vez menos oligárquicas y el poder no es solamente distribuido, sino también controlado”.

Es decir, Bobbio no pone en duda que los que dirigirán los partidos siempre serán élites, pero prefiere que sean muchas y que compitan entre ellas para conseguir así una mayor democratización de las organizaciones.

¿Es esto lo que pasará con las primarias en el PSOE y lo que ha pasado en el Partido Socialista francés? Ciertamente. Pero no es de extrañar, ya que este proceso de elección no deja de ser un espejo de las elecciones democráticas, donde tanto la élite que se presenta para ser elegida, como el elector que decide a qué élite le va a dar su voto, se mueven por su propio interés. Como dijo Max Weber en su obra “El político y el científico”: “La empresa política es, necesariamente, una empresa de interesados”.


¿Se vota por interés?

Bobbio distingue entre dos tipos de votantes: los que votan por opinión y los que lo hacen por intercambio, es decir, los que buscan un interés personal y directo en la victoria de una determinada élite. Como dice este autor, “tener poder, significa tener la capacidad de premiar o castigar, es decir, de obtener de los demás ciertos comportamientos deseados, o prometiendo y siendo capaz de dar recompensas, o amenazando y siendo capaz de infligir castigos”.          

En las elecciones internas de los partidos, las primarias, la situación no es muy diferente. Se vota entre diferentes élites dentro del mismo partido que se presentan al puesto de liderazgo. Habrá quienes decidan su voto por una cuestión de opinión, pero la mayoría de los electores (sobre todo entre los militantes) buscarán algo a cambio del suyo.

A este respecto Max Weber afirmó que “es evidente que la militancia del partido, sobre todo los funcionarios y empresarios del mismo, esperan del triunfo de su jefe una retribución personal en cargos o en privilegios de otro género. Y lo decisivo es que lo esperan de él y no de los parlamentarios o sólo de ellos. Lo que esperan es, sobre todo, que el efecto demagógico de la personalidad del jefe gane votos y mandatos para el partido en la contienda electoral, dándole así poder y aumentando, en consecuencia, hasta el máximo las posibilidades de sus partidarios para conseguir la ansiada retribución”. Una observación que este autor hizo en 1919 y que sigue siendo perfectamente aplicable a día de hoy.


Una cuestión de élites

Como conclusión, se puede afirmar que los partidos socialdemócratas europeos, que hace un siglo abanderaron la democratización de sus sociedades defendiendo la ampliación del derecho de voto a la clase trabajadora, buscan hoy renovar su legitimidad entre la sociedad recuperando la bandera de la democratización, pero esta vez de las decisiones de sus propias organizaciones.

Sin embargo, a pesar de que ciertamente las oligarquías de los partidos pierden así el monopolio del poder de decisión, este no deja de estar en manos de unas élites que, eso sí, deben competir entre ellas para conseguir el voto de los militantes y simpatizantes. Esa competición es la que le da el carácter democrático al proceso y rompe la “ley de hierro de la oligarquía” de Michels, porque ya no es el comité dirigente el que decide a solas, ahora tiene que competir con otros comités en la sombra y para ello debe tener en cuenta la voluntad de los electores.

Entre los electores, a su vez, puede que en algunos casos decidan dar su voto a una élite por motivos de opinión (al ser élites del mismo partido la diferencia no debería ser ideológica), pero la mayoría lo hará con la expectativa de recibir algo a cambio. Es decir, si en las elecciones a los parlamentos o alcaldías el votante busca una ventaja personal con su voto (mejores servicios públicos que le beneficiarán individualmente, por ejemplo), en las elecciones internas de un partido, el votante/militante apoyará a un candidato con la esperanza de que su victoria impulse su propia carrera política o la de su entorno, o para evitar castigos.  

La apertura de los procesos de decisión de los partidos socialistas a la voluntad de los electores abre un poco más la puerta hacia su democratización y de la propia sociedad. No deja de ser una cuestión de élites, pero se podrá elegir qué élite será la que gobierne, y para ello tendrán que tener en cuenta la voluntad de los votantes.

Sin embargo, este proceso no está libre de imperfecciones, ya que la elección de las élites mediante sufragio no elimina el riesgo de que no se elijan a los mejores. Como dijo Bobbio: “La democracia representativa nació del supuesto (equivocado) de que los individuos, una vez investidos de la función pública de seleccionar a sus representantes, habrán preferido a los “mejores”. Es decir, el candidato que salga elegido de las primarias no necesariamente será el mejor, ya que será el que decidan los votantes atendiendo a sus intereses individuales, que no tienen por qué coincidir.

Pase lo que pase, elijan al que elijan los electores, el o la candidata/a electo/a hará bien en hacer caso a este consejo de Max Weber: “No hay más que dos pecados mortales en el terreno de la política: la ausencia de finalidades objetivas y la falta de responsabilidad, que frecuentemente, aunque no siempre, coincide con aquella. La vanidad, la necesidad de aparecer siempre que sea posible en primer plano, es lo que más lleva al político a cometer uno de estos pecados o los dos a la vez”.    



domingo, 19 de enero de 2014

Las primarias abiertas del PSOE, ¿un paso más para la democracia?

Los ciudadanos que no sean militantes socialistas ya podrán elegir a los candidatos del PSOE a las próximas elecciones generales. Se trata de un hecho histórico que abre las puertas del Partido Socialista al resto de la sociedad y que cambia totalmente la manera de selección de sus élites, un proceso que hasta ahora se realizaba a puerta cerrada y fuera de la vista de la ciudadanía. Estas primarias abiertas, ¿suponen un paso más para la democracia?

El sábado 18 de enero el Comité Federal del PSOE aprobó las fechas y el reglamento de las primarias abiertas que se celebrarán este año para elegir a los candidatos socialistas que se medirán en las campañas electorales de 2015 –locales, regionales y nacionales-. Por primera vez en la historia de los partidos políticos de España podrán participar todos los ciudadanos, no solamente los militantes socialistas. Los únicos requisitos son ser español, mayor de 16 años, inscribirse en un censo, firmar una adhesión a los principios socialistas y pagar dos euros para contribuir a sufragar la campaña.

Con esta medida el Partido Socialista ha dado un paso importante hacia una mayor democratización de la política española, ya que los ciudadanos no sólo pueden elegir entre los candidatos de los diferentes partidos que se presentan a las elecciones, sino que a partir de ahora podrán intervenir también en el proceso de elección de los candidatos mismos. Los socialistas franceses ya lo hicieron y ahora le toca al PSOE, que ha dado un paso que va en la línea de la tradición socialdemócrata europea de lucha por los derechos democráticos.

Históricamente los partidos socialdemócratas han sido los abanderados de la ampliación del derecho al voto al conjunto de la población. A finales del S. XIX y principios del XX en los países con derecho a sufragio, éste no incluía a la mayoría de la población porque el modelo de estado que imperaba entonces sólo reconocía el derecho al voto masculino y sólo de aquellos que fueran propietarios. Es decir, quedaban fuera todas las mujeres y la mayoría de los hombres. Pero fueron los partidos socialdemócratas los que, sobre todo después de la Primera Guerra Mundial, consiguieron que se instaurase el sufragio universal teniendo en cuenta los intereses de una clase trabajadora que se había desangrado en las trincheras para defender al estado que les debía ese reconocimiento.

Hace un siglo los partidos socialdemócratas fueron así los que consiguieron en gran medida la ampliación del derecho al voto. Sin embargo, durante este tiempo su defensa de la democracia y del derecho de participación no tenía su reflejo en el funcionamiento interno en los partidos. Éste se regía por la llamada “Ley de hierro de la oligarquía” formulada por el sociólogo alemán Robert Michels. Resumiendo, esta ley viene a decir que mientras más organizado y burocratizado sea un partido, más depende de sus líderes y menos democrático es.


Una sociedad poliárquica

Cien años después los partidos socialdemócratas europeos están rompiendo esta “Ley de hierro” porque la ciudadanía demanda más y mejor democracia. Ya no es suficiente su participación en la elección de representantes para algunas instituciones del Estado como el Parlamento, sino que el proceso también debe abrirse a otras instituciones, en este caso los partidos políticos que son los que conforman el Parlamento. Se trata de una demanda propia de una sociedad compleja en la que existen muchos centros de poder que influyen decisivamente en nuestras vidas, pero en los que los ciudadanos no tenemos ningún poder o influimos muy poco. 

El jurista y politólogo italiano Norberto Bobbio lo explicó así: “La realidad que tenemos ante nosotros es la de una sociedad centrifuga, que no tiene un solo centro de poder, sino muchos”. Es lo que llama “sociedad poliárquica”.   

Robert A. Dahl
Por su parte, el politólogo estadounidense Robert A. Dahl utiliza este concepto para definir su modelo de ‘democracia poliárquica’ y se plantea la siguiente pregunta: “¿Por qué debe restringirse las ventajas de la democracia a unas personas y no a otras? ¿Por qué no deberían estar a la disposición de todos los adultos?”

Por ello exige la inclusión plena de todos los ciudadanos en los procesos de elección como requisito para poder hablar de democracia. Lo explica así: “A ningún adulto que resida permanentemente en el país y esté sujeto a sus leyes le pueden ser negados los derechos que disfrutan otros (…). Éstos incluyen el derecho al sufragio; (…) a formar y participar en organizaciones políticas independientes (…) y derechos a otras libertades y oportunidades que puedan ser necesarias para el funcionamiento efectivo de las instituciones políticas de la democracia a gran escala”.   

Es decir, según Dahl, no puede haber democracia si no se incluye a todos los ciudadanos en los procesos de elección política. Sin embargo, se puede ir más allá de esta idea y exigir no sólo la inclusión de todos los ciudadanos en el proceso (lo que en su mayor parte ya se ha logrado), sino que este proceso sea más democrático en el mayor número posible de los centros de poder de la democracia poliárquica en la que vivimos.
 
Es decir, que la mayoría de los ciudadanos puedan participar en la mayoría de los centros de poder y conseguir así que sus intereses estén más y mejor representados y sean más y mejor defendidos, ya que para Dahl “los intereses fundamentales de los adultos a los que se niega la oportunidad de participar en el gobierno no estarán adecuadamente protegidos y promovidos por aquellos que gobiernan”.


Con la aprobación de las primarias abiertas el PSOE ha prescindido del privilegio de sus dirigentes y de sus militantes de poder elegir en solitario a los candidatos que se van a enfrentar al PP en las próximas elecciones y que podrían llegar a gobernar. Es un paso importante hacia la igualdad política de todos los ciudadanos porque ya no existe la distinción real provocada por un carnet. En este sentido, Dahl recuerda que la igualdad política es otro requisito fundamental para hablar de democracia. 

Por ello se pregunta, “¿Si creemos en la igualdad política entre los ciudadanos de un estado, no nos exigirá esto que adoptemos algo parecido a la inclusión de (toda) la ciudadanía?”    

miércoles, 16 de noviembre de 2011

¿NUEVA GUERRA CIVIL EN EL PSOE TRAS EL 20–N?

¿Se avecina una nueva guerra civil en el PSOE tras las elecciones generales del próximo 20 de noviembre? Hay muchos indicios de que esto va a ser así, de que los socialistas se enfrentarán de nuevo en una lucha fracticida que debilitará al PSOE aún más tras su previsible derrota electoral.

Los dos bandos corresponderían a los que se enfrentaron hace un año en las primarias en el Partido Socialista de Madrid, un verdadero avance de la guerra que se avecina. Por un lado, los partidarios del actual “aparato” federal dominado por el candidato Alfredo Pérez Rubalcaba y el ministro de Fomento y Portavoz del Gobierno, José Blanco (ambos en una alianza de conveniencia). Ambos pretenderían controlar el PSOE después de las elecciones, aunque se enfrentarán a un resultado nada prometedor, como auguran las encuestas. Sin embargo, es tal el convencimiento de que el PP ganará por mayoría absoluta, que impedir este resultado y obligar a los populares a pactar para poder gobernar sería interpretado como toda una victoria y daría alas y legitimidad a Rubalcaba para imponer su poder en el PSOE.

Frente a esta opción se encuentran los que defendieron la elección del candidato a través de primarias, es decir, los que anunciaron su apoyo a la ministra de Defensa Carme Chacón, que finalmente se retiró de la carrera entre graves acusaciones de pucherazo. Entre los partidarios más acérrimos de la ministra estaba el secretario general de los socialistas madrileños, Tomás Gómez, que ya durante las primarias madrileñas protagonizó un ásperoenfrentamiento con Rubalcaba que, según muchos conocedores de ambos, llegó a influir muy profundamente en sus respectivas precepciones personales.

Miedo a represalias
Gómez, que el pasado 22 de mayo cosechó uno de los peores resultados de los socialistas en unaselecciones autonómicas y municipales –perdiendo feudos tan importantes e históricos como Getafe o Leganés- teme represalias de Blanco y Rubalcaba si ambos se hacen con el poder absoluto del aparato federal tras la marcha de Zapatero como secretario general, que se escenificará previsiblemente en un congreso tras las elecciones. Estas represalias podrían incluso llegar a poner en peligro el puesto de secretario general de Tomás Gómez, que tendrá que enfrentarse a un congreso regional después del federal. No se debe olvidar tampoco que Gómez ganó las primarias en 2010 por poco más de 500 votos de untotal de más de 14.000.

Los partidarios de Gómez y los de Rubalcaba ya están preparando el escenario postelectoral del 21 de noviembre, como se percibe en los recientes enfrentamientos por la configuración de la lista electoral por Madrid, en la que Pedro Sánchez, un partidario de Trinidad Jiménez en las primarias, ha sido ascendido al puesto 11 –con previsibles oportunidades de conseguir escaño, en un principio- en detrimento de Juan Antonio Barrios, histórico dirigente de la corriente Izquierda Socialista. Gómez y sus partidarios escenificaron su protesta en el Comité Federal absteniéndose en la votación de las listas y rompiendo la tradicional unanimidad de este tipo de votaciones.
 
Antes de ello, Gómez escenificó otro grave enfrentamiento al imponer a sus candidatos en la lista electoral socialista al Ayuntamiento de Madrid, encabezada por el gran amigo personal de Rubalcaba, Jaime Lissavetzky, que por una oportuna maniobra de Gómez, se encuentra rodeado de partidarios del secretario general del PSOE madrileño que controla así al Grupo Municipal Socialista. Este control se extiende también al Grupo Parlamentario Socialista en la Asamblea de Madrid, donde Tomás Gómez es portavoz, y donde solamente contaría con un puñado de detractores, como mucho, en caso de guerra civil.

El enfrentamiento está servido y la línea del frente pasa, a grosso modo, por las mismas trincheras que en el ya histórico enfrentamiento entre ‘guerristas’ y ‘reformadores’ en los años 90. Rubalcaba, un reconocido reformador se enfrentaría a una alianza de ‘viejas glorias’ y ‘jóvenes promesas’ que solamente tienen en común su animadversión por el candidato socialista y el miedo general en el PSOE a perder aún más posiciones de poder e influencia, y con ello cargos públicos, a favor del PP.